Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 13 de julio de 2017

12 de junio / 2017

EL TRABAJO DE LA REPRESENTACIÓN
Stuart Hall


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“No nos engañemos, las cabezas que tenemos a nuestro alcance la mayor parte de las veces carecen de interés”
(Thomas Bernhard)


En posesión de o poseído por. Esa puede ser la cuestión determinante. El joven Marx lo llamó, era su fase filosófica: ‘autoalienación humana’. Y ya más tarde, incurso en su periodo científico materialista: ‘fetichismo del mundo de la mercancía’, cuando pudo constatar que el proceso de producción domina al hombre, y que el hombre no domina el proceso de producción (el realmente existente entonces y ahora, el capitalista). Y esa es la situación real, bien que ‘escondida tras una infinita confusión de revestimientos ideológicos’.

Por eso el pensamiento de Marx trató de abarcar toda la escala que va desde el conocimiento teórico hasta el conocimiento práctico inmediato. Y buen ejemplo de cómo el conocimiento teórico y el conocimiento práctico se relacionan e influyen recíproca y dialécticamente lo tenemos en el llamado año crítico de 1850, fecha en que dio comienzo un gran periodo de prosperidad, de desarrollo de las fuerzas productivas que el modo de producción burgués, lejos de obstaculizar, promovió, impulsó y desarrolló. Ocurrió que lo que parecían vísperas de estallidos revolucionarios acabó por mutar en notable reflujo de las luchas y organizaciones obreras, incluyendo la disolución de la propia Liga de los Comunistas en 1852.



Realidad esta que como escrupulosamente prueban sus textos de entonces (‘…las teorías marxistas no estaban pensadas como nuevas ataduras dogmáticas, ni como condiciones puestas a priori que tengan que ser cumplidas en determinado orden por la investigación que quiera presentarse como materialista, sino como una orientación no dogmática para la investigación y para la acción’), incluyendo su intenso y cuantioso  intercambio epistolar, sobre todo y aunque no sólo, con Engels, fue convenientemente ‘registrada’, por ese Marx al que acusaban de poseer la más vanidosa, arrogante y perversa de las mentes, y que, en cambio, verdaderamente ejercía como el más atento y agudo observador de la realidad económica, social, política, científica y cultural que ‘vivía’ (completamente ‘ajeno a la inmovilidad e inmutabilidad de lo ya ‘canonizado’, de lo que está muerto’), por aquellos días (dejémoslo ahí).

Pero no deja de tener su gracia que precisamente aquellos que practican con ciega y fervorosa devoción cualquiera de las múltiples variedades de pensamientos acientíficos, ahistóricos, dogmáticos, estrechos, reduccionistas y sectarios,  acusen precisamente a Marx y al marxismo revolucionario de incapacidad para ‘registrar’ realidad (Como botón de muestra, en nuestra ‘soberana’ Spain, el poeta-pijo Gabriel Ferrater y el euro-pecero Vázquez Montalbán así se lo reprochaban en los años setenta  al poco maleable y  ‘dogmático’ Manuel Sacristán). Yo creo que lo que verdaderamente le reprochaban y reprochan (todos estos figurones y cuadrillas posmodernas-reformistas, como ya hicieron cien años antes contra el propio Marx los viejos proudhonistas, bakunistas y antiautoritarios)  al pensamiento crítico y de postulados revolucionarios (claro que esto sólo lo reconocen, cuando lo reconocen, en la intimidad), es, por un lado, que el marxismo (no domesticado) esté anclado en una propuesta tan radicalmente revolucionaria como la que sostiene que hay, que existe (y por seguro que tan real y palpable como las propias clases sociales o las estructuras y mecanismos específicos de dominación y explotación que padecemos algunos), una alternativa al vigente sistema criminal (lo digo por la pupa que le hace a las clases explotadas y al ‘vital’ medio ambiente planetario) del capitalismo.



Y por el otro lado, su lógica y derivada falta de predisposición y voluntad para ‘tragar’ y asimilar acríticamente, y en el terreno ideológico y práctico, ya sea en la esfera social, política y cultural, con el concepto hegemónico (que es el consecuente complemento ideológico del modo de producción capitalista), de ‘realidad’ (el mismo concepto que tan eficazmente oculta, ‘tras una infinita confusión de revestimientos ideológicos’ la autentica realidad de los hechos, las cosas y sus recíprocos procesos de  relaciones interactivas) esa utilísima ‘mercancía’ ideológica que diseña, fabrica y difunde para su conveniente y provechoso  ‘uso universal’, el tan globalizado como todopoderoso establecimiento capitalista.

Y conste que no lo consigue sin nuestra, aunque en algunos casos de forma ignorada e involuntaria, indispensable colaboración. Porque es verdad que las personas son actores limitados en su pensamiento y en su acción práctica por medio de las determinantes y coercitivas relaciones sociales en las que están inmersas (bajo el capitalismo: relaciones cósicas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas), ya existentes desde el mismo día que nacen, pero igualmente su pensamiento, su conducta y sus acciones afectan vía roce ocasional o continuada fricción y en modo recíproco y dialéctico y en diversos sentidos con mayor o menor grado, a dichas relaciones. El caso es que, más o menos lejos y en un grado u otro, siempre se acaba tropezando con el fundamento económico material, por mucho que lo enmascaren los ocultistas a sueldo del Poder Real.

ELOTRO



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