Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 31 de mayo de 2017

30 de abril / 2017


“Venezuela: los argumentos de la democracia”
Marcos Roitman



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“Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty a Alicia, la heroína de las novelas de Lewis Carroll– quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. Y, añadió: La cuestión es saber quién es el que manda..., eso es todo.”




Dos fragmentos de "Tropismos" / Nathalie Sarraute

En sus clases  tan frecuentadas del Colegio de Francia, se divertía con todo eso.
Se divertía rebuscando, con la dignidad de los gestos profesionales, con mano implacable y experta, en las interioridades de Proust o de Rimbaud, y exponiendo a los ojos de su público muy atento sus pretendidos milagros, sus misterios, explicaba "su caso".
Con su pequeño ojo penetrante y malicioso, su corbata de confección y su barba robusta, se parecía mucho al Señor pintado en los anuncios, que recomienda sonriendo, con el dedo en alto: Saponite, la buena  lejía, o la salamandra modelo: economía, seguridad, confort.
"No hay nadie", decía, "ven ustedes, lo he ido a ver yo mismo, pues no me gusta dejar que me engañen; no hay nada que yo no haya ya mil veces estudiado clínicamente, catalogado y explicado.
"No tienen que desorientarles. Fíjense, entre mis manos son como niños temblorosos y desnudos, y yo los sostengo en el hueco de la mano ante ustedes como si fuera su creador, su padre, los he vaciado para ustedes de su poder y de su misterio, he acorralado, acosado lo que en ellos había de milagroso.
Ahora, apenas son distintos de esos inteligentes, de esos curiosos y divertidos chiflados que vienen a contarme sus interminables historias para que me ocupe de ellos, los aprecie y los apacigüe.
Ustedes no pueden emocionarse más que mis hijas cuando reciben a sus amigas en el salón de su madre y charlan amistosamente y ríen sin preocuparse de lo que digo a mis enfermos en la habitación de al lado."

Así enseñaba en el Colegio de Francia. Y por todos los alrededores, en las facultades próximas, en los cursos de literatura, de derecho, de historia o de filosofía, en el Instituto y en el Palais, en los autobuses, en todas las administraciones, el hombre sensato, el hombre normal, el hombre activo, el hombre digno y sano, el hombre fuerte triunfaba.
Evitando las tiendas llenas de objetos bonitos, las mujeres trotaban alerta, los camareros de café, los estudiantes de medicina, los agentes, los pasantes de notario, Rimbaud o Proust, arrancados de la vida y privados de soporte tenían que vagar sin meta por las calles o dormitar, con la cabeza caída sobre el pecho, en alguna plazoleta polvorienta.

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Ahora eran viejos, estaban completamente gastados, "como viejos muebles que han servido mucho, han cumplido su tiempo y su cometido", y lanzaban a veces (era su coquetería) una especie de suspiro seco, lleno de resignación, de alivio, que parecía un crujido.
Las suaves tardes de primavera, iban a pasear juntos, "ahora que la juventud había pasado, ahora que las pasiones se habían terminado", iban a pasear tranquilamente, "a tomar un poco de fresco antes de acostarse", iban a sentarse a un café, y a pasar un rato charlando.
Elegían con muchas precauciones un rincón bien protegido ("aquí no: está en una corriente, ni allí: justo al lado de los lavabos"), se sentaban (¡Ah, esos viejos huesos!, nos hacemos viejos. ¡Ah! ¡Ah!") y dejaban oír su crujido.
La sala tenía un brillo sucio y frío, los camareros se movían excesivamente deprisa, con aspecto un poco brutal, indiferente, los espejos reflejaban con dureza rostros ajados y ojos que parpadeaban.
Pero no pedían nada más, no había que esperar nada, pedir nada. Así era, no había nada más, era eso, "la vida".
Nada más, nada más, aquí o allá, lo sabían ahora.
No había que rebelarse, soñar, esperar, hacer esfuerzos, huir; había que elegir atentamente (el camarero esperaba), ¿una granadina o un café?, ¿con leche o solo?, aceptando modestamente vivir -aquí o allá- y dejar pasar el tiempo.

(Nathalie Sarraute)


“Mi gusto por los constreñimientos no me constriñe”
( G. Perec )


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martes, 30 de mayo de 2017

29 de abril / 2017

“Corazón Del Tiempo” (película completa)(HD)

Zapatista Organización

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“Con su organización de la ‘paz’,
la burguesía organiza la guerra”
(Karl Korsch)

Los libros fueron un lujo…

Insisto:
“Novela” se identifica, pues, desde el principio con ‘ocio’, con ‘vacaciones’ del cuerpo y de la imaginación, con ‘diversión’ en el sentido de un apartarnos de la vida real para sumergirnos en un mundo ficticio. Quizás, de hecho, la novela permite aprehender mejor la realidad y conocerla en profundidad…”
(…)
“Fiction”, dicen los angloamericanos; y podríamos traducir ‘ilusión’ sin demasiada infidelidad…”
(…)
“Durante algunos siglos, sólo los ricos podían permitirse el lujo de los libros, puesto que el público de lectores se hallaba restringido por salarios que no permitían más que una premiosa subsistencia, por la ausencia de ocio de las clases sociales más numerosas, por la falta de luz al anochecer, la imposibilidad de aislarse en viviendas superpobladas, la falta de bibliotecas de préstamo… en la Inglaterra del siglo XVIII, era menos caro emborracharse con ginebra que comprar un periódico. ¿Quién, pues, pudo leer y quién tuvo ese placer hasta el siglo XX? Los nobles, los burgueses y sobre todo sus mujeres, ya que a los hombres les seducían mucho más la caza, el libertinaje, los negocios o el alcohol.”

