“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

sábado, 10 de marzo de 2018

07 febrero / 2018


“Calibán y la bruja”
Silvia Federici


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2018 / Diario


“El bribón sermoneador era un guantero que daba borrego por cabritilla…”


«En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”

 (Zbigniew Brzezinsky)



(Apuntes / 1)


Dice Marina Garcés:
“Muchas veces, consumimos información en tiempo real acerca de lo que ocurre en el mundo y nos preguntamos “¿y yo qué hago?”. Es una expresión de impotencia y de incapacidad que no es ajena al saber, sino que van juntos.”

Y yo me pregunto:
En concreto, de qué ‘nosotros’ consumidores de información habla Garcés (es que servidora si no se ubica, mala cosa…). Porque si esos ellos, como se nos dice, a partir del tal consumo se preguntan: “¿y yo qué hago?”, servidora estaría pero que muy interesada en conocer su paradero ‘social’ (no especifico clase social, o clases sociales, porque dado el antagonismo de intereses entre la clase  explotadora y la clase explotada –perdón por el cliché reduccionista- y su consecuente lucha de clases, un hecho inexorable, constato que se escamotea un determinado punto de vista ‘de clase’, que por lo que la tengo leída, tampoco mucho la verdad, Garcés, poco o nada leninista ella, ‘casi’ siempre pierde ¿intencionadamente?, de vista). También me gustaría saber qué medios de comunicación son esos que informan sobre lo que verdaderamente ocurre en el mundo, y yo sin enterarme, y además con tan fabulosos ‘resultados’, me refiero a ese supuesto ‘efecto llamada’ dirigido al ‘difuminado’ ser pensante-contemplativo y al mismo tiempo actuante-activo (y no el mero receptor pasivo habitual), a la acción, quiero pensar transformadora, sobre la susodicha, aunque ciertamente nebulosa, audiencia 'en disposición para actuar'. ¿O se trata de 'un pensamiento que pretende determinar la realidad'? ¿O todo se reduce a un juego de palabras ambiguas que se pretenden imposibles de atrapar pero que, en todo caso sólo conducen a un camino que se sabe cegado, una vía cortada, sin salida?


Dice M. G.:
“…vivimos en la sociedad de la información, pero no nos libramos de estar tan desamparados como un analfabeto.”

Y yo me pregunto:
No será que vivimos, o más bien malvivimos, digo la mayoría de los currantes (clase explotada), en la sociedad de la desinformación (complementada por leyes mordazas) y la creciente, y gradual, desigualdad y exclusión, más el subvencionado embrutecimiento moral que, sobre la base de la criminal explotación económica y sus ramificaciones en el exhaustivo control, implementado cuando les viene a cuento del cuento, y de la 'muy selectiva' represión policial y militar, nos fija, nos atornilla, en una situación de desamparo y vulnerabilidad como si, tiene guasa la cosa, ‘nosotros, los sobradamente preparados’ perteneciéramos al miserable rebaño de los iletrados, de los ‘vulgares’ analfabetos.


Dice M. G.:
“Lo mismo ocurre cuando nos formamos en conocimientos y profesiones tan fragmentadas que no nos sirven para comprender mejor el mundo en que vivimos.”  (…)
“Tenemos a grandes expertos que al mismo tiempo son grandes analfabetos. Ciencia e impotencia no son contradictorias. Lo interesante es que hoy nadie es ajeno a este tipo de analfabetismo”


Y yo me pregunto:
Ciertamente es una lástima que los cachorros de la clase media (porque, ñoras y ñores, qué familia obrera, me refiero a esa que no comparte, y no por gusto, pupitre escolar con los cachorros de la élite potentada y bien relacionada, se puede permitir, digo, hoy por hoy el lujo de tener al nene o a la nena estudiando una carrera, aunque la mocita en cuestión lo alterne con trabajitos temporalmente degradantes,  que, en la mayoría de los casos y a pesar del ‘título’, sólo le puede llevar a, ocupémonos de los hechos, mal vender su fuerza de trabajo en condiciones ‘inaceptables pero aceptadas’ de esclavismo posmoderno: reponedores, teleoperadoras, camareras de hotel, repartidores, empaquetadores, camareros de hostelería y restauración, dependientas, empleados de limpieza, seguratas, emperchadoras… )  reciban una formación tan fragmentada, o sea tan inútil para comprender mejor el mundo (como si eso, precisamente esa ‘útil-inutilidad’, fuese lo que les interesa a esas criaturitas) en el que ‘como es normal’ aspiran a vivir de puta madre, o, por lo menos, mejor que esos pringados de la ‘encapsulada’ clase obrera rasa… o, digamos más bien, ¡encarcelada y aplastada! (aunque todo hay que decirlo, con teléfono inteligente por cabeza).


