Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 9 de junio de 2017

09 de mayo / 2017

“Enfrentamiento en Bilderberg 2017”
por Thierry Meyssan




***





Pasajes de “Lección inaugural” 
Roland Barthes (y 2)


Esta función, posiblemente perversa y por ende dichosa, tiene un nombre: es la función utópica. Aquí nos reencontramos con la historia. Ya que fue en la segunda mitad del siglo XIX, en uno de los períodos más desolados de la desdicha capitalista, cuando la literatura encontró con Mallarmé —al menos para nosotros, los franceses— su figura
exacta. La modernidad —nuestra modernidad, que entonces comienza— puede definirse por ese hecho nuevo: que en ella se conciban utopías de lenguaje. Ninguna «historia de la literatura» (si es que aún deben escribirse) podría ser justa si se contentara como en el pasado con encadenar las escuelas sin marcar el corte que entonces pone al desnudo un nuevo profetismo: el de la escritura. «Cambiar la lengua», expresión mallarmeana, es concomitante con «Cambiar el mundo», expresión marxista: existe una escucha política de Mallarmé, de los que lo siguieron y aún lo siguen.

(…)

Obcecarse significa afirmar lo Irreductible de la literatura: lo que en ella resiste y sobrevive a los discursos tipificados que la rodean —las filosofías, las ciencias, las psicologías—; actuar como si ella fuese incomparable e inmortal. Un escritor —y yo entiendo por tal no al soporte de una función ni al sirviente de un arte, sino al sujeto de una práctica— debe tener la obcecación del vigía que se encuentra en el entrecruzamiento de todos los demás discursos, en posición trivial con respecto a la pureza de las doctrinas (trivialis es el atributo etimológico de la prostituta que aguarda en la intersección de tres vías).

(…)

Desplazarse puede significar entonces colocarse allí donde no se los espera o, todavía y más radicalmente, abjurar de lo que se ha escrito (pero no forzosamente de lo que se ha pensado) cuando el poder gregario lo utiliza y lo serviliza.

(…)

Pasolini fue así conducido a «abjurar» (la palabra es suya) de sus tres filmes de la Trilogía de la vida porque comprobó que el poder los utilizaba, sin arrepentirse no obstante de haberlos escrito: «Pienso —dice en un texto póstumo— que antes de la acción no se debe nunca, en ningún caso, temer una anexión por parte del poder y de su cultura. Es preciso comportarse como si esta riesgosa eventualidad no existiera […] Pero pienso igualmente que después es menester percibir hasta qué punto se ha sido utilizado, eventualmente, por el poder. Y entonces, si nuestra sinceridad o nuestra necesidad han sido sometidas o manipuladas, pienso que es absolutamente necesario tener el coraje de abjurar».

(…)

Henos ahora ante la semiología.
Primero es preciso volver a decir que las ciencias (por lo menos aquellas de las que algo he leído) no son eternas; son valores que suben y bajan en una bolsa, la bolsa de la historia: bastaría a este respecto con recordar la suerte bursátil de la teología, discurso hoy exiguo y no obstante ciencia soberana en otro tiempo hasta el punto de que se la ubicaba afuera y por encima del Septennium. La fragilidad de las ciencias llamadas humanas posiblemente se deba a que son ciencias de la imprevisión (de donde provienen los sinsabores y el malestar taxonómico de la economía), lo cual altera inmediatamente la idea de ciencia. La ciencia misma del deseo —el psicoanálisis— no puede dejar de morir un día, aunque mucho le debamos, como mucho le debemos a la teología: porque el deseo es más fuerte que su interpretación.

(…)

Ahora bien, en lo que me concierne, la semiología partió de un movimiento propiamente pasional: creía yo (hacia 1954) que una ciencia de los signos podía activar la crítica social, y que Sartre, Brecht y Saussure podían reunirse en ese proyecto; se trataba en suma de comprender (o de describir) cómo una sociedad produce estereotipos, es decir, colmos de artificio que consume enseguida como unos sentidos innatos, o sea, colmos de naturaleza. La semiología (mi semiología al
menos) nació de una intolerancia ante esa mescolanza de mala fe y de buena conciencia que caracteriza a la moralidad general y que al atacarla Brecht llamó el Gran Uso. La lengua trabajada por el poder: tal ha sido el objeto de esta primera semiología.

(…)

El método no puede referirse aquí más que al propio lenguaje en tanto lucha por desbaratar todo discurso consolidado. Por ello es justo decir que también este método es una Ficción, proposición ya adelantada por Mallarmé, cuando pensaba en preparar una tesis de lingüística: «Todo método es una ficción. El lenguaje se le apareció como el instrumento de la ficción: seguirá el método del lenguaje: el lenguaje reflexionándose».

(…)

El otro día releí la novela de Thomas Mann La montaña mágica. Este libro pone en escena una enfermedad que he conocido bien, la tuberculosis. Por la lectura mantuve reunidos en mi conciencia tres momentos de esta enfermedad: el de la anécdota, que ocurre antes de la guerra de 1914; el momento de mi propia enfermedad, alrededor de 1942, y el actual, cuando dicho mal, vencido por la quimioterapia, ya no conserva en absoluto el mismo rostro que otrora. Pero la tuberculosis que yo viví es muy cercana a la tuberculosis de La montaña mágica: ambos momentos se confundían, igualmente alejados de mi propio presente. Percibí entonces con estupefacción (sólo las evidencias pueden dejarme estupefacto) que mi propio cuerpo era histórico. En un sentido, mi cuerpo es, contemporáneo de Hans Castorp, el héroe de La montaña mágica; mi cuerpo, que todavía no había nacido, ya tenía veinte años en 1907, año en el que Hans penetró y se instaló en «el país de arriba». Mi cuerpo es ciertamente más viejo que yo, como si conserváramos siempre la edad de los temores sociales con los que por el azar de la vida nos hemos topado. Entonces, si quiero vivir debo olvidar que mi cuerpo es histórico, debo arrojarme en la ilusión de que soy contemporáneo de los jóvenes cuerpos presentes y no de mi propio cuerpo, pasado. En síntesis, periódicamente tengo que renacer, hacerme más joven de lo que soy. A los cincuenta y un años Michelet comenzaba su vita nuova: nueva obra, nuevo amor.

(…)

Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor.

***


No hay comentarios:

Publicar un comentario