Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 9 de mayo de 2017

08 de abril / 2017



Así dijo Bernal Díaz del Castillo en nota preliminar a su extraordinaria obra titulada, ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

 “…y para podello escrebir tan sublimadamente como es digno, fuera menester otra elocuencia y retórica mejor que no la mía; mas lo que yo oí y me hallé en ello peleando, como buen testigo de vista, yo lo escribiré, con el ayuda de Dios, muy llanamente, sin torcer a una parte ni a otra…”



Pues eso, que como buen testigo de vista, llanamente les digo que el Museo del Prado nos ofrece una interesantísima  expo titulada, en ‘inglish’, “MASTERMATEO” que, por decirlo todo, he estado, ¡mecachis!, a puntito de perderme, siendo así que la muestra se clausura el próximo día 26 de marzo y, tal día como hoy que la he visitado (se podría decir y así digo que mayormente por culpa de la inesperada lluvia) y mismamente esto escribo, en día 22 del mismo mes y año.

Y todo ello debido a un propio y estúpido prejuicio causado eso sí, lo que ya digo que no es excusa ni por el forro, tras la lectura de una reseña (¡malditos desinformadores!) realizada hace unos meses y según la cual, al menos eso entendí, o malinterpreté,  en su momento y sea lo que sea es lo que a los corrientes cuenta, la muestra consistía básicamente en ‘bellas’ fotografías y ‘fabulosos’ audiovisuales sobre el glorioso  ‘Pórtico de la Gloria’ obra del no menos renombrado Maestro Mateo. O sea, una bobada más propia de una Feria de Turismo que de un Museo digno de ese nombre.



Y el caso es que, hace ahora aproximadamente un año, servidora había estado de visita en la muy afamaba villa de Santiago de Compostela y, les aseguro que me llevé un buen chasco, entre muchos otros que hoy no viene a cuento referir,  al constatar que el famoso ‘Pórtico’ seguía oculto y bien oculto, debido dicen las lenguas oficiales a las, a mi al menos me lo parecen, casi eternas labores de mantenimiento y restauración.

Pero la bendita lluvia que tan oportunamente me ha empujado –y es que a uno ya se le moja el cartón a las primeras gotas-, a buscar refugio en el Prado, donde como todo el mundo sabe cualquiera puede tropezar con mil obras maestras  que mirar o revisitar, me ha permitido disfrutar durante unos minutos absolutamente memorables en compañía de unas, pocas pero  extraordinarias, obras escultóricas todas ellas   ejecutadas en granito por el insigne ‘pensionista vitalicio’ (según gracia concedida por el rey Fernando II en documento fechado el 23 de febrero de 1168, que tal dice el folletito que regalan) que por otro nombre llamaban, Maestro Mateo.



Son sólo catorce piezas en total, pero todas ellas magnificas y sobre todo una que para mí ha resultado absolutamente fascinante: “San Mateo”. Y ahora quisiera, dejando por un momento aparte las intrínsecas razones artísticas de cada una de las obras, destacar una circunstancia inusual y de efectos tan desacostumbrados como asombrosos (‘lo que yo experimento, lo que a mí me ocurre’), me refiero los que se producen con la insólita visión cercana, con la obra original en un mismo plano y literalmente al alcance de la mano. Llámenlo ‘aura’ si les parece, pero en este caso creo que hay algo más y cualitativamente distinto, y que tiene que ver con la más que presumible primigenia intención del artista y con el consiguiente efecto previsto sobre el ‘espectador’ que, es de suponer, buscó el maestro. Si te encuentras a un metro de distancia frente a una pintura original de Picasso, se puede hablar, (en contraposición a una reproducción técnica, seriada o no, de la misma obra), con propiedad de ese ‘aura’ que citaba Walter Benjamin. Pero si tuvieras la oportunidad de subirte a un andamio instalado en plena ‘Capilla Sixtina’ y tener a un metro de distancia uno cualquiera de los frescos de ese soberbio techo, es decir de estar a la misma distancia que Miguel Ángel cuando éste lo pintó, eso, paréceme a mí, ya es algo más y distinto. Entre otras cosas porque Miguel Ángel no pintó aquello, de aquella determinada manera, para que fuera contemplado a un metro de distancia. Al menos espero que se me conceda que ese ‘aura’, por seguir con Benjamin, es ‘otro’, diferente, de una naturaleza especial. Y puestos a especular, no sé como encajarían ambos artistas, Miguel Ángel y el Maestro Mateo, la, a posteriori,  descontextualización física, óptica y espacial de sus respectivas obras.



