Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 28 de julio de 2017

27 de junio / 2017

Kurt Vonnegut
“Barbazul”


***



Un pasaje de ‘Karl Marx’ / Francis Wheen

“Para hacer justicia a la desquiciada lógica del capitalismo, el texto de Marx está saturado, a veces incluso anegado, de ironía, una ironía que se les ha escapado a casi todos los lectores durante más de un siglo. Una de las poquísimas excepciones es el crítico literario estadounidense Edmund Wilson, que ha alabado a Marx como «ciertamente el mayor satírico desde Swift». Se trata de un homenaje tan peculiar que hacen falta pruebas para demostrarlo; citemos con este fin un pasaje de Historia crítica de la teoría de la plusvalía, el llamado cuarto volumen de El capital:

SOBRE EL TRABAJO PRODUCTIVO

El filósofo produce ideas, el poeta versos, el pastor sermones, el profesor manuales, etc. El delincuente produce delitos. Y si enfocamos un poco más de cerca la relación existente entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad, se disiparán no pocos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos, sino que produce también un derecho penal, produce al profesor que da cursos sobre derecho penal y hasta el inevitable manual en que este profesor condensa sus enseñanzas con vistas al comercio… El delincuente produce, además, toda la organización de la policía y de la justicia penal, produce los agentes de policía, los jueces, los jurados, los verdugos, etc., y estas diversas profesiones, que constituyen otras tantas categorías de la división social del trabajo, desarrollan las diversas facultades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevas maneras de satisfacerlas. La tortura por sí sola provocó los inventos mecánicos más ingeniosos y dio trabajo a toda una multitud de obreros honrados, dedicados a la producción de sus instrumentos. El delincuente produce una impresión de carácter moral y a veces trágica, estimulando de este modo la reacción de los sentimientos morales y estéticos del público. Además de manuales de derecho penal, de códigos penales y legislación, produce arte, literatura, novelas e incluso tragedias… imprime pues un nuevo impulso a las fuerzas productivas… y podíamos seguir desarrollando esta argumentación hasta en sus menores detalles. La industria cerrajera, por ejemplo, ¿habría alcanzado su actual prosperidad si no existiesen ladrones? ¿Tendríamos una fabricación de billetes de banco tan perfecta como la que hoy tenemos si no existieran falsificadores?… ¿Acaso existiría un mercado mundial, ni existirían siquiera naciones, si no se hubieran cometido delitos nacionales? ¿Y no existe, desde los tiempos de Adán, el árbol de la ciencia del bien y del mal?

Esto se puede equiparar perfectamente con la modesta propuesta de Swift de solucionar los sufrimientos de Irlanda convenciendo a los pobres que se mueren de hambre de que se coman a sus bebés sobrantes. (Merece la pena recordar, de paso, que en 1870 Marx compró una edición en catorce volúmenes de las obras completas de Swift, por un precio de ganga de cuatro chelines y seis peniques). Como observa Wilson con razón, el propósito de las abstracciones teóricas de Marx —la danza de las mercancías, el alocado punto de cruz de la lógica— es fundamentalmente irónico, al alternarse con descripciones deprimentes y bien documentadas de la miseria y de la mugre que crean en la práctica las leyes del capitalismo. «Las fórmulas aparentemente asépticas que crea Marx, con apariencia tan científica, son, nos recuerda de vez en cuando como el que no quiere la cosa, como peniques extraídos del bolsillo del trabajador, sudor exprimido de su cuerpo, y gozos naturales que se le niegan a su alma — continúa Wilson—. Al competir con los sabios de la economía, Marx ha escrito una especie de parodia…»

En el fondo, ni siquiera Edmund Wilson comprende el argumento: solo unas cuantas páginas después de elevar a Marx al panteón de los genios de la sátira junto a Swift, se queja de «la tosquedad de la motivación psicológica que subyace en la visión del mundo de Marx», y protesta de que la teoría propuesta en El capital es «sencillamente, como la dialéctica, creación del metafísico que nunca cedió paso al economista que había en Marx».
Esta queja ni siquiera tiene el mérito de la originalidad. Algunos críticos alemanes de la primera edición acusaron a Marx de ser «un sofista hegeliano», una acusación de la que con todo gusto se confesó culpable. Como les recordó en el epílogo a la segunda edición alemana, publicada en 1873, él había criticado «el aspecto mistificador de la dialéctica hegeliana» casi treinta años antes, cuando aún estaba de moda. «Pero precisamente cuando trabajaba en la preparación del primer tomo de El capital, los irascibles, presuntuosos y mediocres epígonos que llevan hoy la voz cantante en la Alemania culta dieron en tratar a Hegel como… un “perro muerto”. Me declaré abiertamente, pues, discípulo de aquel gran pensador, y llegué incluso a coquetear aquí y allá, en el capítulo acerca de la teoría del valor, con el modo de expresión que le es peculiar».


*

No hay comentarios:

Publicar un comentario