Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 9 de agosto de 2017

09 de julio / 2017




“Dije un momento, quizá fueran años.”
(Beckett)

En la sociedad de la Grecia antigua (la de Pericles, Sócrates, Platón, Aristófanes… y algunos otros personajes de mala muerte que no debemos ni podemos mencionar) el teatro era el ‘media’ (la forma de comunicación de masas) más influyente, más eficaz, a la hora de configurar la mente de los ciudadanos, la conciencia, los valores políticos e ideológicos: la concepción y la forma de ver el mundo. Aquel teatro griego mostraba, de forma directa cuando podía o elíptica cuando convenía, la ‘conflictividad de la Democracia’ o, según la coyuntura o la posición del autor (Aristófanes agrediendo a un Eurípides –políticamente incorrecto- ya muerto), ‘el paternalismo del Tirano’.
Escribió Goethe:
‘Lo que llamáis espíritu de los tiempos no es más que el espíritu de los señores en quienes los tiempos se reflejan’.

O sea, los señores que, ‘de facto’, cortan el bacalao. Se sabe que por aquellos años, el absentismo asambleario –la cosa viene de lejos- en las plazas públicas atenienses era de carácter endémico (nunca hubo más de 5000 asistentes a una asamblea, mientras que los teatros contaban con aforos para 30.000 espectadores):
“Yo soy el primero en llegar a la asamblea; tomo asiento y, como estoy tan solo, suspiro, bostezo, me desespero, suelto pedos, garabateo, cuento hasta mil’
(Diceópolis)

El Teatro era sin duda la vía más poderosa de propaganda política, de construcción y estandarización del mayoritario ‘sentido común’, de la hegemonía ideológica, gracias a su tirón popular, a su gran audiencia social. Casi casi como la tele, la red, y la publicidad hoy, ‘que no hay cristiano que no se entere’, ¿no?

Era pues el ‘Teatro’ el que de manera fundamental (las asambleas resultaban más elitistas y selectivas), creaba las corrientes de opinión, el caldo de cultivo ideológico, que  servía de base y fundamento (y no olvidar que por entonces ya regían las ‘leyes no escritas’) a las más variadas decisiones políticas: guerras de expansión y saqueo, acuerdos ‘forzados y temporales’ de paz, golpes de estado, proclamación de gobiernos democráticos o regímenes tiránicos; luchas internas (la praxis habitual, nos relata Luciano Canfora, era la anulación cuando no la eliminación del adversario. ¡Joder con la originalidad de Stalin!) entre los distintos clanes oligárquicos o aparatos del poder; censuras éticas, morales, religiosas con sentencias de muerte, exilio u ostracismo (diez años de destierro) para figuras relevantes e incómodas (Sócrates, Eurípides: ‘¿Quien aguanta a una gente que anda por ahí siendo mejor que los demás?’ )… en fin, maneras de ejercer el poder que hoy, dos mil quinientos años después, nos resultan incomprensibles, desconocidas, muy extrañas… ¿no?

En cualquier caso, nos recuerda Canfora, no debemos de olvidar que la cultura griega nos ha llegado a través de los romanos, a través de su filtro. Y que todo Imperio se reconoce en ciertas ‘caras’ (jetas) de cualquier otro Imperio. Por ejemplo la ‘jeta’ de la guerra: 
‘La centralidad de la guerra es inherente a tales sociedades, en cuanto instrumento primario para la captura de oro (USA-OTAN: petróleo, gas…) y esclavos. Formas primarias de riqueza y producción. Hasta Arquíloco habla de la guerra como del evidente habitat del hombre, actor de la Historia

Demasiadas veces, bajo la patraña de que ciertas cosas se dan ‘por conocidas’, se omiten, se escamotean. Un dato ilustrativo (contra la idealización acrítica de la antigüedad esclavista; recuérdese que Atenas tenía 350.000 habitantes: ‘la camarilla que se reparte el botín’, Max Weber dixit; 20.000 ciudadanos con sueldo y plenos derechos y 330.000 esclavos para lo que gusten mandar) es el de los 30.000 remeros que requería la flota del imperio ateniense (que en buen número había que contratar fuera), base fundamental de su poder militar. Así mismo téngase en cuenta que el imperio ateniense duró 70 años y que, por ejemplo, la guerra contra Esparta se alargó durante 30 años. Además, para los griegos y persas, la paz era, no hay más que contar con los dedos, la tregua. En fin que, beckettianamente, podríamos decir que a la inmensa mayoría de la población, los trabajadores-esclavos griegos, no se les permitía el aburrimiento de vivir sino únicamente la condena vitalicia al sufrimiento de existir… ‘¡en democracia!’.
Me interrumpo.


ELOTRO

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