Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 2 de julio de 2017

01 de junio / 2017



Julio Cortázar


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Apuntes sobre apuntes de Bernhard

Lo conocí comprensivo y despiadado, consigo mismo y con los demás. Amaba algunas cosas (los viajes, los libros, la pintura, las mujeres, la música, la soledad…) y aborrecía esas mismas cosas: en ambos casos razonaba con idéntica elocuencia los motivos. Se divertía con frecuencia fustigando a sus iguales, sobre todo a los que van de artistas, le irritaba especialmente la estúpida vanidad que, a la gran mayoría de ellos, decía, se les sube a la cabeza. Abominaba de la pestilente atmósfera del mundillo, que era el suyo, intelectual, ‘se la pasan  -solía comentar- autoevaluándose con sobrevaloraciones infantiles, o más bien infantiloides. En el fondo son demasiado cómodos para utilizar la cabeza. Pero no es fácil evitar caer en la ciénaga intelectual, porque es la que pita en lo contante y sonante. Y yo también cedí a esa bajeza. Yo mismo me había encerrado en la jaula. No había escapatoria. Los cenáculos y mentideros intelectuales, los he padecido durante demasiado tiempo, disfrutan todos ellos de  un clima frío e inhóspito que, de forma perversa, califican cariñosamente de fresco en verano y caluroso en invierno. Y por decirlo a la pata la llana, nunca reconocen el talento ajeno, porque para eso son demasiado pérfidos. Un veneno para las personas.’

Durante años frecuentó los círculos, salones y cafés literarios de la ciudad, ‘pero aquello –escribió- me apartaba continuamente de mi verdadero propósito, me impedía siempre hacer lo esencial y nunca lo que yo quería. En ese viciado ambiente los pensamientos se ahogan entre tantas habladurías cultas… no, no quiero verme ininterrumpidamente enfrentado conmigo mismo, ni mucho menos en el café, al que voy al fin y al cabo para escapar de mí… no me soporto a mí mismo. Esa es la verdad. Y jamás he aprendido en tales sitios, mientras alternaba con esas irritantes gentes, nada nuevo. Pero uno se hace comodón y abyecto. El efecto es letal.’

‘La vida social -anotó- exige un enorme dominio del que no siempre soy capaz. No tengo buen carácter, reconocía. Sencillamente no soy buena persona, lo que no me perdono’.

En su diario (‘costumbre que me prescribí a mí mismo como terapia de supervivencia’) solía escribir digresiones como la que sigue: ‘Voy al campo para reponerme de la ciudad, y a la inversa voy a la ciudad para curarme del campo. Tan deprisa como se empapa la cabeza en la ciudad se vacía en el campo.
Aún así, cuando estoy en el campo y no tengo ningún estímulo, se me atrofia el pensamiento, pero en la gran ciudad no tengo esa experiencia catastrófica. Al principio el trasiego cumplía un ritmo semestral, en la actualidad ya es bisemanal. En cuanto llego a cada uno de esos sitios a los que llego me pregunto qué se me ha perdido allí. No ignoro que me ocurre lo que a la mayoría de la gente, quiero estar siempre donde no estoy. Llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Estoy dominado por esa inquietud, no aguanto mucho tiempo en el mismo lugar. Y, para abandonar definitivamente toda esperanza, es una enfermiza fatalidad que empeora con los años.’

O como esta otra: ‘Yo no soy paseante, durante toda mi vida sólo he ido a pasear de mala gana, pero voy de paseo con mis amigos, y de tal forma, que esos amigos creen que soy paseante apasionado. El caso es que voy de paseo echándole tanto teatro que se asombran. Tampoco soy amigo de la Naturaleza ni conocedor de la Naturaleza, la aborrezco.’


También dejó escrito: ‘Soy de esas personas que despreciamos, como es natural, a los que nos mienten, y respetamos a los que nos dicen la verdad. Al fin y al cabo no tengo ya la intención de mentirme a mí mismo embelleciendo nada.’

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