Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 17 de agosto de 2017

17 de julio / 2017


RANAHIT GUHA

“LAS VOCES DE LA HISTORIA
Y OTROS ESTUDIOS SUBALTERNOS”

Prólogo de Josep Fontana


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La fenomenología del ‘fenómeno’.

Dice El País que ha dicho Manolo Valdés: “Calatrava es un fenómeno”. Calatrava es ese ‘fenómeno’ de la arquitectura mediática al que se le estropean, se le escacharran o se le quedan obsoletos sus carísimos tinglados antes incluso de ser inaugurados. Es un tipo que, a precio de mercado, cobra cien millones por una maqueta que no pasa, que ya se sabía que no iba a pasar, del estado de maqueta, y que curiosamente le encargó otro ‘fenómeno’, un tal Francisco Camps, capo del PPSOE valenciano, el mismo de los trajes y el pelotazo, con el dinero de los cursos de formación para el empleo, de la Fórmula 1, el amiguito de aquel saco de mierda que atendía por Rita, otra ‘fenómena’ de la corrupción. Pero Manolo Valdés, la mitad viviente del otrora admirable ‘Equipo Crónica’, lleva 25 años viviendo y trabajando de sol a sol como un artista millonario en Nueva York (no es lo mismo artista millonario que artista millonario en Nueva York), se ve que no anda muy bien informado de la vileza y abyección que caracteriza la conducta de tales ‘fenómenos’. O sí, y por eso.

Todo esto viene a cuento, ya saben que servidora es una ‘métomentodo’, de una magna exhibición de gigantescas y pesadísimas (y carísimas) esculturas del ‘fenómeno’ Valdés (ahora ya felizmente liberado de las nefastas anteojeras ideológicas que le llevaron a comprometerse y posicionarse contra la represión e injusticia social de la España franquista) instalada en ‘La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia’, obra del ‘fenómeno’ Calatrava y patrocinada por la no menos ‘fenómena’ esposa de Roig (detrás de todo corrupto explotador siempre hay una ‘Fundación’ que blanquea la infame y sangrienta plusvalía, el dinero negro y además te ahorra impuestos), el capo de Mercadona, otro ‘fenómeno’, éste con estrella propia en la acera de la fama de la pasta gansa de la revista Forbes (esa mismita publicación que un día dejó de publicar las cifras de la extraña fortuna del ‘campechano’, otro ‘fenómeno’ del arte de la sisa).
En fin, que todo nos va fenomenal que te cagas… y por eso la prensa del Régimen-78 te lo cuenta con pelos y señales.



La basura que difunde la prensa me dispara digresiones.

Lástima que servidora no posea ni un gramo del talento de Momo para el sarcasmo, la burla o la agudeza irónica. Leo que Rajoy dice que se conforma con pasar a la historia como una persona decente. Lo leo en ‘El País’ el periódico más decente y global de los que prestan sus servicios a la Agencia radicada en Langley. Nos mean encima y los periódicos dicen que llueve. Será porque nada se puede -y mucho menos dar con el causante, autor o ejecutor, ah, la concatenación…-, contra los fenómenos meteorológicos.

Cierto es que algunos autores intelectuales de crímenes o actos terroristas deben de ser seres muy acomplejados, a la habitual falta de pruebas me remito, que sin duda prefieren pasar desapercibidos. Y es por eso que ellos no suelen dejar olvidado el carnet de identidad en el lugar de los hechos (bromita que encabrona a la chusma enfadosa todavía más).

Es pues de agradecer que se abstengan de insultar, aún más, nuestra inteligencia, por así llamarla. Ah, que importante son las buenas formas y maneras, son ellas las que nos hacen un poquito más llevadera esta mierda de vida cenagosa y mediocre. Me releo y noto que siempre tiendo a la solemnidad, ¡incluso cuando escribo sobre Rajoy y El País!, menudo poder el de los poderes responsables de la inercia. Definitivamente lo mío (¿Qué hay de lo mío?) no tiene remedio. Ni veneno que venga a buscarme a la salida del trabajo. Pero no pierdo las esperanzas, una nunca sabe el pasado que le espera.

ELOTRO



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miércoles, 16 de agosto de 2017

16 de julio / 2017


Antonio Tabucchi

“El juego del revés”


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“-y otra vez hobimos de volver muy destrozados y trabajosos, ansí de hambre como de sed…”

Volver del fracaso, del fracaso en el que vivíamos y vivimos, para volver a fracasar en vida, la única y fracasada que tenemos, para fracasar mejor, para que los exitosos triunfadores sepan, que lo saben de sobra (esto no es ninguna muestra de humor involuntario), que seguimos ahí, que no nos queda, que no nos dejan, otra que seguir, como si hubiera algo que hacer, algo empezado (nada verdaderamente acabado), alguna parte adonde ir. Y los imbéciles sonríen y se quedan satisfechos con esta argumentación tan idiota. No saben de hambre ni de sed. Tal es su estado de inconsciencia, convenientemente envuelto en esa especie de cinismo generalizado que tan eficazmente arropa a todo el  rebaño. No se rascan pese al picor de las ronchas: no hay sarna. Y sin embargo sus cachorros embadurnan las paredes: ‘Con los rojos, piojos’. Lo han visto en la tele y las redes (se pegan un chute cada cuarto de hora), lo han leído en Wikipedia (cuando se trata de ‘profundizar’), a misa que va. La tragedia es ante todo educación, catarsis (cortejo de plañideras), tal como lo entendió y teorizó Aristóteles. Fíate de la brujas viejas, querida, no les gustan las novedades… pero aún así se ponen en manos de la cirugía plástica para cumplir… ¿para cumplir qué? ¡un ideal masculino! Fundido a negro, de verga (graaandeeeee….) de negro.




