Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 14 de julio de 2017

13 de junio / 2017

Georges Simenon
“Memorias íntimas”



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“La negación pura y llana es casi siempre ajena a la cultura popular”
(Mijail Bajtin)

La realidad se estiliza en fantasía, y es así como se puede llegar a hablar de una cosa tal (aproximado promedio) como ‘hombre medieval’ o ‘hombre renacentista’ o hacerlo de cualquier otro estereotipo que convenga a cualquier propósito que se pueda tener. Se alega en defensa propia que tal ‘constructo’ puede llegar a ser útil como instrumento para analizar y explicar (por medio de lo que se reconoce como una abstracta y simbólica representación ‘sintetizada’) una determinada ‘realidad’ concreta, diversa, compleja y contradictoria.

Así que uno puede leer, a ser posible calladito y sin chistar y sin ostentación de lo mismo, que en ‘el hombre medieval’ coexistían dos formas opuestas (ya asomó la ineludible ‘binariedad’) y complementarias de concebir el mundo: una piadosa y seria: lo alto; y la otra cómica, bufonesca: lo bajo. Una para los ordinarios días laborales y otra sólo para los muy contados días festivos, por así decirlo festivamente.



Una visión de la vida más espiritual, ‘superior’, de cintura para arriba –cabeza y corazón-, seria, oscura y lúgubre, plena de supersticiones, coacciones, abstinencias y perpetuas mortificaciones (ya saben, a este valle de lágrimas hemos venido a sufrir, por eso los benedictinos predicaban ‘no pronunciar palabras vanas que induzcan a la risa’… claro que todo esto de cara al público, porque ya, entonces también, se despachaban ‘bulas’, en lo que tocaba a las autoridades y familia…) y apabullantes conceptos como ‘lo eterno’, ‘lo inmutable’, ‘lo absoluto’ que colocaban a nuestro ‘hombre medieval’ en la humillante y vulnerable posición (frente al nunca compareciente Todopoderoso y sus representantes estos sí presenciales, a los que hay que sumar a los acólitos de pago y otros atormentadores de almas), del más ínfimo y pecaminoso de los seres.

En la otra esquina del ring un enfoque más materialista, alegre e ‘inferior’, del ombligo para abajo –vientre, culo, órganos sexuales…-, que empleaba el lenguaje estrambótico e irreverente de la risa (risa que al parecer nunca practicó Cristo y en consecuencia prohibida por las recetas y reglas monacales –véase la famosa ‘rosa’ de Eco-) e insistía en las ‘sucesiones’, ‘transformaciones’, ‘renovaciones’… y que lo llevaba descaradamente a la práctica cuando podía, o sea, en el estrecho marco temporal  de las celebraciones y festejos (p.ej. ‘La fiesta de los bobos’, ‘La fiesta del asno’, o las temáticas agrícolas como el fin de la vendimia, etc…) y en medio del inevitable mogollón de los días festivos (donde ya el santoral cristiano sustituía las antiguas celebraciones paganas: fuera canciones báquicas, dentro villancicos), límite este infranqueable bajo segura pena de hoguera o tortura casualmente letal de necesidad (la dura tarea evangelizadora… ¡la sufrida vida de los indisimulados granujas!).



Pero dentro de ese restringido espacio/temporal hacía de las suyas la risa burlesca e irrespetuosa, risa que obviamente nunca empleaba la autoridad siempre tan necesitada de respeto, y cuya irrupción implicaba la, aunque efímera, superación del miedo (‘Sin miedo’ se rotula aún hoy, ochocientos años después, en algunas pancartas frente al poder); y la parodia grotesca (ciertos patanes escriben hoy, sin el menor sonrojo, que ‘era la iglesia’, o sea la institución, la que en esos escritos y actos se reía de sí misma); y lo impío carnavalesco, con el levantamiento de la abstinencia alimentaria (carne y tocino) y sexual, que transformaba -colocando por unas horas ‘utópicas’ el mundo al revés-, los símbolos del poder y la violencia en inofensivos y ridículos.

Del siglo V data, es la  obra paródica grotesca más antigua que se conoce, ‘Coena Cypriani’ (texto de clara inspiración  ‘rabelasiana’ y autor u obispo anónimo,  escrito por increíble que pueda parecer diez siglos antes del nacimiento de Rabelais y que, lo que son las cosas, éste mismo utilizó como esencial fuente nutricia o también como quincalla de guarnición para su ‘Pantagruel’), libro de peculiar carácter religioso en el que los ‘auténticos’ personajes bíblicos (Eva, Adán, Jesús, Judas…) son aquí ásperamente caricaturizados y jocosamente redefinidos desde el inclemente lenguaje de lo ‘inferior’, o sea, desde ese habla verdulera que viola formas y proporciones (Vitruvio, contra lo ‘grotesco’, dixit) y que, en su ambivalencia, tan llena está de malsonantes epítetos injuriosos como de sentidos afectuosos, la lengua popular: material y carnal. Y todo ello bajo una aviesa mirada que, aunque pasajera en su forzosamente acotado  ejercicio, se muestra universalmente anticanónica, cáustica y satírica… y también, en su indestructible vitalidad no asimilable por el dogma: fértil en sus objeciones y propuestas, positiva y afirmativa…

ELOTRO


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