“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

11 septiembre / 2019



Antoni Domènech

“Democracia burguesa”:
nota sobre la génesis del oxímoron y la necedad del regalo 


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2019 / Diario


La justicia de Queipo / Antonio Orihuela


En 1997, un libro de Francisco Espinosa Maestre, La Guerra Civil en Huelva, rompía un silencio de complicidades donde, a pesar de los años transcurridos, se seguían conjurando fuerzas vivas, instituciones y hasta los mismos investigadores de dentro y fuera de la universidad, al parecer mucho más interesados por cuestiones políticamente correctas y la mayor de las veces, por eso mismo, insustanciales. 

Viene siendo surrealista asomarse a ver que hacen aquellos a los que en teoría se les paga para que investiguen, ¿o es que tal vez se les paga para que hagan precisamente lo contrario?, no lo sé. Asumo con pesimismo que el delito académico de funcionar por libre, permanecer al margen de los círculos que refrendan la producción y reproducción de mensajes ideológicos, no jugar su juego, en suma, se tenga que seguir pagando tan alto. ¿Quién quiere disidentes?. El poder sólo acepta fusilados, vencidos o vasallos. Ahí nuestra tragedia. 
Las trabas, los obstáculos que tuvo Francisco Espinosa que vencer para sacar a la calle este libro puede hacernos reflexionar sobre como se disciplina la investigación en torno a determinados temas que, no sólo siguen siendo particular coto hermenéutico de una investigación oficiosa, a la que, además, se le avisa de los rigores de la nueva y más cruel censura de los medias, la libertad de mercado y el escaso interés que a ellos les suscita este tipo de obras que, por otra parte, y a su pesar, claro; terminan siendo auténticos best-sellers que, como en este caso, alcanza, en menos de dos años, tres ediciones. Frente a la industria editorial, parece que el público de Huelva no estuvo por el silencio con que han querido seguir cubriendo a nuestros muertos.

Lo más increíble de todo es que el libro de Francisco Espinosa no hace más que resarcir, porque sencillamente pones las cosas en su justo lugar, a todos aquellos que la historia oficial prefiere seguir ignorando; y hasta, en cierta medida, a cerrar heridas familiares muy profundas, dando corporeidad a los que hasta ahora sólo eran fantasmas habitando los lejanos acontecimientos del 36 y que, sin embargo, como él ha demostrado, dejaron una huella a fuego que desde el silencio, no ha dejado de restallar, atravesando generaciones, hasta hoy. 
Animado por este insólito respaldo popular, Francisco Espinosa, vuelve de nuevo a la carga, con un trabajo, donde insiste en hablar sobre el silencio y “las verdades oficiales”, para los obstinados y los memoriosos. Porque “la memoria es uno de los pocos recursos que tenemos par defendernos de la historia, que siempre la escriben los vencedores ( J. Ramoneda)”. Vencedores a los que Francisco Espinosa vuelve a desvelar en su nuevo libro “La Justicia de Queipo”, un excepcional documento del horror que supuso la violencia y el terror fascistas en las provincias del suroeste peninsular y aledañas (Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz). Desde la misma foto de portada, Espinosa nos recuerda algo que la Iglesia católica parece empeñada en no querer olvidar tampoco, de parte de quien estuvo durante la contienda. A lo largo del mismo, y dividida la información por provincias, Francisco Espinosa va componiendo, sobre un sólido y estructurado análisis de fondos documentales, un macabro lienzo donde no faltan ninguno de los ingredientes que aderezaron aquella barbarie: los surreales Consejos de Guerra donde se condena a la pena capital “por rebelión marxista” a quienes lo único que han hecho es defender el orden jurídico y constitucional frente a los golpistas; desapariciones indiscriminadas que en ocasiones, rayan con el exterminio sistemático, como el caso del barrio de la Macarena, San Luis o Triana, en Sevilla o Santa María y La Viña, en Cádiz; denuncias sin el menor fundamento que terminan en el paredón; crímenes justificados políticamente que, en realidad, esconden móviles económicos o simples venganzas personales; bandos de perdón que sirven de trampa para cazar huidos; cárceles abarrotadas que se vacían a golpe de “Bando de Guerra”, etc. y otros aspectos que no dejan de ser menos curiosos: las denuncias y juicios dentro del bando fascista, ante la necesidad de controlar, siquiera mínimamente, a civiles y militares afines al golpe y que, campan libremente, protegidos por la situación, condición o rango, haciendo la guerra por su cuenta, asesinando impunemente, violando, robando e incluso represaliando a sus mismos simpatizantes... Todo un decálogo de actos criminales que, amparados en el secreto militar y la complicidad política y jurídica de las nuevas autoridades, quedan sobreseidos y en definitiva, impunes, o bien, se saldan con el traslado de los acusados a otros lugares y, rara vez, con la expulsión de falange... 

