“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

sábado, 24 de febrero de 2018

24 enero / 2018




2018 / Diario


“… huyó lo que era firme, y

solamente lo fugitivo

permanece y dura.”

(QUEVEDO)




¿La lectura también debe crear sentido?

“La reconstrucción de este libro está confiada al lector. Es él quien debe reunir los fragmentos de una obra dispersa e incompleta. Es él quien debe recomponer pasos lejanos que sin embargo se integran. Es él quien debe organizar los momentos contradictorios en búsqueda de la unidad sustancial. Es él quien debe eliminar las eventuales incoherencias (es decir, búsquedas o hipótesis abandonadas). Es él quien debe sustituir las repeticiones con las eventuales variantes (o de otro modo aceptar las repeticiones como anáforas apasionadas).”

 (P. P. Pasolini, Escritos corsarios)



Por pedir que no quede, parece haberse dicho a sí mismo Pasolini en el reivindicativo prólogo de su libro. Desde el minuto cero el escritor, en un gesto cargado de indudable generosidad,  invita, y en cierto modo también desafía, al lector a involucrarse activamente en el texto, a establecer en el proceso de la lectura una relación dialéctica con la obra que, según  confiesa el propio autor, se encuentra y ofrece tan, dicho con juvenil desenfado,  tácticamente abierta como estratégicamente inacabada.

Pasolini reclama la colaboración de lo que podríamos llamar un lector inteligente y cómplice que, además de una ‘lectura lenta’, Nietzsche dixit, atenta y minuciosa, haga, por supuesto que si le viene en gana, su particular aportación al texto. Y que en cierta manera lo complete, perfeccione o simplemente redondee con sus propias consideraciones, dudas, cuestionamientos y ‘evidencias’ (‘en mi vida he recibido tantos rapapolvos como en este blog. Aunque a lo mejor es por mi bien’). Nada que ver con la actitud sumisa y pasiva del típico lector-consumidor de textos basura, programas basura o, en paralelo, comida basura al que hace referencia Carlo Frabetti:

“Al igual que la televisión basura, la comida basura busca satisfacer de la forma más rápida y barata el apetito de sus consumidores. Y no solo busca satisfacerlo, sino también estimularlo (como no puede ser de otra manera en una economía basada en el despilfarro). Sabores fuertes para un gusto cada vez más estragado; aromas intensos para un olfato cada vez más atrofiado; colores vistosos, presentaciones atractivas, eslóganes sugerentes; altos niveles de grasa, azúcar y sal para aguijonear paladares cada vez más embotados… Mientras mil millones de personas pasan hambre, otras tantas tienen problemas de sobrepeso (indirecta y simbólicamente -siniestra injusticia poética-cada obeso le quita la comida a un famélico).
Tanto los productores de televisión basura como los de comida basura intentan justificarse con los mismos argumentos: les damos a los consumidores lo que piden. Si lo muy grasiento, lo muy dulce y lo muy salado tiene mayor demanda que los sabores suaves y los alimentos sanos, ¿por qué no habríamos de complacer a nuestros clientes? Si los programas de famoseo y maledicencia se ven más que los culturales (y además son mucho más baratos), ¿por qué habríamos de dar mayor relevancia a estos últimos?”

Por mi parte, que soy mi primer lector, he de reconocer que tengo una manera muy mía de leer y de escribir, un poco brusca y estrepitosa. Nunca he poseído la astucia ni la insensibilidad suficiente para hacer ‘textos’ rentables. No sé escribir ni leer sin, a cada paso o renglón, cometer estupideces que terminan hiriendo la sensibilidad del receptor. Y esto me pasa porque cuando me siento torturado por la imposibilidad de pensar, en vez de salir a la calle a que me de un poco el aire, me quedo en mi cuchitril a leer… ‘lápiz en mano’. 

Y es así que cada poco y sin más remedio interrumpo la lectura que sea y me lanzo a garabatear sobre cosas siempre secundarias, asuntillos irrelevantes, quiero decir totalmente opuestos a lo que la mayoría consumidora llama suculento, o sea, temitas que a nadie interesan y que inevitablemente acaban exponiéndome cada vez más a la sospecha de ser, al menos y en el mejor de los casos en cuanto escritor y lector, un inhábil interlocutor, un espíritu pequeño y subalterno. Pienso que más bien debo de haber nacido para cargar ladrillos, o hacer mandaitos de no más de tres sílabas… cosa que, no quiero mentirles, me intranquiliza bastante.


ELOTRO


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