Por abundar en el asunto, recuerdo que Jonathan Brown, hispanista estadounidense que pasa por ser la más alta autoridad mundial en el estudio de la vida y la obra de Diego Velázquez, relataba las muchas veces que había tenido que escuchar comentarios lamentables referentes a la evidente deformación del animal, sobre todo visible en el vientre, en  el retrato del príncipe ‘Baltasar Carlos a caballo’. Siendo Velázquez un consumado maestro de la pintura naturalista/realista, llamaba la atención del mirón inexperto el tan torpe y grosero desacierto. Y no, aquella hinchada y sobredimensionada panza de la jaca tenía, y conserva en cierto modo, su porqué. Resulta que el cuadro estaba destinado de antemano a ocupar un lugar elevado (y por eso el avisado  Velázquez, que además fue el responsable de la decoración, plasma sobre la tela una visión ‘en perspectiva’ desde abajo), exactamente en la sobrepuerta del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro de Madrid. O sea, pongamos al buen tuntún, que como mínimo la base del lienzo distaría del suelo unos tres metros y medio, y por lo tanto el vientre del caballo se situaría a unos cuatro metros y medio del suelo (kilómetro arriba, kilómetro abajo).  Hoy día el cuadro esta colgado en el museo aproximadamente a un metro y medio del suelo. Y eso, el vientre ‘en perspectiva’ del animal se ve que lo ignora. ¿Qué opinaría Velázquez de la actual ubicación?


Y para terminar anotemos otra no menos curiosa variante de emplazamiento y posición (de la obra y en consecuencia directa del accidental espectador), que en este caso trata de cierta pintura, digamos no figurativa, obra de la artista estadounidense Georgia O'Keeffe, cuyo museo propietario llegado el momento no supo (al parecer no encontró asidero -ni pies ni cabeza- o referencia suficientemente orientativa), cómo ‘colgar’ en la pared tan misterioso cuadro, y fue entonces que pidió auxilio a la propia autora.  Creo recordar que esta tampoco supo, alegó olvido de los detalles de su realización, dar una respuesta precisa. ¡Qué más da!, manifestaron algunos, total se trata de una pintura abstracta. Como si, en sentido estricto, no fueran todas las pinturas una forma de abstracción. En fin. 




Y para terminar con la admirable expo del Maestro Mateo (y taller)  reitero mi fascinación ante una obra (‘en la parte se manifiesta el todo’, y conviene no olvidar que en sus múltiples tareas, como arquitecto y escultor, se dilató a lo largo de cuatro décadas en Santiago) como el “San Mateo”. La figura del santo, en mi opinión, no parece ‘adrede’ un santo, está realizada con un muy intencionado y austero estilo, y tremenda maña (aunque parezca mentira, esos delicados párpados, esos tiernos labios o esas gráciles telas, no ‘son’ más que puro granito esculpido), que expresa más que explica, y que posee el peculiar encanto de lo sencillo y de lo poco que, en cualquier caso, nada esencial escamotea. ‘Conmoverse significa también irritarse’ decía Pavese, y en mi caso concreto la beatífica serenidad de este Mateo que escribe (esa extraordinaria mano, lamentablemente mutilada, que sujeta el cálamo) de manera tan firme como delicada y concentrada me convirtió, por unos momentos, en un auténtico manojo de nervios. Uno, supongo que por fortuna, todavía se emociona, se turba, al percibir, desde y donde quiera que sea, lo que entiende como ciertos valores y formas de la belleza, de lo ético y lo moral, del ethos que decían los griegos.



ELOTRO


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