Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 31 de julio de 2017

30 de junio / 2017


“Nuevo tratado de la ONU
sobre las armas nucleares”
Manlio Dinucci



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“Los límites de mi lenguaje significan
los límites de mi mundo”
(Ludwig Wittgenstein)


El neoliberalismo 1/3

No hay que confundir al liberalismo clásico del sigloXX con el neoliberalismo cuyo texto de origen es ‘Camino de servidumbre’ de Friedrich Hayek, escrito en 1944 (tampoco  debe de pasar desapercibida la descarada apropiación y desnaturalización de la palabra ‘servidumbre’, su significante y significado, por parte de ese destacadísimo ‘proveedor de contenidos’ a la ideología dominante, al servicio del amo explotador, que no de los siervos que verdaderamente se ven abocados a la auténtica servidumbre (esclavitud) sí o sí).

Hayek escribió su panfleto dirigido contra lo que consideraba un auténtico cáncer para el capitalismo, y al que llamaba estado intervencionista y de bienestar. Así que el neoliberalismo, como la ‘guerra fría’ y a la vanguardia del mismo bando ideológico, nace (fue nacido) justo después de la segunda guerra mundial. El neoliberalismo  luchaba contra cualquier límite que tratara de imponerse a los sacrosantos mecanismos del Mercado. Cualesquiera tipo de ‘intervención’ estatal en el Mercado era considerada por Hayek y los suyos como un ataque a la libertad económica y política. ‘La socialdemocracia intervencionista conduce al mismo desastre que el nazismo’ (Hayek dixit).

Con su panfleto a modo de Biblia arrojadiza, Hayek convocó la primera reunión internacional de célula en Suiza (Mont Pélerin, no confundir con Davos, sede posterior de gobiernos en la sombra pero ya fuera de la prudente clandestinidad) a la que asistieron destacados feligreses de Europa y Norteamérica (estos lógicamente muy cabreados con el ‘New Deal’ que padecían) como Milton Friedman, Karl Popper… y, agárrense,  por Spain: ¡Salvador de Madariaga! 

Sin embargo tenemos que disculpar la inasistencia (al acto fundacional de la Internacional Neoliberal) del que años más tarde sería amo de Wikipedia porque, a pesar de ser el más fanático seguidor de Hayek, a la criatura aún le quedaban unos veinte años para que su mamá se desembarazara de él y lo donara a la causa.


El caso es que Hayek y sus muy distinguidos secuaces siguieron maquinando y reuniéndose discretamente cada dos años junto a las acogedoras cajas fuertes acorazadas de la banca suiza. Lo discreto vino impuesto por el ‘inoportuno’ contexto internacional: político, económico y social. Las décadas de los cincuenta y sesenta fueron una época dorada de desarrollo capitalista ‘a pesar de las regulaciones y nacionalizaciones, y de fortalecimiento de las políticas sociales y ampliación de coberturas a cargo del llamado estado del bienestar’. No era pues el mejor momento para achacar al intervencionismo estatal y sus ‘injustificados’ gastos sociales, los ‘males’ del capitalismo. Pero Hayek y los suyos supieron esperar (¿órdenes?), ¡cómodamente!, el momento oportuno que, como era previsible, no tardó en llegar. Algo dejó dicho  el tal Marx sobre el temita de  la inevitabilidad de las muy diversas crisis cíclicas inherentes al modo de producción capitalista….

ELOTRO

domingo, 30 de julio de 2017

29 de junio / 2017

EL HOMBRE QUE MIRABA PASAR LOS TRENES
Georges Simenon

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“Tan sólo no apretar el nudo antes de que se esté seguro de que se ha logrado el final correcto”
(Ludwig Wittgenstein)


Me acuerdo de cuando las afirmaciones gratuitas no salían gratis.

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Me acuerdo de cuando casi todo era casi siempre o casi nunca.

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Me acuerdo de cuando el cómo incluía el qué en presencia y en ausencia de éste.

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Me acuerdo del valor de cambio de muchas cosas que nunca llegué a usar. En pesetas.

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Me acuerdo que sólo sabíamos distinguir la cultura de la contra-cultura, ‘a fin de cuentas’.

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Me acuerdo de que por entonces hasta mi mejor perfil carecía de horizonte y acontecer alguno. Tampoco afán de lo que fuera.

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Me acuerdo de cuando leí por primera vez que Diego Velázquez ejerció de  pintor de la Corte y camarero. Spain siempre ha sido un país de excelentes camareros.

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Me acuerdo de cuando miraba un cuadro sin sospechar que el cuadro me miraba.

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Me acuerdo que pensaba en cosas fútiles y que también me cansaba.

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Me acuerdo de cuando la tarea revolucionaria consistía en mostrar la apariencia que se esconde tras la realidad. Sin ‘red’  la cosa no era nada fácil.

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Me acuerdo de haber dado muchas puntadas sin hilo, pensaba que así mi vida se simplificaría…

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Me acuerdo de cuando mis desgracias me divertían. Desconocimiento de la propia identidad, fue el diagnóstico. Curó solo.

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Me acuerdo de haber aceptado muchas cosas que detestaba. Pero no porque las detestara.

