Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 8 de agosto de 2017

08 de julio / 2017



“Hemos amado muchas películas y muchos libros pero sin darles jerarquía… conviven todos en la misma casa.”
(Godard)

El día dos de junio a eso de las siete de la tarde madrileña, mientras en la calle se sufren temperaturas de treinta y tantos grados con la típica atmósfera de sofocante bochorno y bien cargadita de anuncios de tormenta de verano, servidora se encontraba al cuidado de una sala del Museo Nacional / Centro de Arte Reina Sofía (Mario Pedrosa / De la naturaleza afectiva de la forma) en la que oficialmente la temperatura oscila entre 21-23 grados (73 Fahrenheit) y que a la hora de la verdad para el organismo humano perteneciente a cualquier clase social (si las hubiere), la sensación térmica resulta ser de cómo mucho 14 grados (57 Fahrenheit).

Y eso es así si la suerte acompaña y la incómoda pero bendita silla del cuidador de sala no ha sido clavada (está terminantemente prohibido cambiarla de lugar. Las cámaras que vigilan al vigilante tienen prioridad absoluta) justo en medio de la heladora trayectoria de algún chorro de aire supuestamente climatizador y que, como daño colateral, es causante infalible de molestos catarros o interesantes neumonías (sepan que los contratos  ‘basura-temporal’ –máximo 6 meses año-  de cuidador de sala -400€/800€/1000€ según horas y días trabajados- se ofrecen preferentemente a señoras y caballeros de avanzada edad y larga permanencia en las listas del paro. Lo que, como cualquiera puede imaginar, garantiza al patrón-empleador un 99% de acogida entusiasta e incondicional a la infame oferta, ¡El Libre Mercado funciona!).

Pero a lo que vamos (ya que aquí y ahora el resto no es de mi incumbencia). Mis seis horas en la sala-nevera transcurrieron ese día en compañía, prácticamente sobre mi cabeza, de un maravilloso móvil (inmóvil para la mayoría de mirones) obra del escultor norteamericano Alexander Calder. La movilidad de la obra, que colgaba del techo, era casi imperceptible para el visitante apresurado, ese que se ha propuesto amortizar al máximo el importe de la entrada y se patea a la carrera las cuatro plantas del inmenso museo sin perdonar una sola de las salas, destrozaditos y embotaditos acaban las criaturitas. En mi caso, limitada mi propia movilidad al sucinto territorio de la sala nº 7, pude disfrutar del lentísimo, aunque incesante, movimiento que las sutiles corrientes de aires siberianos causaban en la equilibrada y compleja armadura de la pieza en cuestión.   



Leo que Calder era hijo y nieto de escultores y que su madre, además, era pintora. Las huellas de la tradicional escultura no-móvil son claramente perceptibles, a la manera de ancla,  en la obra de Calder, a la que por su cuenta añadió esas partes que suben o bajan o giran sobre sí mismas solas o en conjunto.  La pintura es igualmente fundamental, en cuanto a protagonismo, en su escultura ya que no sólo participa de  ese movimiento físico sino que agrega en la práctica un cromatismo movible (que se degusta al mismo trote), cambiante en su ‘música’ particular (cada uno para su coleto) y además en su aportación a la sinfonía colorista del conjunto. Suele utilizar Calder colores primarios a lo Mondrian o Miró, rojo, azul, amarillo, negro… con los que cubre toda la escultura: la superficie de las varillas, bolas de contrapeso, chapas y anillas que sujetan y unen en delicado equilibrio las distintas piezas en sus más variadas formas: circulares, lanceoladas, ovaladas, lobuladas…  

Añado que en la pieza que pende sobre mi cabeza he podido contar hasta veinticinco piezas con sus correspondientes varillas. La obra, un gran racimo horizontal (un increíble y ordenado revoltijo), está compuesta  a su vez por cuatro pequeños sub-racimos que, aunque acompañan el movimiento del conjunto, poseen cierta autonomía de movilidad propia (y de ‘ruidos’ de tanto en tanto). Este detalle (a esto es a lo que hay que darle vueltas) es el que nos revela de manera incontestable la necesidad de un mirar calmoso que permita la lectura y en su caso el diálogo (aunque la obra no suelte una palabra), una mirada pausada y lo suficientemente lenta como para acompañar ‘el paso’ de la obra que observamos, en sus tránsitos (a veces andando hacia atrás), en sus despliegues, en su proceso y  completa cualidad.



Por cierto que, salvando las distancias, sobre su cabecita loca y multimillonaria, tenía Peggy Guggenheim (no sé si estos datos están fuera de lugar) en su palacio veneciano, en su dormitorio, en el cabecero de su cama, una hermosa escultura de Calder, de encargo, por supuesto.

ELOTRO


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