Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 23 de julio de 2017

22 de junio / 2017



“La guerra sucia del gobierno español contra la democracia venezolana.”

ÁNGELES DIEZ


(Lo de ‘Mundo Obrero’ es de coña, pero a mí para este artículo que han afanao, me vale)

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Pasajes de ‘Karl Marx’ de Francis Wheen

“…espero que la burguesía recuerde mis forúnculos hasta el día de su extinción. ¡Malditos sean!”
(Marx)

“Paul Lafargue nos dejó una evocadora descripción de la caótica leonera del piso alto donde trabajaba Marx, que deberá llenar de consuelo a los escritores desordenados de todo el mundo:

Al otro lado de la ventana y a cada lado de la chimenea las paredes estaban llenas de estanterías con libros y abarrotadas hasta el techo de periódicos y manuscritos. Frente a la chimenea, a un lado de la ventana había dos mesas en las que se amontonaban papeles, libros y periódicos. En el centro de la habitación, donde le daba bien la luz, había un escritorio pequeño y sencillo (1 metro por 60 centímetros) y un sillón de madera; entre el sillón y la librería, frente a la ventana, había un sofá de piel en el que Marx solía tumbarse para descansar de vez en cuando. En la repisa de la chimenea había libros, cigarros, cerillas, cajas de tabaco, pisapapeles y fotografías de las hijas y de la esposa de Marx, de Wilhelm Wolff y de Friedrich Engels…
Nunca permitía que nadie ordenase —o, mejor dicho, desordenase— sus libros o papeles. El desorden en que estaban era solo aparente; en realidad, todo estaba en el lugar adecuado para que le fuese fácil echar mano del libro o del cuaderno que necesitaba. Incluso durante las conversaciones, a menudo hacía una pausa para encontrar en un libro una cita o una cifra que acababa de mencionar. Él y su estudio formaban una unidad inseparable: los libros y papeles estaban bajo su control en la misma medida que sus propios
miembros.
(…)



Para Marx, como para Jesucristo, la pobreza era tanto espiritual como económica. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? O, como Marx escribió en El capital, los medios por los cuales el capitalismo aumenta la productividad

…mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fraccionado, lo degradan a la condición de apéndice de la máquina; mediante la tortura del trabajo aniquilan el contenido de este, le enajenan al obrero las potencias espirituales del proceso laboral en la misma medida en que a dicho proceso se incorpora la ciencia como potencia autónoma; vuelven constantemente anormales las condiciones bajo las cuales trabaja, lo someten durante el proceso de trabajo al más mezquino y odioso de los despotismos, transforman el tiempo de su vida en tiempo de trabajo, arrojan a su mujer y a su prole bajo la rueda de Zhaganat del capital…
La acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo, pues, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto.


La última frase, tomada aisladamente, podría esgrimirse como otra predicción del empobrecimiento económico absoluto de los trabajadores, pero solo un tonto —o un catedrático de economía— podría mantener esta interpretación después de leer la estruendosa acusación que la precede.

«Ha de tenerse en cuenta —admite Leszek Kolakowski, uno de los más influyentes enterradores del marxismo actuales— que el empobrecimiento material no era una premisa necesaria ni de la deshumanización originada por el trabajo asalariado, ni de su predicción de la ruina inexorable del capitalismo. Cierto.

Pero a continuación Kolakowski pasa por alto su propio consejo colocando otro trocito de queso en la antigua ratonera de Karl Popper. «En tanto que interpretación de los fenómenos económicos —advierte—, la teoría del valor en Marx no cumple los requisitos habituales de una hipótesis científica, sobre todo la prueba de su refutación.»
Por supuesto que no: ningún papel de tornasol, microscopio electrónico o programa de ordenador puede probar la existencia de cosas tan intangibles como la «alienación» y la «degradación moral».