(R. Bourneuf – R. Ouellet)




La crítica literaria o los teóricos del lenguaje y el pensamiento, las más de las veces no sólo dejan los problemas que ellos mismos plantean sin resolver sino aun más embrollados. A pesar de que se supone que el lenguaje, limitémoslo aquí al oral o escrito, es, entre otras cosas, el principal medio de comunicación y vehículo de difusión e  intercambio de pensamientos. Y, por cierto, la herramienta fundamental del privilegiado oficio de esos ‘profesionales’. Probablemente por eso es legítimo pensar que tanta ‘torpeza e ineficacia’ resulta muy pero que muy sospechosa. De todos modos siempre hay algunas cosas que se imponen al entendimiento con la fuerza de axiomas, sin que sepamos la razón. Sin ir más lejos puede ocurrir que hayamos interpretado que, por parte del autor, de lo que sea, se nos ha ofrecido un ‘pasaje’, a donde sea que para el caso también es lo de menos, pero resulta que el tal ‘pasaje’ no tiene salida, no va a ninguna parte, de modo que no era un verdadero ‘pasaje’ sino un puto callejón sin salida. O sea, que una de dos, o hemos sido víctimas de un lamentable malentendido o de un asqueroso engaño. Y ese y no otro es el embrollo a desembrollar. Aunque resulta igualmente cierto que también se puede considerar la posibilidad, mucho más tentadora si la decepción padecida no ha sido excesivamente grande, de dejar el maldito embrollo tal y como está. Lo que no resulta desde luego cosa fácil. Pero, la vida está hecha de puñeteras reincidencias… ¿He dicho ya que a nadie -es un decir que generosamente suele incluir a los don nadie-, le gusta sentirse burlado y estafado? Así que de vez en cuando, qué queréis, hay que ponerse de pie. Y decirse a sí mismo, aunque guardando las formas y procurando no levantar el tono de voz: venga carajo, no te apendejes…  Aunque sólo muy de tarde en tarde, eso también.  Y además resulte ser un acto, el de abandonar el reclinatorio digo, no tan significativo como pueda parecer a primera vista. Los significados ya no son lo que eran, ‘la marea de los tiempos’ o más bien los expertos al servicio del Capital han hecho su trabajo con discreta y suma eficacia. La cosa simplemente ha consistido, puesto que una parte de la chusma sigue empeñada en la nefasta manía de leer (“La escritura y la escucha/lectura son armas contra el totalitarismo de lo ‘visual” / Derrida) , fundamentalmente en  mucho reelaborar, rediseñar o refundar… o sea, en mucho oscurecer, desorientar, embrollar… y por encima de todo mucho mutilar, hasta dejarlos, recuerden que seguimos con los significados, reducidos a un inoperante estado de abstracción hueca, sin sustancia, sin ligación social o vínculo histórico alguno, sin un antes ni un después…

Libros, lenguaje, pensamiento, desinformación, Siria, armas químicas, significados, petróleo, vínculos y nexos, desvincular y anexionar, la autoalienación humana, el fabuloso precio del botellón, la inexplicable falta de tiempo y espacio para pensar aunque sea sólo un ratito por cuenta propia, la absoluta imposibilidad de desconectar…  

¿Veis como todo se relaciona?


ELOTRO


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lunes, 29 de mayo de 2017

28 de abril / 2017

“Respiración artificial”
Ricardo Piglia


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Están a puntito de lograr que no hagamos uso, y además voluntariamente, de la fatigosa facultad de pensar (en esas cosas me fijo mucho). Y van camino (digo ‘ellos’ porque no sé distinguir muy bien entre perros bastardos y de raza) de convencernos de que no hay nada que pensar (si lo piensas, ¿para qué tomarse ese ingrato trabajo?), de que ya está todo pensado, hablado, pintado, narrado, programado, digitalizado… y en el mismo sentido y por todos los medios a su alcance impiden también todo aprendizaje, (¡pero qué necesidad de aprender nada si ya nos lo dan ‘todo’ masticado, como para tontos!). Cierto, todo nos lo sirven ya amasado y mascado, y listo para consumir a golpe (o porrazo) de clic, y encima libre de grumitos o tropezones, para que los nenes y nenas no nos atragantemos. 

Pretenden, ‘ellos’, en fin, embrutecernos (¿aún más? sí, pero por nuestro bien) y ahogar toda inteligencia (¡total pa’ qué! Pa’ triunfar no será…) y toda posibilidad de rebeldía (vamos a ver, qué necesidad tenéis, nos dirían si se dignaran, de destrozaros inútilmente la vida, esa misma vida que ya os estamos exprimiendo y echando a perder nosotros desde los tiempos de la mismísima concepción y a más a más desinteresadamente y de a poquito en a poquito?).  Más o menos así puso Piglia en boca de uno de sus personajes (que, las cosas de las novelas, hacen allí frecuente uso de la cada día más anacrónica facultad de hablar y escuchar, y dialogar –auténtico fenómeno de circo- argumentando y razonando) en ‘Respiración artificial’ que data de uno-nueve-siete-nueve /1979 (Así somos).

