Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 31 de enero de 2017

31 de diciembre / 2016



Antón P. Chéjov
“La isla de Sajalín”

“La idea de viajar a Sajalín, una remota isla en aguas del Pacífico que albergaba en la época una colonia penitenciaria, constituye uno de los hechos de explicación más controvertida en la biografía de Antón Chéjov…”

Libro completo aquí:


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Relatos cortos y no tan cortos / 35

Los conocimientos del lector completan el sentido del texto, de la misma manera que el mirón que ya llega sabido, puede ver más y mejor en la pintura que contempla. Miedo me da pensar, ya noto que se están desatando todos los mecanismos fóbicos, hasta dónde llega lo sabido en el caso de mi enfermera preferida de noche. Tampoco es descartable que todos estos inquietantes enigmas y acertijos que han inundado mi cerebro de porquerías y que me tienen permanentemente al borde del desquicie no sean más que una estúpida construcción arbitraria de mi, por llamarle así, raciocinio. Lo que por otra parte añadiría otro síntoma alarmante, si acaso encuentra o se puede hacer un hueco. Del actual estado de mi cerebro, en medio de esta experiencia perturbadora, mejor no hablar. Mi palmario embotamiento psíquico me lleva a padecer, es importante patentizar las diferencias, las cosas sin sentirlas. Lo que me provoca constantes escalofríos. Mi mente es incapaz de procesar el cúmulo de información que ya almacena y, lo que además implica todo un trajín extra, el descontrolado nuevo abastecimiento que minuto a minuto crece sin parar. Temo que, más temprano que tarde, mi abarrotado y extenuado disco duro va a implosionar (remember the chip).


Estoy, cierto que con un alto grado de invalidez, dentro de mí, aunque sospecho que no solo. Me siento habitado, y mangoneado, por algo que es ajeno y que se comporta como una sustancia corrosiva. No pretendo que nadie crea ciegamente mis explicaciones pero en paralelo percibo un severo y acelerado debilitamiento del yo. No logro sacar la mente de este cenagal insondable ni siquiera cuando duermo, no digo descanso. Me he transformado en un perfecto energúmeno que, sin embargo, o precisamente por eso, no deja ni tan siquiera en estas irritantes y desalentadoras circunstancias, de cumplir escrupulosamente todos los puntos y cláusulas del contrato/proyecto que le compromete. Soy pues un aguerrido intelectual comprometido… cumplidor.

lunes, 30 de enero de 2017

30 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 34

Retomando con ilusión el cuento sobre la cita del sábado que prometí contar y no conté, les diré que resultó muy instructiva y gratificante en varios aspectos. Por ejemplo nada más llegar y como si fuera el primer punto impostergable del orden del día, recibí abundante y exhaustiva información, que no creo haber solicitado, sobre los gemelos monocigóticos y el por lo visto determinante detalle de que tales personas no poseen un genoma exactamente igual. Y a más a más, que diría Brossa, en los llamativos casos en que ambos sujetos resultan prácticamente indistinguibles, conviene tener en cuenta que siempre existen rasgos intrínsecos en la complexión de cada uno. Diferencias causadas normalmente por haber recibido una desigual nutrición durante el tiempo de gestación y más tarde por otras variables que intervienen después del nacimiento, y que pueden cambiar en cierto grado sus respectivas apariencias durante el crecimiento. Como no quiero abrumar ni aburrir con tantos datos científico-médicos que obtuve de la generosidad de mi enfermera de noche favorita (formula que repetiría obsesivamente Bernhard según suele apuntar obsesivamente Levrero), y cuyo fin último el lector atento ya habrá podido sospechar; sólo añadiré algo que subrayó sobre una rara patología genética, llamada el síndrome de Turner, nada que ver con el pintor,  que sin embargo se da únicamente entre las mujeres, y es provocada por la ausencia total o parcial de un cromosoma, que por suerte es el único que no es letal.  Abundando un poco más, y ya termino, resulta que la ausencia del cromosoma “Y” determina el sexo femenino de todos los individuos afectados, y la ausencia del segundo cromosoma “X” determina la falta de desarrollo de los caracteres sexuales primarios y secundarios. Esto confiere a las mujeres que padecen el síndrome de Turner un aspecto infantil y esterilidad de por vida. Y entre muchos otros datos recuerdo haber oído algo sobre un desarrollo retardado o ausente de las características sexuales secundarias: ¡mamas pequeñas!... Y ya por decirlo todo les diré que, a pesar de que por mi parte también estoy grabando íntegramente estos deliciosos  encuentros, casi toda la información que recibí coincide, lo puede comprobar cualquiera, casi  literalmente con el contenido de algunas páginas de la Wikipedia. A partir de ahí cada perro y cada perra se lame su rabo. Pero quede claro que no estoy tratando de “criminalizar” un acto, el copia lo ajeno y pega en tu propio discurso, que viene practicándose, claro que en muy diversas formas y maneras, desde hace siglos y con estupendos resultados creativos en algunos casos, véase Shakespeare sin ir más lejos…  porque la lista sería interminable…
Cuando finalizó el apunte biológico-genetista, evidentemente abaratado en su forma y contenido, supongo que es circunstancia que se justifica por clara deferencia hacia mis escasos recursos en el tema, se nota que mi enfermera de noche preferida me conoce bien, eslabonó un nuevo monólogo quizá algo deshilachado  sobre su hermana gemela. La dibujó como alguien que se menosprecia a sí misma, a sus cosas y a todo lo que hace. Añadió también  que desde hace ya demasiados años su gemela hermana padece un grave complejo de inferioridad que los azares de la vida, una vida con muchas más decepciones y tristezas de las que suelen tocar a cualquier otra vida, no han hecho más que acentuar; lo que penosamente ha desembocado en una peligrosa situación de absoluto aborrecimiento de sí misma. Añadió que su confusión mental la mantiene tan distanciada del mundo como de su propio cuerpo. Y que este lamentable estado, de chica ya era así, remachó, sólo encuentra benigna tregua en pequeños paréntesis temporales de cierta lucidez psíquica. En este punto aludió superficialmente a la nota que me hizo llegar y que confirmó escrita por su mano aunque sólo en el papel de mera amanuense. La notita por lo visto trajo cola y conflicto entre ambas, ya que la hermana de abundante pechera, implantada confirmó la relatora, acusó a la portadora de “mamas pequeñas” de haber transcrito torticeramente el texto que ella le había dictado. El antagonismo entre la normalidad desquiciada y los paréntesis de lucidez, zanjó. Y ahí terminó la tarjeta de presentación de quien posteriormente no llegó a hacer acto de presencia… quedó claro, supongo que era el objetivo, que las gemelas son como agua y aceite.
Y una vez superado el consultorio médico y el somero retrato robot o casi alegato corrosivo que trazó de su hermana gemela, que me dejó un horrible sabor de boca, la cosa derivó hacia asuntos mucho más gratificantes…