(Ojo conmigo)

En la obra de Lee Lozano (‘Forzar la máquina’, Museo Reina Sofía/ 31 de mayo a 25 de septiembre 2017)  no todo son vergas (‘que a los mojigatos de costumbre aún hoy sigue dejando patidifusos’) aunque todo desemboca, por activa o por pasiva, en verga (‘porque es una señal de distinción intelectual no alarmarse ante la sexualidad explícita’ / Cristina Morales). En su diario, la artista norteamericana farda de haber visto muchas pichas (¿o decía conocido?) y de todos los colores y brillos, de las cuales sólo desprecia, según matiza, las que lucen un blanco pálido, seco y cadavérico, a excepción, añade como si no le diera importancia, de las que tienen ‘un buen tamaño’ (sin embargo no aporta datos sobre atributos como dureza, flexibilidad o elasticidad). O sea, cadáver grande sí, o cacho grande ande o no ande. Y con las ‘instituciones artísticas’ le pasaba a esta mujer, cuya obra ya habrán notado que no me pone,  algo parecido (‘demuestra tener una gran capacidad para generar desconcierto’).

Públicamente (‘el público es la razón del espectáculo’) las rechazaba y combatía, bien que de boquilla. Por eso resulta curioso que en su diario privado (‘¿donde derroca el disimulo?’) escriba que cuando consiga terminar una obra  ‘importante’ (se trata de un conjunto de piezas), quiere que se exponga al completo (o sea, antes de venderlas por separado) en alguna de las relevantes instituciones museísticas de Nueva York. O sea, cadáver relevante, sí. Ah, que importante es la intención. Y la motivación no digamos. O sea otra vez, patológico de manual. A la manera de Burroughs, Lozano, supongo que dando una lección de lo mejor de sí misma, también nos informa de qué tipo de  drogas ha tomado para la realización de ciertas obras concretas. ‘Yo al principio iba de buenas, por eso se me coló esta prenda’.


ELOTRO


“A los tontos que van de listillos hay que darles de hostias, señalarlos y dejarles señalados”
(V. Maiakovski)


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martes, 15 de agosto de 2017

15 de julio / 2017




LA PROSA DE LA CONTRAINSURGENCIA

Ranajit Guha


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Veneno y remedio.

El remedio como veneno. El veneno como remedio. El veneno que no conoce remedio. El veneno que se escurre y siempre logra salir sin ruido. Parece como si uno tuviese que evitar el topar con esos venenos sin rumbo. El deleite máximo de no tener que explicar al veneno que no tiene remedio. Ya sabía yo que esto nos iba a pasar, a envenenar sin remedio, y ahora voy a callar el porqué. Pero ahí va: un veneno rojo entre pesticidas naranjas añade fuego a la llama que enciende un cohiba en las antípodas de la miseria, ¿sin remedio? Tampoco se trata, dicen los envenenadores, de poner la venda envenenada antes del remedio que envenena: ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿en dónde están los venenos míos? Pero el veneno va y viene, pero el remedio va y viene, con venenoso silencio al que añade el espantoso remedio de la ansiedad. La ansiedad que no remedia, que envenena, dos en uno, anidando en su pecho ya marchito. Todas estas cosas venenosas que he escrito me parecen ‘falsos comienzos’, ¡Qué mal expresado está esto! ¡Cuán confuso y gramaticalmente incorrecto!

Por otro costado, el invisibilizado veneno de la criada vieja, que estos últimos tiempos limpiaba quince habitaciones y fregaba la escalera de tres pisos… y sin poder recurrir al remedio-coartada del malhumor de las remilgadas señoritingas de la pensión con encanto, y decir: ‘más vale que hoy me quede en la cama’. Hay venenos que, bien ‘servidos’, se convertirían, sin remedio, en el manjar más delicado de los bien nacidos, lo que, al mismo tiempo, haría las delicias de lo que esas mismas sabandijas llaman la canalla. Lo cierto es que en este asuntillo de los venenos y remedios no estoy más que en el comienzo, y disto mucho de haber llegado al máximo de mis posibilidades. Desde ahora mismo, antes no me ha sido posible por culpa de mi carácter inquieto e inconstante (y el miedo de ser golpeada), he decidido que voy a llevar, día por día, una cuenta exacta de los venenos y remedios que servidora sea capaz de percibir (consumir o administrar).  

