Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 28 de febrero de 2017

28 de enero / 2017



“Las palomas armadas de Europa”
por Manlio Dinucci


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“Hácense leones con los corderos y corderos con los leones”
(Quevedo)

Que se lo hacen, dice don Francisco. Que adoptan uno u otro hábito según convenga a la ocasión, según oportunista entendimiento del travestido. Nótese el especial significado de ambos (conjuntos de)  signos, ya sea “cordero”, ya sea “león”. No parece que se trate, en este caso concreto, de unos significados ajenos a “lo social”, ¿no es cierto?

Se trata, por parte del poder establecido, de instrumentalizar el lenguaje, de falsificar y deformar las palabras y su sentido y  significado primigenio (aquellos que, antes de su intensa e  interesada adulteración, se habían constituido, bien que según los casos con distintos e incluso opuestos matices, acervo común de todos los hombres), de desfigurarlas y desvirtuarlas, para así desnaturalizar los signos, tergiversarlos, distorsionarlos, amañarlos: ponerlos al servicio de la ceremonia de la confusión que conviene en la defensa y consolidación del  orden hegemónico vigente.

Aunque es bien sabido (“Ojos que tal ven. Oídos que tal oyen”) y cosa de no olvidar que, la relación interna entre signo (forma) y el significado (contenido) que conlleva, no es en la práctica ni fija ni arbitraria. Pero claro, no parece que nuestro autor, al menos en este preciso caso, sitúe “la acción” en plena sabana o en bucólico prado… más bien parece, si hemos de tomar decidido partido, tratarse de una especie de  circo urbano, “ciudadano”, donde infortunadamente cohabitan esas alimañas dominantes y esos vulnerables animalitos mansos, y donde finalmente (¿por desventurado azar?) se  interrelacionan socialmente (“honra y provecho no caben en un saco”). Y es ahí precisamente donde pensamos que se encuentra la raíz del concreto significado de ambas palabras (león, cordero), o sea, en la acción social determinada, dependiente de una específica relación social (de propiedad, de producción, de dominación… en cualquier caso antagónica).

En definitiva, “no tarda si llega”, una pequeña viñeta de, “dice Marx, y dice bien”, la lucha de clases, aunque situada en los lejanos tiempos que vivió y padeció don Francisco de Quevedo y Villegas.

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“El concepto del genio emparentado con la locura, ha sido cuidadosamente alentado por el complejo de inferioridad del público”
(Ezra Pound)

Tan palabra clave es “loco”, como “cuerdo”. Una “palabra clave”, allá donde figure, nos remite automáticamente a su contraria, lo que conlleva, en la mayor parte de los casos, a que un significado dado se configura y ratifica en el congruente desafío a su opuesto, al que al mismo tiempo también corrobora en su “normal” forma y contenido convencional, usual, común. Se construye así una antítesis, cuya lógica interna nos guía, nos aboca, nos empuja  inconscientemente a aceptar un paquete ideológico con todos sus elementos ya predeterminados: el campo de batalla, los contendientes y los frutos conceptuales. Todo ello revestido de un crédito avalado por un consenso social mayoritario, única autoridad con capacidad efectiva para homologar, en la práctica, las palabras, los grupos de signos: su forma, sentido y significado en el terreno de juego del lenguaje.
Un genio es una cosa, un loco es una cosa y un genio loco es otra cosa. A un loco sin más, se le etiqueta y se le aparta, cuando no se le achicharra, y punto. Un genio sin más es una cosa mala, una existencia que humilla, por oposición, la propia existencia  de  los mediocres y sufridos componentes de la mayoría social. En cambio, un genio loco es otra cosa, es una existencia amortizable, digamos que perfectamente asimilable por la estructura social, que sabemos  compuesta por una aplastante mayoría de  elementos vulgares y corrientes que, no tienen porqué ver con malos ojos, el toque de color que representa la incorporación, por supuesto que convenientemente reglada y regulada,  de ciertos componentes extraños y extravagantes, pero que reglamentariamente desactivados, no ponen en peligro el orden establecido. Orden que, sospechan ellos, se sostiene sobre sus propias cornamentas y, a más a más, con su tácito o explícito consentimiento. Y es que a veces, como es el caso, las tinieblas no habitan en el exterior.

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“Lo que Bernard llamó el suicidio de Cézanne: Aspirar a la realidad negándose los medios para alcanzarla”

Encontrar una vía de ingreso a la realidad, no es tarea fácil, para evitar el voluntarismo infructuoso, hay que conocer el camino, el modo, el procedimiento. Conste que se descarta la arbitraria penetración, siempre traumática, de la casi inerte costra. Tras su coraza, la realidad se muestra hostil e indescifrable.

Cézanne necesitaba horas de observación para encontrar “el motivo”, y sólo cuando daba con él (¡ya tengo mi motivo! exclamaba contento), daba comienzo el trayecto, el proceso, el acto de pintar. Cuenta Merleau-Ponty que Cézanne necesitaba, aproximadamente, cien sesiones para un bodegón y más de ciento cincuenta para un retrato (la síntesis, que no la oposición, del pintor que mira y el pintor que piensa: pintar un rostro, escribió, como un objeto no significa despojarlo de su “pensamiento”. Nada que ver con ese ficticio y fraudulento “observador neutral”). Y que de palabra, con aquellos escasos congéneres con los que se dignaba dialogar, se explicaba mal, y que por esa sensación de impotencia solía perder los nervios a mitad de la propia y accidentada argumentación, y que en consecuencia prontamente buscaba refugio en el silencio oral, y que en seguida se fugaba de la realidad y pasaba a encerrarse y concentrarse en sus investigaciones, o tanteos, del lenguaje pictórico, lenguaje que también se le resistía, pero al que, poco a poco y en parte, tras dar con la calma que necesitaba para pintar, acabó, en cierta medida de fracaso, conociendo y domeñando. Una pincelada atrás de otra, y luego otra y otra…el trabajo como único momento de plenitud. Porque no ser omnipotente no tiene por qué significar necesariamente ser, todo el rato y en todo, impotente, como en su retraída desesperación pensó, a lo largo de su vida, Paul Cézanne.

ELOTRO

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lunes, 27 de febrero de 2017

27 de enero / 2017




Francisco de Quevedo nació en Madrid en 1580, el mismo año, leo,  en el que Cervantes es rescatado de su cautiverio de Argel. Cervantes quedó manco de un arcabuzazo y Quevedo nació, muy corto de vista y con una grave deformidad en los pies que le obligaba a cojear. A estos defectos físicos achacan algunos estudiosos la conformación de su peculiar carácter (colérica mala leche) y su exagerada misoginia (aunque incluso llegó, dicen que presionado, a casarse con una tal Esperanza de Mendoza. Pero al poco rato se separó).
No parece tenerse muy en cuenta, sin embargo, para esa concreta configuración,  su noble ascendencia y su pertenencia a una familia cortesana, o que quedara huérfano de padre a temprana edad o que se educara, junto con los cachorros de la nobleza como el futuro duque de Osuna, bajo la custodia de los jesuitas.

