Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 6 de junio de 2017

06 de mayo / 2017

Edgar Allan Poe
“La verdad sobre el caso del señor Valdemar”


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Leyendo a Barthes (y 2)


“(…) La oposición (el cuchillo del valor) no se da necesariamente entre los contrarios consagrados, nombrados (el materialismo y el idealismo, el reformismo y la revolución, etc.), sino que se da siempre y en todos lados entre la excepción y la regla. La regla es el abuso, la excepción es el goce. Por ejemplo, en ciertos momentos es posible sostener la excepción de los Místicos. Todo, pero no la regla (la generalidad, el estereotipo, el idiolecto: el lenguaje consistente).
Sin embargo, se puede pretender lo contrario (de todas maneras no sería yo quien lo pretendiese): la repetición engendraría por sí misma el goce. Los ejemplos etnográficos abundan: ritmos obsesivos, músicas fascinadoras, letanías, ritos, nembutsu búdico, etcétera; repetir hasta el exceso es entrar en la pérdida, en el cero del significado. Pero para que la repetición sea erótica es preciso que sea formal, literal, y en nuestra cultura esta rígida repetición (excesiva) deviene excéntrica, desplazada hacia ciertas regiones marginales de la música. La forma bastarda de la cultura de masas es la repetición vergonzosa: se repiten los contenidos, los esquemas ideológicos, el pegoteo de las contradicciones, pero se varían las formas superficiales: nuevos libros, nuevas emisiones, nuevos films, hechos diversos pero siempre el mismo sentido.
En resumen, la palabra puede ser erótica bajo dos condiciones opuestas, ambas excesivas: si es repetida hasta el cansancio o, por el contrario, si es inesperada, suculenta por su novedad (en ciertos textos, las palabras brillan, son como apariciones que distraen, incongruentes —importa poco que puedan parecer pedantes—; personalmente me gusta esta frase de Leibniz: «[…] como si los relojes de bolsillo marcasen las horas por obra de cierta facultad horodeíctica, sin tener necesidad de engranajes, o como si los molinos triturasen el grano por una cualidad fracturante sin necesidad de muelas»). En ambos casos es la misma física del goce, el surco, la inscripción, la síncopa: tanto lo que es ahuecado, revuelto, como lo que estalla, desentona.

El estereotipo es la palabra repetida fuera de toda magia, de todo entusiasmo, como si fuese natural, como si por milagro esa palabra que se repite fuese adecuada en cada momento por razones diferentes, como si imitar pudiese no ser sentido como una imitación: palabra sin vergüenza que pretende la consistencia pero ignora su propia insistencia. Nietzsche ha hecho notar que la «verdad» no era más que la solidificación de antiguas metáforas. En ese sentido, el estereotipo es la vida actual de la «verdad», el rasgo palpable que hace transitar el ornamento inventado hacia la forma canónica, constrictiva, del significado. (Sería bueno imaginar una nueva ciencia lingüística que no estudiase ya el origen de las palabras, la etimología, ni su difusión, la lexicología, sino el progreso de su solidificación, su espesamiento a lo largo del discurso histórico; sin duda esta ciencia sería subversiva, manifestando, más que el origen de la verdad, su naturaleza retórica, lingüística).

(…)

¿La ironía? La ironía proviene siempre de un lugar seguro.

(…)

En resumen, habría dos realismos: el primero descifra lo «real» (lo que se demuestra pero no se ve); el segundo dice la «realidad» (lo que se ve pero no se demuestra); la novela, que puede mezclar los dos realismos, agrega a lo inteligible de lo «real» la cola fantasmática de la «realidad»: sorpresa por que se comiese en 1791 una «ensalada de naranjas al ron», como en nuestros actuales restoranes: esbozo de inteligible histórico y empecinamiento de la cosa (la naranja, el ron) por estar allí.

(…)

Según parece, un francés de cada dos no lee, la mitad de Francia está privada, se priva del placer del texto. Generalmente se deplora esta desgracia nacional desde un punto de vista humanista, como si despreciando el libro los franceses renunciasen solamente a un bien moral, a un valor noble. Sería mejor hacer la sombría, la estúpida y trágica historia de todos los placeres objetados y reprimidos en las sociedades: hay un oscurantismo del placer.

(…)

Valéry decía:
«No se piensan palabras, solamente se piensan frases». Lo decía porque era escritor. Y precisamente se llama escritor no a quien expresa su pensamiento, su pasión o su imaginación mediante frases sino a quien piensa frases: un Piensa-Frases (es decir: ni totalmente un pensador ni totalmente un fraseador).
El placer de la frase es muy cultural. El artefacto creado por los retóricos, los gramáticos, los lingüistas, los maestros, los escritores, los padres, este artefacto es imitado de manera más o menos lúdica; se juega con un objeto excepcional del que la lingüística ha señalado su carácter paradójico: inmutablemente estructurado y sin embargo infinitamente
renovable: algo así como el juego de ajedrez.



¿A menos que para ciertos perversos la frase sea un cuerpo?


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