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Me acuerdo de que en la Atenas de Pericles y sucesores el verdadero termómetro político era el teatro cómico a lo Aristófanes. Ahora tienen termostato con mando a distancia.

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Me acuerdo de la aguda vista que tenía yo en aquel entonces. Y de cosas peores.

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Me acuerdo de cuando el qué de la vida consistía en cómo te rasgaban los bien nacidos y en cómo te cosías, en todos los aspectos.

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Me acuerdo de los argumentos de cartón fallero, ¡Cómo ardían!

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Me acuerdo de que allá por el año 1861, una encuesta gubernamental desveló que el número de trabajadores ingleses empleados en la industria: fábricas textiles, siderurgia… era menor al de empleadas domésticas.

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¡Qué manía con explicitar!

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ELOTRO


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sábado, 29 de julio de 2017

28 de junio / 2017


ÁNGELES DÍEZ.
¿Quién teme a la constituyente venezolana?



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El temor es un tumor. No se evita porque se teme. Se teme lo que se espera porque se espera. Se teme la crítica como se teme ser ignorado por ella. Se teme pasar inadvertidos. No contar para nadie se teme. Se teme que te cuenten. Que no te cuenten es de temer. Vivir es de temer. Porque se teme no se vive. Se teme salir y entrar. Es de temer  no poder volver a entrar o salir. Se teme huir por la entrada. Conocer al autor de la salida es, de entrada, algo de temer. No poder salir es constante temor. Se teme no saber contar. No saber callar se teme más. Se teme a las respuestas conocidas de las preguntas por conocer. Ser señalado es de temer. Temerario es señalarse. Se teme caer, y más no saber cómo y dónde caer. Se teme no ser temido. Se teme lo que no se tiene porque se tiene. Se teme poder resistir. La tradición como novedad es de temer. Se teme convertir el temor en auténtico temor. El temor se somete a discusión con temor. El temor debería ser lo que el temor no puede ser. El temor sólo tiene destinatarios, es un rito social. El temor que caga la vanguardia alimenta, como debe ser, a la retaguardia. Van al temor para divertirse. La obra del temor resulta en todo semejante a su autor. El temor, con tal de que sea menor de setenta y cinco años, puede temer gratis. Se teme temer. Temer se admite como inadmisible. Se teme por desglose. Se teme por autodefinición. Temer es más de escuchar que del gesto de charlar. Temer no es un fenómeno atmosférico, aunque crea atmósfera. El auténtico temor es más de rogar que de aplaudir. Se teme lo que se desaprueba, se silba y patalea. Temer no está en el guión, temer es el guión, se teme y basta. Cuando temer se decía que no iba en serio. Lo religioso es temer. Temer el planteamiento del nudo sin desenlace. Temer la locura de temer. El temor es de todos modos, y en cualquier caso, en todo tiempo y lugar, un rito. El temor ajeno también se teme. Temer es una práctica  de conformismo apriorístico. Temer es una forma de mímica donde el temor es el temor como cada uno lo percibe y entiende. El temor, ese es su privilegio, se explica por sí mismo cuando a su petulante ignorancia le da por ahí. Se teme por inconsciencia, por eso el temor no se acaba nunca. Se teme por miopía diagnosticada sin fundamento. El temor es una misa, temer va a misa. Nunca se teme sin destinatario. Por intransigencia se teme. El temor desaforado encuentra todas puertas infranqueables. Se teme para la autoexclusión. Temer como forma de vida. Temer como forma de trascender el temor. Se teme comprender lo que el propio temor no ha comprendido. Se teme que el temor que se desarrolla ante nuestros ojos alimente también la voracidad de nuestro temor.  El temor nunca es teatro, aunque su ritualidad posea color teatral. El temor no tiene nada de oscuro, lo oscuro es oscurecerlo. No existe temor que pueda soportar una forma radicalmente cómica. Al temor se le hace decir más pus de lo que dice. Se teme saber dónde está enraizado el propio temor, por temor a no poder disfrutar de ese silencio. Se teme lo inteligible porque mutila su didactismo de lo inexplicable. El temor no es acerca de algo; es ese mismo algo. Se prefiere el temor de vivir que el sufrimiento de existir. El temor es despiadadamente ilimitado, no sabe que no puede. Que se sepa parientes el temor no tiene, quizá por eso enseña lo que no sabe. Desprendido de todo artificio el temor brilla, se delata y se apaga pero no acaba: pospone su fin temiendo que llegue. El temor se afirma y se niega todo al mismo tiempo. El temor teme de sí mismo su gratuidad, su conformidad vertical, jerárquica, reaccionaria y decorativa. Donde no puedas temer nada, no desees temer nada. El temor, su forma  y su tamaño, ¿son de tumor? Al fin y al cabo también se les teme.