De momento, lo único que sé es que no voy a hacerlo. Digo dejar de pensar. Quizá más tarde, según me lo vayan interiorizando. En su momento haré como me hicieron lo del euro, pero en bien, sin inclinarme ni arrodillarme excesivamente. En el fondo de lo hondo, lo digo como lo pienso antes de que me lo piensen, siento cierta debilidad por la tal facultad, como otros por sus cojones, sus cicatrices o por el álbum de fotos de su abuela.



Leo en Vigotsky que los humanos, también los animales pero esa es otra historia, poseen cierta plasticidad en el cerebro y en el sistema nervioso. Y que esa, llamémosla, sustancia plástica, ‘conserva’ las huellas de las experiencias vividas (hacer una lista de las experiencias vividas que no han dejado rastro ni huella, ver el porqué, en mi plástica sustancia gris). Si las experiencias son suficientemente fuertes o se repiten con bastante frecuencia (¿por eso la velocidad y superficialidad de los ‘media’?), la ‘huella’, emocional o intelectual, permanece, disponible para su uso, más o menos imborrable en el almacén de nuestra memoria. Y es que conservar las experiencias vividas facilita en gran medida su reiteración (montar en bicicleta,  dar saltitos, rezar, obedecer…) pero, pero, pero, junto a esta función reproductora y mantenedora el cerebro posee otra no menos importante: la función combinadora y creadora de nuevas imágenes, de nuevas acciones. 

De tal manera que el cerebro además de reproducir (por cierto una capacidad exclusivamente vuelta hacia el ayer, pero es la habilidad de combinar lo antiguo con lo nuevo lo que sienta las bases del pensamiento y la práctica creativa) tiene capacidad para combinar, lo ya conocido y lo imaginado (siempre a partir de las ‘huellas’ de lo conocido: los niños, de 7 a 77 años, reproducen en sus juegos mucho de lo que ven, imitan, pero también reelaboran combinando creativamente. Sólo un milagro crea algo de la nada, y eso pertenece a otra historia sagrada), y crear o reelaborar. O sea, que mira tú por donde la cosa va de pensar. Y luego hacer y ante lo hecho volver a pensar, diacríticamente si no es mucha molestia, sobre lo realizado, sobre lo experimentado, y también sobre lo imaginado y fantaseado (no existen barreras impenetrables entre fantasía y realidad) que, por cierto, se ha hecho real (el fantasma irreal, inexistente, que en cambio produce en el niño un miedo real), en fin, sobre ‘todo’ lo auténtica y suficientemente vivido, emocional e intelectualmente.

Ahí están las obras de arte creadas por la ‘funesta’ fantasía de sus autores que causan en nosotros tan hondas impresiones. Pero la fantasía se construye siempre con materiales tomados del mundo real y luego fantasiosamente combinados o mediante agrupaciones totalmente inesperadas, véase la obra de El Bosco, sin ir más lejos. O las emociones que se nos contagian de las páginas de un libro (Tolstói confiesa que tomó a Tania y Sonia, su nuera y su esposa, dos mujeres reales, y las mezcló. Y de ahí sacó a Natasha, de ‘Guerra y paz’, una imagen artística), el teatro, el cine, la TV… emociones por completo reales y que sufrimos de verdad.

Da que pensar, ¿no? o ¿que piensen 'ellos'?

ELOTRO



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domingo, 28 de mayo de 2017

27 de abril / 2017

“Crítica, Tendencia y Propaganda:
Textos sobre arte y comunismo, 1917-1954”

Brecht, Lukács, Breton, Siqueiros, Grosz, Gramsci, Guttuso, Leger…


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Que si las ensoñaciones de Proust, que si las vulgaridades de Joyce, que si el monólogo novelado a lo Descartes, que si la belleza del teorema de Gödel… que si llegar a ser tan listo, Wittgenstein, para luego pasarte la vida rechazando todo lo que cuando listo habías sostenido.

Los muchos años a la espalda te hacen irremediablemente sabio porque sabes que ya no tienes nada que perder, sabes que has malgastado tu putavida/vidadeputa. Y esa y no otra es tu raquítica sabiduría. Y, si acaso, haber podido comprobar que, ciertamente, el futuro no siempre recompensa las vilezas del traidor. Menudo consuelo para los que no agacharon la cabeza, para los que lucharon por no dejarse atropellar, para los que resistieron y trataron de hacerse respetar…('...el más alto de los bienes no es la vida, sino la conservación de la propia dignidad')

Sí, menudo consuelo, cuando a cierta edad en la que ya no recibes las cartas en salud (no recibes cartas), ves como renacen, en tu cuerpo y en tu mente, las viejas dolencias, aquellas que lastimaron en lo más hondo. Con la anestesia, como con el ridículo disimulo del pesar, ya se sabe.

Uno se apaña una lógica acorde con sus propios conocimientos. Y de la misma manera se fabrica un oyente ideal. El contenido no está sólo en la forma, que conste. La vida, sobre todo la propia, siempre necesita (‘para que los velos cayeran de los ojos’), de alguien que la traduzca. Además de oyente ideal, imprescindible el traductor ideal. El resultado, garantizado en el noventa por ciento de los casos, suele ser ideal.