Sus contactos “de pupitre” le facilitaron el acceso a la política. Quevedo poseía una gran formación, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares: humanidades, lenguas modernas y filosofía. Y en Valladolidid, cursó estudios, que no llegó a finalizar, de teología, sagradas escrituras y patrística. Precisamente en 1604, Quevedo se había instalado en Valladolid, donde Felipe III había trasladado la corte, dejando el gobierno de España en manos de su valido el duque de Lerma. Y al servicio del valido que se puso inmediatamente nuestro hombre. Y algo más tarde, 1610, fue el duque de Lerma quien nombró al ya mencionado compañero de pupitre de Quevedo, el también duque, solidaridad de clase, pero en este caso de Osuna, nada más y nada menos que Virrey de Sicilia.
Y allí que marchó solícito Quevedo a prestar sus fieles servicios como consejero del señor de Osuna. Y es así como don Francisco, a sus treinta y tres años se instala en Palermo como hombre de confianza del virrey, lo que le permitió, junto con su incuestionable habilidad para maniobrar en las alturas, conseguir una gran influencia en Nápoles o entrevistarse con el papa Pablo V como heraldo del Rey. Había llegado a la cima política.  En 1621 muere el rey Felipe III, y es entonces cuando Felipe IV asciende al trono y entrega el timón al todopoderoso conde-duque de Olivares. Y el efecto “bola de billar” Lerma-Osuna acaba arrastrando a Quevedo que, rápido de reflejos oportunistas, no tarda en dedicar, tan adulador como servil, una obra al nuevo encumbrado, el susodicho  conde-duque. Más tarde (travesuras del ingenio) incluso consigue que Felipe IV le nombre secretario suyo, eso sí, sólo a título honorífico. Pero la cosa no se acaba de enderezar, en 1639 fue hecho preso en casa de, su por entonces protector, el duque de Medinaceli, y se le traslada, por cuatro años, al convento de San Marcos en León. “Cerrado solo, escribió, en un aposento, sin comercio humano” y también “Vivo contentísimo de mis trabajos, porque creo que me convienen más que las felicidades que antes gozaba”.
Murió en septiembre de 1645, a los sesenta y cinco años de edad. “Soy un ‘fue’ y un ‘será’ y un ‘es’ cansado…”

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Origen y definición de la necedad 
Francisco de Quevedo

El Confiado de sí mismo y la Porfía, al cabo de largo tiempo y de entrañable amor, que el uno al otro se tuvo por inclinación natural amando cada uno a su semejante, se casaron. Deste ayuntamiento tuvieron copia innumerable de hijos. Éstos se juntaron unos con otros por dispensación del Tiempo; y no perdiéndolo en el producir, dio este grano ciento por una, a cuya causa vino a ser infinito el número de necios, y sus impertinencias y abusos sin enmienda ni reparo. Cada uno de por sí introdujo nuevo lenguaje y jerigonza procurando que ni el olvido los sepultase ni el tiempo los consumiese; y así lograron sus designios, de suerte, que, con haber comenzado pocos años después, que el yerro de nuestros primeros padres o por mejor decir cuando ellos, y con el buen paramérito del limitado y no conocido número de discretos, a quien la Necedad aflige y persigue con la mano que vemos. Necedad se llama y es todo aquello que se hace o dice encontrando o repugnando las costumbres de cortesía o lenguaje político. Algunas necedades se apuntan en este breve discurso, como por él se verá –porque todo sería intentar lo imposible, siendo, como es, tal y tanta su diversidad, calidades y muchedumbre -, de las que el hombre debe huir como el navegante del peñasco o bajío que le amenaza, y son las siguientes: El ocupar uno lugar donde le pueden decir que se quite, necedad a perfil. El competir con persona poderosa el que no lo es, necedad a prueba de mosquete. Sacar el lienzo y sonarse las narices habiendo comenzado algún discurso o plática, necedad azafranada; y si alguna vez advirtiere en las conversaciones de recogerle, haciendo alarde y mirando, superfluidad del celebro que quedó en él, porquería y asquerosa resolución. El preguntar uno al otro cuando le entra a visitar, habiendo visto la ocupación en la que está: “¿Qué hace vuesa merced?”, necedad aventajada. El decir uno a otro cuando se ven en alguna parte: ”¿Acá está vuesa merced?”, necedad garrafal. Tener uno un libro en la mano y quitárselo otro, necedad con capirote; y si a esto añade quitársele estando leyendo, necedad con falda, de que no revela la amistad, y si ya no es que el que le lee se le ofrece segunda vez. Lo mismo se entiende con un instrumento en que uno está tañendo; y si tras quitársele de la mano se pone a templar, dando a entender el defecto del que le tañía y su mal oído, queda declarado por necio de pendón y caldera. Preguntar una persona a otra, viéndole con entera salud y muestras della que cómo está, superfluidad parece en medio de necedad, siendo más propio decir: “Huélgome de veros con salud”. El sacudirse un hombre los pies del polvo o lodo habiendo ya entrado a estancia o pieza adonde está la persona a quien va a visitar, necedad de capuz. El deshollinarse y escombrarse uno con los dos dedos hasta las narices estando en conversación, o en visita, necedad lampreada; y si hiciere hormigos y fideos de lo verde y seco del remanente, declárase por porquería del horno. El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara necedad venial, y la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal…


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Epístolas del Caballero de la Tenaza
de Francisco de Quevedo

Aquí: https:



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domingo, 26 de febrero de 2017

26 de enero / 2017


Josep Fontana
“Sobre la Historia



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La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
 (3/3)


Pero la vida de cada uno incluye un arte, una literatura, una ideología, unos intereses, unos deseos, unos sueños, unas pesadillas bajo cielos plomizos o nubes rosáceas… unos contenidos más o menos inconfesables, unas formas más o menos insolventes… no conviene olvidar, que tal es el gusto de las clases medias altas y  acomodadas, o sea, del desorden establecido que es lo que en definitiva  remunera. No puedo menos que ver en cada cosa la otra cara, escribió Sciascia.

