Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 13 de junio de 2017

13 de mayo / 2017

EDGAR ALLAN POE
LA CARTA ROBADA


***



“Nuestra tarea ha de ser la crítica implacable, dirigida más incluso contra nuestros supuestos amigos que contra nuestros enemigos declarados”
(Karl Marx)
Cuando una llega, ¡y de qué manera!, a esta cita de Marx en la biografía que de él ha perpetrado un tal Francis Wheen y publicado por la editorial amiga  ‘Debate’, comprende doblemente la expresión ‘supuestos biógrafos amigos’, ¿me expreso con bastante claridad?

*

En un artículo de Marx publicado en ‘The New York Daily Tribune’ en 1859, leo una mención a las ‘Saturnales’, y a continuación abro un pequeño paréntesis y, miren de lo que se entera una: Durante las ‘Saturnales’ (festividades romanas), los esclavos eran frecuentemente liberados de sus obligaciones y sus papeles, cambiados con los de sus dueños. O sea, que durante unos pocos días se intercambiaban, parcialmente, las vigentes jerarquías sociales: los auténticos amos hacían de esclavos y los verdaderos esclavos interpretaban el papel del patrón.

Posteriormente, las Saturnales (que festejaban el nacimiento del  Sol y su nuevo período de luz) fueron sustituidos por la Iglesia (aunque el OPUS todavía no…), quien hizo coincidir en esas fechas el nacimiento de  Jesús de Nazaret con el ‘divino objetivo’ de acabar (y borrar ‘la mala práctica’ en las ‘escrituras’ de la tradición histórica) con las antiguas e inconvenientes celebraciones. Gradualmente (porque la Santa Inquisición todavía no…) las ‘malas costumbres paganas’ pasaron, de contrabando pero con la Ley y la Cruz  en la mano, al  Día de Año Nuevo, siendo asimiladas finalmente por la tradicional fiesta cristiana que hoy en día se conoce universalmente como el gozoso Día de Navidad (o Día Santo Internacional del devoto consumidor compulsivo).
Lo mismo, para ti y los tuyos, te deseo…

*



Unos pasajes de la citada biografía de Francis Whenn contra  Marx, si no les importa:

“Sus comentarios sobre la violenta insurrección de los sepoys,
soldados nativos del ejército angloindio, son aún mejores: 

«Hay algo en la historia humana que se parece a la represalia; y la ley de la represalia histórica es que su instrumento sea forjado no por los ofendidos, sino por el ofensor. El primer golpe asestado a la monarquía francesa procedía de la nobleza, no de los campesinos. La revuelta india no comienza con los ryots, torturados, deshonrados y despojados por los británicos, sino por los sepoys, vestidos, alimentados, acariciados, engordados y mimados por ellos».

Resulta sorprendente —o, más bien, deprimentemente previsible— que ninguno de estos certeros dardos periodísticos haya encontrado acomodo en ningún diccionario de citas. ¿Hay alguien que haya lanceado a Palmerston de forma más letal?:
«No le preocupa la esencia, sino la mera apariencia del éxito. Si no puede hacer nada, es capaz de inventarlo todo. Donde no se atreve a interferir, hace de intermediario. No siendo capaz de disputar con un enemigo poderoso, improvisa uno débil… Ante sus ojos, el movimiento de la historia no es sino un pasatiempo, expresamente inventado para satisfacción particular del noble vizconde Palmerston de Palmerston».

O esta joya, sobre el atribulado y avergonzado lord John Russell:
«Ningún otro hombre ha confirmado en tal grado la verdad del axioma bíblico de que ningún hombre es capaz de añadir una sola pulgada a su estatura natural. Situado por nacimiento, relaciones y avatares sociales en un pedestal colosal, siguió siendo siempre el mismo homúnculo, un maligno y desfigurado enano, sobre una pirámide».

Si hubiese tenido ambición y tiempo suficientes, Marx habría podido seguir así indefinidamente y ganar reputación como el periodista polémico más agudo del siglo. Pero a sus espaldas siempre podía oír la acuciante voz de la
conciencia susurrándole: «C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre».
Ya en abril de 1851, Marx afirmaba estar «tan adelantado que habré acabado toda la parte económica en cinco semanas. Con eso hecho, terminaré en casa la política económica y me dedicaré a otra rama del saber en el museo».

Durante los dos meses siguientes, casi todos los días se sentó
en la sala de lectura desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde.
«Marx lleva una vida retirado del mundo —informaba Wilhelm Pieper—; sus únicos amigos son John Stuart Mill y
Loyd [el economista Samuel Jones Loyd], y siempre que voy a verle me recibe con conceptos económicos en vez de con saludos.»

Pero todavía la hercúlea tarea que se había impuesto no había tocado a su fin.
«Los materiales con los que estoy trabajando son tan endemoniadamente enrevesados que, por mucho que me esfuerce, no acabaré en otras seis u ocho semanas —le dijo a Weydemeyer en junio—. Hay, además, constantes interrupciones de carácter práctico, inevitables en las lamentables circunstancias en que estamos vegetando aquí. Con todo y eso, todo y eso, la cosa se aproxima a su terminación. Llegará un momento en que a la fuerza tenga que cortar.»

Resulta cómico lo poco que se conocía a sí mismo. Marx «cortaría» perfectamente con sus antiguos amigos o asociaciones políticas con impetuosa despreocupación, pero no tenía esa cualidad para desprenderse de su trabajo; sobre todo no de ese trabajo, de ese vasto compendio de estadística, historia y filosofía que por fin revelaría las vergüenzas del capitalismo. Cuanto más escribía y estudiaba, más lejos parecía estar el libro de su conclusión: tal como le sucedía a la interminable «Clave de todas las mitologías» de Casaubon en Middlemarch, siempre había nuevas pistas que seguir, oscuros datos que continuar investigando. (De hecho, a Marx le encantaban las novela de George Eliot. «Bueno, nuestro amigo Dakyns es una especie de Felix Holt, con menos afectación y más conocimiento —escribió a su hija Jenny tras visitar al geólogo J. R. Dakyns en 1869—. Por supuesto, no pude resistirme a hacer alguna broma a su costa, advirtiéndole que evitase conocer a Mrs. Eliot, que al punto haría de él su propiedad literaria»).


***

No hay comentarios:

Publicar un comentario