Se dice que el veneno es la dosis, pero nunca he oído decir que el remedio es la dosis… ¿de veneno o de remedio? Cuando observo la inyección de terror que ‘ellos y los suyos’ llevan  inoculando a la sociedad venezolana en los últimos años, se me viene a la memoria el envenenamiento de la sociedad chilena en tiempos de Allende y los remedios que, previsores ellos, ya tenían en cartera los criminales de la neoliberal ‘Escuela de Chicago’. La CIA es que no para, pero que conste que no lo hace por vicio, sino porque sucesivos presidentes (empleados de lujo del Establecimiento) negritos (bajo el liderazgo de un premio Nobel de la Paz USA usa mantenía siete guerras en curso) o blanquitos, total que más da, no dejan de hacerle encarguitos sanguinarios para garantizar la ‘democracia’ en tierras y mares y yacimientos de gas y petróleo del Imperio Global. Leo que ya en la ‘democrática’ Atenas del siglo V (de esto hace sólo más de dos mil quinientos años y tras el completo vaciamiento de las primigenias instituciones democráticas de las que ya sólo quedaba la fachada), se utilizaba desde el poder, con mucho desparpajo y sin ningún miramiento, el terror (la eliminación física del adversario; la realización de actos de criminales de sabotaje para sembrar el caos y que posteriormente se adjudicaban, digo la autoría, al enemigo político del momento. También entonces resultaba imposible confrontar lo que la gente ‘ve’ y ‘deduce’ con la verdadera realidad práctica), para paralizar la voluntad popular y volver inoperante a la ‘mayoría’ de la ciudadanía con plenos derechos (por cierto sólo el 10% de la población ateniense). En fin, que la cosa de meter miedo viene de lejos, aunque las técnicas y organizaciones terroristas que crean, financian y dirigen, digo las élites del poder, hoy son calificadas en los medios de desinformación de: ¡antiterroristas!, detallito que aún despista a los despistados y además queda más chuli en las infames campañas de las oenegés a sueldo.

O sea, que el veneno y el remedio comparten amo. No sé si los impacientes pacientes llegan a comprender este galimatías… ‘envuelto en un vómito de palabrería’.

ELOTRO



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lunes, 14 de agosto de 2017

14 de julio / 2017

“Una historia increíble de la miseria intelectual del postmodernismo. El pene conceptual como un constructo social: un engaño al estilo Sokal sobre estudios de género”

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Lee que te lee…

Leo en el diario de Katherine Mansfield (1888-1923):
‘(¿Lo que yo quisiera hacer comprender es que a esta hora, en esta luz que decrece, con el sonido de los pianos, y las casas abiertas, vacías, sonoras, el perro es como el alma de la calle, pobre animal, corriendo de aquí para allá cuando ya hace años que debería estar muerto.)’
(…)
‘Aturdida de cansancio. Casi no puedo andar, no puedo pensar… una sensación desesperante de que estoy perdiendo el tiempo, me siento completamente vacía…’





Leo en una cartela (ya saben que ando de vigilante de sala en el museo) unas anotaciones escritas en el margen de una de las últimas obras que realizó la artista Lee Lozano (1930-1999):
‘Incapaz de pensar. Incapaz de escribir. Incapaz de dibujar.’ (…) ‘El viaje de la pintura / cada vez más débil / y más forzado / y más ingrato.’



Publicar o perecer. Pero todo, más tarde o más temprano y de mejor o peor manera, acaba por llegar,  y cuando por fin se consigue publicar, en ciertos casos que ya se pueden imaginar cuales por cuenta propia, ocurre que al otro lado de ese selectivo muro esté esperando lo que podríamos llamar la etapa del silenciamiento. Resulta que tras quince años de arduos trabajos, volcados no solo en el contenido científico sino en la puesta apunto de la habitual viveza de su prosa, y precisamente para tratar de huir del elitista lenguaje, de la jerga exclusivista, árida y oscura que imperaba, e impera aún hoy, en los escritos sobre economía. Con el claro objetivo de ‘excluir’ a todo curioso lector que no perteneciera a la clerigalla institucional del momento.  El caso es que Marx dio por fin el visto bueno al primer tomo, o primer libro, de ‘El capital’, libro que a la postre acabaría por ser el único, de un proyecto inicial de siete tomos, del que pudo corregir, o enmendar, galeradas y luego ver publicado (el resto de la obra ‘inacabada’ vio posteriormente la luz bajo la supervisión de Engels). Y tras el duro y largo parto ocurrió lo que tenía que ocurrir: que durante los primeros meses en circulación de la obra en cuestión ‘nadie’, ni enemigos declarados ni supuestos amigos, se dio, públicamente, por enterado de la publicación de ‘El capital’. Incluso Engels declaró que la lectura de ciertos pasajes de ‘El capital’ era algo tremendamente agotador y también confuso. Marx le respondía que había sudado sangre tratando de simplificar al máximo de lo posible y de facilitar la legibilidad y aprehensión de los contenidos más técnicos y herméticos. Y en esa delicada labor no hay noticia, servidora al menos no la tiene, de ningún pensador o divulgador que se acerque a su insuperada maestría. De cualquier manera un oscuro y pesado manto de silencio cubrió y ocultó los primeros meses de vida ‘pública’ de la obra cumbre del pensamiento marxista. Leo que Marx ante la falta de repercusión, y a pesar de que ya tenía acumuladas abundantes noticias del cariño que su persona y su obra  despertaba entre tanto contrarrevolucionario enmascarado o no, pasó unas semanas en estado depresivo: “con una sensación desesperante de haber estado perdiendo el tiempo… mientras había condenado a su familia a malvivir, y morir, en sucesivos exilios, en condiciones insalubres y de miseria, y bajo la constante vigilancia y acoso de espías y policías de varios países europeos… se encontraba… Incapaz de pensar. Incapaz de escribir…”




De nuevo fue su amigo y camarada Federico Engels quién le echó un cable y encabezó la lucha contra ‘el silenciamiento’, y lo hizo de la forma más curiosa, enviando críticas hostiles a la prensa burguesa. Engels declaró: ‘En palabras de nuestro viejo amigo Jesucristo, tenemos que ser inocentes como palomas y astutos como serpientes’.
El caso es que, en relación con el marxismo, aún hoy lo que no es descarado silenciamiento es zafia manipulación y falseamiento. Pero, y esto es lo que hace babear compulsivamente a esas hienas, de lo que no cabe duda es de que el pensamiento marxista revolucionario sigue siendo radicalmente inasimilable por el capitalismo y continúa, en lo fundamental, tan inquietantemente vivo como hace siglo y medio… y a más a más,  irremediablemente menos ignorante, más sabio. Todo se andará…

ELOTRO


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domingo, 13 de agosto de 2017

13 de julio / 2017



Mezcolanza de chismes y comadreos literarios.

