lunes, 24 de julio de 2017

23 de junio / 2017




“El libro es un objeto igual que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez se han inventado no puede hacerse nada mejor.”
(Umberto Eco)


‘Libro y libertad’ se titula un librito de Luciano Canfora que acabo de leer, poco más de cien páginas en pequeño formato, en la sala de lectura de una librería catalana que ‘triunfa’ en Madrid. En mi experiencia, no hay libro malo si es de Canfora, ‘el mayor sabio’ sobre la historia antigua griega y romana, según afirmación de Umberto Eco. Canfora, catedrático de Filología Clásica, es considerado por ‘el establecimiento universitario oficial’ un descarado estalinista, un tipo que aprovecha un encargo de la muy generosa y democrática UE sobre ‘La democracia’ para, oportunistamente, elogiar a los bolcheviques, la en tantas cosas vanguardista Constitución de la URSS o denunciar la fraudulenta ‘ideología democrático-burguesa’ que impera en los países del paraíso capitalista. 

Eco también es sabio y podemos colegir que por eso matiza y acota históricamente la ‘sabiduría’ de su compatriota. Canfora, que no ignora ‘el conservadurismo’ donde  acabó empantanado el docto Eco, reintegra los elogios al susodicho incluyendo en sus libros recurrentes citas del ‘sabio’ piamontés. O quizá, lo que es más probable, este peloteo entre estos lumbreras ‘superventas’ se explique simplemente por medio de las sacrosantas leyes del marketing editorial (el librito tiene un precio obsceno). En fin en fin.

La obra está armada (plegada, cosida y encolada) con varios artículos, pasajes y trozos de distintas conferencias (sobre el libro, las bibliotecas, los efectos secundarios de la escritura y la lectura…) impartidas por Canfora a lo largo de más de una década.



En el artículo que abre el libro nos enteramos de que La Biblioteca Nacional de Francia ha sido la primera, en Europa, en establecer la regla, y por tanto la práctica, según la cual el lector solo puede pedir libros ‘por ordenador’. Y claro está no solo el ‘lector de a pie’ sino incluso el erudito catedrático que se desplaza desde Italia a París para consultar un ejemplar único o un incunable o similar, debe acatar, como cualquier hijo de vecino, la humillante y alienante norma. Entre el lector y el libro se interpone, por decreto, ‘el ordenador, una máquina, claro está, obtusa’, Canfora dixit, y añade: ‘Lo cierto es que una vez eliminado el contacto personal entre el lector y el bibliotecario, cualquier arbitrariedad es posible’.

(Abro paréntesis para reincidir en algo que ya he anotado por aquí, la negativa de servidora, todavía no es norma de obligado cumplimiento, a sellar ‘vía internet’ la papela del paro. Precisamente esta ‘apabullante’ tendencia de la burocracia estatal, y de la privada no digamos, a suprimir el contacto personal y, en el caso particular del lumpen compuesto por los parados de larga duración, a hacer desaparecer las poco ‘vistosas’ colas ante el funcionario que sella, ha sido tema de ameno debate en la última ‘cola’ de la que gustosamente he formado parte de manera ‘presencial’)




“Ese Cervantes más versado en desdichas que en versos”

Y a continuación el bueno de Luciano (‘Ese Cervantes más versado en desdichas que en versos’) nos relata su infructuoso deambular y los repetidos choques con la burocracia informatizada; sus idas y venidas sin rumbo por solitarias escaleras, pasillos y ascensores que únicamente  conducen a inhospitalarios despachos donde, tras exigir la previa cumplimentación de numerosos formularios  interrogativos y rogatorios (‘falta la pregunta: ¿A qué ha venido usted a Francia?), finalmente sólo despachan despectivas  negativas o, en el mejor de los casos, comprensivas pero impotentes explicaciones que, para no perder la buena costumbre,  siempre acaban en  inútiles y protocolarias disculpas.

“Al entrar en una biblioteca un filósofo podría decir: ¡Cuantas cosas que no necesito!”




Nos cuenta Canfora que experiencias como esta le llevan a reflexionar (‘Le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba’ ) sobre las modernas y tecnológicas formas de control, inquisición y censura. Habla de cómo se restringe ‘selectivamente’ el acceso de ‘ciertas gentes a ciertas obras’ o de cómo, cuando resulta ‘de interés’ para ya saben quien, se las hace desaparecer ‘informáticamente’, alegando, por ejemplo, supuestas labores de manteniento y restauración que, pasado el tiempo, el tiempo que a la soberana burocracia sin rostro le de la realísima gana, se demuestran (informáticamente) labores que nunca en su momento fueron requeridas (informáticamente) por ninguna autoridad (informáticamente competente)  ni, por tanto y en consecuencia emprendidas y realizadas. El resultado terminante e inapelable es que el libro en cuestión no existe, por la sencilla razón de que no existe en la memoria ‘del ordenador central’.

“La historia intelectual de la humanidad puede considerarse una lucha por la memoria”
(Lotman)

Y aunque ya el hecho de comprender la cuestión nos permite considerarla con serenidad:
‘…no se pregunte el porqué, que sería nunca acabar’

ELOTRO


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