Claro que cada uno tiene su ideal. Y si ese alguno es como el pedante-veleta de  Wittgenstein entonces nos encontramos con que su ideal ‘tiene días, como el reloj del gitano’. Escribe Piglia que el “Facundo” de Sarmiento fue el texto fundador de la literatura argentina. Y afirma que significó un corte entre civilización y barbarie, ¿debemos suponer pues que, desde entonces y en la literatura argentina, la barbarie camina en solitario, o sea, a su puta bola, liberando así del reverso tenebroso a la muy ideal idea de civilización? Pues qué ideal, tia.

A veces Piglia (ser a la vez el mismo y otro), que por cierto se sabía de memoria a Brecht y supongo que algo de  Benjamin, parece un autor (¿involuntario?) de literatura infantil (no lo digo por la beca Guggenheim, que también. Y ya que estamos, que curioso que el autor de ‘Literatura de izquierda’ pasara de Piglia olímpicamente, ¿no?).

De todas maneras es fenómeno de ámbito planetario que la literatura para adultos, como el cine o la pintura, está difunta. La literatura es una enfermedad que se confunde a sí misma con su cura, según dijo cierto psicólogo, petiso, hosco, pésimo jugador de ajedrez, de cuyo apodo prefiero no acordarme. Bueno, venga va, le apodamos ‘Gertrude’, por su parecido con la vaca irlandesa que Joyce ordeñaba cada mañana en su angosto apartamento de Trieste. Y es que a Joyce, a pesar de todo un tipo simpático si uno era paciente y perseverante, le importaba un carajo el mundo, sobre todo el ‘artístico-parisino’ de Gertrude Stein.

En fin, espero que sepan disculpar estos momentos de debilidad que uno tiene.

ELOTRO


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sábado, 27 de mayo de 2017

26 de abril / 2017

“Leonora”
Elena Poniatowska


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Prólogo a Los lanzallamas
Palabras del autor (1931)
ROBERTO ARLT

Con "Los lanzallamas" finaliza la novela de "Los siete locos".
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.
Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.
Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.
Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.
Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.
Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:
"El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc."
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará "El Amor brujo" y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.

Roberto Arlt

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viernes, 26 de mayo de 2017

25 de abril / 2017

EL AUTOR COMO PRODUCTOR
Walter Benjamin


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“Escribir para nodecir”
(Hector Libertella)



Y si dicen que callen…

Leyendo a Damián Tabarovsky deduzco, yo solito que ya voy cumpliendo una edad, que en Argentina (para que no se molesten los no nacidos en Buenos Aires), los cagatintas ‘gallegos’ son harina de otro pesebre, abundan (o abundaban) los escritores ingeniosos. Y, al mismo tiempo,  transgresores. El propio Aira, no confundir a los gregarios con el jefe de fila, escribió hace la tira un manifiesto titulado: ‘La novela argentina: nada más que una idea’. Y es que, cuando conviene, también ‘dicen’ cosas, también ‘venden ideas’ o fábulas, sobre ‘lo que nos da de comer’, con moraleja anexa y todo. Ellos que tanto ‘dicen’ aborrecer las ideas, que ‘dicen’ combatir la  nauseabunda  ‘ideología’, así ‘dicho’  en general les vale, que los tiempos (‘tiempos de chatura’) no están para perder ‘la plata’ en esforzarse por distinguir, diferenciar,  pormenorizar o especificar.

Es gente esta, ciertamente ni ‘nueva’ ni ‘novedosa’ ya que predica justo lo que no practica, que se oculta pero, recuerden que son muy ingeniosos, está permanentemente a la vista, concretamente en el ‘prime-time’ de la vitrina mediática (¿Para qué si no desplazaron las posaderas del antiguo canon?). Fieles a su praxis proclaman a los cuatro vientos que no les gustan las entrevistas pero… en la globalizada ‘youtube’ aparecen, y por cierto disimulando el disgusto de maravilla, en miles de ellas y en todos los formatos. Y eso que presumen (téngase en cuenta que fingir es arte transgresor y que requiere de altas dosis de ingenio), en las mismas miles de entrevistas, de no poder aclimatarse a los ‘lugares comunes’. Es el pequeño inconveniente (‘el precio que debo pagar cada vez que…’) que conlleva la afiliación al gremio de los  escribas ingeniosos y transgresores y, encima, ‘a tiempo completo’. Por otro lado ya se sabe lo delicada que es la muy dúctil y requetemanoseada teoría del ‘iceberg’, así que imagínense la insufrible práctica en secano de un portentoso bloque de hielo, bajo los ardientes focos del plató televisivo. Debe de ser que el calor de la popularidad, que no la guita que le acompaña, les derrite, les merma aún más por increíble que les pueda parecer a los de la envidiosa  capillita de enfrente. Por eso nuestros héroes huyen despavoridos de las pegajosas masas lectoras, por eso dan pelos y señales de los bares, cafés y demás tugurios que frecuentan o de las librerías-escaparate  en las que posan para la posteridad. Tal y como lo hacía su adorado Beckett, igualito.

