Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 10 de mayo de 2017

09 de abril / 2017




“Karl Marx”
Francis Wheen



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Unos párrafos del libro de Francis Wheen sobre Engels:

“(…) Para los amigos, las verdaderas opiniones de Engels sobre sus padres y su entorno ya eran evidentes en marzo de 1839, fecha en que escribió un ingenioso ataque a los petulantes y satisfechos de sí mismos burgueses de Barmen y Elberfeld para el Telegraph für Deutschland, un periódico de la Joven Alemania. Su autor, que contaba a la sazón dieciocho años, se ocultaba tras el seudónimo de Friedrich Oswald, una precaución necesaria, ya que los artículos no eran sino un verdadero parricidio periodístico. En las «lóbregas calles» de Elberfeld, informaba, todas las cervecerías estaban llenas a rebosar los sábados o domingos por la noche:

‘Y cuando cierran, a eso de las once, los borrachos salen de ellas y duermen la mona en la cuneta… Las razones de este estado de cosas son perfectamente claras. En primer lugar, el responsable es el trabajo en las fábricas. Trabajar en salas de techos bajos, donde las personas respiran más humo de carbón que oxígeno —y en la mayoría de los casos a partir de los seis años de edad —, les va a privar de toda su vitalidad y su alegría de vivir. Los tejedores, que tienen telares individuales en sus casas, se inclinan sobre ellos de la mañana a la noche, y se desecan la médula espinal frente a una estufa. Los que no caen en el misticismo se ven degradados por la ebriedad.’

Tal como insinúa la referencia al misticismo, Engels ya había identificado la religión como sierva de la explotación y de la hipocresía:

«Pues es un hecho que los pietistas, entre todos los propietarios de fábricas, tratan peor a sus trabajadores que los demás; utilizan todos los medios posibles para reducir los salarios de los trabajadores con el pretexto de así quitarles la oportunidad de emborracharse, aunque en la elección de los predicadores siempre son los primeros en sobornar a su gente».

Incluso daba el nombre de algunos de estos lloriqueantes fariseos, aunque evitó mencionar a su propio padre.

Las «Cartas desde Elberfeld» fueron todo un escándalo. «¡Ja, ja, ja!, — escribía a Friedrich Graeber, uno de los pocos que conocían el secreto—. ¿Sabes quién escribió el artículo del Telegraph? Su autor es el mismo que el de estas líneas, pero te aconsejo que no digas nada. Me podría meter en un lío tremendo.»



En la primavera de 1841, Engels partió de Bremen para hacer el servicio militar en Berlín, alistándose en la Artillería Real. La elección de Berlín, capital de los Jóvenes Hegelianos, no era casualidad: aunque el uniforme militar le proporcionaba un camuflaje de respetabilidad y tranquilizaba a sus padres, pasaba cada momento de asueto inmerso en la teología radical y en el periodismo. Un truco similar utilizó en el otoño de 1842, cuando fue destinado a la sucursal de Manchester de Ermen & Engels: mientras aparentemente estaba aprendiendo el negocio familiar, como era el deber de un aplicado heredero, aprovechó la oportunidad para investigar las consecuencias humanas del capitalismo. Manchester era el lugar donde había surgido la Liga contra la Ley del Trigo, núcleo de la huelga general de 1842, una ciudad repleta de cartistas, owenistas y agitadores sindicales de todo tipo. Aquí, como en ningún otro lugar, descubriría el verdadero carácter de la bestia. Durante el día era un diligente y joven gerente en la Lonja del Algodón; al acabar la jornada cambiaba de campo, explorando la terra incognita del proletario de Lancashire con el fin de reunir hechos e impresiones para su temprana obra maestra, La condición de la clase obrera en Inglaterra (1845). A menudo acompañado por su nueva amante, una obrera irlandesa de rojos cabellos llamada Mary Burns, hizo incursiones por los barrios bajos, que pocos hombres de su clase social habían visto nunca. Esta es, por ejemplo, su descripción de la «Pequeña Irlanda» la zona de Manchester situada al sudoeste de Oxford Road:

‘Por todas partes, montones de desperdicios, inmundicias y fango, entre charcas; la atmósfera está apestada por las emanaciones y se hace oscura y pesada por el humo de una docena de chimeneas; gran número de niños y mujeres harapientos vagan en esta localidad y están tan sucios como los cerdos que hozan en las charcas y montones de ceniza; en pocas palabras, todo el barrio presenta un aspecto tan desagradable y repugnante como el de los peores patios vecinos al Irk. Los habitantes de estos cottages, con las ventanas rotas cubiertas de papel untuoso, las puertas carcomidas y desquiciadas, sótanos oscuros y húmedos, quienes viven entre aquella suciedad infinita, aquel hedor, en aquella atmósfera casi intencionadamente cerrada, deben haber caído, en verdad, en el grado más bajo de la humanidad. Tal es la impresión y la conclusión final que se impone a una persona tras un examen superficial de este barrio. Pero ¿qué decir si nos enteramos que en estas casuchas, que contienen como mucho dos piezas y un desván, quizá un sótano, habitan, por término medio, veinte individuos ?’


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