domingo, 29 de enero de 2017

29 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 33

“Cuando en el pasado –escribió Michel de Montaigne- los cretenses querían maldecir a alguien, rogaban a los dioses que se vieran envueltos en alguna mala costumbre.”
Nueva cita con mi enfermera de noche preferida, y les digo sinceramente que no me importaría que la cosa  se hiciera costumbre, me está ayudando a reflexionar y recordar, y me lo paso bien. Esta vez sábado sabadete y en su casa. Y sí, señores, a propuesta de ella (si releen el relato 02, constatarán el desdoblamiento o la radical transformación que ha sucedido y nadie, y yo menos que nadie, sabe como ha sido). Me avisó de que quizás su hermana- la tetuda y estrambótica enfermera de día-, a la que, y así me deja advertido, mantiene puntual y completamente informada, podía aparecer por allí en cualquier momento. Pero no sé si para bien o para mal no fue así. Les cuento ahora, o unas líneas más abajo, el cuento de lo acontecido.
La autonomía de la imaginación es algo que el romanticismo trabajó a conciencia. Hablando en plata puede significar que la imaginación se despega completamente de lo real, que vuela a su aire y capricho, sin límites, ataduras o cualquier otro tipo de condicionante, sin imposibles, sin más ley que la “sin ley”. O eso le gustaba creer, y les gusta, a esos inconscientes autosuficientes. El problema “real” sigue siendo la mezquina duración del hechizo, cuando “realmente” llega a tener efecto.
No sé si estoy haciendo de un relato un diario o de un diario un relato. Simbiosis hay. Lo que es seguro es que nada de lo que cuento, insisto, ocurrió realmente tal y como lo cuento. No quiero decir que les esté  contando trolas sino que lo que aquí figura es sólo una pequeñísima parte de lo ocurrido y probablemente haya optado, unas veces de forma consciente y otras adrede, por  la parte más insignificante de todo lo que acontece de ordinario en mi extraordinaria vida, en cada ordinario día –a lo de Levrero anotando horas y minutos, espero no llegar-. La declaración de guerra y la sesión de natación en el mismo renglón, a lo Kafka.
Me estoy pensando seriamente escribir aquí sobre mi galopante pérdida de vista, sobre la progresiva sequedad de mis ojos poco dados al llanto, sobre el dineral que cuestan, ya no las recetan en la Seguridad Social, las lágrimas artificiales que algo los alivian durante unas horas. De este mismo asunto, claro que cada uno de sus particulares ojitos, he leído en Piglia, en Levrero, en Hermann Hesse…éste último me llegó al alma cuando le leí acerca de su miedo por sufrir un desprendimiento de retina… justo cuando uno que yo me sé  acababa de salir del post-operatorio… pero claro, qué nos puede llevar a pensar en la existencia de un lector interesado en devorar páginas y páginas cuyo contenido: me duele, me escuece, me pica, me marea, me hace pupa en la barriguita por dentro, me pone de los nervios, me desconcentra… consiste en un relato pormenorizado de achaques y miedos físicos y psíquicos de un sujeto groseramente impudoroso, ridículamente aprensivo e inequívocamente  maníaco. Pero como tampoco se trata de ser anti-canónico todos los días y a todas las horas creo que meteré por aquí algo de esa clase de relleno. Tampoco ignoro, aunque no es precisamente el caso, la existencia de enfermizos lectores –y que son mayoría, no se lo tomen a mal, no estoy pensando en estos andurriales,  y que por lo tanto que consumen no conviene ignorar-, que se suelen sentir estúpidamente halagados cuando con inescriptible felicidad descubren, yo mismo, que comparten vulgares patologías y manías y otras conductas inconvenientes con acreditados intelectuales de cierto rango mediático. Las mentes petisas al frente.

Ahora caigo en que una vez más no cumplí una promesa, esta en concreto hecha unas líneas más arriba, y además supongo que la entrada me quedó mamarracho y  les aburrí. Me cepillaré los dientes y me iré a acostar. Mañana lo vuelvo a intentar. La única muerte digna es en el intento. 

sábado, 28 de enero de 2017

28 de diciembre / 2016


Maurice Merleau – Ponty
“La duda de Cézanne”

Ensayo completo aquí:


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Relatos cortos y no tan cortos / 32

Nulla dies sine linea o 'ningún día sin una línea'. Este proverbio se atribuye a Cayo Plinio Cecilio Segundo, también conocido como Plinio el Viejo, escritor, científico, militar y naturalista romano.
(23 - 79 d. C.)

"...aunque sea una línea para decir que hoy no tengo ganas de escribir " (Mario Levrero, “La novela luminosa”)

Ando estos días sumido en la confusión más terrible. No distingo entre lo que ocurre en la realidad y lo que sólo sucede en mi mente, no acierto a discernir entre lo soñado, lo vivido o lo leído. La mente se me desorganiza, no puedo siquiera tomar nota de lo que acontece para que no se borre. Lo que me lleva sí o sí al borde de la histeria, y a ser ineficaz. Tomo el ómnibus, viajo “de guagua” y acabo bajando del autobús en marcha. Voy de Pavese a Piglia, de Levrero a López Pacheco o de Calvino a Kafka haciendo acopio sin casi pararme a cribar, y para rematar lo estoy haciendo con paso y prosa confusa y vacilante. Lo dejó dicho y bien dicho Chandler: “Ninguna trampa tan mortífera como la que uno se prepara a sí mismo”. Y así aparecen cosas absolutamente innecesarias  cuando buscas otras cosas quizás dudosamente necesarias que no se dignan aparecer por ningún lado material o intangible. Cosas algunas de ellas de cuya recuperación depende, créanme, mi paz mental. Y espero que no me malentiendan, ya que tengo leído que los malentendidos son el medio de comunicación de lo no-comunicativo. Y deben saber que soy muy crédulo con todo lo que esté escrito y contenido entre una tapa y una contratapa. Por ejemplo, siguiendo con las apariciones y volatizaciones inexplicables, esta misma mañana han hecho acto de presencia  dos estupendos tuppers atiborrados ambos de fichas para una novela que nunca terminé o ni siquiera comencé a escribir y que maldita la falta que hacen en estos endemoniadamente penosos  momentos...

