Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 24 de junio de 2017

24 de mayo / 2017


Daniele Ganser

Historiador suizo, especialista en relaciones internacionales contemporáneas. Sus trabajos acerca de las redes Gladio en Europa y de los ejércitos secretos de la OTAN ligados a los neonazis y otros movimientos fascistas le valieron un gran reconocimiento académico. Se dedica a la enseñanza en la universidad de Basilea, Suiza.



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De la profundidad dijo Sánchez Ferlosio que era un invento; y Brecht, por su parte, le recordó en cierta ocasión a Benjamin, y apropósito de Kafka, que la profundidad es sólo un lugar en el espacio, que, en principio, no hay por qué sobrevalorar.

Sin embargo resulta innegable que lo profundo, se trate del que se trate, goza, desde siempre, de un prestigio universal. Un pensamiento, el que sea, calificado de profundo se como con papas fritas, digo en la mente profundamente vacía de la mayoría de la gente superficial,  a un pensamiento, cualquiera que este pueda ser, calificado (por parte de el que puede calificar y califica) de superficial, epidérmico o de escasa profundidad.

Por ejemplo, en la superficie se dan fenómenos tan indiscretos como el de palidecer o enrojecer, que no dejan de ser modos vulgares y directos de mostrar, sin ningún recato ni misterio, lo que se piensa o se siente a todo bicho viviente.

Lo superficial suele remitir a conceptos y significados como el de pasajero o intrascendente, pueril, banal, ligero, leve, somero, incompleto o vacuo… Mientras que lo profundo, asimismo  desde una óptica convencional, acostumbra a evocar, ya en el polo opuesto: lo intenso, lo denso, lo maduro,  lo vasto, lo grave, lo insondable, lo pleno o sesudo…




Y hablando de contradicciones, no digo insolubles, la cosa se complica, en el acostumbrado guirigay de ideas que de ordinario se cruzan en mi sesera, cuando traslado el paradójico asuntillo de lo profundo y lo superficial al campo de la pintura. Y es que han acudido a mi mente dos cuadros que podrían encarnar estos dos conceptos, sólo aparentemente, antagónicos. Una de ellas es un paisaje del pintor veneciano (vedutista) Bernardo Bellotto, por cierto sobrino de Canaletto, que se muestra estos días en las salas del Thyssen en una expo titulada: “Obras maestras de Budapest / Del Renacimiento a las vanguardias”.

La otra pintura, también un paisaje, es obra de otro pintor italiano, aunque este nacido en Bolonia, Giorgio Morandi, que igualmente cuelga estos días en Madrid en el marco de una expo organizada por la Fundación Mapfre titulada: “Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras”.



Pues bien, el paisaje de Bellotto expuesto en el Thyssen podría ser en principio la encarnación perfecta de lo que estamos llamando “la profundidad”. Y hay un dato que podríamos afirmar que refuerza esta elección, Bellotto ejerció, allá por 1764, como profesor de perspectiva en la Academia de Dresde. Cierto que no podemos ignorar que la ‘profundidad’ que se nos sugiere, que nos hace ver (el truco de) la perspectiva en una pintura sobre lienzo (al fin y al cabo una ‘superficie’ de dos dimensiones) no deja de ser por tanto una ‘ilusión’, una mentira que, generosamente, ‘creemos’. Pero tal generosidad puntual no debe hacernos olvidar el conflicto verdadero que surge  de ver ‘lo profundo’ en lo que es objetivamente ‘plano’. E incompleto, ya que en la pintura falta ‘realmente’ la tercera dimensión, el volumen,  la profundidad. Pero el arte de Bellotto se nos muestra ‘profundo’ de verdad (y denso, pleno, maduro)  justo allí donde más y mejor  falsea la realidad: en la perspectiva. 

En la línea de aquello que repetía Picasso: ‘El arte se vale de la mentira para decir la verdad’, Bellotto se afanaba en la “precisión y fidelidad al original, (lo que ha convertido a sus obras en) una importante fuente histórica; tanto es así que se utilizaron para la reconstrucción de edificios históricos de Dresde y Varsovia que habían sufrido daños durante la II Guerra Mundial.”
Pues ya lo ven, superficial y profundo al tiempo, así de contradictorio. Y es que la guapa no siempre resulta ser tonta.



En el polo opuesto, el de la supuesta superficialidad, nos encontramos con la obra ‘plana’ de Morandi que, aparentemente, fue un artista que despreció tanto ‘la precisión como la fidelidad al original’. Con matices, claro. Porque es cierto que Morandi pasó ‘casi’ olímpicamente de la perspectiva digamos canónica, la lineal, pero en cambio se esmeró en conseguir cierto efecto de profundidad y volumen mediante la llamada perspectiva aérea o atmosférica. Y ahí precisamente radica su gran aportación al arte. Perspectiva aérea que su antepasado Bellotto nunca practicó, la prueba es que en sus vistas urbanas la nitidez visual (formal, lumínica y cromática, que no la que tiene que ver con escala), del primer plano es prácticamente la misma que nos ofrece de aquella otra  figurita casi de tamaño microscópico que se asoma al diminuto balcón situado, ‘opticamente’, cosa de unos cien o doscientos metros más allá, ¿atmósfera cero en el planeta Bellotto?

Por su parte, en el arte ‘plano y superficial’ de Morandi no encontramos ni pizca de nitidez, ni formal ni cromática, ni cerca ni lejos. Sus manchas de colores planos y como desustanciados (nunca concienzudamente degradados o difuminados), siempre aparecen borrosas, como veladas, de una densidad turbia, con un cromatismo crudo y al mismo tiempo lleno de sutiles tonos o de indecisas sombras, además abundan las pinceladas rugosos y brochazos que dejan a su paso palpables pliegues (en los que parece anidar, desde lo más profundo de los tiempos, el polvo que invariablemente envuelve sus bodegones y paisajes), tan irregulares como  violentamente texturados.

-¿Una misma cosa pues lo profundo y lo superficial?
-Ni sí, ni no, menester es concretar primero…


ELOTRO


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