Además esta, repito, hermosa sala, está ubicada y yo diría que  espléndidamente enmarcada, contenida, por un no menos hermoso, me lo parece y siempre me lo ha parecido, barrio. Un barrio al que conozco bien porque fue el de mi infancia y adolescencia. Sólo con pronunciar estas palabras ya me pongo sentimental, bueno, ya saben, las élites que nos guían siempre han dicho que eso de los sentimientos es cosa de pobretes… y en mi caso aciertan por los dos lados, soy sentimental y de origen humilde, por no decir pobrísimo. Escribió Camus que cierta suma de años vividos miserablemente bastan para construir una sensibilidad, y añadió oportunamente que la experiencia no te hace sabio sino sólo experto. Por eso en cierta manera les doy la razón a ellos, las élites privilegiadas que viven de las rentas de ancestrales saqueos de tierras o del actual fruto, del plusvalor, producido por el trabajo ajeno, son, por coherencia práctica, menos de idealistas sentimientos y más de intereses materiales. Sabido es que para tan virtuosos parásitos no hay sentimiento que obstaculice sus cotidianas usuras, sus usurpaciones, sus abusos… la pobreza no es culpa suya, dicen muy serios, a los pobres, como a todo lo demás, los ha puesto Dios, el suyo, digo yo sin reírme, y por algo será, recalcan, sobre el mundo. Y a más a más, a ellos a caritativos no les gana ningún quejica hereje, ocioso y borrachón, que no otra cosa puede ser quién osa blasfemar cuestionando el orden sacrosanto impuesto por el Capital y la Santísima Trinidad (toses y gorjeos y silbidos engrosan el desfile). Y del que, además y ahí puede estar una de las claves de su amplísimo sostén, se benefician miles de estómagos agradecidos pertenecientes a fieles siervos del Régimen a los que hay que añadir a millones de aspirantes a similares plazas e idénticas ocupaciones y al consiguiente reparto de las copiosas migajas del banquete “Real” de la realeza realmente ejerciente.

Pero no es de esa basura de la que yo quería hablarles sino de “mi barrio” que, repito, es muy hermoso. Aunque precisar sea complicarse la vida, conviene dar nombre y adjetivo (aunque se piense por imágenes) a cada uno de nuestros recuerdos. La vida es corta y es pecado perder su tiempo, como también dijo aquél, y una ya ha perdido bastante del suyo. Hay casos y cosas y gente que se aleja o, por mejor decir de la que nos alejamos. Escribió Canetti que jamás los hombres han sabido menos de sí mismos que en esta «era de la Psicología»

Este barrio, que han dado en llamar de Las Letras, ya sabía de Cervantes, incluso en los nombres de las tabernas, o de Lope de Vega o de Moratín o de Echegaray genio polifacético con Premio Nobel incluido que prestó onomástica a la que fue  “puta calle” de putas y prostíbulos (aumenta el número de los que desfilan y a paso ligero).

Pues eso, que por estas calles y callejones, entonces aún más renegridas y sombrías tanto el paisaje como el paisanaje, una paseó e incluso corrió lo suyo y por esas casas de comidas, tabernas y cafés también bebió y conspiró “contra Franco” lo que se terció, aunque lo que tocaba la mayor parte del tiempo era tragar en silencio. Tiempo de eso tituló un ilustre y casi olvidado escritor (también asiduo de las tabernas y los prostíbulos del barrio) de aquellas oscuras y nada entrañables fechas. Pues eso, que entre tragar en silencio y conspiraciones de café, cine-clubs o  trastienda de librería nos pasábamos el tiempo “libre” que concedía la esclavitud alimenticia de cada uno. Y en aquellas militancias políticas de camaradería y sueños amorosos, que ahora rebusco por el laberinto de mi memoria escudriñando entre sus capas, sus alturas y sus profundidades, íbamos descubriendo el mundo, cierto que cosechábamos más experiencia que conocimiento, en la política, en el amor y la amistad, en el sexo, en el voluntarismo de mantenerse al margen de lo dominante, de no aceptar las imposiciones de la domesticación social como algo irrevocable. Lo que significa ver la que una era en otra época, aquella mujer que perdía la cabeza, que se la jugaba, por cualquier asunto que por entonces le pareciera importante, y que resultaban ser casi todos, y que hoy sabe, irremediablemente sabia, que no pasaban de ser, en el mejor de los casos, nimiedades. Si una ha aprendido algo es que la vida no es que esté en otro lado, es que es, debe de ser imperiosamente, otra cosa. Pero para eso no queda otra que, en el conflicto entre los hombres y las petrificadas relaciones sociales, derrumbar diques, hay que demoler murallas, hay que atreverse a salir del carril y abatir los consensos impuestos, hay que decir no, sin amilanarse, cuantas veces sea necesario y a ser posible en compañía de otros, esos otros que comparten y padecen la misma o parecida esclavitud. Esa esclavitud que consentimos inducidos por esos pensamientos que nos inoculan, y que llegan al estado de ideas y se convierten en auténticos tumores que crecen dentro de nuestra mente, que nos destrozan, que nos enceguecen. ¡Basta de lamer la mano del que nos explota y golpea! (¡Mujerzuela! ¡roja! ¡vete a Rusia!, fue el último grito que retumbó en una sala casi vacía). Es la propia dignidad, personal y colectiva, la que se debe defender, preservar, cuidar… sólo desde ahí, la vida puede llegar a ser otra cosa, en cualquier parte que una se encuentre.

Ya para terminar (ya sin luces y megafonía, a viva voz), les relato un feliz encuentro que he disfrutado  poco antes de llegar aquí, y que sin duda ha sido el responsable del cambio radical en el contenido y la forma de esta conferencia de la que ustedes, que han visto fatalmente decepcionada su expectativa, han sido víctimas, ¿la última conferencia?, que, por lo que puedo ver, finalmente sólo ha logrado retener en sus butacas a unas docenas de asistentes, por más que la mayoría estén visiblemente semidormidos y otros roncando sonoramente. Pero vamos con el encuentro casual. Resulta que una rehusó la amable oferta, traslado en coche con chofer desde el hotel hasta esta sede, de la organización de este acto, con el propósito de patear tranquila y concienzudamente y desde el anonimato y la casi invisibilidad las apreciadas calles de este barrio que muchos años atrás fue el mío, y que ya sabía que había cambiado sustancialmente su forma y su contenido, su estilo de vida. Y tanto callejear, pendonear, zanganear sin brújula que acabé alejada unos cuantos kilómetros de esta sala cuando ya la hora fijada para el inicio de la conferencia estaba a punto de sonar. Levanté mi mano y grité ¡taxi!, y apresuradamente, como en las películas de acción, tomé asiento e indiqué al conductor la dirección… y fue en esas que unos cálidos ojos enmarcados en el retrovisor interior me hicieron retornar de forma vertiginosa veinticinco años atrás (un pasado aún presente), ojos  acompañados de  un baudelariano: “Contigo al mismísimo fondo del abismo, Julia…”

Siempre hay una revolución en el aire, al igual que hace ahora cien años, husmea, husmea como una perra bolchevique…


ELOTRO

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sábado, 25 de febrero de 2017

25 de enero / 2017




La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
 (2/3)

(…) Pues bien, estimados concurrentes, aquí está una con su sesuda conferencia  intitulada “Escribir o vivir” y acompañada de, o si lo prefieren acompañando a, su par de tetas y con su inseparable  “yo” miserablemente solo frente al doble juicio de la audiencia digamos más intelectual (escribir) o la más inclinada y ligada a los valores llamémosles fisiológicos (vivir). Distinción maniquea (¿A estas alturas en qué cabeza cabe separar radicalmente “lenguaje” y “realidad” o “conciencia” y “mundo material” o actividad “física” y “mental”? pues en los hechos se ve que los que mandan lo hacen) esta que me lleva a recordar a un amanerado profesor que padecí en la escuela primaria y que explicaba el conflicto entre Atenas y Esparta como la lucha entre los soberbios “cuerpos” de los guerreros espartanos (barbarie) y la sobresaliente “mente” de los filósofos atenienses (civilización).

