“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

jueves, 25 de enero de 2018

25 de diciembre / 2017


“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

(Miguel de Cervantes)

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“El lado obscuro de la historia”

Entrevista Carlo Ginzburg



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Fragmentos de: “El sentido del trabajo en una sociedad sostenible”/ John Bellamy Foster

“Desde las primeras civilizaciones humanas, e incluso antes, las divisiones del trabajo se establecieron entre el género masculino y el femenino, entre la ciudad y el campo, y entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. El capitalismo extendió y profundizó esta división desigual, dándole una forma aún más alienante, al separar a los trabajadores de los medios de producción e imponer un régimen laboral rígidamente jerárquico que no solo divide a los trabajadores en función de las tareas que realizan, sino que fragmenta al propio individuo. Esta profunda división del trabajo es la base sobre la que la clase capitalista garantiza el orden social.

Derrocar el régimen del capital significa, ante todo, trascender el extrañamiento en el trabajo y crear una sociedad profundamente igualitaria basada en la organización colectiva del trabajo por parte de productores asociados.

La crítica a la división del trabajo bajo el capitalismo no fue un elemento menor para Morris, como tampoco lo fue para Marx. En una traducción libre de la edición francesa de El Capital, Morris escribió: “No es solo el trabajo el que se divide, subdivide y reparte entre diversos hombres: es el hombre mismo el que se escinde, transformándose en el resorte automático de una operación única y repetitiva”. Morris, que se lamentaba también de la “transformación del operario en una máquina”, vio esto como la esencia de la crítica socialista (y romántica) del proceso de trabajo capitalista.”


“Estos temas volvieron a aparecer, una vez más, a finales del siglo XX, en la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: la degradación del trabajo en el siglo XX (1974). Braverman documentó la forma en que el ascenso de la gestión científica del trabajo bajo el capitalismo monopolista, implementada en base a las aportaciones de Frederick Winslow Taylor en ‘Los principios de la administración científica’, había convertido la “subsunción formal del trabajo en el capital” en un proceso material real. La centralización del conocimiento y el control tecnocrático del proceso de trabajo permitieron una enorme extensión de la división del trabajo y, en consecuencia, mayores ganancias para el capital. Lo que Braverman llamó “la generalizada degradación del trabajo bajo el capitalismo monopolista” constituyó la base material de la creciente alienación y pérdida de cualificación que se extendieron en el mundo laboral para la gran mayoría de la población.

Sin embargo, la evolución de la tecnología y de las capacidades humanas apuntaban hacia nuevas posibilidades revolucionarias, que estaban más en sintonía con Marx que con Smith. Como Braverman escribió:

“La tecnología moderna, de hecho, tiene una poderosa tendencia a romper las antiguas divisiones del trabajo, volviendo a unificar los procesos de producción. [...] Los alfileres de Adam Smith, por ejemplo, ya no los hace un trabajador que estira los alambres, otro que corta las medidas, un tercero que da forma a las cabezas, un cuarto que las fija a los alfileres, un quinto que afila la punta, un sexto que les da un baño de estaño y los blanquea, el de más allá que los coloca en un papel, etc. El proceso total se reunifica en un sola máquina, que transforma grandes rollos de alambre en millones de alfileres, preparados en su papel y listos para la venta. […] El proceso reunificado, en el cual la ejecución de todos los pasos corresponde al mecanismo operativo de una sola máquina, parece casar bien con un colectivo de productores asociados, ninguno de los cuales debería dedicar toda su vida a una sola función, siendo posible que todos ellos participaran en la ingeniería, diseño, mejora, reparación y puesta en marcha de máquinas cada vez más productivas. Tal sistema no implicaría pérdida de productividad y representaría la reunificación de la fábrica en un cuerpo de trabajadores muy superior a los antiguos artesanos. ”

“En definitiva: los trabajadores pueden convertirse hoy en maestros de la tecnología que manejan y controlar el proceso productivo desde el terreno de la ingeniería, y pueden, además, distribuir entre ellos de manera equitativa las diversas tareas relacionadas con esta forma de producción, que se ha vuelto tan fácil y automática”.”

“Para Braverman, el desarrollo tanto de la tecnología como del conocimiento y capacidades humanas, junto con la automatización, permiten una relación más completa y creativa del trabajador con respecto al proceso de trabajo, en contraste con la extrema división del trabajo que caracteriza a un sistema capitalista basado únicamente en la acumulación de beneficios. Esto abre nuevos horizontes para el trabajo no alienado y el desarrollo de destrezas en el puesto de trabajo, recuperando, a un nivel superior, lo que se ha perdido con la desaparición del trabajador artesanal. Pero hacer de esta posibilidad una realidad efectiva requiere un cambio social radical.

Un aspecto clave de la obra de Braverman era la crítica al marxismo, en la forma en que este se había desarrollado en la Unión Soviética, donde habían surgido entornos de trabajo degradado similares a los del capitalismo, pero sin la coacción del desempleo, lo que resultaba en problemas crónicos de productividad. Lenin había abogado por la adaptación de algunos aspectos de la gestión científica de Taylor en la industria soviética, alegando que combinaba “la refinada brutalidad de la explotación burguesa y algunos de los mayores logros científicos en su campo”. Los planificadores soviéticos posteriores hicieron caso omiso de los elementos más críticos de la propuesta de Lenin e implementaron un taylorismo puro, reproduciendo así los métodos más crudos de la organización del trabajo capitalista.

En la URSS y en la izquierda en general, la crítica de Marx (y Morris) al proceso de trabajo capitalista fue en gran parte olvidada, y el horizonte de progreso se vio reducido a mejoras relativamente menores en las condiciones de trabajo, a un cierto grado de “control obrero” y a la planificación centralizada de la economía. “Las similitudes entre las prácticas soviéticas y las propias del capitalismo”, escribió Braverman, “pueden conducir a la conclusión de que no hay otra manera de organizar la industria moderna”. Una conclusión que, sin embargo, va en contra del verdadero potencial contenido en la tecnología moderna para el desarrollo de las capacidades y necesidades humanas. Para Braverman, la alienación y la degradación del trabajo no son inherentes a las relaciones de trabajo modernas, sino que son el resultado de priorizar, por encima de cualquier otra cosa, el beneficio y el crecimiento; una vía, esta, que al ser parcialmente imitada en la Unión Soviética, socavó la inicial promesa de liberación contenida en la revolución.”

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1 comentario:

  1. El fracaso de la Unión Soviética no se debió a lo que la diferenciaba del mundo capitalista, sino a lo que compartía con él.

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