“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

viernes, 10 de agosto de 2018

10 agosto / 2018



Eduardo Galeano:

«Los amigos de Adolf Hitler tienen mala memoria, pero la aventura nazi no hubiera sido posible sin la ayuda que de ellos recibió.

      Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica.

      Hugo Boss vistió su ejército.

     Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales.

       Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil [hoy Exxon y Chevron] sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford



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2018 / Diario

Y toda esa gente tan atareada, ¿cuándo lee?
(ELOTRO)






Cesare Pavese:“El camarada que no esté dispuesto a quitarse el sombrero ante la cultura y a trabajar y a entrar en un templo (así se ve al principio, luego se vuelve sangre propia), siga siendo un ignorante. Se lo merece.”

“Donde el fascismo vigiló fue en la comunicación entre la inteligencia y el pueblo; tuvo al pueblo a oscuras.”





Bohumil Hrabal:“Así que esa es la máquina, el equipo de los nuevos tiempos, ahora lo veo. Se acabó la época del trabajo manual, se acabaron los viejos recogedores, empacadores que con sus manos lo tuvieron que palpar todo; que tuvieron la vivencia táctil de su trabajo. Ahora todo lo palpará la máquina; ahora ha llegado el momento en que los empacadores ni siquiera tienen tiempo para separar los libros y los textos que están emparentados con ellos. Todos llevan incluso trajes limpios y gorras de visera, como si más bien estuvieran jugando al cricket o al golf. Y beben refrescos y hasta leche. Esta prensa, es un golpe mortal para las prensas viejas… Ha terminado la época de los empacadores que, contra su voluntad, eran cultos.”






Nancy Fraser: La expresión “doble libertad” es irónica. El lado positivo tiene que ver con tener libertad de movimiento y con tener el derecho de iniciar “voluntariamente” un contrato laboral. Pero, como bien sabe, esto tiene una contrapartida. Al devenir libre para vender la propia fuerza de trabajo, uno también es liberado —es decir, privado— del acceso a los medios de subsistencia y de producción. Marx hizo hincapié en que los proletarios han sido “liberados” del acceso a la tierra, a las herramientas, a las materias primas y demás activos que necesitarían para organizar su propio trabajo y satisfacer sus necesidades. En consecuencia, no tienen más remedio que firmar un contrato laboral con un capitalista. El lado positivo de la libertad está seriamente comprometido, si no es simplemente ilusorio.
La libertad en el capitalismo es, en efecto, una espada de doble filo. Si uno es un esclavo o un siervo, la capacidad para convertirse en un trabajador asalariado es sin duda un paso adelante, como el mismo Marx subrayó. Pero eso no significa que uno sea libre en un sentido pleno y firme. Por el contrario, el proletariado se convierte en sujeto de una forma diferente de dominación, una dominación más impersonal y abstracta. Por ello, no exageraría el potencial emancipatorio del capitalismo, pero tampoco lo ignoraría.
La clave es, sin embargo, otra cuestión: el capitalismo no es un sistema uniforme. No trata a todos de la misma manera al mismo tiempo. Incluso cuando “emancipa” a algunos de la dependencia y del trabajo forzado y los convierte en proletarios doblemente libres, deja a otros —a muchos más, de hecho— en contextos y formas de dominación tradicionales. O, más bien, reformula estos contextos y formas de dominación tradicionales formas nuevas y, a menudo, altamente opresivas.
De hecho, he argumentado recientemente en mi ponencia Contributions to Contemporary Knowledge [Contribuciones al conocimiento contemporáneo] que la explotación de los “trabajadores libres” está íntimamente vinculada, y de hecho depende de ella, con la expropiación de “otros” dependientes. Por expropiación entiendo la incautación de los bienes de las personas subyugadas (su trabajo, tierra, animales, herramientas, niños y cuerpos) y la canalización de esos activos confiscados en los circuitos de acumulación de capital. En este sentido, la expropiación difiere marcadamente de la explotación. La explotación está mediada por un contrato salarial: el trabajador explotado intercambia “libremente” su fuerza de trabajo por salarios que se supone que cubren la media de los costos socialmente necesarios para su reproducción. La expropiación, por el contrario, prescinde de la excusa del consentimiento y secuestra brutalmente propiedades y personas sin recompensa —sea mediante fuerza militar o a través de la deuda—. Mi percepción es parecida a las de Rosa Luxemburgo y David Harvey: la explotación por sí sola no puede sostener la acumulación capitalista a lo largo del tiempo. Esta última depende, por contra, de continuos aportes de expropiación. Así que los dos “exp” [explotación y expropiación] están entrelazados. Y es el proceso combinado de explotación y expropiación el que genera esa plusvalía.
Esta idea está brillantemente ilustrada por una frase de Jason Moore. Él dice que “detrás de Manchester se encuentra Mississippi”. Esto significa que la industria textil altamente rentable de Manchester que escribió Engels no habría sido rentable sin el algodón barato suministrado a través del trabajo esclavo de las Américas. Añadiría incluso una tercera “M” por Mumbai, para señalar el importante papel que jugó en el ascenso de Manchester la destrucción calculada de la fabricación textil india por parte de los británicos. Este es un caso en el que la expropiación es una condición para la posibilidad de una explotación rentable. El capitalismo lleva a cabo un doble juego con las personas, destinando a unos a la “mera” explotación mientras que condena a otros a la brutal expropiación, una distinción que ha ido asociada históricamente con el imperio y la raza. Por lo tanto, rechazo la afirmación, a menudo atribuida a Marx, de que el valor se produce sólo por el trabajo asalariado. Hay muchas otras aportaciones no remuneradas al proceso, incluido el trabajo social y reproductivo de las mujeres, sin el cual no sería posible el trabajo asalariado.

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