“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

jueves, 1 de marzo de 2018

29 enero / 2018



Terrorismo energético
La factura de la luz nos llevó a pensar que, para que el sector energético deje de ser terrorista, debe ser público.

Marta Sanz


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Más sobre el silencio


“Al recordar un encuentro con Jean Reverzy, tras haber roto la incomodidad inicial de estar frente a un hombre sepultado en el silencio, Charles Juliet anota en su Diario. «Siempre tengo el mismo malestar cuando estoy sentado frente a él. Me mira y espera que hable yo. Le pregunto y se zafa, pero presiento que sabe que le he comprendido. Y si esto es así qué sentido tiene hacer frases».


CHARLES JULIET, ENCUENTROS CON BRAM VAN VELDE

-Sí, sí.
-Sí, sí ¿qué?
-¡Sí, si!... nada más: Sísifo.
Extrañamente, éste es un libro hecho con alguien que, porque no puede hablar, pinta; sin interesarle la pintura y para un mundo de ciegos. Y que, extrañamente, en más de cincuenta años de absoluta entrega a la pintura sólo pintará unos trescientos cuadros. No es extraño entonces que más de una década de esporádicas conversaciones quepan en unas cuantas páginas. "Sin embargo - observa su interlocutor - la gran dificultad para comunicarse que ha padecido durante toda su vida proviene menos de una incapacidad de servirse de las palabras que de la imperiosa exigencia de autenticidad que le es propia"; "si no puede participar en una conversación es simplemente porque sólo logra hablar cuando tiene algo importante que decir y no porque no pueda expresarse."

La parquedad de palabra y obra de Bram Van Velde (1895-1981) es la única actitud posible para quien escapa aterrorizado de un mundo armado con nombres e imágenes falsos y que sólo accede ante lo que irrecusable se el impone.

Estos "diálogos" con él en realidad han sido prolongados silencios (como la blancura de sus lienzos) rotos cuando transido de una súbita certeza y sorteando los lugares comunes que acechan en la ilación conceptual suelta palabras esenciales, netas. Ellas evocan las recurrentes obsesiones de este "esclavo del ojo" que, obediente a su demonio iniciará un temprano descenso sin claudicaciones a la búsqueda de su enigma, viviendo la trágica aventura de solo y pobre envejecer sin vender un cuadro.

Desesperado por las urgencias materiales acudirá a "un hombre verdadero", que "nunca hace trampa". Beckett por su parte le profesará recíproca admiración, manifiesta desde algunos ensayos aparecidos cuando el pintor holandés era un desconocido. Una anécdota de esta singular amistad:

Al entrar, Beckett tomó un bastón que estaba ahí y empezó a golpear la viga, como para comprobar su solidez y verificar si el techo no se vendría abajo. Después miró los cuadros. Bram atravesaba un período de gran concentración, había trabajado encarnizadamente y, por una vez, no estaba demasiado descontento con el resultado. Le contó entonces a Beckett que se hallaba casi satisfecho.

Beckett con una voz neutra le contestó:
-No hay verdaderamente de qué.

Atontado por esta respuesta, Bram se refugió en un rincón del taller, se sentó a la mesa y se puso a comer para darse ánimo. Parado en medio del granero, Beckett permaneció inmóvil, apuntándole con su ojo de águila.

Se trata de un libro bello y terrible que, como pocos, comentarlo provoca el escrúpulo de una calumnia. Siguiendo el ejemplo del poeta francés Charles Juliet, al que vemos convocar los encuentros para de inmediato salir de escena dando lugar a la luminosa vocación de su huésped, preferimos que sea el artista quien otra vez diga, limitándonos a agrupar algunas de sus frases.

Lo he abandonado todo. La pintura me lo exigió. Todo lo que busqué fue no traicionar la vida. Pinto para salir del hoyo. Pinto mi miseria. Lo hice para poder respirar. No hay en ello ningún mérito. La pintura me ha permitido que no sea un harapo. Todos los cuadros que he pintado me han sido impuestos. La mayor parte del tiempo es el vacío, la espera. Estoy siempre en el camino. Espero, me preparo. Algo intenta nacer. Pero no sé lo que es.
Nunca parto de un saber. Hay que saber arrancarse de ese río de palabras que nunca cesa de fluir. Pinto para matar la palabra. La vida es constantemente falsificada. El artista vive un secreto que debe manifestar. La pintura no viene de la cabeza sino de la vida. La tela no tiene nada que ver con la razón razonante. Pintar es un intento por alcanzar lo verdadero. Es buscar el rostro de aquello que no tiene rostro. ¡Es tan extraña esa necesidad de ver y hacer ver!
El gran peligro es la fabricación. El error de tantos artistas es creer que esta aventura es asunto de la voluntad. Cuando la vida está ausente hay que saber abstenerse. Los que se obligan a hacer no comprenden que se obligan a mentir. Nadie es más criminal que un artista falso.
Es la voz de un ser humanamente desgarrado, divinamente libre, humildemente sabio.

Una vez encontrará unos anteojos en un basurero de la calle, se los calzará y le irán. Los usará veinte años. Pero un día necesitará un examen de la vista. Estupefacto el oculista le dirá:
- ¡Pero con estos anteojos usted no puede ver nada! ¿a qué se dedica?
Van Velde, advirtiendo la sorpresa burlona, tímidamente responderá:
-Pinto mi vida interior.


Primo Levi comienza a escribir Si esto es un hombre en el interior del propio campo. «Era tan enorme la necesidad que sentíamos de contar que había comenzado a escribir el libro allí, en ese laboratorio alemán, en medio del hielo, de la guerra y de miradas indiscretas; aun sabiendo que de ninguna forma habría podido conservar estas notas garabateadas de prisa y corriendo, y que tendría que haberlas tirado en seguida, pues si me las hubieran encontrado encima me habría costado la vida»


Dyonis Mascolo se acuerda de la palabra apasionada de Robert Antelme en el coche que le conducía desde Dachau a París. «No ha cesado, en todo el tiempo, de hablar, de contar y contar… Se sentía amenazado de muerte, y quería tal vez decir lo más posible antes de morir. Día y noche no ha dejado de hablar, salvo algunos ratos en que dormitaba un poco»”

“Si fuera posible decirlo todo de sí mismo, o saber todo del otro, la individualidad sería aniquilada. La desaparición del secreto supone, al mismo tiempo, la desaparición del misterio. La luz necesita la sombra. «El secreto ofrece, de alguna forma, la posibilidad de otro mundo al lado del que vemos»
(Simmel)

 «El secreto es el hermano uterino del silencio», dicen los bambara (Zahan, 1963).”


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