Y en la otra esquina del ring (o como prefiere ‘escuchar’ la clase media boba: del tablero), tenemos a los fervorosos lectores (‘entiendo el doce y medio por ciento de lo que leo’), por otro lado incapaces (¿incapacitados?) de encontrar, si es que alguno tiene motivos para buscar (¿en la irrealidad de lo real?), la forma de intervenir en la ‘cosa’ literaria (¿un saber de segunda mano, una interpretación de lo que otros interpretaron?), condenados a eternizarse en el papel de meros espectadores pasivos (‘aves de paso que permanecen siempre en el mismo lugar…’ y además sin poder valerse de su propio cerebro, ¡ay, virgensanta! ¡cuánto pensamiento inexpresado!), que escuchan pero ‘nodicen’ (¡lectores de principios, de los que nunca dan el primer paso!) y en tal caso la cosa sí que va en serio, que los galones no están de adorno (por cierto ‘Adorno, el también ingenioso transgresor, acabó de ‘rector’… ¡en la RFA!’), que ni pinchan ni cortan, que se limitan, para que quede clarito que la inoperancia no es tan, tan, tan, total, a consumir ‘libros bien escritos’, convenientemente homologados por los muy ingeniosos y transgresores poderes homologadores del Mercado y la Academia (nada que ver, ¿verdad?, con lo que ocurrió y ocurre en la Madre Patria).

Y aquí lo dejo, el balón al pasto que con tanto 'conflicto no resuelto' se me están hinchando las pelotas…

ELOTRO


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jueves, 25 de mayo de 2017

24 de abril / 2017

“Sensini”
Roberto Bolaño


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“…el teatro de hoy es de dos tipos: el teatro burgués y el teatro burgués antiburgués…”

(Pier Paolo Pasolini




Kafka- “El gran ruido”

Estoy sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido de toda la casa. Oigo cómo se cierran todas las puertas; el ruido que hacen al cerrarse evita que oiga los pasos de los que las atraviesan, aunque todavía oigo cómo se cierra el horno en la cocina. Padre echa abajo la puerta de mi habitación y la atraviesa arrastrando su bata; en la habitación
contigua atizan las cenizas de la calefacción; Valli pregunta, gritando desde el recibidor palabra por palabra, si ya se ha limpiado el sombrero de padre; un borboteo, que me parece familiar, eleva el griterío de una voz que responde. Llaman a la puerta de la casa y hace el mismo ruido que una garganta acatarrada, se abre la puerta con el canturreo de una voz femenina y se cierra con una sacudida despiadada.
Padre se ha ido, ahora comienza el ruido suave, disperso, desesperanzado, iniciado por el canto de los dos canarios. Ya hace tiempo pensé, con los canarios se me vuelve a ocurrir, si no podría abrir un poco la puerta, arrastrarme como una serpiente hasta la habitación contigua y desde el suelo pedir a mi hermana y a su institutriz un poco de silencio.

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El libro ‘Passangern Werk’ se proyecta como una yuxtaposición de ilustraciones y citas. Walter Benjamin anota: 
“No tengo nada que decir, solo tengo cosas para mostrar. No voy a robar nada de valor ni apropiarme de fórmulas espirituales. Pero los harapos, los desechos: no quiero hacer su inventario, sino permitirles que se les haga justicia de la única forma posible: usándolos”

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Deja que te venda un cuento…

Escribía Castillo del Pino en el primer libro de su autobiografía (PRETÉRITO IMPERFECTO), algo así como que la realidad es un invento y la memoria una reinvención. Ya digo, algo así. Claro que siendo así la realidad sería un invento digamos de factura colectiva (y si, por ejemplo, el sucedido digamos que fue protagonizado en vivo y en directo por cuatro personas, raro será que no tengamos cuatro versiones diferentes del mismo, sean estas complementarias o incluso antagónicas), mientras que por su parte la memoria vendría a ser una reinvención exclusiva del YO. Un YO, aventuro yo, que cuando nos narra un determinado avatar, que por supuesto ya pasó, nos quiere ‘hacer creer’ su propio  relato. Pero, la cosa es sospechosa, porque ya desde Flaubert y Freud se sabe que no existe narración inocente, y que desde entonces ya no rige la presunción de inocencia del arte de contar. La inocencia cuestionada en su inocencia.

No es así mismo infrecuente constatar cómo se prescinde, pues se olvida adrede, de lo que no toleramos o de lo que no nos viene bien en ese momento.  Y es de nuevo Castilla del Pino el que expone que cada recuerdo es un YO, y nos habla específicamente del YO del momento presente (por ejemplo el que escribe al final del camino la autobiografía), advirtiendo que no es, de ningún modo, el mismo YO del pasado ni ciertamente lo será el del futuro más inmediato. Lo que tampoco quiere decir que la opinión del YO del presente, el que relata la biografía, tenga necesariamente que avalar, refutar o negar la del pasado. Pero, como ocurre comúnmente, lo que fue radical desobediencia ha devenido en sumisa observancia, y lo que fue borrachera de colores ha concluido en un gris cuerdo, juicioso.

