“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

miércoles, 31 de enero de 2018

31 de diciembre / 2017





¡Ay mi generación! Veo su triste ruta
hundirse fatalmente en negro porvenir,
 mientras que bajo el peso del saber y la duda
abrumada, envejece y renuncia a intervenir.
 [...]

Insensibles al bien, insensibles al crimen,
 doblamos la rodilla sin afrontar la lid,
oponiendo al peligro un corazón cobarde
y al Poder una frente sometida y servil

[...]

Hastiados de los goces de los antepasados,
de su orgullo sincero, feroz e infantil,
volvemos con desprecio la cabeza al pasado
sin honor abocados a un final infeliz.

Mikhaïl Lermontov “Meditación” (1838)

*




Con razón nunca encontraste compañía en gentes con las que, siempre demasiado tarde, terminabas por comprender que no tenías nada en común. A partir de la parte: una obra, una toma de posición, una frase, un gesto, establecías unas apresuradas equivalencias (olvidando aquello de lo concreto en la situación concreta), tan totalizadoras como erróneas a la hora de juzgar, de forma claramente arbitraria, a ‘toda’ una persona o, aún más sangrante, a ‘todo’  un colectivo. Un completo desatino. Padecías una vehemencia patológica que te perdía… o, loados sean los Dioses, te daba cobijo o, quizá ambas cosas en según que casos. Nunca estuve seguro de haber entendido del todo o siquiera en parte, la verdad es que siempre perdía el hilo, la ‘lógica’ de tu, para mí incomprensible, ‘conducta’ social. A veces me parecías, digo en lo ideológico, un fanático de la estandarización, pero en otras ocasiones ese obsceno fanatismo por los patrones tradicionales, estereotipados, se me antojaba un burdo fingimiento fraudulento, una clara e intencionada impostura, conducente, si no a sabiendas extraviada, a vaya usted a saber  dónde. Quizá en busca de caminos (¿o pasadizos?) prometedoramente fronterizos que se adivinan en esas insensatas geografías que acostumbrabas a trazar, no del todo imaginarias, y que nunca se dejaban atrapar. Pero el cultivo de este tipo de comportamiento resbaladizo aunque explícitamente (¿o era paradójicamente?) contradictorio cuando no ostentosamente incongruente (entiéndase en relación al buen criterio Realmente Reinante), resultaba muy evidente que no te quitaba el sueño. A los ‘otros’ sí. Porque (te) estimulabas y, simultáneamente, (te) castigabas (algo así como cuando la urgencia sexual se le bloquea y estanca a uno en los testículos). Conste que, sin abandonar por completo otras actividades exploratorias de lo real al aire libre (ese sitio donde, entre algodones, cualquier cosa puede ser inestablemente imposible), estoy buceando, experiencia tan intensa como irreal, en mi memoria, traicionera como todas. Y en esas, a veces, me veo obligado a esconderme de los ‘hechos verosímiles’ tanto como a urdir emboscadas a los recuerdos más improbables o descarnadamente fantasiosos, para así, entre resurrecciones de mentiras e ironías disparatadas, construir pastiches que, por contraste, arrojen luz sobre aquellos años que, creo recordar en los días de moral baja, compartimos. O, más verosímilmente, no (aunque no se puede negar, yo no puedo negar aquí, que acabamos trabando cierta amistad). Y es que la memoria, una ficción irremediable, la mía al menos, es a todos los efectos un campo de minas sembrado por ese hijo de puta que llevamos dentro. Bien que la mayoría son de pega, de fogueo, pero, esa es la cosa, sólo la mayoría. Por eso no existe eso se que se llama memoria interminable, tarde o temprano se produce un the end, una explosión brutal que te dispara el corazón, y a continuación se pone todo perdido de lo que fueron recuerdos (gratos o espantosos tras el estropicio que más da), ahora intangibles  fragmentados, guijarros irreconocibles que sólo sirven, de servir, para pensar en nada. Me leo y veo que como de costumbre (¿recuerdas?) me disperso, me voy por las ramas de un árbol que todavía, incluso para mí… ni tronco, ni raíces, ni savia, ni hostias… aunque bien es verdad que ni ataques de ansiedad, por decir todo lo que conviene no callar. Tú eras de otra pasta. Te desenganchabas, de un coño, de una idea, de un ritual, de la pura nada, con suma facilidad… o eso más bien nos hiciste creer. Luego hemos sabido que, detrás del ladrillo visto, el propio centro puede ser el lugar más apartado del centro. Que, si alguien dotado se lo propone, sólo resta venderlo como ‘lo mejor de acá en el más allá’, como ‘las afueras del afuera’, como ¡lo que usted necesita aunque no lo sepa! el único lugar exclusivo (para quien pueda pagárselo), hospitalario y a salvo de las miradas indiscretas, de los drones o de las otras (PODEMOS proveer a nuestros clientes VIP con las más autenticas identidades falsas). Un lujo, cierto, pero ¿al alcance de quién? Y por cierto, ¿te suena toda esta mierda? Claro que te suena, pero reconozco que no acabo de ver la jugada (y eso que nunca me dejé llevar a tu lógica de la superstición, que por cierto solamente aniquilaba el ego de los ‘oyentes’, ni por tu  ‘fascinante encanto oral’, no sé si está bien dicho pero tu lengua seguro que me entiende, y siempre presumí, por supuesto que con ‘hechos’ fácilmente rebatibles, de conocer todas tus estúpidas bromas –sobre todo las dañinas y de mal gusto- por adelantado que es lo que al fin y al cabo tiene el mérito del valor de uso) que sin duda ocultan estos primorosos cuadernos manuscritos (flipo con esos surrealistas sermones a pie de página que, por cierto, ¿a qué vienen? Yo leo y releo la página y…) que, tras tu oscura y misteriosa desaparición (aunque no inesperada por lo que respecta a tu bien informada audiencia), han aparecido tan coquetamente dispuestos, joder macho, como para no verlos, sobre tu no menos artístico pupitre de trabajo (siempre mezclando la realidad cutre con la ficción pop -ese vaivén afectivo entre echar la siesta o coger un libro-, y defendiendo la pamplina de que la vida imita al arte que imita a la naturaleza… por cierto otra vez, ¿quién te consiguió la copia de la obra del Equipo Crónica?)



En fin, compi, otro día entramos en materia… Saussure la llama sustancia. Lacan, ‘lo real’, según tengo leído… en uno de tus lindos manuscritos.

ELOTRO


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