Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 14 de noviembre de 2017

14 de octubre / 2017


Torturada durante el franquismo por roja y por mujer: 
"La amenaza entre golpe y golpe era que me iban a violar"




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“Una ley sobre la censura es algo imposible, porque no pretende castigar delitos sino opiniones… (…) …la libertad no consiste sólo en lo que se viva; sino en cómo se viva; no sólo en hacer lo que es libre, sino también en hacerlo libremente.”

(Karl Marx)

Hay quien opina que el nacionalismo, así hablando en general ('...con el fin de ascender a lo concreto' que decía Marx en los 'Grundrisse'), cumple en la actualidad un papel similar al que ha jugado la religión a lo largo de la historia, o sea, que se podría decir que es (cada muestra ‘original’ con sus peculiares credos identitarios, cultos, ritos y mitos), una nueva versión vertebradora y contemporánea de lo que Marx llamó en su día: el opio del pueblo.

Como ocurre con cualquier religión, en cada uno de los distintos formatos ('con parecidos familiares' dentro de las categorías entrecruzadas diferencia/identidad) con que se nos presenta el credo nacionalista podemos observar, más allá de lo que nos dice su forma encubridora, la presencia de verdades y certidumbres ‘esenciales’ (sobre la raza, la patria, la lengua, la tradición…) que, paradójicamente, visten en cada concreto contexto histórico y social una realidad práctica que sin embargo revela muy distintos contenidos, resultando muchos de ellos y dentro de los límites de su propia salsa y terruño, de palmario carácter antagónico. Antagonismo que se refleja también en los diversos y opuestos significantes con que tropezamos al comparar distintas realidades ( y posicionamientos) históricas, políticas y culturales, aunque se trate de idénticos significantes. Véase por ejemplo (en procesos históricos muy distintos) lo que ocurre con el concepto de ‘patria’ en la gloriosa versión ‘patriótica’ del franquismo (y aun en su ‘acicalada’ prolongación bajo la marca, ‘demócrata de toda la vida’, de Régimen 78) y el opuesto papel revolucionario que jugó (‘Patria o muerte, Venceremos’) y juega en la entonces colonizada e intervenida y hoy independiente, resistente y antimperialista Cuba.

Pero no sólo se da el caso de lecturas incompatibles (al menos aparentemente) cuando se trata del  mismo concepto, digamos en disputa, sino cuando ocurre sobre la base de conceptos distintos e incluso ‘a priori’ incompatibles. Por ejemplo, en el campo marxista, el instructivo debate (a condición de que realicemos un análisis serio, objetivo y dialéctico) sobre nacionalismo, derecho a la autodeterminación e internacionalismo entre, salvando las distancias aunque puedan coincidir ‘teóricamente’ las metas que se postulan por las partes, ‘marxistas revolucionarios’: Lenin-Rosa Luxemburgo (el anti-nacionalismo de Rosa que, en base a su lectura de la experiencia histórica polaca y a su convicción de que todo nacionalismo estaba subordinado a los intereses de la burguesía autóctona, llega a negar el derecho ‘universal’ a la autodeterminación de los pueblos) o Lenin-Stalin (donde campea el muy selectivo anti-nacionalismo de Stalin desde la ‘superior’ posición, y en aquel entonces dominante,  del específico nacionalismo ruso).

Nacionalismos que, en los procesos de las diversas luchas emancipatorias (casi exclusivamente políticas, que no estructurales), suelen reivindicar, oportunamente, ‘el democrático reconocimiento y respeto al hecho diferencial’, por muy impreciso y cada día más difuminado que éste, de facto,  se encuentre, y sus consecuentes e inalienables derechos autónomos; esto  mientras se encuentran en situación de sometidos ('en el bando de los angelitos') como ‘nación’ sin estado soberano dentro de los límites del circunstancial estado-nación-opresor, pero que, dado el caso, y una vez conseguida la independencia (política dentro de un orden), muestran invariablemente su 'legítimo' (y no menos fanático) celo en la firme defensa (del sueño de la independencia frente a la pesadilla de la subordinación y mediante la protocolaria persuasión o, en segunda instancia, de la imprescindible coacción) de todo lo que, a su particular criterio (obviamente el de la clase dominante que, en un gesto típicamente ideológico, niega las demás 'posibilidades') de potencia nacionalista ‘superior’ (ya políticamente establecida), pueda llegar a socavar o poner en peligro la consabida base fundamental (doctrinaria y dogmática) en lo material y sentimental: ‘la unidad, identidad y esencias de la patria’.

ELOTRO


“Un pueblo solo convertirá la teoría en práctica cuando aquella represente la realización de sus necesidades”
(Karl Marx, ‘Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel’ / 1843)


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