El YO se desarrolla, se gasta, se estanca, cambia, evoluciona, incluso sufre, a lo largo de los años y las diferentes etapas de la vida, transformaciones sustanciales o severas rupturas de identidad. El YO que narra un hecho acaecido veinte años atrás (y que tiene en su mano la potestad de decidir qué ‘no puede recordar’ y qué ‘no puede olvidar’)  no es pues, exactamente, el mismo YO que vivió aquel hecho. Y conviene insistir en que nuestra memoria, más allá de las interesadas prácticas que ‘fabrican’ olvido y en cualquier caso de manera consciente o inconsciente, también es dada a imaginar, también es ilusoria.

ELOTRO

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miércoles, 24 de mayo de 2017

23 de abril / 2017

Juan Carlos Onetti
“Para una tumba sin nombre”

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Una de Lev S. Vigotsky:

“(...) Resulta ser que nuestro cerebro constituye el órgano que conserva experiencias vividas y facilita su reiteración. Pero si su actividad sólo se limitara a conservar experiencias anteriores, el hombre sería un ser capaz de ajustarse a las condiciones establecidas del medio que le rodea. Cualquier cambio nuevo, inesperado, en ese medio ambiente que no se hubiese producido con anterioridad en la experiencia vivida no podría despertar en el hombre la debida reacción adaptadora. Junto a esta función mantenedora de experiencias pasadas, el cerebro posee otra función no menos importante.
Además de la actividad reproductora, es fácil advertir en la conducta del hombre otra actividad que combina y crea. Cuando imaginamos cuadros del futuro, por ejemplo, la vida humana en el socialismo, o cuando pensamos en episodios antiquísimos de la vida y la lucha del hombre prehistórico, no nos limitamos a reproducir impresiones vividas por nosotros mismos. No nos limitamos a vivificar huellas de pretéritas excitaciones llegadas a nuestro cerebro; en realidad nunca hemos visto nada de ese pasado ni de ese futuro, y sin embargo, podemos imaginarlo, podemos formarnos una idea, una imagen.
Toda actividad humana que no se limite a reproducir hechos o impresiones vividas, sino que cree nuevas imágenes, nuevas acciones, pertenece a esta segunda función creadora o combinadora. El cerebro no sólo es un órgano capaz de conservar o reproducir nuestras pasadas experiencias, sino que también es un órgano combinador, creador; capaz de reelaborar y crear con elementos de experiencias pasadas nuevas normas y planteamientos. Si la actividad del hombre se limitara a reproducir el pasado, él sería un ser vuelto exclusivamente hacia el ayer e incapaz de adaptarse al mañana diferente. Es precisamente la actividad creadora del hombre la que hace de él un ser proyectado hacia el futuro, un ser que contribuye a crear y que modifica su presente.
A esta actividad creadora del cerebro humano, basada en la combinación, la psicología la llama imaginación o fantasía, dando a estas palabras, imaginación y fantasía, un sentido distinto al que científicamente les corresponde. En su acepción vulgar, suele entenderse por imaginación o fantasía a lo irreal, a lo que no se ajusta a la realidad y que, por lo tanto, carece de un valor práctico serio. Pero, a fin de cuentas, la imaginación, como base de toda actividad creadora, se manifiesta por igual en todos los aspectos de la vida cultural haciendo posible la creación artística, científica y técnica. En este sentido, absolutamente todo lo que nos rodea y ha sido creado por la mano del hombre, todo el mundo de la cultura, a diferencia del mundo de la naturaleza, es producto de la imaginación y de la creación humana, basado en la imaginación.

Toda invención -dice Ribot- grande o pequeña, antes de realizarse en la práctica y consolidarse, estuvo unida en la imaginación como una estructura erigida en la mente mediante nuevas combinaciones o correlaciones, (...) Se ignora quién hizo la gran mayoría de las invenciones; sólo se conocen unos pocos nombres de grandes inventores. La imaginación siempre queda, por supuesto, cualquiera que sea el modo como se presente: en personalidades aisladas o en la colectividad. Para que el arado, que no era al principio más que un simple trozo de madera con la punta endurecida al fuego, se convirtiese de tan simple instrumento manual en lo que es ahora después de una larga serie de cambios descritos en obras especiales ¿quién sabe cuánta imaginación se habrá volcado en ello? De modo análogo, la débil llama de la astilla de madera resinosa, burda antorcha primitiva, nos lleva a través de larga serie de inventos hasta la iluminación por gas y por electricidad. Todos los objetos de la vida diaria, sin excluir los más simples y habituales, viene a ser algo así como la imaginación cristalizada.

De ahí se desprende fácilmente que nuestra habitual representación de la creación no encuadra plenamente con el sentido científico de la palabra. Para el vulgo la creación es privativa de unos cuantos seres selectos, genios, talentos, autores de grandes obras de arte, de magnos descubrimientos científicos o de importantes perfeccionamientos tecnológicos. Reconocemos y distinguimos con facilidad la creación en la obra de Tolstoi, Edison o Darwin, pero nos inclinamos a admitir que esa creación no existe en la vida del hombre del pueblo..."


(La imaginación y el arte en la infancia / Lev S. Vigotsky)


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martes, 23 de mayo de 2017

22 de abril / 2017

La última cinta de Krapp
Samuel Beckett
(con Harold Pinter)



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“El tren”
Raymond Carver


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‘Ellos’

Ni palabra de esos albañiles que caen del andamio y ya no almuerzan. Metáforas sí, y por un tubo. Debe de ser consecuencia de la oferta y la demanda esa. Esa que todo lo determina y todo lo explica. Menudo chollo tener una explicación-justificación para todo. Tremendo ahorro para las molleras supuestamente pensantes. Un catecismo además de infalible  abreviado ¡el Copón Bendito! Lo que no inventen ‘Ellos’.