Claro que la distinción que una propone es puramente teórica y con fines utilitarios, de estricta legibilidad, ya que todos sabemos que sólo escriben los cagatintas vivos, vivales o no, y, por consiguiente, el ejercicio de la escritura es parte sustantiva, grande o pequeña, de la vida de quien escribe. La vida y la literatura están pues fatalmente  fusionadas, incluso en Vila-Matas y en Paolo Coelho, aunque cueste creerlo (murmullos y carraspeos y más deserciones).

Les aseguro que, una, también escribe con las tetas, y con la vulva (bramido medio sofocado), y con dolor de cabeza o de hemorroides (chillido), y con tristeza, y con volcánicos deseos, y las más de las veces con mucha desgana y furiosamente contra una misma y el desánimo y las derrotas, contra las tabernas, las pequeñas cobardías y el miedo y los cielos plomizos o las nubes negras (debería de llevar un cuaderno solo para el tiempo y los paisajes, escribió Camus)… y eso es así, dejémonos de estetizantes romanticismos,  sólo, o principalmente, porque, una tiene inexcusablemente que ganarse el pan y en el Mercado se vende lo que se vende, y ya de camino alguna que otra chuchería para la irremediable carne débil (se escucha:¡puta!, a grito pelado y aumenta el tráfico del desfile abandonista).

Hay, cambiemos ahora de oficio artístico (por mucho que el farisaico Vila-Matas diga que es el “oficio” lo que ha matado al arte), pintores, y por supuesto famosos y millonarios, o sea bien instalados, que han declarado que no se trata de que, en su caso, la pintura sea lo más importante de su vida sino que su vida es la pintura, y punto (sí, Barceló, amigüito de la misma ralea que V-M).
Esto, salvando las distancias, recuerda un poco a la persistente controversia sobre forma y contenido (el estilo). En resumen y para no aburrir al auditorio, una opina que la vida incluye la literatura, el arte, como el contenido a la forma, y a la inversa en ambos casos… pero si ocurre que  en el terreno teórico ayuda una distinción formal para realizar un determinado análisis de la obra en cuestión, pues sea, pero procurando no olvidar qué terreno se está pisando, simbólicamente. Y es que, según la “altura” del olvido, el batacazo puede ser muy, pero que muy considerable.

Y hablando de formas-continentes y sin ir más lejos, nos puede servir de muestra esta hermosa, a mí me lo parece, siempre me lo ha parecido, sala de crujientes y nudosas tarimas, incómodos butacones, avejentados cortinajes, tapices, lámparas y vetustas columnas que hoy ocupamos, lugar que ha sabido acoger, contener, a lo largo de su existencia los más variados y opuestos  eventos y audiencias bajo la atenta mirada de esos retratos de hieráticos y rancios próceres, perpetrados al óleo por anónimos menestrales, que nos miran impasibles desde sus marcos dorados: quizás la forma perfecta para sus contenidos.

Aquí han conferenciado, ah, la flaca memoria cuando conviene, muchísimos monárquicos y algunos republicanos, demasiados fascistas y unos cuantos socialistas… y durante un corto espacio temporal, hasta anarquistas y comunistas de los de verdad y no sólo de carnet… y eminentes prohombres del arte académico y de las ciencias no ateas y de la élite política que predomina y domina… aquí se ha conjurado e intrigado, cocinado, a favor y en contra, con reparos o desde la más absoluta fidelidad al establishment, o también por la conservación de lo que hay, hubo y habrá tatachín tatachán, con leves reformas del idílico desorden reinante… se ha llegado a proclamar desde este púlpito/tribuna cienes de veces, directa, metafórica o simbólicamente, la santidad de la propiedad privada y, en no llega a media docena de ocasiones, la ineludible socialización de los medios de producción…  y no es poco aunque, piensa una, ni mucho menos suficiente, ¡Cuantos han sufrido podredumbre en la tierra sin dejar historia tras de sí! 

(algunos ellos y ellas desfilan y las calvas tapiceras de terciopelo deslucido ya abundan en el patio de butacas)...

viernes, 24 de febrero de 2017

24 de enero / 2017



Resistencias frente a la "nueva" barbarie
Néstor Kohan


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La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
(1/3)


Escribió en su diario Katherine Mansfield: “No quiero escribir; quiero vivir.” Y una, que comparte, además del oficio, la opinión y el deseo de la Mansfield, no querría dar conferencias, una, lo que realmente ha querido siempre es vivir. Pero resulta que una sobrevive, al menos en parte, gracias a que de vez en cuando la contratan por obra o servicio, para dar conferencias. Así que una, para vivir, que no digo malvivir,  acaba dando conferencias. Esa es, además, parte de mi propia e ineludible  esclavitud asalariada a tiempo parcial. Nada que ver con el pobretón nivel de remunerada esclavitud del minero o del jornalero o ni siquiera del camarero… pero sin duda de una variante “tibia” de esclavitud al fin y al cabo se trata (toses impostadas en la sala).

Una, conferenciante ya de cierto rango, de cierta relevancia y notable, el nivel sobresaliente es sólo para machos, caché  en el escalafón, se puede permitir ciertos lujos dentro de ese tiempo parcial que hemos llamado, y ya los griegos lo hacían así mucho antes de que lo hiciera el propio Marx con todas las de la “ley”, de trabajo esclavista. Por ejemplo elegir el asunto a tratar, la forma y el fondo del discurso a impartir, o  si lo prefieren el sermón o la homilía por la que, finalmente, recibe una su correspondiente remuneración. Ocurre que, esa una, hoy por hoy ya porta un nombrecito con una determinada consideración y crédito adosado, y por supuesto no ignora tal ascendiente. Aunque como suele decirse nunca se termina de aprender. Abro aquí un pequeño paréntesis para comentarles algo que pienso que viene muy a cuento. Hace un rato, precisamente a mi llegada algo retrasada al hall del salón de actos de esta respetabilísima institución,  acabo de escuchar, les aseguro que de forma absolutamente involuntaria y accidental, a un par de caballeros acompañados por un par de señoras con ostentosas ínfulas de duquesas e indisimulable catadura de posaderas, comentar de manera jocosa que lo más interesante de la conferenciante de hoy, de donde indudablemente debo inferir que aludían a una servidora, era “el lustroso par de tetas que se gasta la andoba”, literalmente transcrito. Así que el tópico “Más pueden dos tetas que dos carretas” por lo oído sigue vivito y coleando en ciertos  cerebritos (gorjeos de señoras y estentóreas toses de caballeros). En fin, que parece que algunos, al menos dos, no han acudido a este evento “cultural” por lo que suelo escribir o discursear sino por el supuesto lustre de mi cuerpo “vivo”; pero que quieren que les diga, todo suma, y no hay más que ver, y por mi parte con sumo contento que supongo compartido por la de los generosos organizadores del evento y empleadores de una, que en la sala no cabe un alfiler (comienza el desfile que la desmiente, sólo señoras).

jueves, 23 de febrero de 2017

23 de enero / 2017



Una reflexión de Ángeles Díez:
“La equidistancia es sin duda un refugio ideal para las buenas conciencias y tiene la ventaja de la ambigüedad que permite posicionarse en un lado o en otro según discurran los acontecimientos. Se trata de una falsa simetría que coloca en el mismo plano al agresor y al agredido.”
(…)
“…se busca salida en la ambigüedad camuflada de pluralidad, en el perfil bajo hasta que se decanten los acontecimientos, o peor, en la equidistancia que supone un falso equilibrio en el que se permite criticar el discurso dominante y a la vez compartirlo.”