“abrid los escotillones para que vea”
Para lo que hay que ver (anónimo fatalista de lo más vulgar y de lo menos anónimo). ‘Otro triunfo como éste, y estamos perdidos’, dijo un tal Pirro tras contar las bajas de no sé qué batalla victoriosa. Verdades de Perogrullo, que a la mano cerrada le llamaba puño. ‘La verdad anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua’, aseveración metafórica que, según consta negro sobre blanco, puso en boca de don Quijote un tal Cervantes. ¡Haber perdido los miembros y conservar los dientes, que escarnio! (Nota: el exclamador no incluye, aunque lo parezca en la breve cita, al miembro viril, del que sin embargo puntualiza en frase subsiguiente que ya ha tiempo que dejó de ser viril). Uno se acaba por acostumbrar a todo. ‘Por la costumbre se forma casi otra naturaleza’ (Cicerón, ¿en modo protomarxista?). Costumbre: Manera habitual de actuar o comportarse. Práctica tradicional de una colectividad o de un lugar. Comedia de costumbres (ejemplarizantes). Elemento constituyente fundamental del así llamado ‘sentido común’. El emperador Augusto solía decir a sus servidores: ‘Apresuraos lentamente’, ¡coño, jefe, eso es vista! ‘La denuncia traducida al arte -escribió Rodolfo Walsh-, se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte’. Palabra de emperador, ¡oído cocina! Ideas (directrices) que se quedan grabadas en alguna parte del cerebro como si la propaganda publicitaria, que te suelta sin interrupción el cargamento entero,  fuera un buril. ¿Cómo producir signos ideológicos que sean realmente efectivos para el que oye y calla como para el que fabrica y difunde? Las medias vidas de los que nada tienen, de los que ni rechistar pueden. O eso tienen asumido, interiorizado, tras una especie de lobotomía, pero una lobotomía que nada tiene que ver con aquellas lobotomías por la fuerza… y, tras el incalificable delito de violación de cerebros, cuando hemos quedado reducidos a un estado próximo a la idiocia más absoluta, rematan:  ‘…y vendrán al plato como buenos palomos’. Todos felices, (‘Se abren rectos, defecan y se cierran) nada de felicidad en el ambiente (no hay tedio como el tedio intestinal). No está del todo bien interpretar literalmente un texto, pero resulta mucho peor despreciar completamente esta opción. Gracián: ‘Arte era de artes saber discurrir, pero ya no basta: menester es adivinar, y más, en desengaños’. Ya lo avisó el sabio de la torre, el bueno de Montaigne: ‘Hay que prestarse a los demás y darse a sí mismo’.  Y por su parte Marx: ‘Con la edad llega la sabiduría, al menos, de no malgastar las fuerzas’. Las necesidades deben su existencia y su modo de ser al hecho de que existan determinadas mercancías. La necesidad sigue al consumo pisándole los talones. Hay que limitarse a consumir –según Anders- remordimientos prefabricados, pues, ‘no comprar’ se considera por el rebaño consumidor, una especie de sabotaje de ventas. Beckett escribió una obra que dura treinta segundos y que consiste en una inspiración y una expiración profunda acompañada de un aumento y disminución de la luz escénica. Son esas cosas que durante toda la vida te hacen la puñeta a dosis escalonadas. Ojalá ella hubiera podido estarse quieta y dejarme contemplar. Pero no, ella insistía, y para colmo con desgana, ninguna tenacidad en sus actos, ésta era otra de las cosas que me disgustaban de ella…

¿Vamos a dejar que nos endilguen semejante camelo como si fuéramos tontos del culo? …no estoy dispuesto a aguantar más este coñazo, como hay Dios que…

ELOTRO



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sábado, 12 de agosto de 2017

12 de julio / 2017



“Tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola”
(Rodolfo Walsh)

Tecleas y cambias de vida o, mejor dicho, tu vida cambia. Ojo que también puede ser que sólo cambie el decorado, y no la salsa. Me pasa también que no quiero ficciones. Y mucho menos ficciones ejemplarizantes. Eso me pasa y me sobrepasa. Pensar lo que el otro quiere que pienses, que digas, que hagas, y hacerlo además a través de los otros, asumiendo por el mismo precio la coherencia lógica del discurso impuesto. Pero acaso, ¿no sufrimos todos alguna patología? Procuraba no decir en voz alta lo que pensaba, ¿lo que pensaba quién? En cualquier caso fue un para siempre que duró más bien poco, casi nada. Pero si no lo dije antes y es constatable que no reventé, lo digo ahora. Y así, digamos, dicho ya pasado de moda, ¿vale menos? ¿qué fue de la fuerza retroactiva? ¿tanto pesa la pasajera moda, aunque circular, en lo histórico? Eso si acaso el pensamiento en cuestión posee algún valor, alguna utilidad, si puede valer de algo para algo o para alguien (para el que habla, para el que escucha, para el que recela del lenguaje enemigo y ni oye ni desembucha) más allá de la inofensiva ‘artisticidad’ que nutre, o eso se cree, al que crea y al que en ello se recrea. En los pantanosos terrenos de lo autorreferencial nunca se sabe que cieno se pisa y que cieno te pisa, en apariencia, pantorrillas para abajo. Por partes, el cieno, los cienos, el de producción propia y el cieno social, también pueden llegar a ser muy apropiada materia para cierta praxis productiva. ¿Productiva, en última instancia, de quién para quién? Eso, me digo, dependerá de la pistola o, en su caso, del abanico…