Estos relatos que voy a duras penas escribiendo aún no los he podido dominar, no tengo noción clara de lo que se trata. Me digo que estos son mis relatos y puedo escribir lo que quiera… pero en la mayoría de las ocasiones sólo escribo, o leo, por disciplina o por curiosidad o por placer… pero en ninguno de esos casos puede uno escribir “lo que quiera” sino lo que corresponde singular y honestamente. También se escribe como escapatoria de las adicciones, esas que de ninguna manera le permiten a uno hacer “lo que quiera”; pero cuando la propia  escritura es una adicción… la cosa resulta bastante pero bastante tonta. Quizás deba insistir por este lado. Muestra bien a las claras el tipo de relación patológica que he entablado con la escritura. Y en cierta forma también puede resultar el mejor modo de dar cuenta de la magnitud del desastre. Y no sólo el propio.  Y esa es precisamente la tarea que estimo como absolutamente impostergable. Se acabaron las pendejadas del tipo: “Mañana estallará la tormenta”. Son esta clase de frasecitas mitificadoras e idealizadoras las que cada “Mañana” te llevan, te vienen llevando invariablemente desde hace muchísimo tiempo, a ese estado de extrema desolación en el que te hundes día sí día también. No producen ningún resultado, ningún cambio sustancial y, por lo tanto, no sirven para nada bueno o útil o positivo. Hay que comenzar por las así llamadas dificultades insalvables, hay que desintoxicar la mente, deshabituarse. Es hora de dejar de confiar, es una acción comprobadamente necia, en que llegará el turno; ni llegará el turno ni llegará Godot.

viernes, 27 de enero de 2017

27 de diciembre / 2016


John Berger: “Escribir es una derivación de algo más profundo”


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Relatos cortos y no tan cortos / 31

(El lector atento ya habrá comprobado, y si no que relea o se aguante, que me he entregado con entusiasmo desmedido al  picoteo  en libros y mamotretos que versan sobre asuntos como la memoria, los procesos cerebrales de información, la psicología, el lenguaje… y todo esto lo hago, sé que se lo están preguntando, con el generoso propósito –todas las batallas/guerras que se dan son por “Ampliación de Mercado”- de hacer más potable el relato por entregas que graciosamente regalo cada día a mis amables lectores…
Ya conocerán aquello que dejó escrito el siempre agudo, ingenioso e incluso en ocasiones esforzado Levrero: "La mente es como una dentadura que necesita masticar todo el tiempo", aserto que, por mi parte mental, corroboro aquí. La materia de que se trata ahora y aquí es la materia prima que se mastica todo el tiempo, y más tarde se digiere y se incorpora al banco de datos que nutre nuestra mente. Porque al fin y al cabo, ahí es donde uno echa mano a la hora de procesar las informaciones y en base a ellas elaborar nuestros, supuestamente, propios pensamientos. Y también cuando se trata de tomar decisiones, de elegir, de, en suma, guiar nuestra conducta personal y profesional, social, cultural, política. Esa mente que mastica, por cierto, leo que Kafka recomendaba masticar el bocado 70 veces antes de tragar -¡y aseguran que el tipo así lo hacía!-; es la misma que decide si encendemos la tele o apagamos un libro, si salimos a la calle o nos quedamos en casa ajena calentitos y a mesa puesta; si votamos o no votamos y a qué animal o a cuál no; si nos emparejamos o nos encapsulamos de por vida;  si cultivamos las relaciones sociales o nos engolfamos en la misantropía y en la negativa a fregar los platos apilados en el fregadero mientras aún quede alguno de plástico no estrictamente desechable; si nos duchamos o lo dejamos para el próximo verano por aquello del calentamiento global… y un montón de cosas más que no estimo necesario pormenorizar y seguir volcando aquí de cualquier forma y manera. El asunto en cualquier caso es serio, no es para tomarlo a broma, chanza, cuchufleta o guasa que es lo que, en estos momentos, me pide el cuerpo y me tienta la mente.
No es casual que haya sacado a colación el asunto de fregar los platos porque acabo de leer en Levrero que fue precisamente fregando platos, y haciéndolo como si fuese la cosa más importante del mundo, como consiguió desocupar su mente, liberarla de cosas y gentes que desesperan, deprimen, atormentan…–así consiguió un vacío de auténtico ocio, balsámico, que da fuerzas, vida, energía…- de los mil asuntos que lo atenazaban y lo tenían bloqueado en su quehacer, que no hacía, tanto personal como literario. Y en muchos otros quehaceres también, pero ya menos vitales. Convengamos en que, si funciona, no es mal truco, pero el reto realmente delicado viene después, ¿Cómo y con qué ocupar ese espacio que ha quedado vacante en la mente?
Y conste que no pretendo agobiar a nadie, pero conviene resolver el dilema “mental” cuanto antes… antes de que “ellos”, sean quienes sean, detecten el hueco y lo vuelvan a rellenar y convertir en un estercolero -una especie de reflujo esofágico que inunda la mente de falsos y manipulados recuerdos-, con su propia y muy elaborada basura compuesta de  materia memorística, ideológica, política…
Que están a la que salta es de dominio público, aunque nadie lo reconozca ni siquiera en privado. Miedo, mucho miedo hay sembrado.)


No trato de sacar conclusiones precipitadas porque ni se debe ni está bien visto, pero convendrán conmigo en que las hermanas no parecen muy hermanadas. Y miren, escribo esto y lo primero que me viene a la mente es qué opinará de esta valoración la hermana enfermera de noche, que es la que me consta que lee, casi en tiempo real y no me pregunten cómo, todo lo que escribo aquí, allí y acullá. Pero aunque creo que debo examinar este asunto, esta nueva irrupción, con más calma y detenimiento y, sobre todo, distanciamiento, en principio he decidido no tener en cuenta esta singular e inquietante circunstancia y tratar de evitar cualquier inoportuna tentación de autocensura… no, estimados lectores, no consentiré que me impregnen el inconsciente con ese tipo de basura castrante… además uno ya está más que acostumbrado a la existencia no compareciente de los más diversos especímenes de lo que podríamos llamar cortésmente “Vigilantes de la Playa” así que, a la fuerza ahorcan, ha forjado ciertos modestos recursos que le permiten decir callando y callar diciendo… o eso cree que consigue… Por otra parte y ahora que lo pienso, creo que no debo desaprovechar esta manera indirecta, y no buscada, de conversar con mi enfermera de noche preferida… tenemos que hablar de tantas cosas…

jueves, 26 de enero de 2017

26 de diciembre / 2016


E. J. HOBSBAWM
LAS REVOLUCIONES BURGUESAS

Libro completo aquí:

