martes, 25 de julio de 2017

24 de junio / 2017

Samuel Beckett
“Los días felices”


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Desconozco en estos momentos de dónde tomé la siguiente anotación:
“Con los recursos más sencillos lograba producir un significado complejo y estimular los sentidos, incitando simultáneamente a la reflexión”.
Y claro está que también desconozco la identidad el ‘sujeto’ que “Con los recursos más sencillos…” pero si a pesar de todo pego esta cita aquí, a modo de acotación, es porque pretendo decir algo sobre Beckett y creo que el anónimo enunciado, en su forma y contenido, le viene al viejo Sam como anillo al dedo.
Los recursos más sencillos: un gastado lápiz y unos sucios trozos de  papel, un orinal, un bastón, una bicicleta, un sombrero, unas piedras para chupar... herramientas para crear sus propios mundos, para lo heroico…



En las novelas de Beckett casi todos los personajes protagonistas son escritores (practican una especie de ‘escritura interior’), que se obligan a sí mismos a redactar la crónica de sus eventos consuetudinarios, de su particular odisea. En ellos, la escritura se muestra como un procedimiento que trata de ordenar sus caóticas vidas, de indagar en su ‘inexistente’ identidad. Hay críticos que primero afirman esto mismo y, mediante una curiosa inversión tras el preceptivo punto y seguido, sentencian que tales narraciones carecen de objetivo o finalidad alguna. Ellos son así. Y no les da mal resultado.



Pero hay que comprender que ‘los recursos sencillos’ de Beckett se las traen. Y es que tales recursos sencillos de Beckett (¿un‘Joyce avinagrado’?), suelen consistir en  utilizar un complejo, en lo conceptual y lo formal, código de lo que se ha venido etiquetando ‘absurdo existencial’ (¿Qué carajo se supone que es eso?). Y no solo para explorar el propio pasado, buscando dar sentido y sustancia  al sinsentido que les persigue, sino para tratar de aprehender y, en última instancia, asir el enigmático presente inmediato. Como decía aquél, la ‘identidad’ la definen los hombres mientras viven (desear, aspirar, utilizar, buscar, aprehender) su relación con los otros, su propia historia. Y esa al fin y al cabo es su única identidad.



Los deseos y aspiraciones de los personajes de Beckett, siempre perseguidores de algo o alguien y perseguidos por alguien o algo, se desarrollan en situaciones sustancialmente trágicas y casi siempre muy violentas, que devienen en formas, imágenes y escenas cómicas de una crueldad casi intolerable, de ahí la síntesis o, dicho beckettianamente, la residua: toda acción es inútil, es estúpidamente absurda.

Pero hay que seguir buscando, prescindiendo del éxito… que en definitiva poco importa realmente, ya que ‘nadie consigue nada’… pero, y eso si puede estar a su alcance,  queda el asuntillo de mejorar el fracaso… lo que no es un dato menor.



Pero… y siempre hay un ‘pero’ que sobrevive en la conciencia de los personajes de Beckett, que les separa del estéril o inerte nihilismo absoluto, y que les impide tirar la toalla,  abandonar la acción, ‘la lucha’, contra lo que sea o en pos de lo que sea. El firme convencimiento de que la única salida digna a una existencia llena de dolor y sufrimiento es el suicidio, valga de ejemplo, es finalmente descartado por Molloy ‘por miedo al dolor’, ¿una ‘razón’ graciosa o trágica, lógica o absurda? Si por un casual tienen una respuesta a esta cuestión más vale que se pregunten antes de despacharla: ¿quién y cuándo y desde dónde responde así? (Ya saben, la propia identidad)



Otro de los ‘recursos sencillos’ instrumentalizados son las preguntas absurdas y, cuando toca, las respuestas no menos absurdas que se hacen o se dan así mismo y de forma recurrente, los exasperantes personajes beckettianos (todo acaba por ser circular en la obra de Beckett), siempre dentro de los límites de su lógica tan absurda como grotescamente real. El resultado pues de este ‘inocente’ autointerrogatorio puede colocar al lector (a poco que se sienta aludido y si antes no ha huido al sofá de  su caverna TV.), en una ‘ilógica y absurda situación’ que, afortunadamente, la carga textual de materia cómica y la bula bufonesca subyacente,  ayudan a digerir. Que no eludir.

“¿Qué ocurrirá, no obstante, si eliminamos a Dios del universo, tal como hace Beckett?”

Puestos a ‘interpretar’ o a hacer una legítima lectura por cuenta propia, podríamos plantearnos si esperar a Godot fuera, en su sentido y significado, esperar a la muerte, ¿dónde estaría el absurdo? Esperar es esperar, la palabra tiene un valor por sí misma, se dice, pero en manos del lector queda la posibilidad de ser adecuadamente contextualizada (que no es lo mismo que ‘interpretada’ más o menos selectiva y caprichosamente a lo Susan Sontag o a lo Umberto Eco que para el caso lo mismo da), para, así enmarcada históricamente, agregarle su concreto sentido y significado.

La palabra democracia tenía un valor, un sentido y un significado en la Atenas de Pericles (o más de uno: ‘Es una democracia de palabra, y un principado de hecho’ (...) ‘sin los esclavos, veinte mil atenienses –de un total de trescientos cincuenta mil- no hubieran podido deliberar todos los días en la plaza pública’) y uno diferente en la España franquista con Franco y otro distinto en la España de la Transición neo-franquista, y ya no digamos el significado auténtico, a la luz de los hechos, que el término ‘democracia’ arrastra y padece hoy por hoy. Ciertamente la palabra, el signo ideológico, toma su fáctico peso y color, única y exclusivamente, en su concreto contexto histórico y social.

‘El absurdo’ (lo descabellado, lo irracional, lo insensato, lo inadmisible…), aunque parezca absurdo afirmarlo, nos puede hacer ver (‘…y mirando con los ojos extraviados a las cosas. Son cosas que ayudan.), al desplazar nuestro punto de vista o nuestro enfoque, lo absurdo de lo que habitualmente consideramos ‘perfectamente normal’, lo absurdo que existe (aislamiento en medio de la multitud, enajenamiento hasta la cosificación, falta de identidad y autonomía)  e incluso llega a ser elemento, no sólo constituyente sino predominante, en la configuración de lo tenido  ‘convencionalmente’ por correcto y lógico. El ‘absurdo’ pues, parece que, en principio, lo tiene todo   para inquietar realmente el orden establecido, es demasiado disparatado, ilógico e improcedente para ser fácilmente asimilado o al menos domesticado por un desorden que, ¡absurdamente!, no tolera más caos que el suyo, el de su propiedad privada, el que garantiza la ‘sensata’ explotación criminal.

ELOTRO



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