ELOTRO


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viernes, 28 de julio de 2017

27 de junio / 2017

Kurt Vonnegut
“Barbazul”


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Un pasaje de ‘Karl Marx’ / Francis Wheen

“Para hacer justicia a la desquiciada lógica del capitalismo, el texto de Marx está saturado, a veces incluso anegado, de ironía, una ironía que se les ha escapado a casi todos los lectores durante más de un siglo. Una de las poquísimas excepciones es el crítico literario estadounidense Edmund Wilson, que ha alabado a Marx como «ciertamente el mayor satírico desde Swift». Se trata de un homenaje tan peculiar que hacen falta pruebas para demostrarlo; citemos con este fin un pasaje de Historia crítica de la teoría de la plusvalía, el llamado cuarto volumen de El capital:

SOBRE EL TRABAJO PRODUCTIVO

El filósofo produce ideas, el poeta versos, el pastor sermones, el profesor manuales, etc. El delincuente produce delitos. Y si enfocamos un poco más de cerca la relación existente entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad, se disiparán no pocos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos, sino que produce también un derecho penal, produce al profesor que da cursos sobre derecho penal y hasta el inevitable manual en que este profesor condensa sus enseñanzas con vistas al comercio… El delincuente produce, además, toda la organización de la policía y de la justicia penal, produce los agentes de policía, los jueces, los jurados, los verdugos, etc., y estas diversas profesiones, que constituyen otras tantas categorías de la división social del trabajo, desarrollan las diversas facultades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevas maneras de satisfacerlas. La tortura por sí sola provocó los inventos mecánicos más ingeniosos y dio trabajo a toda una multitud de obreros honrados, dedicados a la producción de sus instrumentos. El delincuente produce una impresión de carácter moral y a veces trágica, estimulando de este modo la reacción de los sentimientos morales y estéticos del público. Además de manuales de derecho penal, de códigos penales y legislación, produce arte, literatura, novelas e incluso tragedias… imprime pues un nuevo impulso a las fuerzas productivas… y podíamos seguir desarrollando esta argumentación hasta en sus menores detalles. La industria cerrajera, por ejemplo, ¿habría alcanzado su actual prosperidad si no existiesen ladrones? ¿Tendríamos una fabricación de billetes de banco tan perfecta como la que hoy tenemos si no existieran falsificadores?… ¿Acaso existiría un mercado mundial, ni existirían siquiera naciones, si no se hubieran cometido delitos nacionales? ¿Y no existe, desde los tiempos de Adán, el árbol de la ciencia del bien y del mal?

Esto se puede equiparar perfectamente con la modesta propuesta de Swift de solucionar los sufrimientos de Irlanda convenciendo a los pobres que se mueren de hambre de que se coman a sus bebés sobrantes. (Merece la pena recordar, de paso, que en 1870 Marx compró una edición en catorce volúmenes de las obras completas de Swift, por un precio de ganga de cuatro chelines y seis peniques). Como observa Wilson con razón, el propósito de las abstracciones teóricas de Marx —la danza de las mercancías, el alocado punto de cruz de la lógica— es fundamentalmente irónico, al alternarse con descripciones deprimentes y bien documentadas de la miseria y de la mugre que crean en la práctica las leyes del capitalismo. «Las fórmulas aparentemente asépticas que crea Marx, con apariencia tan científica, son, nos recuerda de vez en cuando como el que no quiere la cosa, como peniques extraídos del bolsillo del trabajador, sudor exprimido de su cuerpo, y gozos naturales que se le niegan a su alma — continúa Wilson—. Al competir con los sabios de la economía, Marx ha escrito una especie de parodia…»

En el fondo, ni siquiera Edmund Wilson comprende el argumento: solo unas cuantas páginas después de elevar a Marx al panteón de los genios de la sátira junto a Swift, se queja de «la tosquedad de la motivación psicológica que subyace en la visión del mundo de Marx», y protesta de que la teoría propuesta en El capital es «sencillamente, como la dialéctica, creación del metafísico que nunca cedió paso al economista que había en Marx».
Esta queja ni siquiera tiene el mérito de la originalidad. Algunos críticos alemanes de la primera edición acusaron a Marx de ser «un sofista hegeliano», una acusación de la que con todo gusto se confesó culpable. Como les recordó en el epílogo a la segunda edición alemana, publicada en 1873, él había criticado «el aspecto mistificador de la dialéctica hegeliana» casi treinta años antes, cuando aún estaba de moda. «Pero precisamente cuando trabajaba en la preparación del primer tomo de El capital, los irascibles, presuntuosos y mediocres epígonos que llevan hoy la voz cantante en la Alemania culta dieron en tratar a Hegel como… un “perro muerto”. Me declaré abiertamente, pues, discípulo de aquel gran pensador, y llegué incluso a coquetear aquí y allá, en el capítulo acerca de la teoría del valor, con el modo de expresión que le es peculiar».


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jueves, 27 de julio de 2017

26 de junio / 2017

Fernando Pessoa
“La educación del estoico”


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“La avaricia comienza allí donde se acaba la pobreza”
(Balzac)

El todo: desde el fin al cabo un montón de fragmentos. Más o menos.

Tras el despiece (comprenderán que no es prudente escribir: tras el destrozo a martillazos) la orden especificaba claramente que inmediatamente después había que soldar las diferentes piezas con mimo y precisión, según el esquema del nuevo modelo que se adjuntaba. Pero o no hubo manera o faltaron las ganas y de las labores de inspección mejor no hablar. El caso es que aquel batiburrillo ha quedado como un informe y misterioso enigma salpicado de múltiples significados… como si fueran, tirando por lo bajo, las raíces, el tronco y las ramas de un árbol. Más o menos.

