Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 6 de julio de 2017

05 de junio / 2017




"El arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y uno se da cuenta de que lo que sabía es muy poco."
(Italo Calvino)



En los acontecimientos del pasado (por ejemplo: el antes, el durante y el después de la Segunda República en España), en las distintas etapas históricas, podemos descubrir que (en aquellas antiguas, o no tanto, formaciones sociales) se daban ciertas percepciones de males sociales que, todavía hoy, tenemos que sanar (sospecho que esta puede ser la razón por la que se escamotea en la Historia Oficial todo lo que tiene que ver con las auténticas causas perdidas y los verdaderos  perdedores). Es decir, que en aquellos periodos históricos existía, más o menos profunda y mucho o poco extendida, cierta conciencia sobre determinadas problemáticas sociales (siguiendo con la II República: El omnímodo poder de una oligarquía cuasi feudal, monárquica y centralista, aliada a su vez con un arcaico, corrupto y costosísimo Ejército y una no menos petrificada Iglesia católica; la falta de una Reforma Agraria que en los desarrollados países europeos llevaba casi un siglo  de vigencia o una política de industrialización con vistas a un encaje en el mercado europeo…) que, aunque solamente fuera en previsión de males mayores, reclamaban algún tipo de solución. O al menos un oportunista remedio paliativo.



Pero el hecho tan constatable como incontrovertible de que siglos después (o décadas) estos mismos incordiantes asuntillos, digo iguales en su esencia, que servidora solita se percata de que no en su forma, siguen plenamente vigentes en su función digamos perturbadora (y en cierto sentido de  descargo véase la experiencia de los hombres y mujeres: cuando nacen, se ven inmersos en sociedades en las que rige un determinado modo de producción y por consiguiente unas concretas relaciones sociales-culturales-políticas-jurídicas… que de él se desprenden y con él se interrelacionan y, en las que sin más remedio, entran a formar parte aunque sea, en principio, de manera involuntaria. Lo de la conciencia de clase llega, si llega, mucho después…)



Decíamos función perturbadora sobre la (eso  dicen los que son y que a la hora de la verdad cuentan), anhelada armonía social. Lo que  da que pensar a algunos (digo a los que tienen, porque a pesar de todas las trabas la han adquirido, cierta conciencia objetiva de la situación y, quizá por eso, o sin quizás, están condenados, como sus ya citados vencidos predecesores, a ser silenciados, a ser olvidados inclusive en el momento presente, o sea, a la no existencia, a la prácticamente insoslayable inexistencia. Para eso, entre otras censuras y aniquilaciones,  están las leyes, y sobre todo las del sacrosanto Mercado, esas infalibles).

Y lo que también resulta más que chocante, y esto por fortuna visto desde el momento presente, en lo que se refiere a la mayoría de estos casos, es, por un lado el consensuado y generalizado olvido al que son sometidas aquellas gentes que en el pasado lucharon (y resulta obvio que fueron vencidos) por la superación de tales situaciones sociales llámense elípticamente problemáticas o directamente injustas y criminales (¿Para cuando una estadística seria, o sea, motivado por interés público, de las muertes de ancianos que han provocado el copago sanitario; la exclusión de cientos de medicamentos de las ‘recetas’ de la Seguridad Social –de medicamentos ‘no vitales’ los califican los hideputas-; el cierre de quirófanos y la eliminación de ‘camas’; la drástica reducción de personal sanitario; la torticera e imparable privatización de servicios y hospitales públicos…?).



Y por el otro costado tenemos a la aplastante aquiescencia social que, en su acomodaticia desvergüenza ( ¡Yo con votar ya cumplo… y tengo que me sobra! ¡Paso de política!), sostiene la falacia capitalista de la inevitabilidad de tales desafortunados ‘fallos’ en el Sistema (migraciones, desempleos, subidas de precios e impuestos, bajadas de salarios, desahucios, destrucción acelerada e incontrolada del medio ambiente… males sin duda menores en todo caso ya que sólo afectan, de forma grave y en todo momento y lugar, a la enfadosa chusma asalariada -Y eso que todavía no les hemos    privatizado el agua, el aire,…-. Y cierto que a la llamada clase media también, aunque en menor grado. A estas inocentes criaturas sólo les apretamos sin reventarlas durante las, también mayoritariamente asumidas como inevitables, épocas de crisis). Pues esa es la convención: ‘es inevitable que los explotadores ganen siempre y que los explotados pierdan siempre’. Porque para eso unos ganaron la Guerra Civil y otros la perdieron, ¿no es cierto?. Así que ¿Para qué seguir luchando? Por supuesto que es pregunta retórica, ahórrese la experiencia de  gastar saliva inútilmente, ¿de qué le serviría?



ELOTRO


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