Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 5 de agosto de 2017

05 de julio / 2017





Marx sobre ‘La Comuna de París’

“Después de presentar a los actores secundarios, Marx da paso al mismísimo Thiers, el «monstruoso enano»:

Maestro en pequeñas granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el poder y para ahogarla en sangre cuando empuña el timón del gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa en su vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no puede por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridículo de su jactancia.

A continuación, Marx esboza los antecedentes de la Comuna. Lejos de ser algún tipo de motín contra un gobierno legítimo, era un valeroso intento de salvar a la Tercera República de la inconstitucional demanda de Thiers de que la Guardia Nacional rindiera sus armas y dejase París indefenso. Añadía orgullosamente que el levantamiento popular del 18 de marzo estuvo más o menos no contaminado de «los actos de violencia en que abundan las revoluciones, y más aún las contrarrevoluciones, de las “clases
altas”».




Como ejemplo de estas «clases altas» retorna al propio presidente, sin reservar nada a sus lectores:

Thiers abrió su segunda campaña contra París a comienzos de abril. La primera remesa de prisioneros parisinos conducidos a Versalles hubo de sufrir indignantes crueldades, mientras Ernest Picard, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se paseaba por delante de ellos escarneciéndolos, y mesdames Thiers y Favre, en medio de sus damas de honor(?), aplaudían desde los balcones los ultrajes del populacho versallés. Los soldados de los regimientos de línea hechos prisioneros fueron asesinados a sangre fría; nuestro valiente amigo el general Duval, el fundidor, fue fusilado sin ningún tipo de juicio; Gallifet, el chulo de su mujer, tan famosa por las desvergonzadas exhibiciones que hacía de su cuerpo en las orgías del Segundo Imperio, se jactaba en una proclama de haber mandado asesinar a un puñado de guardias nacionales… Con la inflada vanidad de un pulgarcito parlamentario a quien se permite representar el papel de un Tamerlán, [Thiers] negaba a los que se rebelaban contra Su Poquedad todo derecho de beligerantes civilizados, hasta el derecho de la neutralidad para sus hospitales de sangre. Nada más horrible que este mono, ya presentido por Voltaire.



Antes de que el lector se harte de tanta sangre y furia, Marx realiza un hábil cambio de registro, deteniéndose a considerar las lecciones de la Comuna. Cita un manifiesto de 18 de marzo que alardeaba de que los proletarios de París se habían hecho «dueños de su propio destino al tomar el poder del gobierno». Ingenua ilusión, explica.

«Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines»:

¿se podría intentar tocar una sonata para piano con un silbato de hojalata? Afortunadamente, la Comuna lo entendió rápidamente, al deshacerse de la policía política, sustituyendo al ejército regular por el pueblo armado, separando la Iglesia del Estado, liberando a las escuelas de la intromisión de obispos y políticos y convocando elecciones para todos los funcionarios públicos — incluidos los jueces—, de modo que fuesen «responsables y revocables».

La constitución de la Comuna devolvió a la sociedad todas las fuerzas que hasta entonces habían sido absorbidas por el Estado, y la transformación fue inmediatamente visible:

«Maravilloso en verdad fue el cambio operado por la Comuna de París… París ya no era el lugar de cita de terratenientes ingleses, absentistas irlandeses, exesclavistas y rastacueros estadounidenses, expropietarios rusos de siervos y boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en el depósito, ni asaltos nocturnos, ni apenas hurtos; por primera vez desde los días de febrero de 1848, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase».

Sin embargo, no duró mucho. Como señala Marx, Thiers no podía dar las dos interpretaciones: si la Comuna era obra de unos cuantos «usurpadores», que habían tomado como rehenes a los ciudadanos de París durante dos meses, ¿por qué tenían los sabuesos de Versalles que asesinar a decenas de miles de personas para acabar con la revolución? Y concluye con otro rugido de salvaje indignación ante la brutalidad del gobierno y una promesa de que nadie podrá acabar con el espíritu de la Comuna, ni en Francia ni en ningún otro lugar.



El terreno de donde brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible exterminarla, por grande que sea la carnicería. Para hacerlo, los gobiernos tendrían que
exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su propia existencia parasitaria. El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.

‘La guerra civil en Francia’ fue uno de los folletos de Marx que más efecto causaron; demasiado fuerte para los moderados sindicalistas ingleses, Benjamin Lucraft y George Odger, que dimitieron del Consejo General en cuanto se aprobó el texto aduciendo que la Internacional no tenía por qué mezclarse en política. (A partir de entonces tratarían de materializar sus modestas ambiciones a través del noble y apolítico Partido Liberal). Las dos primeras ediciones, de 3000 ejemplares, se vendieron en dos semanas; poco después se hicieron ediciones en alemán y en francés. Tal vez el logro más imponente de Marx fue hacer que las facciones enfrentadas de la izquierda se olvidaran por completo de sus rencillas. «La traducción francesa de La guerra civil tuvo un efecto excelente en los refugiados políticos —escribió su hija Jenny— porque ha satisfecho por igual a todos los partidos, blanquistas, proudhonistas y comunistas»…"


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