Y claro está que no hay que ser marxista para caer en la  cuenta de lo perniciosas y nocivas que resultan ser este tipo de  construcciones teóricas que, casualmente, siempre acaban por imponerse a los hechos. Más o menos.

Otro simpático ‘constructo’:  el concepto de “no lugar” como lugar desde el que pensar lugares ‘no lugares’ como por ejemplo: los shoppings, los aeropuertos, las estaciones de servicio con cafetería… Veamos un poco a dónde conducen estas consideraciones en modo Beckett (Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí):
‘¿Hay otros fondos, más abajo? ¿Unos fondos a los que se llega por éste? Estúpida obsesión de la profundidad.' Más o menos.

Ahora pasemos a los objetos, se conduzcan o no como mercancías. ‘¿Cuál debe de ser la actitud para con los objetos? Ante todo, ¿hay que tenerla?’ Que se pretenda hacer pasar de cara a una actitud práctica, aunque sea por medio de torticeras equivalencias teóricas, un objeto sin valor de cambio por una mercancía es asunto por el que éste menda no pasa. Estoy pues obligado a hablar. ‘No me callaré nunca. Nunca.’ Más o menos.

La cosa de la cosificación es otra cosa: 'Lo que se ha de evitar, no sé por qué, es el espíritu de sistema. Personas con cosas, personas sin cosas, cosas sin personas, lo mismo da, estoy muy seguro de poder barrer todo eso en muy poco tiempo. No veo cómo. Lo más sencillo sería no empezar. Pero estoy obligado a empezar. Lo que significa que estoy obligado a continuar.’ Más o menos.

Porque exhibir (escribir) siempre implica ocultar: ‘Breves susurros apenas casi sabido’ ‘Trazos confusos signos sin sentido’ ‘Boca como cosida hilo blanco invisible’ ‘No era hablador’ ‘Una media de cien palabras por día y noche’ ‘Comunicación discontinua retardada con salida inmediata’ ‘Hablaba en voz baja de cosas que para él ya no eran y para mí no habían podido ser’ ‘Alejada del alcance de su voz estaba alejada del alcance de su vida’ ‘Todo lo que conozco me viene de él. Esto no lo voy a repetir cada vez que salga a relucir alguno de mis conocimientos’ ‘No, no me arrepiento de nada, lo único que me fastidia es haber nacido, es tan largo, morir, siempre lo he dicho, tan cansado a la larga’. Más o menos.

ELOTRO (soldador. Más o menos)


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miércoles, 26 de julio de 2017

25 de junio / 2017



“Saber que, bah, eso no es nada”

Se está convirtiendo en un lugar común, digo entre los famosos charlatanes con ‘micrófono’ abierto en los ‘media’ (esos que ‘siguen’ las audiencias millonarias) afirmar que el mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación. Empequeñeciendo (lo real) que es gerundio. Eso es lo que hay.

Supuesto axioma este que se le suele endosar, para el caso lo mismo da que se haga con o sin fundamento, al multivalente e interesadamente ‘prestigiado’ Nietzsche. Claro que este ensalzado maestro de la duda y, aunque se diga mucho menos y más bajito, de la empanada mental, no se distinguió precisamente por tener un conocimiento muy exhaustivo del mundo real, fuera este propio o ajeno o mixto. Lo suyo era lo libresco-imaginativo, y era allí, en ese mundo sin incómodas  leyes ‘naturales y universales’ que ‘a todos’ se empeñan en afectar por igual,  donde nuestro exquisito ‘dudador’ se encontraba feliz, como una rata (encopetada) en una alcantarilla (ésta con riguroso derecho de admisión, el que da privilegio a ‘utilizar’ a todo mamífero roedor ‘con posibles’, a un ejército de mayordomos, doncellas, cocineros, jardineros y chóferes todos ellos convenientemente esterilizados física y mentalmente). Y, eso sí, siempre lejos y bien parapetados de la mayoritaria y vulgar chusma, del populacho que, como merece por nacimiento, malvive esclavizado, de los bárbaros iletrados que, cubiertos de harapos mugrientos y mohosos, olían a  sudor, a orina, a excrementos, a ‘pequeño mundo real’.

De eso se trata, de maximizar lo que da provecho, lo que produce ganancia y, por el contrario,  de minimizar lo que estorba, lo que incomoda, lo que toca los cojones ver y reconocer (Véase a la pacífica oposición democrática venezolana linchando y quemando vivos a indeseables ‘chavistas’). Se trata de dar peso a lo que interesa, de limar o eliminar lo que molesta. De magnificar y endulzar la ficción, la fantasía, lo ilusorio, el engaño. De reducir, abaratar o liquidar el mundo real que, habrase visto impertinencia,  desenmascara, y desnuda… y es que: ¡son tan terribles los azotes en las carnes desnudas!

Ahora, para volver al aspecto sombrío del asunto, apuntar que de su vil y abyecto clasismo el gran (Nietzsche) maestro de la duda nunca dudó (Acaso se trate en realidad del mismo sucio individuo que se entretiene en parecer múltiple, cambiando de registro, de acento, de tono, de estupidez)…de donde su tremenda maña con estas ‘indudables dudas’ que, por lo demás, cuentan con toda la apariencia de veracidad.