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Relatos cortos y no tan cortos / 30

-No hay como “becar” para “hamburguesar”… ¿verdad?
-Seguramente… en otros tiempos era indirectamente el mercado el que “hamburguesaba”…recuerdo haber leído el caso de Millais, un pintor prerrafaelita, que pintó un cuadro titulado “El caballero andante” en el que figuraban un hombre con espadón desenvainado en mano y cubierto con la armadura completa junto a una mujer, que lucía un desnudo integral, atada a un árbol, de aspecto muy fálico, con unas cuerdas. La crítica acusó a la obra de inmoral, estamos en plena era victoriana, la pintura no se vendía… Millais no perdió el tiempo: giró hacia el interior del cuadro el cuello de la mujer desnuda y así borró su desafiante mirada dirigida al espectador, al mirón que podría sentirse incómodo ante tan brutal interpelación, y para colmo en un espacio público. Finalmente nuestro dúctil artista edulcoró aún más la obra con un rótulo sobre la orden del Caballero Andante y su labor de protección y socorro de viudas, doncellas y huérfanos…o sea, que adaptó el producto al paladar y el estómago del posible comprador, el del dinero, el que manda… “en su arte”… y así Millás se incorporó a la famosa Cadena de Montaje del arte burgués hecho por aspirantes a burgueses…
-Sí, recuerdo que también relataste las presiones sobre Arlt por parte de los grandes anunciantes del periódico donde publicaba sus famosos “aguafuertes”… y, por el mismo costado podrido, aquellos versos de Larkin:
¡Ah, si yo tuviera un par! Y dijera ‘Por ahí te van a dar’!
Pero sé que donde las dan las toman
y que de sueños no hay quien coma…


(De pronto dio un respingo y a continuación hizo un gesto en dirección al “sapo” que, precisamente en ese momento, andaba distraído hurgando en la máquina del café y de espaldas a nosotros. Así que ni corta ni perezosa, se ayudó con los dedos pulgar e índice de su mano derecha, lanzó un potente silbido que rebotó por todas las paredes del despoblado local, e hizo que el abstraído Pedrito se girara inmediatamente y presuroso encaminara sus pasos, con la cabeza gacha, hacia nuestra mesa. Aquel silbido arañó y atravesó varias capas de mi memoria…y así permitió que emergieran algunas viejas imágenes y remotos sonidos…a los que preferí no aludir en aquel momento. Ya lo leerá, me dije.)

-Te ríes del silbido…
-Me has cogido desprevenido… y la inmediata y un poco ridícula y cómica reacción de Pedrito “el autómata” tampoco ha estado mal…
-Bueno camarada líder, sintiéndolo mucho tengo que dejarte… el trabajo me llama… tengo un muy exigente paciente que atender…
-Ah, claro, ya se va acercando la hora… el caso es que yo también acabo de recordar que tengo una cita…
-Pues andando…


(A la salida de la desolada cafetería me sorprendió, a ella no, ver en la puerta una enorme cola de espera formada en fila de a dos por decenas de parejas de ancianos, todos ellos muy silenciosos y con la mirada baja… le expresé a mi acompañante mi extrañeza ante aquella aglomeración silenciosa y me dijo: “no sé, parecen militantes del Imserso, lo mismo tienen reunión clandestina de célula…”)


miércoles, 25 de enero de 2017

25 de diciembre / 2016




Obama, Trump y los cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad
/ John Pilger


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Justificado para no ir a un Congreso de Filosofía