Gris sobre gris / Theodor W. Adorno

Gris sobre gris.-Ni siquiera su mala conciencia le hace favor alguno a la industria cultural. Su espíritu es tan objetivo, que hiere a sus propios sujetos, de modo que éstos, sus agentes todos, saben con qué tienen que habérselas y procuran distanciarse con reservas mentales de la aberración que han instituido. El reconocimiento de que las películas difunden ideologías es él mismo una ideología difundida. Una ideología administrativamente manejada mediante la distinción rígida entre, por un lado, los sinténticos sueños diurnos, vehículos para la huida de lo cotidiano, «escape», y, por otro, los bienintencionados productos que animan al correcto comportamiento social, que transmiten un mensaje, «conveying a message».
La automática subsunción bajo los conceptos de escape y message expresa la falsedad de ambos. La burla del escape, la sublevación estandarizada contra la superficialidad, no es más que un pobre eco del inveterado éthos que abomina del juego porque ningún juego tiene en la praxis dominante. Si las películas de escape son aborrecibles, no es por que vuelvan la espalda a una existencia decolorada, sino porque no lo hacen con suficiente energía, y eso porque ellas mismas están decoloradas, porque las gratificaciones que parecen prometer coinciden con la infamia de la realidad, de la privación. Los sueños no contienen ningún sueño. Igual que los héroes del technicolor no dan ni por un segundo ocasión a olvidar que son hombres normales, rostros prominentes tipificados e inversiones, bajo la delgada lámina de la fantasía producida conforme a esquemas fijados se adivina inequívocamente el esqueleto de la ontología del cine, la jerarquía entera de valores impuestos, el canon de lo indeseable y lo imitable. Nada más práctico que el escape, nada más íntimamente comprometido con la explotación: al sujeto se le transporta a la lejanía sólo para meterle a distancia en la conciencia, sin interferencia de desviaciones empíricas, las leyes de la vida empírica. El escape es todo él un message. De este modo el message parece lo contrario, lo que quiere huir de la huida. Cosifica la resistencia a la cosificación. Basta con oír a los especialistas decir elogiosos que ésta u otra magnífica obra cinematográfica tiene entre otros méritos el de la  intención con el mismo tono con que a una bonita actriz se le asegura que además tiene personality. El poder ejecutivo bien podría decidir cómodamente en una reunión que a la costosa comparsería del cine de escape se le añadiese un ideal como: «Noble sea el hombre, compasivo y bueno» (Goethe).
Separado de la lógica inmanente de la imagen y del asunto, el ideal mismo se conviene en algo que hay que suministrar de los depósitos , y por lo mismo en algo a la vez palpable y fatuo: reforma ordenada a eliminar los abusos eliminables, asistencia social transfigurada. Preferentemente anunciando la integración de alcohólicos, a los que se les envidia su mísera ebriedad. Cuando se representa a la sociedad endurecida en sus leyes anónimas como si en ella bastase la buena voluntad como remedio, se la está defendiendo aun de ataques justificados. De ese modo se crea la ilusión de una especie de frente popular de todos los que piensan de forma recta y justa. El espíritu práctico del message, la sólida demostración de cómo se deben hacer las cosas, pacta con el sistema en la ficción de que un sujeto social total, que en modo alguno existe en el presente, puede ponerlo todo en orden si cada cual se adhiere a él y se hace una idea clara sobre las raíces del mal. Uno se siente bien donde puede mostrarse como alguien excelente. El message se convierte en escape: el que sólo atiende a la limpieza de la casa donde habita olvida los cimientos sobre los que está construida. Y lo que seda de verdad un escape, la oposición hecha imagen al todo hasta en sus constituyentes formales, puede transformarse en message sin pretenderlo; es más, justamente por el terco ascetismo que rechaza la propuesta del primero.


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miércoles, 22 de febrero de 2017

22 de enero / 2017


La OTAN no «obsoleta» se prepara con Mattis para otras guerras
por Manlio Dinucci



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Un descubrimiento: Fuera de la realidad también predomina la ficción.

Últimamente la cosa (la lectura) va de italianos: Luciano Canfora, Manlio Dinucci, Leonardo Sciascia, Domenico Losurdo, autores todos ellos muy distintos, periodistas, historiadores, novelistas… y también muy interesantes. Les recomiendo hoy  un artículo de Manlio Dinucci titulado “Occidente reescribe el pasado” (aquí: http://www.voltairenet.org/article194723.html ) y una novela de Leonardo Sciascia: “El Archivo de Egipto”.
Mientras leía a Sciascia, que nos narra una muy ilustrativa historia “siciliana” de falsificación del pasado histórico, protagonizada por un clérigo y centrada en la ciudad de Palermo en 1783, apareció en “voltairenet.org” el artículo de Dinucci en el que se refiere a la manipulación del pasado histórico, en este caso reciente, en 2016. El meollo del artículo es el mismo meollo de la novela. Se trata de “fabricar” el pasado, la historia, según cuadre con los intereses del  vigente  poder establecido. Se inventa la totalidad o se emplea la técnica del palimpsesto, lo que más convenga a la necesaria  verosimilitud, o sea, a la eficacia propagandística de la estafa. Dinucci hace referencia, y no ahorra malévola ironía sobre las intenciones del personaje que acabó de soplón de la CIA, a George Orwell y su  “Ministerio de la Verdad” en la distópica “1984”:
(En los medios de desinformación) La actualidad se divide en secuencias cortas completamente desconectadas entre sí, para que los hechos resulten incomprensibles, dando así a los gobernantes el más amplio margen para esconder sus crímenes.”
Y continúa:
“Así se ha logrado borrar la historia, debidamente documentada, de estos últimos años.
En ese caso se halla la historia de la guerra de Estados Unidos y la OTAN contra Libia, decidida –como puede comprobarse en los correos electrónicos de la señora Clinton– para bloquear el plan de Kadhafi de crear una moneda africana alternativa frente al dólar y el franco CFA”.