Estos tiempos que corren (sin hablar de ayer, sin hablar de mañana), que galopan, son los que dormían, los mismos.

El caso es que la duda cansa (por mucho que las conozca, siempre me dan que pensar) y, al final, desechos de fatiga o no pudiendo más de vejez…nos tienta aceptar ese anzuelo oxidado con todas esas golosinas, las que envuelven sus condiciones, me refiero a las de ‘ellos’ claro está, para así  tener, al menos, una paz coja… la suerte común.

(Pero cerremos este paréntesis para poder declarar, con buen ánimo, abierto el siguiente… que, según parece, no es nada en comparación con lo que me aguarda unos pasos más atrás… pero dejemos para otros la especulación impersonal y desinteresada, en la que la duración queda abolida.)

ELOTRO (Otra lectura de Beckett)


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martes, 25 de julio de 2017

24 de junio / 2017

Samuel Beckett
“Los días felices”


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Desconozco en estos momentos de dónde tomé la siguiente anotación:
“Con los recursos más sencillos lograba producir un significado complejo y estimular los sentidos, incitando simultáneamente a la reflexión”.
Y claro está que también desconozco la identidad el ‘sujeto’ que “Con los recursos más sencillos…” pero si a pesar de todo pego esta cita aquí, a modo de acotación, es porque pretendo decir algo sobre Beckett y creo que el anónimo enunciado, en su forma y contenido, le viene al viejo Sam como anillo al dedo.
Los recursos más sencillos: un gastado lápiz y unos sucios trozos de  papel, un orinal, un bastón, una bicicleta, un sombrero, unas piedras para chupar... herramientas para crear sus propios mundos, para lo heroico…



En las novelas de Beckett casi todos los personajes protagonistas son escritores (practican una especie de ‘escritura interior’), que se obligan a sí mismos a redactar la crónica de sus eventos consuetudinarios, de su particular odisea. En ellos, la escritura se muestra como un procedimiento que trata de ordenar sus caóticas vidas, de indagar en su ‘inexistente’ identidad. Hay críticos que primero afirman esto mismo y, mediante una curiosa inversión tras el preceptivo punto y seguido, sentencian que tales narraciones carecen de objetivo o finalidad alguna. Ellos son así. Y no les da mal resultado.



Pero hay que comprender que ‘los recursos sencillos’ de Beckett se las traen. Y es que tales recursos sencillos de Beckett (¿un‘Joyce avinagrado’?), suelen consistir en  utilizar un complejo, en lo conceptual y lo formal, código de lo que se ha venido etiquetando ‘absurdo existencial’ (¿Qué carajo se supone que es eso?). Y no solo para explorar el propio pasado, buscando dar sentido y sustancia  al sinsentido que les persigue, sino para tratar de aprehender y, en última instancia, asir el enigmático presente inmediato. Como decía aquél, la ‘identidad’ la definen los hombres mientras viven (desear, aspirar, utilizar, buscar, aprehender) su relación con los otros, su propia historia. Y esa al fin y al cabo es su única identidad.



Los deseos y aspiraciones de los personajes de Beckett, siempre perseguidores de algo o alguien y perseguidos por alguien o algo, se desarrollan en situaciones sustancialmente trágicas y casi siempre muy violentas, que devienen en formas, imágenes y escenas cómicas de una crueldad casi intolerable, de ahí la síntesis o, dicho beckettianamente, la residua: toda acción es inútil, es estúpidamente absurda.

Pero hay que seguir buscando, prescindiendo del éxito… que en definitiva poco importa realmente, ya que ‘nadie consigue nada’… pero, y eso si puede estar a su alcance,  queda el asuntillo de mejorar el fracaso… lo que no es un dato menor.



Pero… y siempre hay un ‘pero’ que sobrevive en la conciencia de los personajes de Beckett, que les separa del estéril o inerte nihilismo absoluto, y que les impide tirar la toalla,  abandonar la acción, ‘la lucha’, contra lo que sea o en pos de lo que sea. El firme convencimiento de que la única salida digna a una existencia llena de dolor y sufrimiento es el suicidio, valga de ejemplo, es finalmente descartado por Molloy ‘por miedo al dolor’, ¿una ‘razón’ graciosa o trágica, lógica o absurda? Si por un casual tienen una respuesta a esta cuestión más vale que se pregunten antes de despacharla: ¿quién y cuándo y desde dónde responde así? (Ya saben, la propia identidad)



Otro de los ‘recursos sencillos’ instrumentalizados son las preguntas absurdas y, cuando toca, las respuestas no menos absurdas que se hacen o se dan así mismo y de forma recurrente, los exasperantes personajes beckettianos (todo acaba por ser circular en la obra de Beckett), siempre dentro de los límites de su lógica tan absurda como grotescamente real. El resultado pues de este ‘inocente’ autointerrogatorio puede colocar al lector (a poco que se sienta aludido y si antes no ha huido al sofá de  su caverna TV.), en una ‘ilógica y absurda situación’ que, afortunadamente, la carga textual de materia cómica y la bula bufonesca subyacente,  ayudan a digerir. Que no eludir.

