Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 11 de agosto de 2017

11 de julio / 2017





“Toda la cuestión consiste en si, una vez sobrevenido el primer conocimiento, se vive espiritualmente de la renta o se puede aumentar cada día el capital”
(Pavese)



La cosa

Que la cosa viene de lejos es cosa que cualquiera puede comprobar día sí y día también a poco que se esté  despierto, consciente. La cosa, la que hoy nos entretiene, es que el glorioso Pericles, ¡quién nos lo iba a decir! ya se comportaba hace dos mil quinientos años como un vulgar concejal de urbanismo del PPSOE (Aunque ya hemos podido comprobar que a los llamados ‘antisistema’ de PODEMOS les ha faltado tiempo para prolongar ‘la cosa’ con su propia firmita ‘¡son contratos blindados y heredados que hay que cumplir!’ oseasé, las prácticas habituales de la camarilla apoltronada en los carguitos que benefician a los ‘florentinos y villarmires’ de turno).


Resulta que la política urbanística del eminente ‘líder carismático’, el que guía y nunca se deja guiar, consistía (se conservan documentos con datos y denuncias realizadas por notables ciudadanos y críticos y estrictamente contemporáneos del prohombre) básicamente en utilizar el dinero del Estado, pasta pública, para la construcción de equipamientos populares de todo tipo que, mira tú que casualidad, al término de las obras y con llave en mano, pasaban (pongamos un oportuno cambio de calificación, una autorizada firmita y una generosa propina para el funcionario ‘conseguidor’), por un ridículo precio (digamos 1 euro) a manos ‘limpias’ privadas, la de los ‘bien nacidos’.


El tal Pericles, todo un animal… ¡político!, cuya excepcional habilidad pactista, inteligencia ‘política oportunista’ y más que elocuente labia, que ninguno de sus coetáneos puso nunca en duda, inventó también lo que a primera vista parecía el colmo de la pureza y transparencia en lo que a  representación se refiere, atar en corto, democrática: periodos legislativos y de gobierno de sólo un año de duración.


Pues bien, lo que bien parecía una estimable garantía de control sobre la gestión gubernamental (la posibilidad de mandar a su casa al inepto o mangante) por parte de los votantes, consistía en realidad en un sutil mecanismo que, debido a tan corta duración, eximía al tal Pericles de ‘rendir cuentas’ de lo realizado o no y del cómo y del porqué, ante sus confiados electores (‘Necesito 25 años más para CAMBIAR España’, nos escupió Felipe González cuando ya equipaba lorzas escalonadas de corrupción en ambos costados). De hecho, seguimos con Pericles, inventó también ‘el estado de obras persistentemente inacabadas’ (truco que siglos después le copió de manera algo chusca el PPSOE Gallardón en Madrid). Con eso de mantener de forma constante y bien visible la ciudad en obras, sembrada de zanjas y cartelitos propagandísticos, que invariablemente se eternizan, la cosa pintaba para la minoría con voto y derechos, como que ‘por lo memos estos se gastan el dinero en hacer cosas y no se lo meten directamente en el bolsillo’.

La cosa es que mediante artimaña tan curiosa como eficaz, Pericles permaneció treinta años en la poltrona ‘democrática’ (encabezando la camarilla que se repartía el botín) y del mismo modo, no PODEMOS citar aquí todos los subterfugios retóricos y de los otros,  construyó su propio mito. Por ejemplo sus locas y fracasadas aventuras militares, claro que ‘sólo’ costaron miles de vidas ‘esclavas’, fueron convenientemente eclipsadas cuando no borradas del tan falso como glorioso curriculum (sigloV a.c.)  que pasó a la posteridad ('el hecho es que sólo las cosas recordadas son verdaderas')y que, por cierto, nuestros nenes estudian, es un decir, en la escuela o en la universidad del siglo XXI.

En fin, que como decía el tal Unamuno, en materia de corrupción, está todo inventado…¡Por ellos!



En definitiva, alguna cosa parece estar clara entre tanta opacidad, entre tanto enturbiamiento, entre tanto velo interpuesto, entre tanta dirección única, calle sin salida, prohibido el paso o laberíntica tela de araña, ¿Qué cosa? La cosa de la cosificación, la cosa de la fetichización, la cosa de la reificación, o sea, todos aquellos procesos, materiales e ideológicos, que han logrado invertir, fenómeno este en el que colaboramos más o menos conscientemente, nuestro papel en las relaciones de dominio y servidumbre con los objetos, las mercancías y los otros ‘sujetos’. Y que han acabado por despojarnos de cualquier trazo de libertad y autonomía, poniendo de camino a la verdadera realidad fuera de nuestro alcance, de nuestro conocimiento y, en consecuencia, fuera de nuestra capacidad potencial de transformar la realidad economica, política y social, en la que, fatalmente, nos descubrimos tan felizmente inmersos y tan cómodamente atrapados… esta inercia de las cosas es como para volverle a uno literalmente loco… es lo que tiene la cosa… que tampoco es gran cosa, por otra parte.

(Un ruido de evacuación me devolvió a preocupaciones menos elevadas)

ELOTRO



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