Dice M. G.:
“Hay una defensa melancólica de las humanidades que refleja una visión de clase (dije ‘casi’). Es una visión preservacionista, que invita a conservar un patrimonio cultural y que defiende una visión idealista de las artes y de las letras (¿porque de la economía política que, en gran medida, las condiciona o determina –las artes, las letras, las relaciones sociales y de propiedad- mejor no hablar?). Va ligada a la idea muy burguesa (bueno, es que olvidé anotar que el libro de Garcés que justifica la reseña se titula ‘Nueva ilustración radical’) de la separación entre el tiempo de la producción y el trabajo y el tiempo del ocio y cultivo del espíritu”.


Y yo me pregunto:
Cómo se encarnará esa concreta ‘idea muy burguesa’ en una ‘privilegiada’ mujer (porque tiene curro, es profesora -¡como Marina!- de preescolar, aunque con contrato temporal ya que la contratan y la despiden de forma sistemática y legal que te cagas) a la que tengo el gusto de tratar de vez en cuando aunque no de conocer de verdad, de una edad calculo en torno a los cuarenta años, madre de dos hijos menores, que curra en un colegio ‘privado’ (que curiosamente con su sueldo no puede pagar para sus propios hijos) de lunes a viernes y de siete de la mañana a siete de la tarde –la dejan comer y todo- y que, los fines de semana, los dedica con ilusión, además de cuidar a sus dos hijos y atender la ‘casa’, a  limpiar escaleras, oficinas, portales, o lo que caiga…  o sea, que producir y trabajar, bien encarnado, pero lo del ocio y el cultivo del espíritu (más allá de la relación dialéctica cuya oportuna introducción se agradece y en la que abundo con Marx: “… en cuanto seres pensantes, de voluntad y de acción, vivimos en un mundo en el que influimos prácticamente y cuya influencia práctica sufrimos y al cual, podemos considerar, por lo tanto, esencialmente como producto nuestro y del cual nosotros somos su producto.) casi mejor dejarlo, en el terreno práctico, para después de la jubilación, si llega… o, tal y como está y devendrá la ‘caja’ de la Seguridad Social, del Juicio Final…





Dice M. G.:
“Es interesante poner esta cuestión en relación con el ecologismo: hay un ecologismo conservacionista, que es el de los ricos (porque no todos los ricos son explotadores, también los hay parásitos rentistas) que quieren seguir disfrutando de la naturaleza y lamentan su pérdida (aunque suelan ser accionistas de empresas petroquímicas, nucleares, papeleras, armamentísticas…) Frente a ello, está lo que algunos llaman “ecologismo de los pobres”, que es el que cuida su hábitat porque le va la vida en ello. Pienso que el compromiso con las humanidades tiene que ser hoy del mismo tipo: no son un patrimonio a conservar sino un ecosistema en el que nos jugamos aspectos fundamentales de nuestras vidas, especialmente los menos ricos (¿no es enternecedora?) y por tanto más sujetos a las transformaciones del actual sistema de reproducción social. Lo que está en disputa hoy no es si hay más o menos asignaturas de letras en los curriculums, sino qué sentidos de la experiencia humana podremos compartir y elaborar en condiciones de igualdad y de reciprocidad (¿entre explotadores y explotados? Yo es que, te digo la verdad Marina, no doy crédito ni pie con bola…)”

Y yo me pregunto:
Se puede ser, digo honestamente, conservador y ecologista al mismo tiempo en medio de este tan irracional como vertiginoso y sistemático destrozo del medio ambiente a manos del capitalismo. Porque paréceme a mí que incluso esos supuestos ecologistas-conservacionistas, y seguramente ‘ajenos a cualquier ideología’, que por supuesto no sea la dominante, pueden ahora sentir en sus propias carnes y  ver de cerca aquello que, hasta hace no mucho, era algo de lo que sólo se oía hablar ‘entre expertos catastrofistas’ y gentuza susceptible de albergar ideas radicalmente disolventes.


(Continuará)

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