“¿Qué ocurrirá, no obstante, si eliminamos a Dios del universo, tal como hace Beckett?”

Puestos a ‘interpretar’ o a hacer una legítima lectura por cuenta propia, podríamos plantearnos si esperar a Godot fuera, en su sentido y significado, esperar a la muerte, ¿dónde estaría el absurdo? Esperar es esperar, la palabra tiene un valor por sí misma, se dice, pero en manos del lector queda la posibilidad de ser adecuadamente contextualizada (que no es lo mismo que ‘interpretada’ más o menos selectiva y caprichosamente a lo Susan Sontag o a lo Umberto Eco que para el caso lo mismo da), para, así enmarcada históricamente, agregarle su concreto sentido y significado.

La palabra democracia tenía un valor, un sentido y un significado en la Atenas de Pericles (o más de uno: ‘Es una democracia de palabra, y un principado de hecho’ (...) ‘sin los esclavos, veinte mil atenienses –de un total de trescientos cincuenta mil- no hubieran podido deliberar todos los días en la plaza pública’) y uno diferente en la España franquista con Franco y otro distinto en la España de la Transición neo-franquista, y ya no digamos el significado auténtico, a la luz de los hechos, que el término ‘democracia’ arrastra y padece hoy por hoy. Ciertamente la palabra, el signo ideológico, toma su fáctico peso y color, única y exclusivamente, en su concreto contexto histórico y social.

‘El absurdo’ (lo descabellado, lo irracional, lo insensato, lo inadmisible…), aunque parezca absurdo afirmarlo, nos puede hacer ver (‘…y mirando con los ojos extraviados a las cosas. Son cosas que ayudan.), al desplazar nuestro punto de vista o nuestro enfoque, lo absurdo de lo que habitualmente consideramos ‘perfectamente normal’, lo absurdo que existe (aislamiento en medio de la multitud, enajenamiento hasta la cosificación, falta de identidad y autonomía)  e incluso llega a ser elemento, no sólo constituyente sino predominante, en la configuración de lo tenido  ‘convencionalmente’ por correcto y lógico. El ‘absurdo’ pues, parece que, en principio, lo tiene todo   para inquietar realmente el orden establecido, es demasiado disparatado, ilógico e improcedente para ser fácilmente asimilado o al menos domesticado por un desorden que, ¡absurdamente!, no tolera más caos que el suyo, el de su propiedad privada, el que garantiza la ‘sensata’ explotación criminal.

ELOTRO



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lunes, 24 de julio de 2017

23 de junio / 2017




“El libro es un objeto igual que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez se han inventado no puede hacerse nada mejor.”
(Umberto Eco)


‘Libro y libertad’ se titula un librito de Luciano Canfora que acabo de leer, poco más de cien páginas en pequeño formato, en la sala de lectura de una librería catalana que ‘triunfa’ en Madrid. En mi experiencia, no hay libro malo si es de Canfora, ‘el mayor sabio’ sobre la historia antigua griega y romana, según afirmación de Umberto Eco. Canfora, catedrático de Filología Clásica, es considerado por ‘el establecimiento universitario oficial’ un descarado estalinista, un tipo que aprovecha un encargo de la muy generosa y democrática UE sobre ‘La democracia’ para, oportunistamente, elogiar a los bolcheviques, la en tantas cosas vanguardista Constitución de la URSS o denunciar la fraudulenta ‘ideología democrático-burguesa’ que impera en los países del paraíso capitalista. 

Eco también es sabio y podemos colegir que por eso matiza y acota históricamente la ‘sabiduría’ de su compatriota. Canfora, que no ignora ‘el conservadurismo’ donde  acabó empantanado el docto Eco, reintegra los elogios al susodicho incluyendo en sus libros recurrentes citas del ‘sabio’ piamontés. O quizá, lo que es más probable, este peloteo entre estos lumbreras ‘superventas’ se explique simplemente por medio de las sacrosantas leyes del marketing editorial (el librito tiene un precio obsceno). En fin en fin.

La obra está armada (plegada, cosida y encolada) con varios artículos, pasajes y trozos de distintas conferencias (sobre el libro, las bibliotecas, los efectos secundarios de la escritura y la lectura…) impartidas por Canfora a lo largo de más de una década.



En el artículo que abre el libro nos enteramos de que La Biblioteca Nacional de Francia ha sido la primera, en Europa, en establecer la regla, y por tanto la práctica, según la cual el lector solo puede pedir libros ‘por ordenador’. Y claro está no solo el ‘lector de a pie’ sino incluso el erudito catedrático que se desplaza desde Italia a París para consultar un ejemplar único o un incunable o similar, debe acatar, como cualquier hijo de vecino, la humillante y alienante norma. Entre el lector y el libro se interpone, por decreto, ‘el ordenador, una máquina, claro está, obtusa’, Canfora dixit, y añade: ‘Lo cierto es que una vez eliminado el contacto personal entre el lector y el bibliotecario, cualquier arbitrariedad es posible’.

