Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 21 de julio de 2017

20 de junio / 2017






Juan Larrea 
El Guernica de Picasso

El 26 de abril de 1937 tuvo lugar en un pequeño rincón de la península ibérica uno de los sucesos que han conmovido y sublevado más a fondo la conciencia de nuestro siglo…

Era lunes, día de mercado y de gentío en la villa vasca de Guernica, no lejos de Bilbao. A las cuatro de la tarde apareció en su cielo despejado, primero uno, luego un segundo avión alemán, que mediante una docena de bombas bien calculadas, sembraron el pánico y la muerte en esa población indefensa de unos siete mil habitantes, rayana entonces, a causa de los desplazamientos de la guerra, en los diez mil. Vinieron enseguida las oleadas de aparatos Junkers y Heinkel que dejaron caer innumerables bombas incendiarias mezcladas con las mortíferas y, volando al ras, persiguieron con sus ametralladoras a las gentes que huían despavoridas por las calles, los campos y caseríos próximos.



Tres horas y media duró el esparcimiento de los pilotos alemanes y la complacencia de los generales Franco y Mola, cabezas desde hacía ya más de nueve meses de la insurrección contra la República. Al día siguiente la pequeña ciudad seguía ardiendo por sus cuatro costados. Hubo testigos en crecido número, los supervivientes de la villa, por supuesto. Mas también los hubo de fuera que acertaron -es un mal decir- a encontrarse allí en aquella hora fatídica, y corresponsales muy acreditados de -la prensa internacional -inclusive tan acreditada y conservadora como The Times de Londres. El crimen de lesa humanidad carecía de justificación en la mente de cualquier país civilizado.



Guernica, además de antigua capital del Señorío de Vizcaya y sede de las libertades del pueblo vasco, era un poblado comparable, por lo inerme, con una criatura. La mala acción sólo podía ampararse en los códigos de la estrategia terrorista del nazi-fascismo y en la conveniencia de ensayar procedimientos y tácticas de saturación desmoralizadora con miras a lo que se estaba ya maquinando bajo cuerda. Se encontraron entre los escombros y exhibieron no pocas bombas sin estallar de fabricación alemana (Rheindorf, 1936). Varios pilotos de la misma nacionalidad, capturados después, relataron con cinismo espontáneo y pormenores, la atrocidad cometida. En la mejor prensa del mundo circularon docenas de fotos del desastre así como retratos de los malhechores y de su documentación de origen. Nada de ello impidió, sin embargo, que las autoridades, las radios y los periódicos nacionalistas sostuvieran a coro la tesis de que ningún avión de los suyos había volado sobre Guernica.

Lejos de ello, decían, el siniestro había sido ejecutado, por los "rojos" mismos, naturalmente "bolcheviques" -siendo así que el pueblo vasco era con mucho el más católico de la católica España.



El mentiroso primero fue el "Caudillo por la gracia de Dios". A causa de la niebla reinante, ningún aparato de sus ejércitos había despegado aquel día, declaró al enviado del New York Herald Tribune. Pero ante la multitud y calidad de los testimonios y lo abrumador de las comprobaciones, no le quedó al Generalísimo más remedio que arriar banderas. Así el 3 de mayo confesó vergonzantemente al corresponsal del New York Times que "nada tendría de sorprendente que los nacionalistas hubieran considerado a Guernica como un objetivo. Es posible que unas pocas bombas cayeran sobre Guernica en los días en que nuestros aeroplanos operaban contra objetivos de importancia militar".



Habían sido más de dos millares. Prensa y radio facciosas le hicieron eco. He aquí unas muestras:

La noticia de que aviones extranjeros al servicio de la España nacionalista han incendiado y destruido Guernica es pura patraña. Guernica no ha sido incendiada por los nacionalistas, porque la destrucción es monopolio de los bolcheviques rojos. . . "
(Radio Salamanca, 27 abril, 1937)


Después de haber obligado a las gentes a encerrarse, en sus casas, grupos de milicianos recorrieron las calles con bidones de gasolina con los que prendieron fuego a los edificios. Después se arrojaron bombas incendiarias desde aviones.
(Unidad, San Sebastián, 3 mayo, 1937).

La destrucción de Guernica no ha sido obra de los nacionalistas ni ha sido causada por bombardeos aéreos. Al contrario, ha sido un acto de vandalismo salvaje perpetrado por los mismos rojos.
(El Diario de Navarra, Pamplona, 4 mayo, 1937).

Etc., etc. Tras el delito en sí, las obligadas calumnias del Bajísimo. Cundió el horror. Pero más que en el país vasco, conminado a rendirse, la ola desatada se expandió por el mundo entero. Durante muchos días la prensa internacional de casi todos los matices tradujo la indignación generalizada, mientras que en Londres Joachim van Ribbentrop pretendía justificar, por razón de sus sinrazones, la destrucción de la pequeña capital del pueblo vasco. Mas en Francia, en Inglaterra y Estados Unidos, en Bélgica y otros países de los cuatro puntos cardinales, se propagó el estremecimiento que provocan las monstruosidades apocalípticas. Hombres de ciencias, de letras, de Albert Einstein y de F. Mauriac y Jacques Maritain por abajo, historiadores, senadores, receptores de Universidades, presidentes de Seminarios Teológicos, obispos, etc., etc., estamparon de urgencia sus firmas horripiladas bajo los manifiestos condenatorios y los "llamamientos a la conciencia de la Humanidad" que se aplicaron en las grandes capitales.

Alcanzó grado tal la revulsión de las conciencias en los países civilizados, que pocos días después el primado de la Iglesia franquista, cardenal Isidro Gomá, estimó conveniente dirigirse a cada uno de los obispos españoles por carta fechada el 15 de mayo, a fin de hacerles saber que "el Jefe del Estado" le había indicado "pocos días antes" la conveniencia de que el Episcopado redactase un documento colectivo, y solicitaba de ellos su conformidad, Su propósito era, según lo puntualiza el mismo cardenal en otra comunicación de 7 de junio, al enviarles ya en pruebas de imprenta la indicada Carta Colectiva, reprimir y contrarrestar la opinión y propaganda adversa que hasta en un gran sector de la prensa católica, ha contribuido a formar en el extranjero una atmósfera adversa que ha repercutido en los círculos políticos y diplomáticos que dirige el movimiento internacional.

Así pues, como consecuencia de la abominable destrucción de Guernica se firmó por todos los prelados, la obra maestra de la propaganda facciosa, la Carta Colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo…”



***