“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

miércoles, 4 de abril de 2018

04 marzo / 2018



La matanza de Gaza
Teresa Aranguren



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Julio Ramón Ribeyro
DICHOS DE LUDER


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2018 / Diario

“La presencia de una piedrecita o de un clavo en el zapato: uno se empeña en seguir caminando con la esperanza de que la costumbre disimule la molestia que produce, pero ocurre al revés: la molestia se convierte en dolor y el dolor se vuelve insoportable”.
(Rafael Chirbes)

Escribió Canetti: ‘Escribir te alivia. Aunque no tengas nada que decir, te alivia escribir. ¿Sabe uno cuándo no tiene nada que decir?’ y a continuación añade: ‘Nada desea tanto el viejo como impartir consejos; no tiene por qué saber lo que dice, pero lo dice.’ O sea, que aunque uno, viejo o no tanto, no sepa lo que escribe: escribir alivia. Debe de ser por eso que abundan los escribas que no paran de anotar, de redactar, de novelar, de tachar, de corregir, de garabatear… que no se dan tregua, siempre agobiados, siempre insatisfechos…pero sin parar, como si temieran derrumbarse si dejaran de escribir…

Alivio al menos, ya que del lector no se dice ni mu, para el que escribe (‘He pensado que tenía que contarte esta historia, o que tenía que contármela yo a través de ti’), lo que no es poco si se trata de aliviar sufrimientos de esos que atocinan esa bola amarga que así no deja de hincharse, de crecer, taponando la boca del estómago. Y es que como repetía Chirbes por boca de sus personajes: ‘el sufrimiento no enseña nada’. Y por si fuera poco, lo merma todo. Por el contrario escribir, aunque sea con cofia, nos entretiene, nos presta sueños imaginarios que no dependen de cuanto nos oprime y asfixia a nuestro alrededor, a lo largo y ancho de todos esos días cargados de ‘lo real’ que, de tan espinosos y empinados, se nos hacen interminables. Y es así que la escritura nos ayuda a desvanecer las obsesiones que nos acosan ‘más allá del texto’.

El escritor acostumbra, como si sólo el afán de voluntario auto-engaño lo impulsase (a veces en un tono que no corresponde, otras como ‘convertido en mulo de noria’), a disimular (‘la buena letra es el disfraz de las mentiras’) el sabor de la prosaica realidad con el sabor de la acaramelada ficción, con esas historias que, fatalmente indefensas ellas, se le amontonan en la cabeza. Haciéndonos creer de camino (‘la niebla se me había metido dentro’) que ciertas ‘cosas’ (‘las tristezas y las alegrías con vida propia’) que amamos, que nos apasionan o que simplemente nos gratifican, iban a durar siempre, aunque fuera a ratitos. Pero, fuera de esas pomposas palabras, de esas ‘salvadoras’ frases… todo se ha ido deprisa, sin dejar nada. Por lo visto, no había nada que salvar. El tiempo lo ha desecho todo, lo ha convertido en polvo, y luego ha soplado el viento y se lleva ese polvo (‘Siempre ha pensado que la vida es una estafa, que no le ha dado lo que se merece’). Aunque eso sí, las palabras escritas siguen ahí, ahí permanecen igual de lozanas e imperturbables…

‘Vosotros nunca os habéis equivocado porque no habéis tenido intención de ir a ninguna parte’

Ni tan siquiera por escrito…


ELOTRO


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