(Abro paréntesis para reincidir en algo que ya he anotado por aquí, la negativa de servidora, todavía no es norma de obligado cumplimiento, a sellar ‘vía internet’ la papela del paro. Precisamente esta ‘apabullante’ tendencia de la burocracia estatal, y de la privada no digamos, a suprimir el contacto personal y, en el caso particular del lumpen compuesto por los parados de larga duración, a hacer desaparecer las poco ‘vistosas’ colas ante el funcionario que sella, ha sido tema de ameno debate en la última ‘cola’ de la que gustosamente he formado parte de manera ‘presencial’)




“Ese Cervantes más versado en desdichas que en versos”

Y a continuación el bueno de Luciano (‘Ese Cervantes más versado en desdichas que en versos’) nos relata su infructuoso deambular y los repetidos choques con la burocracia informatizada; sus idas y venidas sin rumbo por solitarias escaleras, pasillos y ascensores que únicamente  conducen a inhospitalarios despachos donde, tras exigir la previa cumplimentación de numerosos formularios  interrogativos y rogatorios (‘falta la pregunta: ¿A qué ha venido usted a Francia?), finalmente sólo despachan despectivas  negativas o, en el mejor de los casos, comprensivas pero impotentes explicaciones que, para no perder la buena costumbre,  siempre acaban en  inútiles y protocolarias disculpas.

“Al entrar en una biblioteca un filósofo podría decir: ¡Cuantas cosas que no necesito!”




Nos cuenta Canfora que experiencias como esta le llevan a reflexionar (‘Le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba’ ) sobre las modernas y tecnológicas formas de control, inquisición y censura. Habla de cómo se restringe ‘selectivamente’ el acceso de ‘ciertas gentes a ciertas obras’ o de cómo, cuando resulta ‘de interés’ para ya saben quien, se las hace desaparecer ‘informáticamente’, alegando, por ejemplo, supuestas labores de manteniento y restauración que, pasado el tiempo, el tiempo que a la soberana burocracia sin rostro le de la realísima gana, se demuestran (informáticamente) labores que nunca en su momento fueron requeridas (informáticamente) por ninguna autoridad (informáticamente competente)  ni, por tanto y en consecuencia emprendidas y realizadas. El resultado terminante e inapelable es que el libro en cuestión no existe, por la sencilla razón de que no existe en la memoria ‘del ordenador central’.

“La historia intelectual de la humanidad puede considerarse una lucha por la memoria”
(Lotman)

Y aunque ya el hecho de comprender la cuestión nos permite considerarla con serenidad:
‘…no se pregunte el porqué, que sería nunca acabar’

ELOTRO


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domingo, 23 de julio de 2017

22 de junio / 2017



“La guerra sucia del gobierno español contra la democracia venezolana.”

ÁNGELES DIEZ


(Lo de ‘Mundo Obrero’ es de coña, pero a mí para este artículo que han afanao, me vale)

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Pasajes de ‘Karl Marx’ de Francis Wheen

“…espero que la burguesía recuerde mis forúnculos hasta el día de su extinción. ¡Malditos sean!”
(Marx)

“Paul Lafargue nos dejó una evocadora descripción de la caótica leonera del piso alto donde trabajaba Marx, que deberá llenar de consuelo a los escritores desordenados de todo el mundo:

Al otro lado de la ventana y a cada lado de la chimenea las paredes estaban llenas de estanterías con libros y abarrotadas hasta el techo de periódicos y manuscritos. Frente a la chimenea, a un lado de la ventana había dos mesas en las que se amontonaban papeles, libros y periódicos. En el centro de la habitación, donde le daba bien la luz, había un escritorio pequeño y sencillo (1 metro por 60 centímetros) y un sillón de madera; entre el sillón y la librería, frente a la ventana, había un sofá de piel en el que Marx solía tumbarse para descansar de vez en cuando. En la repisa de la chimenea había libros, cigarros, cerillas, cajas de tabaco, pisapapeles y fotografías de las hijas y de la esposa de Marx, de Wilhelm Wolff y de Friedrich Engels…
Nunca permitía que nadie ordenase —o, mejor dicho, desordenase— sus libros o papeles. El desorden en que estaban era solo aparente; en realidad, todo estaba en el lugar adecuado para que le fuese fácil echar mano del libro o del cuaderno que necesitaba. Incluso durante las conversaciones, a menudo hacía una pausa para encontrar en un libro una cita o una cifra que acababa de mencionar. Él y su estudio formaban una unidad inseparable: los libros y papeles estaban bajo su control en la misma medida que sus propios
miembros.
(…)



Para Marx, como para Jesucristo, la pobreza era tanto espiritual como económica. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? O, como Marx escribió en El capital, los medios por los cuales el capitalismo aumenta la productividad

…mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fraccionado, lo degradan a la condición de apéndice de la máquina; mediante la tortura del trabajo aniquilan el contenido de este, le enajenan al obrero las potencias espirituales del proceso laboral en la misma medida en que a dicho proceso se incorpora la ciencia como potencia autónoma; vuelven constantemente anormales las condiciones bajo las cuales trabaja, lo someten durante el proceso de trabajo al más mezquino y odioso de los despotismos, transforman el tiempo de su vida en tiempo de trabajo, arrojan a su mujer y a su prole bajo la rueda de Zhaganat del capital…
La acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo, pues, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto.