Otro lugar común: ‘Que inventen ellos’. La frase hecha al alcance de todos, en boca de todos. Lo tópico como pensamiento vulgarizado, casi universal, casi perfecto. O sea, y gracias a ese casi, ideológica y funcionalmente perfecto. ¿Qué comerciante no roba ‘casi’ un gramo en el peso a un cliente?

Quiso entrar a ver las cosas de cerca y salió desencantado. Pero quizás por eso aprendió a pensar como es debido. El que les crea una sola palabra está perdido, repetía y no se cansaba de repetir. Sólo de cerca se ve el hilo, dijo, el hilo que los atraviesa, el hilo del que penden, el hilo que explica ese desorden aparente. De cerca, tampoco demasiado cerca, eso dijo, percibes con nitidez aquello a lo cual es imprescindible decir que no. Y así comprendes, alguien pasa contando con sus dedos, que es preciso aprender a resistir. Resistir, insistía.

Como en todo, dijo sin lamentarse, me hice viejo a destiempo. Con el tiempo los contratiempos. Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo. Todo lo que nos rodea es artificial, precisamente porque lleva las señas del hombre, de esa ‘cosa’ para ser exactos. No queda otra, hay que aprender a vivir sin ilusiones o, cuando menos, aparentarlo.

Un banquero falsea su balance, ¿Con que cara llorar en el teatro? Aún así no se desapasionen, porque la pasión es el único vínculo que tenemos con la representación de la verdad. Esa cuota de perversión, pagada con nuestra propia sangre, que hace más llevadera la vida… sobre todo la de ‘Ellos’. Escuchamos una música que no nos permiten tocar.

Encontrar el modo de encontrarnos. Quizás no deberíamos de desestimar las palabras huecas, digo por espaciosas. ¿Acaso no nos invitan a okuparlas? El único espacio respetable es el de los hechos, pero, ¿los hechos de antes o de después de las palabras que se supone los dan a conocer? Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre. Aunque siempre son otras las versiones que nos dan a (des)conocer. ‘Ellos’, por supuesto.

Otro busca en el fango huesos, cáscaras. Pero no hay como estar en contacto con la juventud, imprevisible, indecisa, para aprender a envejecer y hacerlo rejuveneciendo. Porque no es ‘Aún aprendo’ sino, mirando  al mismo tiempo el retrovisor de la mirada histórica, ‘Ahora sí aprendo’.

Y dejaros de firmitas y procesiones con pancartas, pero qué indignación ni qué niño muerto, hay que organizarse para la lucha, ¡Hay que armar a la peonada! Alguien limpia un fusil en su cocina. ¿Con qué valor hablar del más allá? Conozco, aseguró, el gusto invencible de la prostitución… y ya no tengo nada que perder. Razón de más para ir a por Ellos.

ELOTRO


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lunes, 22 de mayo de 2017

21 de abril / 2017

“Pierre Menard, autor del Quijote”
Jorge Luis Borges


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"¿Qué es la literatura?" Jean-Paul Sartre

“Un joven imbécil escribe: «Si usted quiere comprometerse, ¿a qué espera para inscribirse en el Partido Comunista?» Un gran escritor, que se comprometió muchas veces y rompió sus compromisos todavía con más frecuencia, pero que lo ha olvidado, me dice: «Los peores artistas son los más comprometidos: ahí tiene a los pintores soviéticos». Un viejo crítico se lamenta dulcemente: «Quiere usted asesinar a la literatura; el desprecio de las Bellas Letras se exhibe con insolencia en su revista». Un pobre de espíritu me llama intelectualoide, lo que es sin duda para él el peor de los insultos; un autor que se arrastró penosamente de una guerra a otra y cuyo nombre despierta a veces lánguidos recuerdos entre los viejos, me reprocha que no me preocupe de la inmortalidad: sabe, a Dios gracias, de mucha gente bien que pone en ella su mayor esperanza. A los ojos de un buen foliculario norteamericano, mi laguna está en que no he leído nunca a Bergson ni a Freud; en cuanto a Flaubert, que no se comprometió, parece que me obsede como un remordimiento. Los maliciosos guiñan el ojo: «¿Y la poesía? ¿Y la pintura? ¿Y la música? ¿También quiere usted comprometerlas?» Y los espíritus marciales preguntan: «¿De qué se trata? ¿De literatura comprometida? Pues bien, es el antiguo realismo socialista, a no ser que estemos ante una renovación del populismo, mucho más agresivo».

¡Cuántas tonterías! Es que se lee mucho más de prisa, mal, y que se juzga antes de haber comprendido. Por tanto, comencemos de nuevo. Esto no es divertido para nadie, ni para ustedes, ni para mí. Pero hay que dar en el clavo. Y como los críticos me condenan en nombre de la literatura, sin decir jamás qué entienden por eso, la mejor respuesta que cabe darles es examinar el arte de escribir, sin prejuicios. ¿Qué es escribir? ¿Por qué se escribe? ¿Para quién? En realidad, parece que nadie ha formulado nunca estas preguntas.”

