Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 5 de julio de 2017

04 de junio / 2017

“Neoliberalismo: un balance provisorio”
Perry Anderson



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“Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vueltas sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río”.

(Juan Rulfo, ‘Talpa’)






Con las manos en los bolsillos, la mirada baja vagando perdida sobre las irregulares losetas de la acera, toda la mente ocupada por la imagen de Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares pintada por Velázquez, que minutos antes acaba de ver y conocer en el museo.  Esa imagen permanece, no se desbarata, se niega a desaparecer, le persigue. Es jueves y tocaba recreo. En realidad ya sabía de la existencia de esta obra del pintor sevillano pero sólo por medio de reproducción fotográfica. O sea que como ha podido comprobar realmente  no la conocía, o no más que a una ‘imagen-señal’ casi, léase casi,  carente de su esencial sentido y significado. Nada que ver pues, y mucho menos en este caso concreto, con plantarse delante del original, con poder encarar la pintura y medir y pasear la mirada sobre su auténtica escala. 

La pintura forma parte de la exposición ‘Tesoros de la Hispanic Society of America’ junto con otras grandes obras expoliadas del patrimonio cultural español y latinoamericano por el multimillonario norteamericano de turno. Este retrato del ‘poder’ lo realizó Velázquez cuando cumplía 26 años. Ya era pintor de corte pero aún no pintor de cámara de Felipe IV. Sin duda que una obra cómo esta le valió al ‘funcionario’ Diego, para conquistar la codiciada plaza, en propiedad, dos años después. En esta pintura, (lienzo de 209cm. X 111cm. Del que por cierto me entero que existe otro ejemplar en un museo de Brasil) la figura del conde-duque, ostentosamente cubierta de oro, símbolos militares, religiosos y fusta en mano, la verdad es que impone y acojona, que, por otra parte, es de suponer que tal es el objetivo cuando la cosa va de propaganda del poder. La impresionante figura del conde-duque encarna magistralmente en la pintura de Velázquez eso que se suele llamar ‘dotes de mando’, y no sólo por el aparato simbólico e instrumental que lo engalana, sino sobre todo por ese intencionado juego de perspectivas (que sitúa al mirón-receptor en su lugar, en su papel de inferior, de súbdito) que despliega el maestro sevillano.

Junto a esa temible mirada que nos aborda de frente, se nos muestra esa pierna izquierda que se adelanta, aportando simbólicamente un paradójico detalle dinámico a una robusta mole estática, y que lo hace sobre un suelo que sutilmente se nos hace ver en pronunciada cuesta que finaliza, casualmente, donde se encuentra el así ‘rebajado’ y por eso más 'vulnerable' observador.  Sin duda que como propagandista del poder, y existen muchos ejemplos posteriores a esta primeriza obra que así lo corroboran, Velázquez fue un auténtico genio que además de sus genuinas aportaciones, supo perfeccionar la rica tradición que conoció y asimiló en las colecciones reales y en sus instructivos viajes a Italia.

El caso es que la imagen velazqueña del conde-duque le persiguió en su caminata por las abarrotadas calles (la bendición del turismo basura) del Madrid de los Austrias, aunque en algunas ocasiones esa imagen, mediante una curiosa transformación, se convertía en su mente, de manera sucesiva, en la de múltiples líderes políticos del siglo XX que repetían, con muy leves variantes en sus particulares versiones del jerárquico culto a la personalidad, el modelo velazqueño: ‘obligada’ percepción del carismático y querido líder desde el subsuelo que habita la sumisa servidumbre.

ELOTRO


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