Por Leon Rozitchner


De la filosofía se dice que es una pasionaria: ama a la sabiduría. Pero de ese amor perdido muchos sólo se acuerdan en los congresos. La filosofía, entre nosotros y aún más lejos, es la expresión de un pensamiento que se abre sólo en el espacio más abstracto de la palabra, donde la razón se mueve con conceptos, sin filamentos ni nervaduras sensibles. Los filósofos –digo: algunos de ellos– son cañitas pensantes que pescan ideas en los libros. Los que han hecho “profesión” de la filosofía declaran desde el vamos dónde se ubican: teniendo a nuestra disposición para expresarnos desde el canto hasta el verso, el cuento o la novela, los filósofos llegan a la filosofía pura exhaustos de pasiones. El extremo más abstracto fue alcanzado en el campo de la palabra, el más distanciado del canto y de la música, de la resonancia sonora y sinfónica del mundo. La filosofía se presenta como el pensar más refinado y distanciado de lo imaginario y del afecto; olvida de dónde viene al querer llegar tan alto. No porque no sienta sentimientos, sino simplemente porque no necesita avivarlos, cree, para escribir los conceptos. En la filosofía, por lo menos en la académica, no hay valientes. Jean Wahl decía que la poesía era fuente de filosofía: el problema es cómo hacer para que lo que tenemos de poético hable en la filosofía sin pedirles, como Heidegger a los poetas, que le abran el camino para que al final el filósofo les haga decir en nombre del Ser lo que a él se le canta. Porque cuando el filósofo habla, “el habla habla” con la certidumbre de la teología. Y cuando digo poesía o filosofía sólo pienso en esa experiencia personal de crear sentido, que une el llamado “espíritu” a la llamada “materia” y pone en juego al sujeto que piensa, sea con imágenes o con meros conceptos. Siento, imagino, pienso, y por lo tanto existo. Distintas maneras de implicar la totalidad del sujeto.
Confieso: hay que tener coraje para ser poeta o novelista en serio. Por eso quizás uno se dedicó a la filosofía. Hay que atreverse, y no es moco de pavo –¡quién pudiera!–, a abrir la trama ceñida de lo que el tiempo ha ido decantando en lo sensible de nuestro pasado y volver a animar lo que ya está quieto y hasta apelmazado: por eso se dice lo pasado pisado. Es más fácil pedir prestadas ideas y conceptos que experimentar sentimientos e imágenes para animarse a que las nuestras re-suenen. El tener conceptos, en cambio, no nos pide pruebas de que las ideas hayan resonado en algún espacio sensible y afectivo, donde lo finito y lo infinito dentro de uno mismo tropiezan. Reconocer en ellos la aureola imaginaria y alucinada que los acompañan. Pero para que lo más sensible de nuestra vida pase a la palabra, ésta necesita siempre de la melodía, la forma primera y arcaica de un cuerpo que se hizo sonido, que organizó el sentido, para que re-suene como un eco infinito en los recovecos del cuerpo tensado como la cuerda de un cuatro. Eso no se inventa. Toda creación es re-creación de algo anterior, un estado de gracia inocente que prolonga ese acontecer originario que abrió el camino para que podamos luego llegar más hondo en la aprehensión del mundo con el pensamiento. El coraje de la re-creación es la verdadera valentía que se abre en la palabra intensiva: animarnos a retomar como punto de partida lo que quizá más nos haya dolido o más hayamos gozado. ¿Quién se atreve a rememorar la intensidad de un amor perdido, el darse ilimitado del goce enamorado, sin sentir que su pérdida infinita, la única infinitud en acto que realmente exista, nos hizo “andar sin pensamiento”, para siempre heridos, convalecientes sin remedio, un poco muertos? ¿Y que eso vuelve a reanimarse con el pensamiento cuando pensamos algo? Sólo así, sin embargo, el ánima se anima. Los narradores y los poetas son admirables porque tienen ese coraje interior para meterse adentro que los que pensamos en filosofía, por definición, carecemos: son los que están más próximos a lo imaginario y al afecto: no tienen miedo. (San Juan de la Cruz estuvo castigado por la curia en una tumba de piedra durante nueve meses, y describe la pasión amorosa más alucinada, hermosa y dolorosa, entre el Amado y la Amada, incesto incluido. Y siguió sin embargo fiel a Cristo y a la Iglesia, pero había una fidelidad más profunda que se ocultaba y reverberaba en sus versos. Por eso su valentía es extrema: venció la angustia al darle vida en su canto al primer amor perdido, inalcanzable, para siempre ido, ese que le estaba prohibido bajo pena de muerte. Y lo gozó nuevamente ante ellos, expertos en ardides, sin que se dieran cuenta.)
¡Qué diferencia con los teólogos y los filósofos! A algunos filósofos no les creo mucho, aunque a veces me deslumbren tanto: toman distancia de lo que más amamos por medio del concepto y del pensamiento coherente y transparente. ¡Qué trabajo se dan! Mírenlo a Hegel que pensó él solito todo lo que podía pensarse desde que el mundo es mundo, aunque nos dejó un poquito. Otros filósofos, en cambio, dicen lo mismo que los poetas, pero han tenido que hacerlo abstractamente para evitar la hoguera: mírenlo a Spinoza, retorciendo los sarmientos secos de la teología para que ardan de nuevo. Entonces la filosofía es un subterfugio para distanciarse o acercarse a la poesía y a la novelería.
Y como ya sabemos, la imaginación también crea pensamiento. Lo imaginario no es sólo, como decía Sartre, “la presencia de una ausencia”. Hay ausencias y ausencias, unas que vuelven, otras que han partido para siempre. Hay ausencias que matan, más bien que nos matan, sobre todo si las hemos enterrado en nosotros mismos: no podemos darles vida, están como la princesa dormida en el bosque. Todo pensamiento que repite y no pasa de grado es melancolía reflexiva, sin el beso del amor que vuelva a despertarla. Una imagen lleva a la otra, y es todo el campo de la vida alucinada el que tenemos que revivir para actualizar no sólo la presencia pensada como pensamiento, sino la presencia actualizada con la coronita que le pone a cada cosa su aura: evitamos caer en la locura sin darnos cuenta de que la cultura es ya un alucinamiento colectivo compartido. ¿Acaso la imagen sartreana que define la imagen, “la presencia de una ausencia”, no define también a aquél que alucina? Miren el trabajo que se tomó Descartes para distanciarse de los tres sueños que lo perseguían.
Hay que hacer que la filosofía se haga palabra para que el seso nos avive y despierte, pero con una palabra pegada al sentimiento que el cuerpo memorioso modula, y confirme o niegue lo que el pensamiento dice. El pensamiento siempre dialoga en nosotros mismos con el afecto y la imagen, como planta seca echando raíces en el agua oscura.
Y eso duele mucho. Allí se originan nuestros pensamientos: cuando tocan fondo, cuando hemos quedado solos para enfrentar el terror y el misterio del mundo. Pasar el espejo quizá sólo quiera decir eso: romper la imagen de la unidad festiva, el espacio azogado y pulcro donde el “socius” nos devuelve con su brillo lo que hemos llegado a ser después de esmerarnos (¿esmerilarnos quise decir?) tanto durante tanto tiempo: la imagen que nos damos o recibimos de nosotros mismos para ser idénticos.
Porque las palabras, no hay vuelta de hoja, cuando son sólo conceptos son una coraza para mantener distancia con lo que sentimos y también tememos. Entonces uno piensa que filósofos en serio son sólo los que han actualizado las marcas de lo originario en su pensamiento: cuando son poetas o narradores que piensan conceptos. Aunque corran el riesgo de quedarse solos, sin que nadie los acompañe, como a los deudos, con el sentimiento.
Entonces uno escribe cualquier cosa, como en la escuela para justificar la falta: por ejemplo, me dolía la panza.

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Relatos cortos y no tan cortos / 29

-¿Recuerdas algo o piensas que estoy inventándolo todo?
-No te enojes, no es una cuestión de credibilidad personal… supongo que tengo que aceptar que las cosas pudieron ser así, como tú las refieres, pero para mí no es esa la cuestión esencial, resulta que ahora soy escritor, y a partir de ahí lo que se me hace insoportable es no poderlas modificar…quiero decir releerlas y reescribirlas por cuenta propia… la costumbre…
-Pero el caso, ya que hablas de costumbres, es que no he podido leer nada ocurrido o vinculado con esa época, ni alrededores, y en ninguno de tus textos… y creo, y no es por presumir aquí, que he leído todo o casi todo lo que has escrito…por supuesto me refiero exclusivamente al periodo  que va desde el inicio del proyecto/contrato como “escritor residente” hasta hoy… si antes…
-Antes sólo publicaba novelas policíacas… pero también escribía poemas malísimos que nunca me atreví a dar a leer a nadie… claro que tampoco a quemarlos. Ni siquiera sé dónde pueden estar ahora criando mugre… Y lo que son las cosas…te aseguro que tampoco recordaba nada de esto… que me has hecho recordar…
-Pues no trataba por mi parte de estimular ladinamente ningún ejercicio mnemotécnico… ya sé que no tienes vocación de conejillo de Indias…
-Yo creo que todo, que lo has leído, y apuntado o grabado, todo lo que llevo escrito en aquella guarida…
-“Confortable y segura”, escribiste… ¿Crees que engañas a alguien?
-No creo que sea esa la cuestión… pienso que no se trata tanto de escribir mentiras o verdades como de mostrar acciones y situaciones, por supuesto sin escamotear ninguno de sus componentes sustanciales, que son los que pueden llevar al lector a reescribir o interpretar los hechos desde su propio punto de vista… pero, eso sí, hay que procurar, por elemental honestidad, que al esforzado lector no le falten piezas del rompecabezas; hay que nombrarlo todo, no dejar nada fuera y que en todo caso filtre él. En definitiva y para lo que importa, que las cosas estén bien o mal adjetivadas, resulta irrelevante… creo yo, e insisto.
-He leído que los autores nunca dicen la verdad de sus obras, porque a menudo la ignoran…
-O no la recuerdan… que también…
-O quizás otro también, porque utilizan los propios mecanismos de borrado… en defensa propia… ya sabes… esas cosas…