 “Simultáneamente, siguiendo el esquema de la «neolengua» orwelliana, el léxico político-mediático se adapta según convenga en cada caso: los terroristas, definidos con esa palabra cuando sirven para aterrorizar a la opinión pública occidental para que esta apoye la política de Estados Unidos y la OTAN, son calificados de «opositores» o «rebeldes» cuando perpetran masacres contra los civiles en Siria.”
Aquí quizás venga a cuento la advertencia de la socióloga Ángeles Díez:
“El lenguaje es el instrumento más potente con el que se arrastra a los medios alternativos hacia su homologación mediática y mediante el que se les convierte en uno de los nuestros, parte del coro plural que paraliza la resistencia. El lenguaje es nuestra trampa porque no es nuestro lenguaje. Pocas veces nos detenemos a analizar los discursos que utilizamos y cómo reproducen las mismas lógicas manipuladoras.”

Y concluye Danucci:
“En Berlín también pudieron verse otras «rarezas». Al registrar el camión, inmediatamente después de la masacre, la policía y los servicios secretos no vieron que debajo del asiento del conductor estaba… el documento de identidad del tunecino, además de un montón de fotos. Así que arrestaron a un pakistaní liberado al día siguiente por falta de pruebas. Sólo entonces, un agente especialmente experimentado fue a mirar debajo del asiento del conductor y descubrió los papeles del terrorista. Interceptado, por casualidad, y en medio de la noche, el tunecino fue eliminado por una patrulla cerca de la estación de trenes de Sesto San Giovanni, en Milán (Italia), a un kilómetro del punto de partida del camión polaco utilizado en la masacre de Berlín. Todo eso, documentado por el «Ministerio de la Verdad».

ELOTRO


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martes, 21 de febrero de 2017

21 de enero / 2017



La guía de museo  (4 / 4)

Un día, viernes, ¿acaso la muy puta no pudo elegir el martes?, al dirigirse al grupo de curiosos visitantes que pastoreaba, cambió mi guión de forma radical. Julia ni tan siquiera usó el suyo, me refiero al de sus inicios. Inexplicablemente retomó el caduco y universal discurso del manual del buen (baboso) guía. Se demoró especialmente en mi sala, puso su dulce voz y su lindo cuerpo al servicio del trasnochado discurso en todo opuesto al que yo le había enseñado y del que ella, hasta ese preciso momento, se había adueñado alegremente. De forma indirecta disparó aquel grosero pregón sobre mí, sobre mi pensamiento. Comprobé que a Julia le resultaba tan fácil aprender como desaprender. En el brillo de sus ojos, que ni siquiera me miraron, pude ver que la muy estúpida chorreaba sobreestimación. De nuevo y por la sinrazón contraria quedé estupefacto. Aquel viernes desapareció de mi vida, y del museo, sin dar ninguna explicación. Salvo que  dejó en el chat, el de los currelas del museo, unas imágenes, no lo suficientemente borrosas, grabadas traicioneramente en el cuchitril. Un nuevo fracaso tragicómico se había consumado. Sólo había existido una relación de burla, y me pregunto ahora: ¿por ambos bandos?
Con el tiempo, largo o corto, ni el engaño ni el autoengaño se sostienen.

En alguien que es una publicista nata, de su limpieza exterior se puede y se debe deducir la suciedad interior. El margen de error, doy fe, es muchísimo menor. Julia resultó tan innoble como no hubiera creído posible. Tras su espantada me encontré absolutamente vacío. Salvo los recuerdos, que le atruenan a uno los oídos ininterrumpidamente. Y es ese mismo uno el que piensa bobadas del tipo: “cuanto mejor nos portamos con ellas, tanto más horriblemente nos pagan”. Pero hay que comprender, hay que esforzarse en comprender que nos acostumbramos a un ser humano, lo amamos, nos encadenamos de mil maneras a él, nos aferramos a aquel con el que creímos compartir, el ser afectuoso que llegamos a creer que nos lo dio todo; y luego, un día, lo perdemos… nos deja en la estacada, y es como si realmente lo hubiéramos perdido todo. ¿También todo lo de antes de J.?

El día que se fue, así lo viví, morí yo (¿O nací?). Pero afortunadamente  somos dos. Fui un muerto que se dejaba vivir. Ella era el tema de mi vida por mucho que digan que la vida no tiene tema. Sin ella, al rememorar su amor perdido, todo quemaba, todo manchaba, todo pinchaba, todo aburría, por mucho que digan que dicen. Sin ella, y quizás también por ella,  miraba hacia delante y andaba hacia atrás: como es natural tenía que fracasar. Además no supe ver que a partir de cierto momento era ella quien claramente marcaba la pauta de nuestra relación y yo el que estaba completamente a su merced. Pero no lo ves, sientes sin duda que es así, pero no lo ves, pero no lo quieres ver, y esa es la tragedia.
Quedamos solos, heridos, convalecientes sin remedio, un poco muertos para enfrentar el terror y el misterio del mundo. La terrible realidad es la única fuente de la ficción, y solo la ficción que se nutre  de la realidad es, puede llegar a ser, verdadera ficción…

Inmerso en ese demencial desvarío, incluso llegas a pensar  que te abandonan porque no te has plegado a su testarudez. Y te interrogas, ¿obré bien?, y esa duda insoluble que tú mismo has creado  te persigue, te obsesiona, te corroe. Piensas que te hubiera gustado trabajar más en ella, sí, también los lunes. En fin, no hubo suerte. En realidad, también te dices, fue una fingidora genial, genial comediante, lo fingió todo, nada fue verdad. Y no supe verlo. O, repito, no quise verlo. Durante medio año después de la desaparición de Julia no pude mantener una conversación con nadie, y menos en el museo, a cuya cita sin embargo no falté un solo día. Debo reconocer también el apoyo, aunque pasivo, que recibí de mis compañeros, ya que ninguno de ellos hizo la menor referencia a lo ocurrido -ninguno metió el dedo en la llaga-, a la escabullida de Julia. Incluso cuando en alguna ocasión de especial debilidad pregunté a algunos de ellos por ella, me respondían extrañados, cuanta amabilidad, que no recordaban a ninguna Julia, a ninguna guía de esas características que yo ingenuamente les trataba de describir con todo amoroso detalle. A esa Julia la has debido soñar, me decían todos… ¿Sería Julia la presencia de una ausencia?

No quería seguir viviendo pero por cobardía seguía viviendo. Escuálido, aturdido, pálido, mal afeitado, apoyado en un bastón, horrorizado de mí mismo y a veces con los cordones de los zapatos sin atar, pues bien, aún así, ni en los peores días dejé de asistir puntualmente a mi puesto de trabajo.

Aquí existo yo, en estas salas, un trabajo mentiroso que alterno, desde mucho antes de conocer a Julia, con una vida igualmente mentirosa… pero el arte, como complejo sistema de significados y valores producidos por su desarrollo histórico y, en consecuencia, como forma de vida voluntariamente elegida, me salva una y otra vez, me salvan las artes, me salva que el arte siga viviendo en mí, casi como el primer día. Casi.