En el libro de Espinosa se puede observar, desde la consulta rigurosa de la documentación militar, la altura moral y la catadura de los militares involucrados en el golpe, retazos de los discursos del general Queipo, tan escabrosos, que hasta el mismo Franco tuvo que intervenir prohibiéndole seguir con sus arengas radiofónicas; el saqueo al que los regulares y los fascistas, como vulgares ladrones, se dieron una vez ocupado Badajoz, general Yagüe incluido. Las irregularidades del “Héroe de la Pañoleta” Gregorio Haro Lumbreras, comandante de la Guardia Civil y posteriormente Gobernador de Huelva, acusado de repetidos robos, entre ellos, las alhajas que las señoras de la provincia habían entregado para la “Causa Nacional” y que éste había “regalado” con posterioridad a las chicas de un conocido prostíbulo de la capital onubense. El rápido y nada sorprendente enriquecimiento del primer Delegado de Orden Publico de Badajoz, hasta entonces Comandante de la Guardia Civil, a costa de las fortunas y bienes de los republicanos represaliados. Hechos que se repiten en otras localidades, con fascistas y presos comunes metidos a fascistas como protagonistas. 

Tampoco las estrategias militares quedan fuera del estudio de Espinosa, el modelo, desgraciadamente, se calca pueblo a pueblo por toda la geografía del suroeste, bombardeos y fuego de artillería anteceden las actuaciones de la infantería sin apenas resistencia, detenciones indiscriminadas y primeras matanzas junto a los cementerios. La pena de muerte se convierte así no en el castigo capital por un crimen concreto, sino “en un preventivo general (Neumann, 1983)”.”Instancias oficiales reconocían tras más de dos años de guerra que los culpables eran tantos, tan inmenso era el cuerpo sobre el que había que actuar, que resultaba materialmente imposible condenar a tanta gente. Acedo Colunga, que hablaba de tarea sin par ni antecedente en la Historia, describía la represión como dotada de cifras con gran riqueza numérica... guerra de religión (Espinosa, 2000:310)” aprobada y animada por la iglesia. Cantada por profetas como Manuel Siurot, o poetas, como Pemán, hoy convertidos, por presuntos demócratas, en hijos predilectos de sus ciudades. 

Sobre las secuelas de aquella terrible pesadilla, Francisco Espinosa, recuerda, lo que durante el resto de las vidas de los sobrevivientes a la carnicería tuvo que ser “convivir en una pequeña comunidad con quien sabes que asesinó a un familiar, cruzarte a diario con quien se apropió de cierto mueble o de una pequeña propiedad, o tener que recurrir para cualquier cosa a quien llevó la ruina a tu casa... tarea para personas fuertes (Espinosa, 2000:263)”. El golpe y la posterior represión aniquiló para siempre una cultura de izquierdas que había costado casi un siglo levantar y que ya no se recuperará nunca del mazazo, silenció a la derecha democrática y lo que es peor, la convirtió en cómplice de la barbarie. El país se vistió de luto y se convirtió en una inmensa cárcel, “el hambre, las enfermedades, el miedo, la miseria y la violencia estructural (Espinosa, 2000:938)” completaron la obra de destrucción “organizada y financiada por los grupos privilegiados (Ibídem)”. Con la transición e incluso antes, la mayoría de los archivos, tanto de Orden Público, Falange, etc. desaparecieron, y con ellos, la verdadera dimensión de “la obra de amor (Acedo, 1936)” del “Glorioso Movimiento Nacional”. Francisco Espinosa, tras una ardua, solitaria y costosa labor que nadie, salvo su bolsillo, ha sufragado, ha podido reconstruir algunos fragmentos. Libros como el suyo, de trazos tensos y vigorosos, es probable que sean lo único que nos salve de la desmemoria y el olvido en el que nos sepultaron la Historia y, día a día, nos escamotean el presente. 


«La Justicia de Queipo: Violencia y Terror fascista en Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz». Francisco Espinosa Maestre,  Editorial Centro Andaluz del Libro (Sevilla) Sevilla 2000, 383 páginasVenta de Ejemplares, escribiendo al Apartado Postal, 3183. 41003 Sevilla 

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