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Sublimando y enlodando que es gerundio…

Escribió el argentino, no nacido en Buenos Aires, Antonio Di Benedetto, que “inventamos historias que nos enlodan o nos subliman”. Y ciertamente la cosa suele ser así, lo podemos apreciar en los periódicos, en las novelas, en los libros de historia, en las esquelas, en los prospectos de las medicinas, en los manuales de uso, en los catecismos o en las biografías… a mayor gloria estas del biógrafo, según se desprende del comentario de un tal Rendueles que figura en la faldilla publicitaria de cierto libro.  En fin. El caso es que acabo de zamparme tres mamotretos más o menos estrictamente biográficos sobre Carlos Marx y su obra. Y en todos ellos el lodo y la sublimación pueden ser, por decirlo así, claramente palpados o visualizados. Claro que de una a otra obra varía la dosis y el porcentaje de cada uno de esos pringosos y fétidos elementos. Y también difieren entre sí en  la cantidad y la calidad de la ‘invención’. Así mismo he podido comprobar, una vez más, que a ciertas lecturas conviene ir sabiendo, al menos, un poquito de algo. En el caso de Marx ese algo, ciertas nociones, como mínimo  debería de abarcar una parte de su vasta obra.

Creo, y en mi caso particular así ha sido, que de ese modo, posicionado en esa parcela relativamente ‘conocida’, se puede conseguir algo del necesario distanciamiento y la mínima autonomía crítica con respecto al ‘paso de desfile’ en la lectura marcado por el biógrafo en cuestión. Lo que en su caso puede posibilitar una especie de diálogo, para entendernos, entre el que habla (autor-autoridad que emite) y el que escucha (subordinado que recepciona), en cierto modo estableciendo así al menos una teórica, y parcial, igualdad de condiciones. ¿Con qué objeto? Pues entre otros para distinguir y situar en el mapa el lodo de la sublimación o la sublimación que enloda o el lodo que sublima.

Y sí, ejemplo perfecto de invención que enloda y sublima, es el modo catecismo, cualquier catecismo. El catecismo, la forma catecismo, pregunta y responde. Bueno, ambas cosas las hace (adoctrina) por ti. A las preguntas adecuadas responde con las respuestas apropiadas. En el modo catecismo, el estilo, la forma y el contenido resultan ser un todo uno. Cada pregunta enloda lo malo y sublima el bien. Cada respuesta sublima lo bueno y enloda el mal. Lo malo resulta ser un todo uno. El bien es un todo uno. En el catecismo la virtud fundamental del estilo, de la forma y del contenido juntos y por separado es la claridad. Claridad tan inamovible en su formulación como incuestionable en su estructura. La doctrina que emite el catecismo no debe en ningún caso generar dudas, ni dar pie o abrir resquicio a cuestionamientos de ninguna naturaleza, la doctrina viene de lo alto, es un todo sólido, acabado (la cotidiana lucha del bien contra el mal está de antemano ganada en el juicio final), fijo, universal y eterno.

Pues resulta, según leo, que a la pareja, ya por entonces de hecho, Marx y Engels, los camaradas de la Liga Comunista les hicieron el encargo de redactar un pnfleto con el programa político. Aunque parece ser que un tiempo antes Engels ya había escrito una propuesta con ese mismo  objetivo. El caso es que tras la petición ‘oficial’ y, cada uno de por su lado, se pusieron ambos manos a la obra. Engels, que siempre fue un escriba rápido y eficiente realizó su parte en breve plazo e inmediatamente se la presentó a Marx. Pero ‘El General’, apodo de Engels, se encontró con que ‘El Moro’, que así apodó para los restos a su amigo, ni tan siquiera había comenzado a escribir  su parte. Aunque sí parece que el colega tenía el asunto bien pensado, ampliamente reflexionado, y rigurosamente razonado. Y Marx fue directo al grano de la propuesta de Engels: el contenido le parecía correcto aunque manifiestamente mejorable, pero sobre la forma ‘tradicional’ de catecismo elegida, basada en una sucesión de preguntas y respuestas, opinaba que era inconveniente, inadecuada e inexacta. En pocas palabras, Marx propuso a Engels revolucionar, con un enfoque materialista y dialéctico, el estilo, la forma y el contenido de lo que hasta entonces habían sido los panfletos políticos. La revolución proletaria, acordaron, no necesitaba ni se merecía menos. A Engels le bastaron los argumentos de su camarada y le urgió a que, en esa dirección, materializara cuanto antes el panfleto. De por medio hubo sin embargo un amenazante ultimátum de la Liga al remolón Dr. Marx. Y así fue, lodo más sublimación menos (procurar no posicionarse sin leerlo), cómo nació, con ‘duende’ o ‘fantasma’ recorriendo Europa,  el famoso Manifiesto Comunista.

Y, por cierto, sobre la ‘invención’ me acabo de acordar, y no estoy muy seguro de si viene aquí a cuento o no, aquello que puso Beckett en boca de Molloy:

“Decir es inventar. Sea falso o cierto. No inventamos nada, creemos inventar, evadirnos, cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados la vida sin lágrimas, tal como la lloramos. Y a la mierda.”

En fin, la picha un lío.

ELOTRO


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