martes, 27 de junio de 2017

27 de mayo / 2017



“Noche en la Tierra” – 1991

Jim Jarmusch

***






“Dios no necesita de ningún modo nuestra hipocresía”
(libro de Jehová)

Aunque tardan y la mayoría de las veces demasiado, las obras maestras de la inmoralidad intelectual acaban por salir a flote. Alguien que además de poder prometer tiene poder para hacer lo que le conviene a él y a su clase, en un determinante momento evaluado como oportuno y  beneficioso, ha ordenado cortar la soga que las mantenían firmemente ancladas en el silencioso y oscuro fondo marino y atadas quizás (y digo quizás porque últimamente no frecuento tales ‘fondos de riesgo’), a  algún que otro anónimo cadáver en un bloque de cemento armado y muy pesado. Y es entonces cuando el diario de Langley, ‘El País’, concede a sus lectores el sacrosanto derecho a ser informado, y además desde fuentes bien ‘desinformadas’, que la mítica publicación “The Paris Review” (fundada en París en 1953 para participar en el campeonato de la guerra fría, y con sede en New York desde 1973, cuyo logo muestra a una águila, para incluir significado americano y francés: un águila americana sosteniendo una pluma y usando un  gorro frigio, un símbolo de la Francia revolucionaria, Wikipedia dixit), modelo ejemplar de rigor intelectual, mucho más creativo y mucho menos crítico, y sobre todo: ‘no alineado’ (aunque la paradoja es que como primer editor figuró un príncipe millonario y pelele de la CIA llamado Sadruddin Aga Kahn, Wikipedia dixit) y publicación defensora a ultranza de la ‘Libertad de Expresión’ del Capital contra el bolchevismo que pretendía acabar con la barbarie occidental y capitalista (que como todo el mundo sabe o debería de saber a estas alturas del partido no se respetaba en URSS ni en sus países satélites. Spain, por si ya la está piando algún listillo,  no era por entonces un país satélite de la URSS y por eso no estaba incluido en el lote), no era más, digo la emisora pro yanqui, no perdamos el hilo, que un tinglado de la CIA para, a cambio de mucho dinero y prestigiosa fama a nivel planetario, hacerse con los servicios de la mejor plantilla intelectual internacional. Cierto que algunos jugaron a sabiendas y con innegable entusiasmo en el equipo gringo y sudaron la camiseta, mientras que otros sólo aportaron a cambio sus derechos de imagen y, de estos, algunos ni siquiera llegaron a percatarse de la jugosa trampa, el dinero no huele, en la que habían caído ‘por desconocimiento’ del terreno de juego y la identidad de los contrincantes, equipo arbitral o chanchullos en el palco.




Ni que decir tiene que esta información (como aquella otra aunque contemporánea de la operación ‘el ismo que más mola es el expresionismo abstracto made in USA’) que ya se puede leer avalada por un medio de confusión y embrutecimiento tan acreditado como ‘El País’, ya había visto la luz, disculpen la manera de redactar,  muchos años atrás, cuando, aunque tarde, aún podía abrir algunos ojos vendados sin venda visible  o despertar algunas conciencias quizá anestesiadas por tanto masaje publicitario, en esas otras publicaciones siempre minoritarias y semiclandestinas que dan cobijo al pensamiento anacrónico, obsoleto y paranoico de color rojo, sabor totalitario y postre absurdamente conspiracionista.

Aún así la CIA no se fiaba de algunos cerebritos inquietos, inestables y demasiado criticones como por ejemplo, según se  nos informa: Sartre, Derrida, Althusser, Foucault, Barthes… y decidió asignarles unos espías de compañía que tomaran nota escrupulosa de todo lo que hacían durante las veinticuatro horas del día (uno piensa en gentuza como la parejita formada por los llamados nuevos filósofos: Bernard-Henry Lévy –hoy fichado por ‘El País’- y André Glucksmann, ambos por entonces inseparables pelotilleros del viejo y ya ciego Sartre y posteriormente voluntariosos soldados intelectuales al servicio de Nicolas Sarkozy (bendito materialismo histórico). Al leer lo de los guardaespaldas a cargo del contribuyente norteamericano se me ocurrió la tontería de que quizá los ángeles de la guarda de Barthes podrían haberle salvado de morir atropellado mientras que, despistado él, escribía alguna nota ‘crítica’ en medio de la calzada. En fin, quizás eso no formaba parte de su estricta labor de ‘control y vigilancia’ (¿Igual que antes había ocurrido con Carrero Blanco?).

Por cierto, observo que el gran 'izquierdista' Varufakis ('Sin permiso' dixit), anda estos días pidiendo a los votantes de izquierdas de toda Francia que voten al más que derechista Macron, una especie de muñeco al modo de Albertito Rivera pero en francés. Vivir para ver cómo les basta sacar a paseo el 'dron' del espantajo fascista para que los díscolos o dubitativos sigan apoyando la dictadura del capital financiero internacional.

He de reconocer que para mí lo de Carrero Blanco es como aquello que dijo Farocki sobre la imagen persistente, o sea, aquella precisa imagen que a pesar de haber desaparecido del escaparate (o más bien yace enterrada bajo millones de nuevas imágenes) permanece ahí, como huella indeleble sobre la memoriosa materia plástica de tu cerebro. Y es aquí que me gustaría traer aquellas palabras de Antonio Machado, cuando hablaba de que estar a la altura de las circunstancias es mucho más difícil que estar por encima de ellas. Así que esa costumbrita de alegar ‘desconocimiento’ ya debería de avergonzar a más de uno. Y para terminar una cita de ese gran pensador y exilado republicano que afortunadamente encontró calurosa acogida en México, Adolfo Sánchez Vázquez:
“Reducir la moral a un aspecto puramente subjetivo, interior, dejando fuera de ella su lado objetivo, externo, que se manifiesta sobre todo en su naturaleza histórico-social, significaría amputar la propia realidad moral. Hacerlo, además, en nombre de una supuesta ‘neutralidad’ ideológica y moral, no sólo obstruiría el conocimiento de esa realidad, sino que contribuiría a justificar –con su silencio o amputación- cierta moral.”

Mañana más.

ELOTRO



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario