“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

domingo, 29 de abril de 2018

29 marzo / 2018


Prólogo de Jean-Paul Sartre al libro "El proceso de Burgos",
de Gisèle Halimi


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2018 / Diario

“—Hay autores que fracasan majestuosamente —dice Luder—. Son como un transatlántico que se va a pique en plena tempestad, con todas sus luces encendidas, entre el ulular de las sirenas. Otros, en cambio, son como el tipo que se ahoga en un estanque fangoso, sin que nadie lo vea, agarrado al mango de una escoba podrida.”

( Julio Ramón Ribeyro)

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“No es necesario recordar una vez más las condiciones en las que se instituyó la actual monarquía parlamentaria española. Forzada por los entonces llamados "poderes fácticos", nacionales e internacionales (el ejército franquista y la diplomacia vaticana y, sobre todo, norteamericana). Resignadamente aceptada por las cúpulas del grueso de las fuerzas de la resistencia antifranquista histórica (PCE y CCOO, PSP). Y venida como agua de mayo para las cúpulas antifranquistas de reciente formación (nuevo PSOE post-Suresnnes), directamente cooptadas y financiadas a ese fin por potencias públicas y privadas extranjeras que, en connivencia con el entorno de la Casa Borbón, llevaban años preparándose para intervenir, tras la muerte del General Franco, en nuestro país: ese país en el que, al decir del general De Gaulle ya en los años 50, no debía permitirse jamás el restablecimiento de una República que era, cruzados los Pirineos, sinónimo de revolución y desorden social.

Digámoslo así: se trataba de instituir en España un tipo de régimen político democrático moderado como los restaurados en la Europa de la inmediata postguerra en países que, como Alemania y Austria, habían conocido en la entreguerra democracias republicanas muy radicales y devastadores golpes contrarrevolucionarios. Y por un conjunto de circunstancias históricas, sociales y geopolíticas, era infinitamente más fácil y sobre todo menos arriesgado en los setenta la Revolución portuguesa de 1974 había hecho saltar todas las alarmas crear en España un régimen de "consenso social" al estilo post-45 por la vía de la restauración borbónica que con una forma de Estado republicana, ya fuera tan moderada como la alemana de 1949.

Los posibles resquicios que la monarquía parlamentaria recién instituida todavía pudiera haber dejado al desarrollo de la soberanía de los pueblos de España "por de dentro" (en la negociación de la transición, los exfranquistas Suárez y Martín Villa tuvieron que aceptar tácitamente cierta soberanía de Cataluña al verse obligados a reconocer oficialmente como interlocutor a la institución de la Generalitat, que sólo tenía legitimidad republicana) y "por de fuera" (las iniciales veleidades neutralistas y no-alineadas del presidente Suárez y luego su amedrentada renuencia meter a España en la OTAN a la vista del neutralismo y el pacifismo activos de la inmensa mayoría de la población española) quedaron completamente cegados tras el 23 de febrero de 1981: el golpe de estado fracasado más exitoso de la historia.

Lo que vino después (ingreso en la Comunidad Europea y percepción de sus fondos estructurales; puesta en almoneda y privatización del sector público español como trampolín para la creación política de grandes empresas transnacionales españolas en el sector bancario, energético, aeronáutico y de telecomunicaciones; consiguiente recolonización económica de América Latina) sentó en España las bases económicas y sociales necesarias para la estabilización de un régimen político fundado en un "consenso social" europeo post-45 normal.

Único talón de Aquiles visible del nuevo régimen español de consenso social y político en los 90 —esa verdadera nueva "era de la codicia" en todo el mundo—: la codicia de la Casa Real española, sus estrechos vínculos con varios de los más turbios personajes de la época de "pelotazo" y corrupción económica generalizados de los últimos años del felipismo (Conde, Colón de Carvajal, Javier de la Rosa, Ruiz Mateos, que acabaron todos en la cárcel). Baste aquí con recordar que Aznar accedió al gobierno en 1996 en un ambiente de cierta tensión del PP con la monarquía (era la época en que también esa derecha cerrilmente católica y castizamente españolista se decía lectora y aun admiradora de Azaña).

Fragmento de: “Hace 87 años: la República española. Entre la Segunda y la Tercera”.

(Antoni Domènech)

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