“No, paréntesis. Vuelvo a empezar. Nadie sabrá nunca lo que soy, nadie me lo oirá decir, aunque lo diga, y no lo diré, no podría, pues no tengo más que el lenguaje de ellos, sí, sí, lo diré quizás, aunque sea en su lenguaje, para mí solo, para no haber vivido en vano, y después para poder callarme, si es eso lo que da derecho al silencio, y nada tan seguro, son ellos los que retienen el silencio, los que deciden del silencio…”
(Beckett, ‘El innombrable’)

Ellos, los amos de lo que se dice y de lo que se calla, los amos del silencio y del lenguaje. Y de la observación del ejercicio práctico que ellos, los amos, hacen de su propiedad privada, se pueden desprender algunas inútiles utilidades:

“…(tal uso) no es únicamente por bondad, o yo habría entendido mal en qué consiste la bondad, cuando me lo explicaron”  (…)
“…es así como pude saber que sus nabos en salsa son peores que antes, pero que, como contrapartida, sus zanahorias, también en salsa, son mejores que antaño. La salsa no ha cambiado. Es ése un lenguaje que comprendo casi, son esas ideas claras y simples en las que me es posible apoyarme, y no pido otro alimento espiritual. Un nabo sé poco más o menos a qué se parece, y una zanahoria también, sobre todo la mediana o de Nantes. Creo captar en ciertos momentos el matiz diferencial entre lo malo y lo que es menos malo.” (…)

“…la mujer, observando con disgusto que me hundía cada vez más, me hizo subir llenando el fondo de mi vasija con serrín, que cambia todas las semanas cuando me asea. Es menos duro que la arenisca, pero más sano. Y yo me había acostumbrado a la arenisca. Ahora me acostumbro al serrín. Es una cosa como otra cualquiera.” (…)

“…yo disminuía. Disminuyo. Antes, metiendo la cabeza entre los hombros, como reprendido, podía desaparecer.”
“…y la cabeza la meto y la saco, la meto y la saco, como antaño”
“…también sé agrandar los ojos, sé cerrarlos y abrirlos y sé agrandarlos o empequeñecerlos, según me dé.”
“…y lo hago así con la intención deliberada de plantarle cara a la mujer e inducirla a error.”
“…este jueguecito, que hubiera juzgado inocente, me costó caro, a mí, que me consideraba insolvente.”
(Beckett, ‘El innombrable’)



‘-En serio, jefe, no se le puede pegar tanto al asunto, te fríe los sesos…’
(William S. Burroughs, ‘El almuerzo desnudo’)


ELOTRO



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viernes, 11 de agosto de 2017

11 de julio / 2017





“Toda la cuestión consiste en si, una vez sobrevenido el primer conocimiento, se vive espiritualmente de la renta o se puede aumentar cada día el capital”
(Pavese)



La cosa

Que la cosa viene de lejos es cosa que cualquiera puede comprobar día sí y día también a poco que se esté  despierto, consciente. La cosa, la que hoy nos entretiene, es que el glorioso Pericles, ¡quién nos lo iba a decir! ya se comportaba hace dos mil quinientos años como un vulgar concejal de urbanismo del PPSOE (Aunque ya hemos podido comprobar que a los llamados ‘antisistema’ de PODEMOS les ha faltado tiempo para prolongar ‘la cosa’ con su propia firmita ‘¡son contratos blindados y heredados que hay que cumplir!’ oseasé, las prácticas habituales de la camarilla apoltronada en los carguitos que benefician a los ‘florentinos y villarmires’ de turno).


Resulta que la política urbanística del eminente ‘líder carismático’, el que guía y nunca se deja guiar, consistía (se conservan documentos con datos y denuncias realizadas por notables ciudadanos y críticos y estrictamente contemporáneos del prohombre) básicamente en utilizar el dinero del Estado, pasta pública, para la construcción de equipamientos populares de todo tipo que, mira tú que casualidad, al término de las obras y con llave en mano, pasaban (pongamos un oportuno cambio de calificación, una autorizada firmita y una generosa propina para el funcionario ‘conseguidor’), por un ridículo precio (digamos 1 euro) a manos ‘limpias’ privadas, la de los ‘bien nacidos’.


El tal Pericles, todo un animal… ¡político!, cuya excepcional habilidad pactista, inteligencia ‘política oportunista’ y más que elocuente labia, que ninguno de sus coetáneos puso nunca en duda, inventó también lo que a primera vista parecía el colmo de la pureza y transparencia en lo que a  representación se refiere, atar en corto, democrática: periodos legislativos y de gobierno de sólo un año de duración.