El capital no es en realidad una hipótesis científica, ni siquiera un tratado de economía, aunque los fanáticos de ambos lados persisten en seguir considerándolo así. El propio
autor dejó muy claras sus intenciones. «Ahora, en relación con mi obra, le diré toda la verdad sobre ella —escribió
Marx a Engels el 31 de julio de 1865—. Tengo que escribir tres capítulos más para completar la parte teórica… Pero no puedo enviar nada hasta tener todo ante mí. Con todas sus limitaciones, lo bueno que tienen mis escritos es que son un conjunto artístico…». En otra carta, una semana después, se refiere al libro como una «obra de arte» y cita «consideraciones artísticas» como razón de su retraso en entregar el manuscrito. Si Marx hubiese querido escribir un sencillo texto de economía clásica, y no una obra de arte, lo habría hecho. En realidad, sí lo hizo: en dos conferencias pronunciadas en junio de 1865, publicadas más tarde con el título de ‘Salario, precio y ganancia’, hace un resumen conciso y lúcido sobre sus conclusiones:




Como los valores de cambio de las mercancías no son más que funciones sociales de las mismas y no tienen nada que ver con sus propiedades naturales, lo primero que tenemos que preguntarnos es esto: ¿cuál es la sustancia social común a todas las mercancías? Es el trabajo. Para producir una mercancía hay que invertir en ella o incorporar a ella una determinada cantidad de trabajo. Y no simplemente trabajo, sino trabajo social. El que produce un objeto para su uso personal y directo, para consumirlo, crea un producto, pero no una mercancía…

Una mercancía tiene un valor por ser cristalización de un
trabajo social … De por sí, el precio no es otra cosa que la expresión en dinero del valor … Lo que el obrero vende no es directamente su trabajo, sino su fuerza de trabajo, cediendo temporalmente al capitalista el derecho a disponer de ella…

Supongamos ahora que el promedio de los artículos de
primera necesidad imprescindibles diariamente al obrero requiera, para su producción, seis horas de trabajo medio. Supongamos, además, que estas seis horas de trabajo medio se materialicen en una cantidad de oro equivalente a tres chelines. En estas condiciones, los tres chelines serían el precio o la expresión en dinero del valor diario de la fuerza de trabajo de este hombre… Y el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo el día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias… Por tanto, adelantando tres chelines, el capitalista realizará el valor de seis, pues mediante el adelanto de un valor en el que hay cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que hay cristalizadas doce horas de trabajo. Al repetir diariamente esta operación, el capitalista adelantará diariamente tres chelines y se embolsará cada día seis, la mitad de los cuales volverá a invertir en pagar nuevos salarios, mientras que la otra mitad forma la plusvalía, por la que el capitalista no abona ningún equivalente.

Este tipo de intercambio entre el capital y el trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista o al sistema de trabajo asalariado, y tiene incesantemente que conducir a la reproducción del obrero como obrero y
del capitalista como capitalista.






Cualesquiera que sean sus méritos como análisis económico, esto lo puede entender cualquier niño medianamente inteligente: no hay ni elaboradas metáforas ni metafísica, no hay confusas digresiones ni retórica filosófica, ni florituras literarias. ¿Por qué, pues, El capital, que trata exactamente de lo mismo, está escrito en un estilo tan diferente? ¿Es que Marx ha perdido de repente el don de explicarse con sencillez? Evidentemente, no: al mismo tiempo que pronunciaba estas conferencias estaba terminando el primer volumen de El capital.

Podemos encontrar una clave en una de las pocas analogías que se permitió en Salario, precio y ganancia, cuando explicaba su convicción de que los beneficios se deben a la venta de los bienes a su valor «real», y no —como podría suponerse— por añadir un recargo. «Esto parece algo paradójico y contrario a la observación diaria —escribió—. También es una paradoja que la tierra se mueva alrededor del sol y que el agua se componga de dos gases altamente inflamables. La verdad científica resulta siempre paradójica, si la juzgamos por nuestra experiencia cotidiana, que solo capta el carácter ilusorio de las cosas».


*