Y de nuevo, constatas, dejas de ser de las personas que disfrutan el presente y vuelves a ser de los desgraciados que se empeñan en disfrutar de un pasado mistificado. Conductas enfermizas, aunque bien es verdad que en defensa propia… un ir tirando.

Has vuelto a alcanzar el más siniestro fondo de la ciénaga existencial, me decía. Y salvo dejar pasar el tiempo, la cochina verdad es que no puedes hacer nada para remediarlo. Es para deprimirse, para desesperarse, Julia me condujo, te dices sin demasiada convicción, irremediablemente al abismo total. Señal de que no andabas muy lejos, piensas para tus adentros. Todo en el museo, ya pueda mirar adondequiera, recuerda a la innoble Julia, lo que es verdaderamente desgarrador, y no niego que también ridículo.

Un día crees que te estás acostumbrando a su ausencia, que por cierto ya casi no percibes. Otro no sientes nada en relación con ella, como si nunca hubiese existido. Y eso también, paradojas del sentimiento, es espantoso.
Poco tiempo después su recuerdo te deja frío. Y de repente parece que sale uno de la desesperación. Aunque todavía hubo retrocesos, con su retirada, te dices, en realidad me volví libre. Todos los dolores envejecen con el tiempo, pierden peso, se desecan, se consumen. Los dolores agotan pero, si logras resistir, a la larga son ellos los que terminan agotados. Eso también se aprende… pero claro, cuando ya es historia.

(A pesar de que el relato tiene bastante de autobiográfico, es evidente  que recuerda, casi en cada frase, sospechosamente a Bernhard y sus Maestros Antiguos, ciertamente aquí plagiado y  falsificado de la forma más innoble. Dicho queda.  Aunque, y esto lo digo sinceramente, confío en que puedan encontrar alguna cosilla más…)

La verdadera legibilidad siempre es póstuma. Escribió en su diario el recientemente fallecido Ricardo Piglia.

ELOTRO


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lunes, 20 de febrero de 2017

20 de enero / 2017


HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA
DE LA NUEVA ESPAÑA

Bernal Díaz del Castillo



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La guía de museo  (3 / 4)

En lo que concierne al que les narra, nada esperaba con mayor ansiedad que los lunes. Los lunes, todos los lunes y únicamente los lunes, Julia y yo practicábamos el coito en el interior del museo, nuestro centro de trabajo y también nuestro picadero clandestino. Camuflado en una de las paredes de lo que fue el estudio del pintor, existía un baño (un retrete, un bidé y un lavabo) en principio para uso exclusivo de  los vigilantes de sala, que en la práctica casi nunca, en mi caso y hasta entonces nunca, se utilizaba salvo en contadísimos casos de ineludible emergencia; se trata de un cuchitril extremadamente angosto y de techo muy bajo que no invita a la demora y que por el contrario   se muestra muy eficaz a la hora de disparar ciertos  mecanismos fóbicos. Todos, entre los que repito me contaba, preferían, incluso en las prisas, los más confortables servicios del no tan lejano vestuario. Factor determinante es que el cubículo casualmente se encuentra situado en un rincón, ángulo muerto o ciego o como se diga pero en cualquiera de los casos fuera del alcance de las indiscretas cámaras de seguridad. Sobre  las delicadas y casi inexistentes relaciones entre los empleados de la seguridad privada, astutamente externalizada y los funcionarios del Estado encargados de gestionar y cuidar el funcionamiento del museo, mejor ni comentar por aquí.

Ya digo, los lunes fueron durante aquel tiempo, tiempo corto, tiempo dramáticamente corto, mis particulares y gloriosos sábados sabadetes. La muy placentera sesión –sobre la que comprenderán que pasado el tiempo y de qué manera, no tenga ninguna gana de realizar descripciones y evaluaciones- de los lunes se convirtió en una gozosa costumbre que pronto desembocó en una necesidad indispensable, acuciante, altamente adictiva, para mí. Para ella, ahora lo puedo asegurar, sólo un medio para completar su formación. No digo sexual.

Habíamos sellado, conste que a iniciativa suya, un acuerdo secreto. En base a él, yo la instruí, la alfabeticé, la guié, la llevé de la manita, la adoctriné, creo que en el buen sentido antidogmático, sobre el insigne artista que daba nombre al museo y el contexto histórico en que nació, creció y gestó su exitosa obra. Ella pareció someterse de muy buena gana al papel de eco, pero el tiempo demostró que sólo fue un posicionamiento táctico. El caso es que yo la regué, la empapé  con todo el chorro a caño roto y hasta la última gota  de mis conocimientos sobre el arte y la sociedad que lo produce, sobre todo esa inmensa parcelita que “casi” no figura en los libros de texto. En síntesis, le hice ver que el genio, bajo cuyos techos bajos alegremente copulábamos cada semana, no pasaba de ser un pintor mediocre que nada digno de ser mencionado había aportado, entiéndase de cosecha propia, a la pequeña o gran historia del oficio que le había hecho, y no sin su esfuerzo, multimillonario en bienes materiales, y  que eso explica su permanente “éxito” entre las “masas” y las élites sin criterio (de cualquier rango y consideración social. Es increíble lo tonta que puede ser la gente, se contentan con cualquier cosa, aunque sea la mayor birria.). Sí que estuvo en cambio sobradamente dotado tanto de un innegable talento innato para el dibujo, así como de una habilidad poco común para adquirir  muy tempranamente y con sorprendente facilidad, una completísima técnica pictórica, aunque despreció el arte gráfico, académicamente homologable, perfecta (no se tiene noticia de que llegara a perpetrar a lo largo de toda su vida artística una sola chapuza). Y, además, de un agudísimo olfato, que primero le sirvió para la larga y  durísima escalada social (el “genio” nació en una familia pobre, se crió en un barrio pobre y todavía en plena infancia quedó huérfano), y ya afianzado en un escalón social superior (el Borbón que le tocó de turno le llegó a ceder durante un verano estancias para toda la  familia en su palacio segoviano), para detectar el lugar y la ocasión idónea (los catetos millonarios de USA que nos acababan de humillar en Cuba) del negocio a lo grande, visto desde el punto de vista social y económico. Un hombre tan logrado (un empresario de sí mismo) y una obra, con toda la intención muñida sólo para agradar al pudiente, tan artísticamente fallida.

Mientras tanto, otros menos espabilados se preocupaban por superar los moldes rancios del academicismo; por liberarse de las ataduras de la tradición más putrefacta; por dinamitar los cimientos del arte al servicio del gusto y la moral burguesa más hipócrita y aberrante; por investigar nuevas maneras de ver y de mostrar; por experimentar técnicas, soportes, lenguajes (el lenguaje pictórico también tiene su gramática, su lógica y su retórica, categorías que tampoco están, ni pueden estar, “acabadas”, y por lo tanto no pueden permanecer estáticas, inamovibles, petrificadas); por transgredir los aburridos y apelmazados (el pasado pisado) límites del conformismo… por prescindir de lo ya largamente obsoleto, de ese concepto religioso-metafísico, absolutamente reaccionario, del arte como algo invariable,  “fijo”, “atemporal”, y en su lugar aportar lo suyo, que no lo del ventrílocuo de turno con sus viejas preguntas y sus viejas respuestas. Aunque ya se sabe que toda creación no es más que re-creación (hecha a partir de la tradición histórica, a la que, en su caso, “agrega” su aportación.)