-Pues también quizás, precisamente recuerdo algo que escribió Levrero en su diario: “Tiene que haber una formación inconsciente que esté manejando mi vida”… y no creo que estuviera bobeando o echando balones fuera… de hecho en unas líneas precedentes  reconocía que las decisiones las tomaba él, su propia mente, extrañamente obtusa… perdía el tiempo, y el dinero, con juegos de naipes en la computadora o visitando páginas porno; pero vete tú a saber a quién pertenecían en realidad los programas y los archivos que utilizaba su corteza cerebral… no, en ciertos casos no es fácil de explicar…y lo más curioso es que Levrero también tenía su particular y “luminoso” proyecto/contrato, era en forma de generosa beca en dólares, y con la Fundación Gugguenheim en la otra parte contratante… 

martes, 24 de enero de 2017

Diario sin fecha







Sobre la realidad objetiva y la apariencia subjetiva: El cuerpo humano visto en el día a día nos parece el mismo, no apreciamos cambios; pero desde el punto de vista molecular cambia sin cesar.


De “Minima moralia” / Theodor W. Adorno

No amedrentarse.-Qué sea objetivamente la verdad es bien difícil decidirlo, pero en el trato con los hombres no hay que dejarse aterrorizar por ello. Hay criterios que para lo primero son suficientes. Uno de los más seguros consiste en que a uno se le objete que una aserción suya es «demasiado subjetiva». Pero si se lo emplea sobre todo con aquella indignación en la que resuena la furiosa armonía de las gentes razonables, entonces hay razón para quedar unos instantes en paz con uno mismo. Los conceptos de lo subjetivo y lo objetivo se han invertido por completo. Lo objetivo es la parle incontrastable del fenómeno, su efigie incuestionablemente aceptada, la fachada compuesta de datos clasificados, en suma lo subjetivo; y subjetivo se llama a lo que derriba todo eso, accede a la experiencia específica de la cosa, se desembaraza de las convenciones de la opinión e instaura la relación con el objeto en sustitución de las decisiones mayoritarias de aquellos que no llegan a intuirlo y menos aun a pensarlo, en suma a lo objetivo. Cuán fútil es la objeción formal de la relatividad subjetiva, se pone de manifiesto en su propio terreno, el de los juicios  estéticos. El que  alguna vez, por la fuerza de sus precisas reacciones ante la seriedad de la disciplina de una obra artística, se somete a su ley formal inmanente y a la sugestión de su composición, ve cómo se le desvanece la prevención de lo meramente subjetivo de su experiencia como una mísera ilusión, y cada paso que avanza, merced a su inervación en extremo subjetiva, en su familiarización con la obra tiene una fuerza objetiva incomparablemente mayor que las grandes y consagradas conceptualizaciones acerca, por ejemplo, del «estilo», cuya pretensión científica se impone a costa de tal experiencia. Esto es doblemente cierto en era del positivismo y de la industria cultural, cuya objetividad viene calculada por los sujetos que la organizan. Frente a ésta, la razón se ha refugiado toda ella, y en completa reclusión, en las idiosincrasias, a las que la arbitrariedad de los poderosos acusa de arbitrariedad porque quieren la impotencia de los sujetos; y ello por temor a la objetividad, que en tales sujetos se halla latente.



Bernhardiana…
Que dice Bernhard, al que divierte la demencia de poner el mundo patas arriba, que el fragmento, que en el fragmento está el meollo del asunto. Lo dice dentro de una reflexión mucho más amplia en su libro “Maestros Antiguos”, y se refiere a fragmentos escogidos tanto en la literatura o la pintura como en la música o cualquier otro arte, y se refiere a la vida, sobre todo a la vida de cada uno,  de la que sólo se salvan, reitera, algunos fragmentos.
En la lectura, escribe Bernhard, como en la vida, los fragmentos son, pueden llegar a ser, el mayor de los placeres. Defiende Bernhard su tesis argumentando que un lector normal -se refiere al que lee de forma desatenta, demasiado rápido y demasiado superficialmente-, conoce tan poco el libro que ha leído como un pasajero aéreo el paisaje que ha sobrevolado, del que ni siquiera percibe los contornos. Lecturas que suelen ser realizadas además “mediante  empujón-prescripción mediática” y en la mayoría de los casos llevadas a cabo sin ningún sentido crítico, quizás por venir oportunamente “avaladas” (ese omnipresente dedo indicador, esa eficaz “influencia” que procede de, y nutre a, la hegemonía vigente) por “desinteresados” eruditos y especialistas que nos lo dan (con queso) casi todo “masticado”. Desde luego a quien esto escribe le ha ocurrido exactamente eso mismo demasiadas veces y durante demasiados años.
Hasta un ensayo filosófico –continúa Bernhard- lo entendemos mejor si no lo devoramos todo de una sentada (elogio, aunque no sólo, de la lentitud), sino que elegimos sólo un detalle, a partir del cual podremos llegar al todo si tenemos suerte. De los Maestros Antiguos, sostiene Bernhard, que eran cabezas muy inteligentes, si bien caracteres muy débiles. ¿Por qué no decirlo todo? unos vendidos, por fama o por dinero o por las dos cosas… con la decepción, sentimos el dolor despiadado del engañado.
En general, continúa Bernhard, no debemos decir que este o aquel son buenos y lo son para siempre, sino que tenemos que poner a prueba a todos los artistas una y otra vez, porque al fin y al cabo desarrollamos nuestros conocimientos artísticos y nuestro gusto artístico, de eso no hay duda.
Y concluye afirmando -bueno, lo hace como de costumbre con su método autobiográfico, por boca de otro de sus tan memorables personajes, este Reger protagonista del libro-, que sólo amamos los libros (las obras) que “no” son un todo, que son caóticos, desvalidos.

