sábado, 12 de agosto de 2017

12 de julio / 2017



“Tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola”
(Rodolfo Walsh)

Tecleas y cambias de vida o, mejor dicho, tu vida cambia. Ojo que también puede ser que sólo cambie el decorado, y no la salsa. Me pasa también que no quiero ficciones. Y mucho menos ficciones ejemplarizantes. Eso me pasa y me sobrepasa. Pensar lo que el otro quiere que pienses, que digas, que hagas, y hacerlo además a través de los otros, asumiendo por el mismo precio la coherencia lógica del discurso impuesto. Pero acaso, ¿no sufrimos todos alguna patología? Procuraba no decir en voz alta lo que pensaba, ¿lo que pensaba quién? En cualquier caso fue un para siempre que duró más bien poco, casi nada. Pero si no lo dije antes y es constatable que no reventé, lo digo ahora. Y así, digamos, dicho ya pasado de moda, ¿vale menos? ¿qué fue de la fuerza retroactiva? ¿tanto pesa la pasajera moda, aunque circular, en lo histórico? Eso si acaso el pensamiento en cuestión posee algún valor, alguna utilidad, si puede valer de algo para algo o para alguien (para el que habla, para el que escucha, para el que recela del lenguaje enemigo y ni oye ni desembucha) más allá de la inofensiva ‘artisticidad’ que nutre, o eso se cree, al que crea y al que en ello se recrea. En los pantanosos terrenos de lo autorreferencial nunca se sabe que cieno se pisa y que cieno te pisa, en apariencia, pantorrillas para abajo. Por partes, el cieno, los cienos, el de producción propia y el cieno social, también pueden llegar a ser muy apropiada materia para cierta praxis productiva. ¿Productiva, en última instancia, de quién para quién? Eso, me digo, dependerá de la pistola o, en su caso, del abanico…



“No, paréntesis. Vuelvo a empezar. Nadie sabrá nunca lo que soy, nadie me lo oirá decir, aunque lo diga, y no lo diré, no podría, pues no tengo más que el lenguaje de ellos, sí, sí, lo diré quizás, aunque sea en su lenguaje, para mí solo, para no haber vivido en vano, y después para poder callarme, si es eso lo que da derecho al silencio, y nada tan seguro, son ellos los que retienen el silencio, los que deciden del silencio…”
(Beckett, ‘El innombrable’)

Ellos, los amos de lo que se dice y de lo que se calla, los amos del silencio y del lenguaje. Y de la observación del ejercicio práctico que ellos, los amos, hacen de su propiedad privada, se pueden desprender algunas inútiles utilidades:

“…(tal uso) no es únicamente por bondad, o yo habría entendido mal en qué consiste la bondad, cuando me lo explicaron”  (…)
“…es así como pude saber que sus nabos en salsa son peores que antes, pero que, como contrapartida, sus zanahorias, también en salsa, son mejores que antaño. La salsa no ha cambiado. Es ése un lenguaje que comprendo casi, son esas ideas claras y simples en las que me es posible apoyarme, y no pido otro alimento espiritual. Un nabo sé poco más o menos a qué se parece, y una zanahoria también, sobre todo la mediana o de Nantes. Creo captar en ciertos momentos el matiz diferencial entre lo malo y lo que es menos malo.” (…)

“…la mujer, observando con disgusto que me hundía cada vez más, me hizo subir llenando el fondo de mi vasija con serrín, que cambia todas las semanas cuando me asea. Es menos duro que la arenisca, pero más sano. Y yo me había acostumbrado a la arenisca. Ahora me acostumbro al serrín. Es una cosa como otra cualquiera.” (…)

“…yo disminuía. Disminuyo. Antes, metiendo la cabeza entre los hombros, como reprendido, podía desaparecer.”
“…y la cabeza la meto y la saco, la meto y la saco, como antaño”
“…también sé agrandar los ojos, sé cerrarlos y abrirlos y sé agrandarlos o empequeñecerlos, según me dé.”
“…y lo hago así con la intención deliberada de plantarle cara a la mujer e inducirla a error.”
“…este jueguecito, que hubiera juzgado inocente, me costó caro, a mí, que me consideraba insolvente.”
(Beckett, ‘El innombrable’)



‘-En serio, jefe, no se le puede pegar tanto al asunto, te fríe los sesos…’
(William S. Burroughs, ‘El almuerzo desnudo’)


ELOTRO



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