Pues bien, lo que bien parecía una estimable garantía de control sobre la gestión gubernamental (la posibilidad de mandar a su casa al inepto o mangante) por parte de los votantes, consistía en realidad en un sutil mecanismo que, debido a tan corta duración, eximía al tal Pericles de ‘rendir cuentas’ de lo realizado o no y del cómo y del porqué, ante sus confiados electores (‘Necesito 25 años más para CAMBIAR España’, nos escupió Felipe González cuando ya equipaba lorzas escalonadas de corrupción en ambos costados). De hecho, seguimos con Pericles, inventó también ‘el estado de obras persistentemente inacabadas’ (truco que siglos después le copió de manera algo chusca el PPSOE Gallardón en Madrid). Con eso de mantener de forma constante y bien visible la ciudad en obras, sembrada de zanjas y cartelitos propagandísticos, que invariablemente se eternizan, la cosa pintaba para la minoría con voto y derechos, como que ‘por lo memos estos se gastan el dinero en hacer cosas y no se lo meten directamente en el bolsillo’.

La cosa es que mediante artimaña tan curiosa como eficaz, Pericles permaneció treinta años en la poltrona ‘democrática’ (encabezando la camarilla que se repartía el botín) y del mismo modo, no PODEMOS citar aquí todos los subterfugios retóricos y de los otros,  construyó su propio mito. Por ejemplo sus locas y fracasadas aventuras militares, claro que ‘sólo’ costaron miles de vidas ‘esclavas’, fueron convenientemente eclipsadas cuando no borradas del tan falso como glorioso curriculum (sigloV a.c.)  que pasó a la posteridad ('el hecho es que sólo las cosas recordadas son verdaderas')y que, por cierto, nuestros nenes estudian, es un decir, en la escuela o en la universidad del siglo XXI.

En fin, que como decía el tal Unamuno, en materia de corrupción, está todo inventado…¡Por ellos!



En definitiva, alguna cosa parece estar clara entre tanta opacidad, entre tanto enturbiamiento, entre tanto velo interpuesto, entre tanta dirección única, calle sin salida, prohibido el paso o laberíntica tela de araña, ¿Qué cosa? La cosa de la cosificación, la cosa de la fetichización, la cosa de la reificación, o sea, todos aquellos procesos, materiales e ideológicos, que han logrado invertir, fenómeno este en el que colaboramos más o menos conscientemente, nuestro papel en las relaciones de dominio y servidumbre con los objetos, las mercancías y los otros ‘sujetos’. Y que han acabado por despojarnos de cualquier trazo de libertad y autonomía, poniendo de camino a la verdadera realidad fuera de nuestro alcance, de nuestro conocimiento y, en consecuencia, fuera de nuestra capacidad potencial de transformar la realidad economica, política y social, en la que, fatalmente, nos descubrimos tan felizmente inmersos y tan cómodamente atrapados… esta inercia de las cosas es como para volverle a uno literalmente loco… es lo que tiene la cosa… que tampoco es gran cosa, por otra parte.

(Un ruido de evacuación me devolvió a preocupaciones menos elevadas)

ELOTRO



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jueves, 10 de agosto de 2017

10 de julio / 2017




“Creo que hubieras debido ponerle los cuernos más abajo, porque de este modo es incapaz de  ver lo que embiste”
(Anónimo)


En alguna parte he leído que ahora se lee más ‘sobre’ una obra que la obra misma. Es decir, que sólo se lee a los autores suficientemente conocidos y establecidos en el canon del Mercado, gracias a la benemérita labor de los críticos y divulgadores también cómodamente establecidos (existen  grados) y a sueldo de los medios e instituciones del establecimiento estatal. Me pierdo con tanto filtro. Al final, me pregunto, ¿qué se lee?

Da miedo pensar el día en que ‘El capital’ o cualquier otra obra de Marx, por nombrar un autor comprobadamente inasimilable por el Sistema, se haya convertido (la hayan por fin convertido) en una obra inencontrable, prácticamente inexistente, bien sepultada bajo un montón de adoquines pesados y voluminosos: estudios supuestamente críticos; compilaciones tramposamente jibarizadas; premeditados resúmenes quirúrgicos perpetrados por expertos en operaciones de vaciamiento de lo esencial y que, además, no lo ocultan, resultan ser orgullosos patanes que nunca han leído la obra original (Piketty) pero que igualmente, y es por ese motivo que les pagan tan generosamente a esos excrementos humanos, la parasitan, manipulan, falsean o vaya usted a saber qué… pero qué digo… de hecho, ahora que caigo, esto ya ocurre, en cierta medida resultado de la ‘política’ de los grandes amos del cotarro: proveedores y distribuidores, en algunas de las más grandes librerías que existen en Madrid, ya no digamos en las medianas y pequeñas cuyas ‘demandas’ nadie tiene en cuenta…

Y si no recuerdo mal, Néstor Kohan, el autor de ‘Nuestro Marx’, dibujaba en una entrevista un panorama parecido, aunque él incluía también las bibliotecas universitarias, en Buenos Aires… en fin, como observó  Pavese, que por algo fue agudo lector de Gramsci, ‘las masas viven de propaganda embustera’. Creo que se me está taponando el ojo del culo. Cambiemos de registro.



El que cuenta es el único personaje insustituible, escribió Pavese en su diario. Un diario que Piglia definió, y defendió,  como una obra escrita contra sí mismo. Un diario, ‘El oficio de vivir’, donde se tropieza con este apunte:
“¿Pero quién tiene el instinto de dividirse en dos, de buscar camorra con uno mismo?”

