Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 19 de julio de 2017

18 de junio / 2017

“Por qué Palestina sigue siendo el problema”
John Pilger



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‘Nunca pude consentirme el término medio’
(Fernando Pessoa)

Acabo de leer ‘La educación del estoico’, un texto, durante mucho tiempo inédito, obra del lisboeta Fernando Pessoa escrito en 1928 y que pertenece a uno de sus múltiples heterónimos,  un tal  ‘Barón de Teive’ (‘Una memoria intelectual de mi vida’) del que no tenía noticia.

Se dice que todos los heterónimos de Pessoa nacieron para salvar al autor de la vida que no soportaba. Y precisamente este Barón de Teive’, aristócrata y virgen, acaba por ‘salvarse’ vía suicidio, y después de quemar, ‘y a veces releer’, todos sus manuscritos.



Leo por mi parte en el epílogo biográfico que completa el librito, que la condición de aristócrata de este heterónimo confirma la ‘real’ fascinación que sentía el pequeño-burgués Pessoa por la nobleza. Mandó  incluso esculpir en piedra el blasón de su tatarabuelo, que fue capitán del Regimiento de Artillería del Algarve. De hecho nunca ocultó sus preferencias políticas monárquicas o su marcado elitismo clasista, aunque tampoco prescindió de sus posiciones de naturaleza ‘políticamente incorrectas’, para su época: ‘Cristo y el Progreso son para mí mitos del mismo mundo’ (…) ‘La absurda doctrina de un Dios omnipotente y bueno, pero creador del mal’ (…) ‘Los principios absolutos son falsos, ridículos y antiestéticos’.

En fin, quizás por eso escribió aquello de: ‘Descubrí por la falta, como se descubre la valía de todo’. Y también, bajo la firma de alguno de sus muy diversos heterónimos, ‘Empiezo a conocerme. No existo.’ (…) ‘Soy los alrededores de una ciudad inexistente, una figura de novela aún no escrita’.



Pessoa constataba, en su particular aprendizaje de la decepción, la ‘desemejanza entre lo que soy y lo que supuse que podría ser’. Y envuelto en sus meditaciones sin fin (‘Quien escribe no repara en que está hablando por escrito’), recordaba su infancia: ‘Lo abstracto siempre ha sido para mí más impresionante que lo concreto. Recuerdo que de niño no tenía miedo de nadie, ni de los bichos; pero sí que tenía miedo de los cuartos oscuros’.

Y de la visión en cierto modo poética de la infancia, nuestro tímido poeta (‘En el fondo no hay otra cosa que mi timidez y mi incompetencia para la vida’), también prosista, traductor  y ensayista se larga a filosofar: ‘Olvidamos que, por aquello que no hicimos, no fuimos; que la primera función de la vida es la acción, del mismo modo que el primer aspecto de las cosas es el movimiento’ (…) ‘No podemos dejar de sentir, como podemos dejar de andar’ (…) ‘No enseñes nada, ya que aún tienes que aprenderlo toco’ (…) ‘La certeza es el dominio de los locos, sólo ellos carecen de dudas’

Nos habla Pessoa del ejercicio de la razón y sus armas para erradicar el dolor: ‘Me había vuelto objetivo para conmigo. Pero no sé si con esto me había encontrado o me había perdido’. (…) ‘Pensar como espiritualistas, actuar como materialistas’ (…) ‘La creación de otro Yo que se encargue de sufrir en nosotros, de sufrir lo que sufrimos’.



Y para luchar contra: ‘la vasta red de imposibilidades en la que siempre me he enmarañado’. Y cita, con no poca autoironía, las múltiples formas de la mezquindad: ‘Dar poder a los vecinos a los que desprecias o a los amigos que nunca fueron íntimos’, o lo impropio de escribir sobre uno mismo: ‘Erigen en tragedias del universo, tristes comedias de sus propias vidas’ (…) ‘Hay algo de sórdido en suponer que el centro del universo se sitúa en nuestra barriga’ (…) ‘La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo existe fuera de ella’ (…) ‘Nacemos sin saber hablar, y morimos sin haber llegado a saber decir’.


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