Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 7 de junio de 2017

07 de mayo / 2017



“Pero yo no estaba hecho para la gran claridad aniquiladora, se me había dado simplemente una lamparilla y una gran paciencia, para recorrer las sombras vacías”
(Samuel Beckett, ‘Molloy’)

El siglo XVI, el XVII y el XVIII tuvieron el ensayo, luego, en el XIX, vino la novela; en el XX abrazamos el cine… y, sobre todo la televisión, y alguna cosa más… nos rebajan, nos humillan y nos tratan como servidores, y no sólo consentimos sino que encima pagamos por el servicio y les reímos la gracia.



Se nos ‘cuenta’, como si se tratara de una gran hazaña ‘intelectual, que el  «obrero del arte» (“Próximo a realizar el servicio militar en 1907, Duchamp se entera que existe una posibilidad de reducir el tiempo de duración de dicha obligación a un año, en lugar de tres. La estrategia consiste en aprobar un examen de tipógrafo, aprovechando las leyes vigentes de la época, que benefician de la misma forma a médicos o abogados. De esta manera, Duchamp abandona la Academia Julian en París para trabajar como ayudante de tipógrafo en una imprenta de la ciudad de Ruán, durante alrededor de 5 meses. Finalmente aprueba el examen exitosamente y se presenta al servicio militar con el título de «obrero del arte».”

Marcel Duchamp aborreció las posibilidades ‘retinianas’ (que había explorado, después de aborrecer cualquier formación académica, bajo la más que evidente, ‘retinianamente’ hablando, influencia de Cézanne, Picasso -‘sólo unos meses’-, Matisse…). El caso es que el señorito Marcel allá por 1912 y a la edad de 25 años,  dejó de pintar obras ‘retinianas’, por resumir diremos que la obra realizada hasta entonces fue poquita y mediocre cosa en todos los sentidos, no sólo en el ‘retiniano’,  aunque los ‘juguetones y subversivos’ trabajos manuales (ready-made), y según convención planetaria, muy ‘cerebrales’ que realizó (es un generoso decir) durante la década siguiente, resultan, a simple ‘vista’,  difícilmente aprehensibles sin echar mano, al menos en parte, del sentido previamente aborrecido.

Quizás el accidental lector juzgue que estoy haciendo una lectura de la obra y el artista un tanto sesgada o completamente torticera, y quizá tenga toda, y digo toda, la razón ‘retiniana’.

«No voy a Nueva York, me alejo de París» declaró ‘cerebralmente’ el lúcido Marcel allá por los belicosos prolegómenos de la Primera Guerra Mundial (PGM si vuelve a salir por aquí) Lo cierto es que queda mono dicho así y a más a más da el ‘pego’ intelectual. Porque nuestro joven cerebrito, ‘el gran provocador’ autor del escandaloso “Desnudo bajando la escalera” (1911), no iba a reconocer  que verdaderamente huía (o mejor tendía un puente ‘intelectual’ para romper con ‘la concepción tradicional del arte y, por si fuera poco, con el uso vulgar del lenguaje’), porque ni ciego ni tonto era (se proponía –lástima de resultados- capturar ‘todo aquello que el ojo humano no alcanza a percibir’), no del París vanguardista sino de la temible guerra ‘retiniana’, y por lo tanto aborrecible, que se veía venir y, en consecuencia, le podía pillar y militarmente ‘uniformar’ en cualquier ‘vulgar’ trinchera-ratonera (lo de que estaba exento del servicio militar no coincide con mis datos procedentes de diversas fuentes no sé, eso sí, si ‘retinianas’). Y tampoco iba a decir que él (cuyo credo vital-bohemio, tal como había declarado a bombo y platillo, consistía en «consumir y producir lo mínimo (…) una manera elegante de preservar la propia libertad»), tras su éxito en  USA, el Armory Show de New York en febrero de 1913, había quedado prendado de una visión: el dólar. Una visión, entiéndase, mucho más que retiniana, y desde luego, por el tirón que le llevó a cruzar sin billete de vuelta el charco, de clara naturaleza  fetichista.

Así que Duchamp conquistó USA (ya me entienden), y lo hizo (lo había hecho sin enterarse tres años antes) desnudo, bajando una escalera y sin siquiera saber inglés, pero también sabemos que lo suyo no era el uso ‘retiniano’ y vulgar del lenguaje, ¿el lenguaje del dinero, ese que consistía en rotar un urinario de su posición funcional, y firmarlo con el seudónimo «R. Mutt» y titularlo «Fuente»?, claro que contando de antemano con que la élite sacerdotal del ‘MUSEO’ participaría de la operación (nada vulgar), financiera.

Pero ahí no queda la cosa, tras unos años en USA y unos meses en Argentina jugando al ajedrez, en 1919 Duchamp vuelve a Francia donde, nada más llegar, expresa sus simpatías por el movimiento Dadá y el Surrealismo, que, como se pueden imaginar, ya habían expresado sus simpatías por Duchamp y sus ‘intervenciones’. Y es entonces que “interviene una postal de la obra maestra de Leonardo da Vinci, la Gioconda: le pinta bigotes y barbilla, titulándola L.H.O.O.Q, homófono en francés de la frase «Elle a chaud au cul», literalmente «Ella tiene el culo caliente», que podría traducirse como «Ella está excitada sexualmente». Más tarde, el iconoclasta gesto es tomado por Picabia para reproducirlo en las publicaciones del movimiento Dadá, representando el quiebre de la noción de arte como producción sacra del «artista genio».



Pero sus mecenas norteamericanos le reclaman y vuelve a New York, y así lo hace aunque acompañado de otra obra cumbre del arte no retiniano: «pedí a un farmacéutico parisino que vaciara una ampolla de cristal llena de suero y que la volviera a precintar. Esta es la preciosa ampolla de 50 cm. cúbicos de Aire de París que llevé a los Arensberg en 1919». Evidentemente la ampolla no posee ningún otro elemento más que aire. La particularidad de esta obra, más allá de ser un gesto humorístico propio del temperamento duchampiano, se presenta como uno de los primeros objetos artísticos que busca captar un «concepto» más allá de su representación formal.”



Durante la siguiente década (1925 -1935) Marcel abandona la producción de obras de arte geniales no-retinianas y se dedica en cuerpo y alma al ajedrez. Aunque el cuerpo lo dedicó casi un año (1926) a formar pareja matrimonial con una tal Lydie Sarazin-Levassor, hija de un constructor de automóviles, aunque el matrimonio no alcanza a durar un año, puesto que se divorcian en enero de 1927 (Nuestro genio había creído la promesa de dote millonaria que había realizado el millonario para así conseguir pareja a su gorda, fea y no millonaria hija).



Y ya en 1936, vuelta de nuestro “autor anti-autor” a USA y al negocio del arte museístico (por el aval digo) aunque, eso también, no-retiniano (en cierto modo otro aval) que todavía hay clases y, lo más importante, los otrora subversivos y por entonces ya  inquilinos museísticos ready-mades firmados y numerados, resultaban ser enormemente lucrativos  a ambos lados del charco. Así hasta 1968 en que nuestro irónico y humorístico ‘autor’ de pinturas, acciones y conceptos, la palmó.

ELOTRO


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