“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

viernes, 16 de febrero de 2018

16 enero / 2018



Recomendado para leer 
durante los bloques de anuncios de tu serie favorita:

Carlos Marx.
 “Contribución a la crítica de la economía política”



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2018 / Diario


“Generalmente, cuanto más formado académicamente esté un hombre, más se convertirá en un ignorante emocional.”

(Raymond Williams)


‘Estar despierto a pierna suelta’ es una expresión ‘de deseo’ (insatisfecho) que lleva tiempo rondando, y haciendo ruido, por mi cabeza, o sea, ese ‘espacio vacío lleno de vacío’ que de vez en cuando se tensa y  achica y se convierte en un sitio donde ocurren, o no, cosas que ‘no puedo ignorar’. Y suele tratarse de cosas deudoras de otras cosas, bien que éstas otras habitan el espacio social y palpable, pero que toman, o aspiran a tomar, cuerpo fuera de él, aunque lo hacen desde una clara posición de fuera de juego, podríamos decir.  La mente es, o se comporta en estos casos, como un no-lugar-temporal, una especie de ‘banquillo de espera’ en la banda, del que se apropian ciertas palabras, frases, ideas que desde ahí reivindican, ¡basta ya de chupar banquillo, tenemos el culo pelao!, su posición dentro del campo de juego. Y luego, cuando por fin consiguen saltar al pasto, van y se olvidan del resto del equipo… y ya todo se reduce a chupar cámara. Para el chupón, más allá del lugar mediático o el no-lugar fronterizo, el caso  es chupar compulsivamente, chupar, chupar... a pierna suelta.

Anotaba por aquí hace unos días que visitando la expo de Giorgio de Chirico no conseguía quitarme de la mente (como si me trasladara a otro sitio aunque sin abandonar del todo el espacio Chirico) la obra de su contemporáneo y compatriota Giorgio Morandi, con la que formal y conceptualmente tiene muy poco en común (señalaba entonces la coincidencia en la reducida y recurrente utilización de los elementos materiales que introducían en sus obras, frente a otra muy distinta lectura del espacio, de las cosas y sus atmósferas). Pues bien, ahora mismito que ando enfrascado en la relectura ‘lenta’ de la novela ‘El ayudante’ de Walser, me siento cautivo de una nueva e irresistible asociación. El entrometido, en el espacio mental, en esta ocasión es el filósofo Günther Anders, al que me parece oír relatar sus ‘experiencias’ en casa de los ‘Tobler’. Ignoro si Walser supo de Anders o si éste conoció la obra de aquél, pero en mi ‘espacio vacío lleno de vacío’ escucho como ambos cuentan el mundo casi con la misma voz, la misma lucidez y la misma insobornable dignidad. En concreto recuerdo a Anders relatando un paseo a pie en la ciudad de Los Ángeles y su tragicómico encontronazo con un quisquilloso e inquietante policía motorizado. Las reflexiones sobre las relaciones con la autoridad y el mercado que en su fuero interno masticaba Anders no distan mucho de las que Walser realiza con respecto a su relación ‘laboral’ con la familia Tobler. Solo me queda por añadir el tópico de ‘que salvando las distancias’, por mínimas o inexistentes que sean.

Y por terminar con las asociaciones imprevisibles, al menos en apariencia, quiero ahora hacer referencia a mis últimas exploraciones en el cine disponible ‘de gratis’ en youtube. Primero fue el feliz descubrimiento de una vieja y espléndida película en blanco y negro de Mario Monicelli titulada ‘Los camaradas’, con un Marcello Mastroniani en el papel de un profesor pobre, revolucionario e itinerante, policía mediante al servicio de la patronal, a la fuerza. Aunque la película no tiene desperdicio y podría comentar casi secuencia por secuencia, la asociación que quiero destacar aquí procede de unas escenas en las que tras un ‘lamentable’, y como de costumbre evitable a todas luces (excepto las del bolsillo del patrón), accidente laboral en el que un obrero ‘despistado’ (tras sólo catorce horas de trabajo) pierde un brazo,  los otros trabajadores recurren a la consabida, e inofensiva para el explotador, colecta, para así puntualmente paliar la desgracia vitalicia de la víctima y sus desafortunados familiares.
Y hete aquí que sin buscarlo ni sospecharlo caigo, la noche siguiente (¡Esa es mi vida!), en una de esas magníficas películas policíacas de serie B (‘El poder invisible’ pone en el rótulo traducido y con Broderick Crawford en el papel estelar) que producía como si fueran churros el Hollywood de los años cincuenta. Película policíaca sí, pero cuya trama está situada en un puerto llenito de retorcidos y musculosos estibadores y ‘administrado’ por la crapulosa Mafia de la que tanto sale en el cine y de la que quizás por eso tanto desconocemos.  Pero resulta que  en una de las primeras escenas aparece un sindicalista rajando desde encima de unas cajas que en cuanto empieza a perorar resulta ser el comisario político de la Mafia que exige una colecta ‘voluntaria’, cinco dólares por cabeza, para ayudar a un supuesto trabajador accidentado. Los comentarios en voz baja de los estibadores nos informan de que es la quinta vez en la misma semana que el mismo trabajador se accidenta y por eso tienen que aportar ‘voluntariamente’ la mordida que les ordenan. En el cine americano, total cruzando el charco, no existen trabajadores que se accidentan debido a la sobreexplotación que padecen con horarios inhumanos sino simples ‘tradiciones’ mafiosas que hay que respetar si se pretende vender la fuerza de trabajo en el puerto de la ciudad. La verdad es que no me explico como mi cabecita es capaz de encontrar vínculos entre la peli de Marcelo y la de  Broderick. Pero eso sí, en cuanto amanece el nuevo día y leo la prensa seria todo acaba encajando en el Estado de Derecho del que tan orgulloso se muestra el señor Marsé. El infierno, cada día lo veo más claro, es la alevosa ficción nocturna.


ELOTRO (orgulloso de no serlo)


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