La última frase, tomada aisladamente, podría esgrimirse como otra predicción del empobrecimiento económico absoluto de los trabajadores, pero solo un tonto —o un catedrático de economía— podría mantener esta interpretación después de leer la estruendosa acusación que la precede.

«Ha de tenerse en cuenta —admite Leszek Kolakowski, uno de los más influyentes enterradores del marxismo actuales— que el empobrecimiento material no era una premisa necesaria ni de la deshumanización originada por el trabajo asalariado, ni de su predicción de la ruina inexorable del capitalismo. Cierto.

Pero a continuación Kolakowski pasa por alto su propio consejo colocando otro trocito de queso en la antigua ratonera de Karl Popper. «En tanto que interpretación de los fenómenos económicos —advierte—, la teoría del valor en Marx no cumple los requisitos habituales de una hipótesis científica, sobre todo la prueba de su refutación.»
Por supuesto que no: ningún papel de tornasol, microscopio electrónico o programa de ordenador puede probar la existencia de cosas tan intangibles como la «alienación» y la «degradación moral».

El capital no es en realidad una hipótesis científica, ni siquiera un tratado de economía, aunque los fanáticos de ambos lados persisten en seguir considerándolo así. El propio
autor dejó muy claras sus intenciones. «Ahora, en relación con mi obra, le diré toda la verdad sobre ella —escribió
Marx a Engels el 31 de julio de 1865—. Tengo que escribir tres capítulos más para completar la parte teórica… Pero no puedo enviar nada hasta tener todo ante mí. Con todas sus limitaciones, lo bueno que tienen mis escritos es que son un conjunto artístico…». En otra carta, una semana después, se refiere al libro como una «obra de arte» y cita «consideraciones artísticas» como razón de su retraso en entregar el manuscrito. Si Marx hubiese querido escribir un sencillo texto de economía clásica, y no una obra de arte, lo habría hecho. En realidad, sí lo hizo: en dos conferencias pronunciadas en junio de 1865, publicadas más tarde con el título de ‘Salario, precio y ganancia’, hace un resumen conciso y lúcido sobre sus conclusiones:




Como los valores de cambio de las mercancías no son más que funciones sociales de las mismas y no tienen nada que ver con sus propiedades naturales, lo primero que tenemos que preguntarnos es esto: ¿cuál es la sustancia social común a todas las mercancías? Es el trabajo. Para producir una mercancía hay que invertir en ella o incorporar a ella una determinada cantidad de trabajo. Y no simplemente trabajo, sino trabajo social. El que produce un objeto para su uso personal y directo, para consumirlo, crea un producto, pero no una mercancía…

Una mercancía tiene un valor por ser cristalización de un
trabajo social … De por sí, el precio no es otra cosa que la expresión en dinero del valor … Lo que el obrero vende no es directamente su trabajo, sino su fuerza de trabajo, cediendo temporalmente al capitalista el derecho a disponer de ella…

Supongamos ahora que el promedio de los artículos de
primera necesidad imprescindibles diariamente al obrero requiera, para su producción, seis horas de trabajo medio. Supongamos, además, que estas seis horas de trabajo medio se materialicen en una cantidad de oro equivalente a tres chelines. En estas condiciones, los tres chelines serían el precio o la expresión en dinero del valor diario de la fuerza de trabajo de este hombre… Y el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo el día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias… Por tanto, adelantando tres chelines, el capitalista realizará el valor de seis, pues mediante el adelanto de un valor en el que hay cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que hay cristalizadas doce horas de trabajo. Al repetir diariamente esta operación, el capitalista adelantará diariamente tres chelines y se embolsará cada día seis, la mitad de los cuales volverá a invertir en pagar nuevos salarios, mientras que la otra mitad forma la plusvalía, por la que el capitalista no abona ningún equivalente.

Este tipo de intercambio entre el capital y el trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista o al sistema de trabajo asalariado, y tiene incesantemente que conducir a la reproducción del obrero como obrero y
del capitalista como capitalista.






Cualesquiera que sean sus méritos como análisis económico, esto lo puede entender cualquier niño medianamente inteligente: no hay ni elaboradas metáforas ni metafísica, no hay confusas digresiones ni retórica filosófica, ni florituras literarias. ¿Por qué, pues, El capital, que trata exactamente de lo mismo, está escrito en un estilo tan diferente? ¿Es que Marx ha perdido de repente el don de explicarse con sencillez? Evidentemente, no: al mismo tiempo que pronunciaba estas conferencias estaba terminando el primer volumen de El capital.

Podemos encontrar una clave en una de las pocas analogías que se permitió en Salario, precio y ganancia, cuando explicaba su convicción de que los beneficios se deben a la venta de los bienes a su valor «real», y no —como podría suponerse— por añadir un recargo. «Esto parece algo paradójico y contrario a la observación diaria —escribió—. También es una paradoja que la tierra se mueva alrededor del sol y que el agua se componga de dos gases altamente inflamables. La verdad científica resulta siempre paradójica, si la juzgamos por nuestra experiencia cotidiana, que solo capta el carácter ilusorio de las cosas».


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