Y algo de esta erudición, que acabo de intentar resumir, la vertí generosamente sobre mi por entonces querida Julia, Julia “la esponja”, la puerca que todo se lo tragaba y que todo chupaba, lamía y absorbía sin hacer ascos a nada, en el transcurso de aquel corto espacio de seis meses. Que a su súbito término me llegaron a parecer, y no exagero, poco más que seis lunes…

domingo, 19 de febrero de 2017

19 de enero / 2017


La guía de museo  (2 / 4)

“Sólo me gustan los guías extranjeros, ¿Sabes por qué? Porque no los entiendo”, le dije a bote pronto en el jardín del museo donde la abordé y consecuentemente sostuvimos, mal que bien, y durante uno de los reglamentarios tiempos de descanso, la primera conversación a solas. Se trataba de un chiste muy gastado entre el personal de sala que a ella como es natural no le hizo ninguna gracia escuchar, noté además en su mirada cierta hosquedad, y, por mi parte, antes de pronunciar la última palabra ya me había  arrepentido de haber recitado aquel a todas luces  inoportuno chascarrillo. La primera en la frente, como suele decirse me dije. Me había comportado, menuda tarjeta de presentación, como un vulgar idiota que descalifica todo un gremio, al que ella voluntariamente pertenecía, de la forma más chusca que ha inventado otro gremio, al que me adherí, el de los iletrados petulantes. “Supongo que ese pedo se te ha escapado”, me espetó. Y quedé completamente estupefacto. “No te preocupes, añadió con una leve sonrisa, eso pasa en las mejores “famiglias”… comprendo, porque también lo padezco, que no es fácil liberarse de la inercia rutinaria, de la servidumbre que exige el discurso predominante y dominante del “sinsentido común”…

Ya digo, una pequeña muestra de nuestra primera conversación a solas. Para un tipo solitario, retraído y retorcido e introvertido como yo, aunque naturalmente no lo suela reconocer ante nadie como suele hacer cualquier bobo vanidoso y mentiroso, es muy importante saber qué efecto produce en el otro el discurso, la tontería, de uno. Comprenderán que Julia me pareciera, en aquel momento y aún a riesgo de caer en un precipitado y  excesivo entusiasmo enceguecedor, eso que se llama un regalo del cielo, un filón, una mina. Había tropezado sin comerlo ni beberlo con una interlocutora de indudable y competente nivel, con evidente criterio propio y que, sin la menor señal de arrogancia y desde la más sincera modestia se hacía respetar intelectualmente… y por si todo eso fuera poco, muy atractiva. Sí, también reavivó mi muy desfallecida pulsión sexual. Así que ya me dirán.

Julia acababa de cumplir por entonces veinticinco años y recién había terminado la carrera de historia del arte (le parecía el “impresionismo” arte de vanguardia, no sabía prácticamente nada de los vanguardistas rusos o de la Bauhaus y sin embargo había “devorado” todo de Dalí, Botero, Warhol y hasta el “genial” Barceló, le sonaban vagamente Vasari y Gombrich pero no había leído nada de Warburg, Einstein, Panofsky, Blunt, Clark, Benjamin, Berger…y conste que nunca he defendido que baste con afanar cuatro ideas descollantes de los libros de autores canónicos… el arte no vive en la palabra que lo nombra, describe y evalúa, sino en la propia obra material con todo lo que ella contiene y arrastra.) de cuerpo delgado y de talla alta, “más alta que la media” según presumía, llevaba el pelo rubio oxigenado y muy corto, lo que realzaba su grácil y estilizado pescuezo,  a lo Jean Seberg (de la que más tarde me confesó ser devota en sus facetas de actriz y mujer. Afortunadamente en esta ocasión reprimí a tiempo otro divertido y soez chiste, este sobre “morritos” Belmondo, que “antes” me encantaba declamar), se vestía de forma impecable, prendas caras, pero informal y casi siempre con holgadas camisetas de colores lisos sin estampar, era de tetas tan minúsculas que no solía usar  sujetador, largas y delgadas piernas algo patizambas envueltas en pantalones casi siempre vaqueros, negros, grises, azules, y demasiado ajustados para mi gusto, y discretas zapatillas deportivas. Hablaba con mucha calma, diría incluso que con exasperante lentitud, su tono de voz sin embargo era irresistiblemente cautivador, dulce, suave, poco más que un susurro. Se movía, sobre todo las cuidadísimas  manos, con extrema elegancia, y siempre como recién duchada olía, y luego pude comprobar que también sabía, a rosas… por aquel entonces sin espinas.

“Ese sabe pero se lo guarda, se lo pasa dibujando y tomando notas en su pequeño bloc”, me dijo Julia que le habían dicho algunos “anónimos” compañeros de sala sobre mi. “Y por eso, me dijo, te dije lo que te dije.”. Ya lo ven, no falla, son ellas las que van por delante, las que  eligen.

Le expliqué que en realidad no me guardaba nada porque con ellos no había necesidad, no daban la oportunidad. Se trata, añadí, de que simplemente un vigilante de sala sólo demuestra verdadero interés, sólo se digna a hablar, cuando no hace crucigramas o juega con el teléfono móvil, y habitualmente en un continuo estado de autolamentación: de horas extras atrasadas o en perspectiva, días libres para asuntos personales y propios, puentes factibles de convertirse mediante ingenioso ardid en acueductos, vacaciones estratégicamente apuntaladas en las cuatro estaciones del via crucis laboral, horas sindicales que se multiplican como los panes y los peces de aquella otra leyenda, o de innumerables enfermedades y malestares también de carácter personal y propio… ah, y de las hordas de visitantes que provocan todos sus males.


Julia, que luego supe de sus propios labios que era hija-única-pija de familia más que acomodada, de esas niñas que nunca, dentro del dulce hogar, han oído hablar de problemas de dinero, había empezado en el museo realizando visitas guiadas dos días por semana, uno en turno de mañana y otro en turno de tarde, y acabó “currando”, por voluntarista voluntad y por supuesto sin ninguna remuneración material, todas las tardes, que no casualmente era y es  mi turno de trabajo, de lunes a viernes, salvo festivos. “Los fines de semana y festivos son sagrados, decía muy seria, sólo para mí y sólo muy de vez en cuando los comparto con los míos”. Y aquellas numerosísimas, que así comenzaron a parecerme, festividades, ya se pueden imaginar, dolían. Era su mera presencia lo que hacía soportable la vida.