Bueno, lo cierto es que algunos, quizá una costumbre malsana, no tenemos que buscar mucho (suele bastar con no cerrar los ojos) para encontrar y enfrentar nuestras propias contradicciones. Lo difícil, pienso por el contrario, es encontrar un punto de fuga (que además se suele confundir interesadamente con un punto final) que permita esquivar y prescindir definitivamente de esas incesantes batallas de opuestos que toda persona, que esté viva, alberga y en cierta medida comparte con los otros mal que le pueda pesar. Digo los procesos, en su interior y, al mismo tiempo, en sus relaciones sociales sean estas las que sean. Y claro está que no entiendo por punto de fuga la alternativa de la sumisión (siempre incondicional aunque el sometimiento esté disfrazado de ‘consenso’) o la también entreguista  indiferencia o, para terminar y  no cansar, la pretendida ‘ausencia’ negadora del conflicto.

El auténtico peligro es encerrarse en la negación del conflicto y no saber salir. Y conste que salir del conflicto puntual no es vencer, es, en todo caso, razonar, superar. Lo que en su encadenada continuidad lleva ineludiblemente a un nuevo choque, a otro conflicto al que, nuevamente, hay que plantar batalla, hay que superar. Y en tal cosa consiste lo único que realmente merece, cuando se da, el calificativo de  victorioso: la victoria de la razón a lo largo del proceso práctico.

“Que es cien veces derrotado y 
otras cien veces lo vuelve a intentar”

Fundido en negro.

ELOTRO



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miércoles, 9 de agosto de 2017

09 de julio / 2017




“Dije un momento, quizá fueran años.”
(Beckett)

En la sociedad de la Grecia antigua (la de Pericles, Sócrates, Platón, Aristófanes… y algunos otros personajes de mala muerte que no debemos ni podemos mencionar) el teatro era el ‘media’ (la forma de comunicación de masas) más influyente, más eficaz, a la hora de configurar la mente de los ciudadanos, la conciencia, los valores políticos e ideológicos: la concepción y la forma de ver el mundo. Aquel teatro griego mostraba, de forma directa cuando podía o elíptica cuando convenía, la ‘conflictividad de la Democracia’ o, según la coyuntura o la posición del autor (Aristófanes agrediendo a un Eurípides –políticamente incorrecto- ya muerto), ‘el paternalismo del Tirano’.
Escribió Goethe:
‘Lo que llamáis espíritu de los tiempos no es más que el espíritu de los señores en quienes los tiempos se reflejan’.

O sea, los señores que, ‘de facto’, cortan el bacalao. Se sabe que por aquellos años, el absentismo asambleario –la cosa viene de lejos- en las plazas públicas atenienses era de carácter endémico (nunca hubo más de 5000 asistentes a una asamblea, mientras que los teatros contaban con aforos para 30.000 espectadores):
“Yo soy el primero en llegar a la asamblea; tomo asiento y, como estoy tan solo, suspiro, bostezo, me desespero, suelto pedos, garabateo, cuento hasta mil’
(Diceópolis)

El Teatro era sin duda la vía más poderosa de propaganda política, de construcción y estandarización del mayoritario ‘sentido común’, de la hegemonía ideológica, gracias a su tirón popular, a su gran audiencia social. Casi casi como la tele, la red, y la publicidad hoy, ‘que no hay cristiano que no se entere’, ¿no?

Era pues el ‘Teatro’ el que de manera fundamental (las asambleas resultaban más elitistas y selectivas), creaba las corrientes de opinión, el caldo de cultivo ideológico, que  servía de base y fundamento (y no olvidar que por entonces ya regían las ‘leyes no escritas’) a las más variadas decisiones políticas: guerras de expansión y saqueo, acuerdos ‘forzados y temporales’ de paz, golpes de estado, proclamación de gobiernos democráticos o regímenes tiránicos; luchas internas (la praxis habitual, nos relata Luciano Canfora, era la anulación cuando no la eliminación del adversario. ¡Joder con la originalidad de Stalin!) entre los distintos clanes oligárquicos o aparatos del poder; censuras éticas, morales, religiosas con sentencias de muerte, exilio u ostracismo (diez años de destierro) para figuras relevantes e incómodas (Sócrates, Eurípides: ‘¿Quien aguanta a una gente que anda por ahí siendo mejor que los demás?’ )… en fin, maneras de ejercer el poder que hoy, dos mil quinientos años después, nos resultan incomprensibles, desconocidas, muy extrañas… ¿no?

En cualquier caso, nos recuerda Canfora, no debemos de olvidar que la cultura griega nos ha llegado a través de los romanos, a través de su filtro. Y que todo Imperio se reconoce en ciertas ‘caras’ (jetas) de cualquier otro Imperio. Por ejemplo la ‘jeta’ de la guerra: 
‘La centralidad de la guerra es inherente a tales sociedades, en cuanto instrumento primario para la captura de oro (USA-OTAN: petróleo, gas…) y esclavos. Formas primarias de riqueza y producción. Hasta Arquíloco habla de la guerra como del evidente habitat del hombre, actor de la Historia

Demasiadas veces, bajo la patraña de que ciertas cosas se dan ‘por conocidas’, se omiten, se escamotean. Un dato ilustrativo (contra la idealización acrítica de la antigüedad esclavista; recuérdese que Atenas tenía 350.000 habitantes: ‘la camarilla que se reparte el botín’, Max Weber dixit; 20.000 ciudadanos con sueldo y plenos derechos y 330.000 esclavos para lo que gusten mandar) es el de los 30.000 remeros que requería la flota del imperio ateniense (que en buen número había que contratar fuera), base fundamental de su poder militar. Así mismo téngase en cuenta que el imperio ateniense duró 70 años y que, por ejemplo, la guerra contra Esparta se alargó durante 30 años. Además, para los griegos y persas, la paz era, no hay más que contar con los dedos, la tregua. En fin que, beckettianamente, podríamos decir que a la inmensa mayoría de la población, los trabajadores-esclavos griegos, no se les permitía el aburrimiento de vivir sino únicamente la condena vitalicia al sufrimiento de existir… ‘¡en democracia!’.
Me interrumpo.


