lunes, 29 de mayo de 2017

28 de abril / 2017

“Respiración artificial”
Ricardo Piglia


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Están a puntito de lograr que no hagamos uso, y además voluntariamente, de la fatigosa facultad de pensar (en esas cosas me fijo mucho). Y van camino (digo ‘ellos’ porque no sé distinguir muy bien entre perros bastardos y de raza) de convencernos de que no hay nada que pensar (si lo piensas, ¿para qué tomarse ese ingrato trabajo?), de que ya está todo pensado, hablado, pintado, narrado, programado, digitalizado… y en el mismo sentido y por todos los medios a su alcance impiden también todo aprendizaje, (¡pero qué necesidad de aprender nada si ya nos lo dan ‘todo’ masticado, como para tontos!). Cierto, todo nos lo sirven ya amasado y mascado, y listo para consumir a golpe (o porrazo) de clic, y encima libre de grumitos o tropezones, para que los nenes y nenas no nos atragantemos. 

Pretenden, ‘ellos’, en fin, embrutecernos (¿aún más? sí, pero por nuestro bien) y ahogar toda inteligencia (¡total pa’ qué! Pa’ triunfar no será…) y toda posibilidad de rebeldía (vamos a ver, qué necesidad tenéis, nos dirían si se dignaran, de destrozaros inútilmente la vida, esa misma vida que ya os estamos exprimiendo y echando a perder nosotros desde los tiempos de la mismísima concepción y a más a más desinteresadamente y de a poquito en a poquito?).  Más o menos así puso Piglia en boca de uno de sus personajes (que, las cosas de las novelas, hacen allí frecuente uso de la cada día más anacrónica facultad de hablar y escuchar, y dialogar –auténtico fenómeno de circo- argumentando y razonando) en ‘Respiración artificial’ que data de uno-nueve-siete-nueve /1979 (Así somos).

De momento, lo único que sé es que no voy a hacerlo. Digo dejar de pensar. Quizá más tarde, según me lo vayan interiorizando. En su momento haré como me hicieron lo del euro, pero en bien, sin inclinarme ni arrodillarme excesivamente. En el fondo de lo hondo, lo digo como lo pienso antes de que me lo piensen, siento cierta debilidad por la tal facultad, como otros por sus cojones, sus cicatrices o por el álbum de fotos de su abuela.



Leo en Vigotsky que los humanos, también los animales pero esa es otra historia, poseen cierta plasticidad en el cerebro y en el sistema nervioso. Y que esa, llamémosla, sustancia plástica, ‘conserva’ las huellas de las experiencias vividas (hacer una lista de las experiencias vividas que no han dejado rastro ni huella, ver el porqué, en mi plástica sustancia gris). Si las experiencias son suficientemente fuertes o se repiten con bastante frecuencia (¿por eso la velocidad y superficialidad de los ‘media’?), la ‘huella’, emocional o intelectual, permanece, disponible para su uso, más o menos imborrable en el almacén de nuestra memoria. Y es que conservar las experiencias vividas facilita en gran medida su reiteración (montar en bicicleta,  dar saltitos, rezar, obedecer…) pero, pero, pero, junto a esta función reproductora y mantenedora el cerebro posee otra no menos importante: la función combinadora y creadora de nuevas imágenes, de nuevas acciones. 

De tal manera que el cerebro además de reproducir (por cierto una capacidad exclusivamente vuelta hacia el ayer, pero es la habilidad de combinar lo antiguo con lo nuevo lo que sienta las bases del pensamiento y la práctica creativa) tiene capacidad para combinar, lo ya conocido y lo imaginado (siempre a partir de las ‘huellas’ de lo conocido: los niños, de 7 a 77 años, reproducen en sus juegos mucho de lo que ven, imitan, pero también reelaboran combinando creativamente. Sólo un milagro crea algo de la nada, y eso pertenece a otra historia sagrada), y crear o reelaborar. O sea, que mira tú por donde la cosa va de pensar. Y luego hacer y ante lo hecho volver a pensar, diacríticamente si no es mucha molestia, sobre lo realizado, sobre lo experimentado, y también sobre lo imaginado y fantaseado (no existen barreras impenetrables entre fantasía y realidad) que, por cierto, se ha hecho real (el fantasma irreal, inexistente, que en cambio produce en el niño un miedo real), en fin, sobre ‘todo’ lo auténtica y suficientemente vivido, emocional e intelectualmente.

Ahí están las obras de arte creadas por la ‘funesta’ fantasía de sus autores que causan en nosotros tan hondas impresiones. Pero la fantasía se construye siempre con materiales tomados del mundo real y luego fantasiosamente combinados o mediante agrupaciones totalmente inesperadas, véase la obra de El Bosco, sin ir más lejos. O las emociones que se nos contagian de las páginas de un libro (Tolstói confiesa que tomó a Tania y Sonia, su nuera y su esposa, dos mujeres reales, y las mezcló. Y de ahí sacó a Natasha, de ‘Guerra y paz’, una imagen artística), el teatro, el cine, la TV… emociones por completo reales y que sufrimos de verdad.

Da que pensar, ¿no? o ¿que piensen 'ellos'?

ELOTRO



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