ELOTRO


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lunes, 23 de enero de 2017

24 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 28

-Pareces saber más sobre mí que yo mismo…
-Procuro leer todo lo que escribes… desde hace años… me refiero a los cuadernos y al “taco”, bueno, este antes de ser “editado”, claro… soy fan de tu obra, de esa mezcla explosiva de horror y humor… de esa mirada irónica que, contra lo que me pudo parecer en unas primeras lecturas muy superficiales, acabó mostrándome un panorama triste, pero yo diría que bastante exacto, y muy completo del mundo… me parece que el autor de esos textos sólo puede ser alguien bastante bien “conectado” con la realidad… aunque lo disimula…
-Imagen bonita pero equivocada, la que tienes de mí, bueno, del autor de esos textos… y sobre la “conexión” con la realidad… conoces de primera mano lo estrecho y limitado de mi contexto real…
-De la realidad actual… pero resulta evidente desde las primeras líneas que dispones de un abundante y variado almacén de “registros” de realidad…
-Bueno, pero precisamente tú, con tus instructivos comentarios acerca de lo que es y no es la memoria y de lo fácil que puede resultar su manipulación desde el exterior… que si un toquecito en el lóbulo temporal, un añadido en el lóbulo occipital, un selectivo borrado en el lóbulo frontal… y listo el envío a través de los circuitos  neurales o como se llamen… comprenderás que el destinatario que recepciona no pueda distinguir entre materia prima propia, genuina, o aquella otra que alguien (¿”ellos”?) le ha encalomado de contrabando…
-Bueno, existen fórmulas… inhibidoras, exitadoras…
-Ya imagino, ya… pero esas cosas sólo las conocen y las pueden manejar los expertos, los especialistas… no un vulgar plumilla al que le bastan cuatro oscuras palabrejas pseudo-científicas para vestir e inflar una idea tan hueca como “funcional” en la lógica de un determinado contexto textual.
-Pero esa lógica y ese contexto concreto del que hablas me consta, me refiero como lectora, que admite, incluso pienso que en ocasiones provoca, varios niveles de lectura… que, sigo suponiendo, son fruto de varios niveles de escritura, ¿me equivoco?
-Sí y no… pero no debes esperar que desvele todo los trucos del oficio, ni mucho menos los propios… después de saber que todo quedará grabado… y sospecho que posteriormente, “editado”…
-Me alegra comprobar que sigues siendo, o aparentado ser, un ortodoxo conspiranoico de manual estalinista… recuerdo aquellas reuniones adoctrinadoras en las que te soltabas, en plan líder carismátco e infalible, unas peroratas infumables sobre, por ejemplo, las conexiones entre la CIA, el Vaticano, la Coca-Cola, Dysney, el OPUS… y los cuatro ex camaradas recién expulsados, sólo temporalmente, de la micro-célula de universidad, que no llegarían calculo a una docena de militantes… en esas ocasiones, y por supuesto sin quitarle ojo al por entonces muy deseado destinatario, yo me bloqueaba auditivamente y repetía mentalmente una provocativa petición, tan imposible como pornográfica: ¡Cómeme el coño! ¡Cómeme el coño! ¡Cómeme el coño! ...así, a modo de impotente mantra: ¡Cómeme el coño! ¡Cómeme el coño… hasta que dabas por terminada la muy clandestina reunión…y a veces lo alargaba hasta el saludo de despedida…
-Joder, y yo sin enterarme…
-Joder… pues yo creo que si lo hubieras sabido… a las tinieblas exteriores me habrías condenado… invisible y todo…
-No sería para tanto…


(Aunque aún resisto, la otrora firme e innegociable decisión de no releer -digo renglón a renglón, en serio, a conciencia y con tijera en mano- lo que llevo escrito en este relato, mi resolución empieza a tambalearse…admito que algunas veces, demasiadas, me pierdo entre tanto meandro, ramificación, nódulo, enclave, abrevadero, circuito reservado, punto de partida, cambio de sentido, punto de escrutinio y retroceso, desvío de avituallamiento, laberinto de sentido único mal señalizado…y eso que, como aquel que dice, acabo de empezar -todas estas “frases hechas” y “lugares comunes” se las dedico con todo mi cariño y admiración al escriba catalán universal V-M, así el buen hombre podrá utilizarlas como palanca y refuerzo de argumento terminante, rotundo, definitivo para que pueda, que ya sé que el solito puede, seguir autoproclamándose el más ortodoxo escritor heterodoxo de la “pell de brau”-) .


domingo, 22 de enero de 2017

23 de diciembre / 2016



Daniel Bensaïd
“Una mirada a la historia y la lucha de clases”

Artículo completo aquí:


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Relatos cortos y no tan cortos / 27


-Bueno, no podemos ignorar que para algunas personas la memoria es algo no deseado, no cultivado y por tanto no demasiado cuidado.
- A mí, la falta de memoria siempre me ha producido una desagradable sensación de impotencia…
-¿Impotencia? Pues claro, has dado en el clavo, precisamente se trata de desactivar… desenchufar una lámpara o un foco cuya luz molesta o puede llegar a fastidiar… ya sabes, por lo que ilumina. Pero además hay que tener en cuenta que la memoria no es algo unitario, tenemos una memoria a corto plazo, tan directa como inmediata, y otra a largo plazo mucho más complicada y lenta, ambas con funcionamientos muy distintos, existe además por ahí un gran almacén central donde se archivan multitud de informaciones sensoriales que son a su vez sometidas a procesos muy complejos de selección, encarpetado, custodia…

(Conste que no quedan registrados –y si se ha escapado alguno es debido a un involuntario olvido en la operación limpieza- por motivos obvios de estética   los largos o cortos silencios, toses, guiños voluntarios o involuntarios, carrasperas, tics compulsivos, auto-frotamientos claramente injustificados, variaciones de tono o volumen en la voz, cambios de nalgada, leves o no tan leves rascamientos, dedos que juegan con el cabello o el vello, maneras raras de mirar, enrojecimiento o empalidecimiento facial, pequeños estiramientos o recolocaciones musculares o del vestido, idas y venidas a mear o a retocarse frente al espejo… y otras formas de comunicación esotéricas que habitualmente suelen pasar, digo en círculos intelectuales bien uniformados, sin dificultad alguna por exotéricas e interesantes.)