ELOTRO

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martes, 8 de agosto de 2017

08 de julio / 2017



“Hemos amado muchas películas y muchos libros pero sin darles jerarquía… conviven todos en la misma casa.”
(Godard)

El día dos de junio a eso de las siete de la tarde madrileña, mientras en la calle se sufren temperaturas de treinta y tantos grados con la típica atmósfera de sofocante bochorno y bien cargadita de anuncios de tormenta de verano, servidora se encontraba al cuidado de una sala del Museo Nacional / Centro de Arte Reina Sofía (Mario Pedrosa / De la naturaleza afectiva de la forma) en la que oficialmente la temperatura oscila entre 21-23 grados (73 Fahrenheit) y que a la hora de la verdad para el organismo humano perteneciente a cualquier clase social (si las hubiere), la sensación térmica resulta ser de cómo mucho 14 grados (57 Fahrenheit).

Y eso es así si la suerte acompaña y la incómoda pero bendita silla del cuidador de sala no ha sido clavada (está terminantemente prohibido cambiarla de lugar. Las cámaras que vigilan al vigilante tienen prioridad absoluta) justo en medio de la heladora trayectoria de algún chorro de aire supuestamente climatizador y que, como daño colateral, es causante infalible de molestos catarros o interesantes neumonías (sepan que los contratos  ‘basura-temporal’ –máximo 6 meses año-  de cuidador de sala -400€/800€/1000€ según horas y días trabajados- se ofrecen preferentemente a señoras y caballeros de avanzada edad y larga permanencia en las listas del paro. Lo que, como cualquiera puede imaginar, garantiza al patrón-empleador un 99% de acogida entusiasta e incondicional a la infame oferta, ¡El Libre Mercado funciona!).

Pero a lo que vamos (ya que aquí y ahora el resto no es de mi incumbencia). Mis seis horas en la sala-nevera transcurrieron ese día en compañía, prácticamente sobre mi cabeza, de un maravilloso móvil (inmóvil para la mayoría de mirones) obra del escultor norteamericano Alexander Calder. La movilidad de la obra, que colgaba del techo, era casi imperceptible para el visitante apresurado, ese que se ha propuesto amortizar al máximo el importe de la entrada y se patea a la carrera las cuatro plantas del inmenso museo sin perdonar una sola de las salas, destrozaditos y embotaditos acaban las criaturitas. En mi caso, limitada mi propia movilidad al sucinto territorio de la sala nº 7, pude disfrutar del lentísimo, aunque incesante, movimiento que las sutiles corrientes de aires siberianos causaban en la equilibrada y compleja armadura de la pieza en cuestión.   



Leo que Calder era hijo y nieto de escultores y que su madre, además, era pintora. Las huellas de la tradicional escultura no-móvil son claramente perceptibles, a la manera de ancla,  en la obra de Calder, a la que por su cuenta añadió esas partes que suben o bajan o giran sobre sí mismas solas o en conjunto.  La pintura es igualmente fundamental, en cuanto a protagonismo, en su escultura ya que no sólo participa de  ese movimiento físico sino que agrega en la práctica un cromatismo movible (que se degusta al mismo trote), cambiante en su ‘música’ particular (cada uno para su coleto) y además en su aportación a la sinfonía colorista del conjunto. Suele utilizar Calder colores primarios a lo Mondrian o Miró, rojo, azul, amarillo, negro… con los que cubre toda la escultura: la superficie de las varillas, bolas de contrapeso, chapas y anillas que sujetan y unen en delicado equilibrio las distintas piezas en sus más variadas formas: circulares, lanceoladas, ovaladas, lobuladas…  

Añado que en la pieza que pende sobre mi cabeza he podido contar hasta veinticinco piezas con sus correspondientes varillas. La obra, un gran racimo horizontal (un increíble y ordenado revoltijo), está compuesta  a su vez por cuatro pequeños sub-racimos que, aunque acompañan el movimiento del conjunto, poseen cierta autonomía de movilidad propia (y de ‘ruidos’ de tanto en tanto). Este detalle (a esto es a lo que hay que darle vueltas) es el que nos revela de manera incontestable la necesidad de un mirar calmoso que permita la lectura y en su caso el diálogo (aunque la obra no suelte una palabra), una mirada pausada y lo suficientemente lenta como para acompañar ‘el paso’ de la obra que observamos, en sus tránsitos (a veces andando hacia atrás), en sus despliegues, en su proceso y  completa cualidad.



Por cierto que, salvando las distancias, sobre su cabecita loca y multimillonaria, tenía Peggy Guggenheim (no sé si estos datos están fuera de lugar) en su palacio veneciano, en su dormitorio, en el cabecero de su cama, una hermosa escultura de Calder, de encargo, por supuesto.

ELOTRO


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