Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 4 de junio de 2017

04 de mayo / 2017




“En la actualidad ya no hay forma de que algo sea feo o repugnante. Incluso la mierda es algo bello”
(M. Leiris)

De acuerdo, y yo que padezco con gusto de ese infantilismo que son las exageraciones, según Vigotsky, pienso que sobre todo es en la mierda donde radica la belleza, y además lo hace con el mismo esplendor en cualquiera de sus innumerables versiones. Y a más a más en la actualidad, la mierda más allá de su literalidad es, sin parangón, lo más acreditado como ‘bello’. Y vaya por delante que lo que servidora afirma nada tiene que ver con la pueril latita de Piero Manzoni. Ni mucho menos con el también pueril, pulcro y por otros motivos escatológico urinario de Duchamp. Conste que estoy hablando desde afuera del ‘Museo’, y tanto Manzoni como Duchamp no tenían, según mi opinión, otro horizonte que ese, ‘EL MUSEO’. Y digo más: barrunto que debido a sus inigualables prebendas macroeconómicas. Las sinecuras crematísticas fueron, sin duda, el único ‘leitmotiv’ en la vida y la obra de Duchamp (no confundir con sus no-famosos y sin embargo encantadores hermanos, Raymond y Jacques). Y sigo diciendo, la ‘mierda’ no la veo tanto, aunque también, en la escasísima y sobrevalorada obra firmada y no siempre elaborada por el listillo de Duchamp, como en sus babosos adoradores y subvencionados publicistas. Que conste.

Y ya puestos me permito opinar que desmontar el ‘mito Duchamp’ debería ser una tarea inaplazable para cualquiera que quiera conocer (y dar a conocer) los ‘invisibles’ mecanismos internos y externos mediante los cuales el colosal ‘aparato digestivo’ (desde la insaciable boca al infatigable ano) del capitalismo, deglute los objetos y fenómenos artísticos y, mediante el proceso que mejor se ajuste a cada una de las  necesidades de tales ‘productos’, los acaba transformando (pero ojito, sólo en su esencia que no en su apariencia) en nuevos y sólidos elementos sustentadores y ratificadores del discurso hegemónico que, lo que son las cosas vistas con un poquito de perspectiva histórica, en sus marginales y ‘transgresores’ orígenes, ‘decían’ y seguro que en contados casos honestamente, combatir.



Dice Tabarovsky que dijo Auden: “Todo escritor preferiría ser rico a pobre, pero ningún escritor auténtico se preocupa por la popularidad en sí misma”. Citas como estas son las que me sacan de quicio (aunque servidora ya venga desquiciada de fábrica). El Tabarovsky despreciador de la popularidad en sí misma cita al Auden despreciador de la popularidad en sí misma, ¿y?

Porque no creo que ni Tabarovsky ni Auden hayan podido conocer en todo su vida a un solo escritor tan absolutamente ‘despistado’ cuya preocupación fundamental fuera la ‘popularidad en sí misma’. Total para qué más. Claro que tanto Tabarovsky como Auden deben de contar con que sus respectivos e iletrados lectores han tragado sin el menor reparo con la tramposa afirmación, digámoslo así, encarriladora que configura la primera parte de la cita:  “Todo escritor preferiría ser rico a pobre…”.

Yo, por mi parte y reconociendo que soy de las que tragan de todo pero, ojito, no siempre ni mucho menos venga de dónde venga,  nada más leer esta frase he recordado a las emperchadoras de Inditex y a las cajeras de Mercadona. Porque vamos a ver señores letrados y de los otros, puestos a ‘preferir ser’, ¿quién no cambiaría a su encantador pero pobretón padre por un emprendedor exitoso como Amancio Ortega o Juan Roig? Salvo la tonta de turno de Inditex o Mercadona, que haberlas haylas, mucho me temo que todas lo harían. Y por supuesto en todo el gremio de cagatintas ni uno solo faltaría, eso tan seguro como que el viejo Auden no conservaba, entre sus numerosos y profundos pliegues y arrugas, de sus calenturas revolucionarias de juventud ni un grado positivo tras su inequívoca adscripción al bando declarador, victimista y agresor de la guerra fría.

Pero, descartado este supuesto, y mientras que a numerosos escribas (ya sé, no tantos de los que son aunque sí de los que están), la llamada ‘popularidad’ les ha permitido, ya que no ‘ser’, al menos ‘hacerse ricos’, ¿qué posibilidades ‘reales’ tiene una cajera o una emperchadora de, en primer lugar, ‘hacerse popular’ para, en lógica consecuencia, terminar por ‘hacerse rica’?

Y bueno, pues esa es la tontería (o la vil pericia a la hora de adoctrinar) que pretendo subrayar, la de la falaz (y exculpatoria) existencia de cosa tan insustancial e inútil como la ‘popularidad en sí misma’ (y aquí, en plena selva capitalista) o, si lo prefieren, ‘el éxito mediático en sí mismo’ (tan accesible a la clase obrera), al menos, y lo digo porque algo del paño conozco, en lo que se refiere al poco ‘pesebrero’ gremio de los inmorales cagatintas (sí, digo todos, incluso los que aún están chupando banquillo para con un poco de suerte apañarse un poquito de ‘popularidad en sí misma’ y así subir en el escalafón social).

ELOTRO



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