-Por cierto, antes de que mi memoria, cualquiera de ellas, me traicione, qué has querido decir hace un rato con eso de que ejercías de “hermana de”…
-Pues exactamente eso, que yo era, para el resto del grupo, muy poquito más que la “hermana de” la chica del responsable político. La hermana de mi hermana. Para ti muy probablemente ni eso, no digo que hubiera agresividad, simplemente me ignorabas.
-¿Quieres decir que tu hermana gemela, la nueva enfermera de día, fue en aquellos lejanos y brumosos años algo así como mi pareja de cama además de política?
-En rigor no puedo saber si compartíais algo más pero sí, eso afirmo. Y que yo, para ti, era casi la hermana invisible. El casi es sólo por algún casto abrazo de saludo o despedida, algún beso de compromiso en la frente o en la mejilla…poco más…
-Y no te resulta chocante que por mi parte no recuerde, ni tan siquiera ahora que me estoy esforzando, ni el más mínimo detalle de todo lo que estás relatando, y conste que no lo digo principalmente por lo que concierne a la “hermana de”, con la que escucho que el roce fue casi inexistente, sino más bien con mi supuesta camarada/amante a la que, curiosamente, veinticinco años después tengo digamos el gusto de ver todas las mañanas en  mi actual cubil.
-Pues no, ni chocante, ni insólito, ni excepcional… hace ya muchísimo tiempo que a la ciencia, o por mejor decir a las ciencias, no le resulta complicado convencer a cualquier “mente”, que por otra parte siempre andan religiosamente atiborradas de basura y ruido, de que ciertos e “insignificantes” asuntos (así se etiquetan personajes, creencias, paisajes, objetos, acontecimientos…) no merecen la pena ser archivados. Y no se suele emplear para conseguir el preceptivo consentimiento de la susodicha, la mente en cuestión, las así conocidas técnicas intrusivas,  “duras” o abiertamente coactivas, sino que se trata las más de las veces de proyectar sobre la incauta víctima desinteresados planteamientos –sin ninguna validez científica- pacíficos, sugerentes, seductores, y estos además sutilmente emitidos por “voces” ya muy dignas de crédito y “cargadas” de contrastada honradez merecedora de plena confianza, llamémosla “ciega”. Una vez borrado el dato, y las posibles huellas de la propia faena, aquello nunca existió. De la misma manera que es posible intervenir en el ADN, gran almacén de la memoria genética del organismo.
-Suena a ciencia-ficción…
-Estoy de acuerdo… pero a estas alturas, se trataría de la versión  rancia, añeja, demodé... y en cualquier caso, sólo literatura. Pero, no nos olvidemos, también están los hechos…
-Que pueden corroborar o no…
-De nuevo estoy de acuerdo contigo…y ahora, para que veas, sin (im)pertinentes matizaciones… aunque como tú mismo has dejado escrito: “No debes entretejer tu vida con tu literatura”.
-A decir verdad no recuerdo, ya ves otra laguna más, haber escrito esa frase que citas… pero siendo así lo más probable es que también haya dejado sobre el papel justo la idea contraria…

-Sí, creo recordar que en…


sábado, 21 de enero de 2017

22 de diciembre / 2016




Relatos cortos y no tan cortos / 26

-Y si no es un sitio discreto, ¿Por qué me has citado aquí?
-Bueno, verás… consulté con mis cuadernos, recuerda que están llenos de hechos y razones, y no tardé en llegar a la conclusión de que sitios discretos, lo que se dice discretos, ya no existen para una cita entre gente como nosotros, al menos en esta galaxia.
-Si lo dices por el chip que llevo implantado… por cierto, ¿Para qué necesitan un soplón?
-Sí y no, todos los miembros del “Club”, es condición universal contractual, acarreamos con nuestro chip, aunque también es cierto que no todos los chips son iguales… el tuyo no es igual que el mío, de la misma manera que el mío no es igual al del “sapo”… están pensados para distintos sujetos-porteadores: tú, yo, “el sapo”… y distintas funciones: emitir, recepcionar, estallar…
-¿estallar?
-Un grupo de neuronas, una teta…
-Vaya, y yo que me creía tan especial… y tú, ¿cómo es que sabes tanto de chips?
-Digamos que, en compañía de otros, hace ya unos añitos mi trabajo consistía en implantarlos… chips, biochips, microchips… fue así como, accidentalmente, te reencontré.
-No sé si podré digerir tantas primicias, tantas “accidentales” y sorpresivas novedades… ¿científicas?
-Apuesto a que sí. Los cuadros políticos, además de una durísima piel de elefante, disfrutáis de un estómago a prueba de bombas… sean estas materiales o abstractas… “hechos” objetivos comprobables o las “razones” que les son consecuentes…
-Hablas en presente…
-¿Debería hacerlo en pasado?
-No estoy seguro en realidad, pero ¿adónde quieres ir a parar, qué es lo quieres saber?
-Me gustaría saber quién crees que eres y qué sabes de lo que estás produciendo… del trabajo que haces y el producto que vendes o, mejor dicho, que pones indirectamente en el mercado… de su valor de uso… me gustaría saber si cooperas con “ellos” o eres un resistente  solitario…
- No te ofendas pero no sé si creerte… por cierto, todo esto que me estás contando a pesar de, según me has confesado, no tener mucha ni poca memoria… la verdad es que no te veo consultar los cuadernos… me pregunto si mañana recordarás las cosas que hasta ahora he dicho o pueda seguir diciendo… tampoco veo que tomes apuntes…
-Lo estoy grabando todo.
-Vaya… y “ellos”, ¿lo saben?
-Digamos que sí y no, si es que tus “ellos” son mis “ellos”…  pero te aseguro, porque te lo puedo asegurar “científicamente”, que en  esta cita y sobre todo lo que en ella “realmente” puedas decir o escuchar, no tienes de qué preocuparte…
-Dices “realmente”, con mucho énfasis…
-Para que me entiendas a la primera. Aunque reconozco que sobre el asuntillo este de “fabricar” cuentos y personajes con pasado y memoria inventada a capricho, llanamente de ficción… sabes tú, y lo has demostrado con creces, mucho más que yo.
-En cualquier caso parece que me estoy enterando de muchas cosas de mi pasado, claro que no se si “cierto” o “inventado”… lo del “reloj del gitano…”, por ejemplo,  ¿de dónde lo has sacado?
-Figura en uno de mis los cuadernos más viejos… también en los tuyos, me refiero a los “tapados”, e incluso en el “taco”, como bien sabes, aunque ahí yace de forma encriptada… pero también podría haberlo extraído de algún estrato o sedimentación de tu memoria o del subconsciente… o haberlo injertado artificialmente en esos mismos bancos de datos… lo que, por cierto, también es ejercicio harto frecuente… las mismas “fábricas” inventan memoria, borran memoria, injertan memoria o manipulan memoria borrando e inventando, vía palimpsesto. Ya no existen, si es que alguna vez llegaron a existir, memorias intactas, ahora si acaso pastiches, aunque, como ya he dicho, no es el caso.

-Vaya, parece que tenemos caso…