Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 24 de abril de 2017

24 de marzo / 2017


Desde Camp Darby, armas estadounidenses para la guerra contra Siria y Yemen
por Manlio Dinucci


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“Karl Marx / Historia de su vida.”
Franz Mehring
Libro completo aquí:

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¡Ay del que muerde el fruto de la verdad y,
necio insigne, no acierta a callarse
sino que va ante el pueblo a confesarse:
acaba siempre en la hoguera o en la cruz!
(Goethe, ‘Fausto’)


“La minoría (de la Liga Comunista) suplanta la posición crítica por la dogmática, la materialista por la idealista. Para ella, el motor de la revolución no es la realidad, sino la voluntad. Allí donde nosotros le decimos a la clase obrera ‘tienen que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y luchas de pueblos, no solo para cambiar la realidad, sino para cambiarlos a ustedes mismos, capacitándose para el poder’, ustedes le dicen: ‘¡O subimos inmediatamente al poder o nos echamos a dormir! Allí donde nosotros le hacemos ver concretamente a los obreros de Alemania el desarrollo insuficiente del proletariado alemán, ustedes los adulan del modo más descarado, acariciando el sentimiento nacional y los prejuicios de casta de los artesanos alemanes, lo cual no negamos que los hará más populares. Hacen con la palabra proletariado lo que los demócratas con la palabra pueblo: la convierten en un icono". 
(Karl Marx)

(…)

“VIDA DE EXILIADOS
Aquellos días de noviembre señalaron casi matemáticamente el tránsito de la primera a la segunda mitad de su vida, e internamente también representan un cambio muy importante en la vida y en la obra de Marx. Él mismo tenía la sensación viva de que era así, como la tenía también Engels, con una percepción quizá todavía más clara.

"Cada vez se convence uno más -le escribía a Marx en febrero de 1851- de que la emigración acaba por convertir fatalmente en necio, idiota y vil rufián a todo el que no se retrae por completo de ese ambiente y se refugia en la posición del escritor independiente, sin andar preguntando por el que llaman partido revolucionario a diestra y siniestra”.

Contestación de Marx:

“A mí me agrada mucho este aislamiento público en el que ambos nos encontramos ahora. Se ajusta totalmente a nuestra posición y a nuestros principios. Eso de andar haciéndose concesiones mutuas, de tener que aguantar, por cortesía, todas las mediocridades, y de compartir ante el público con todos estos asnos el ridículo que echan sobre el partido, se ha acabado”.

Y Engels, otra vez:

“Por fin, volvemos a tener ocasión -por primera vez, desde hace mucho tiempo- de demostrar que nosotros no necesitamos popularidad ni apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición está enteramente al margen de todas esas miserias. En adelante, solo seremos responsables de nosotros mismos... Por lo demás, en el fondo no tenemos grandes razones para lamentarnos de que esos ‘petits grands hommes’ nos huyan; ¿no nos hemos pasado, acaso, tantos y tantos años aparentando que Fulano o Mengano eran de nuestro partido, cuando en realidad no teníamos partido alguno, y gente a quien tratábamos como si fuera del nuestro, oficialmente al menos, ignoraban hasta los rudimentos básicos de nuestros trabajos?”

(…)

“No dejaba de contribuir a estos planes editoriales la "imperiosa necesidad de un trabajo lucrativo” en la que Marx se encontraba. Vivía de una manera muy ajustada. En noviembre de 1849 nació su cuarto hijo, un niño, al que pusieron por nombre Guido. Lo criaba la propia madre, y he aquí lo que escribía:
"El pobre angelito me ha bebido en la leche tantas penas y amarguras calladas, que no hace más que estar enfermo, presa de dolores los días y las noches. Desde que ha venido al mundo, no ha dormido bien una sola noche, dos o tres horas a lo sumo”.

La pobre criatura murió al año de nacer. La familia de Marx se vio brutalmente desalojada de su primera casa de Chelsea porque, aunque le habían pagado puntualmente el alquiler, la señora que se las arrendaba, inquilina ella misma, tenía una deuda con el casero. Tras muchos esfuerzos y contratiempos lograron acomodarse en un hotel alemán situado en la Leicester Street, de donde no tardaron en trasladarse al número 28 de la Deanstreet, Soho Square. Durante una media docena de años encontraron allí calma y sosiego en un par de cuartitos. Pero con esto no estaban conjurados, ni mucho menos, los agobios. Todo lo contrario, cada vez era más angustiante su situación. A fines de octubre de 1850, Marx se dirigió a Weydemeyer, residente en Frankfurt, para que le sacara de la casa de empeños de aquella ciudad unos cuantos objetos de plata que tenía allí y se los vendiera, con excepción de un cubierto de niño que pertenecía a la pequeña Jenny y que habría que salvar por todos los medios.

"Mi situación actual es tan apretada, que no tengo más remedio que sacar dinero de donde sea, para poder seguir trabajando”.

Eran los días en que Engels se trasladaba a Manchester para dedicarse al "aborrecido comercio”, y seguramente que en esta determinación no dejaba de influir el deseo de poder ayudar a su amigo. Por lo demás, ya se sabe que los amigos, cuando se necesitan, no abundan.

"Lo que me duele verdaderamente hasta en lo más íntimo, y me hace sangrar el corazón -le escribía la mujer de Marx a Weydemeyer en 1850- es tener que ver a mi marido pasar por tantos trances mezquinos, verlo aquí solo, sin ayuda de nadie, a él, a quien con tan poco se lo ayudaría y que a tantos ha ayudado generosa y alegremente. Y no crea usted, querido Weydemeyer, que exigimos nada de nadie para nosotros mismos. Lo único que mi marido exigiría seguramente de aquellos que tantas ideas, tantos ánimos y tanto apoyo tuvieron en él, sería un poco más de energía, de celo y de entusiasmo para la revista. Tengo el orgullo y el atrevimiento de decirlo así. Para él, no necesita nada. Y creo que nadie hubiese salido perdiendo nada con eso. A mí estas cosas me duelen, pero él piensa de otro modo. Jamás, ni en los momentos más terribles, pierde su seguridad en el porvenir, ni su buen humor siquiera, y para estar contento no necesita más que verme a mí un poco alegre y a los niños rondando y haciéndole caricias a su pobre madre”.

Y así como ella se preocupaba por él cuando los amigos enmudecían, él velaba por ella cuando aquellos mismos amigos hablaban más de lo necesario. Al propio Weydemeyer le escribía Marx:

“Mi situación es, como puedes suponerte, bastante fastidiosa. Si esto dura mucho tiempo, acabará con mi mujer. Los desvelos constantes y toda esta mezquina y ruin campaña burguesa la tienen abatida. A esto viene a añadirse la infamia de mis enemigos que, incapaces de atacarme objetivamente, se vengan de su impotencia volcando sobre mí sus viles sospechas burguesas y las infamias más inconcebibles... Yo, por mí, me reiría de todas esas basuras, naturalmente, que no me quitan el sueño ni interrumpen un instante mis trabajos, pero ya comprenderás que a mi mujer, que no está bien de salud, que pasa los días enteros sumida en todas estas ingratas miserias burguesas, con el sistema nervioso destrozado, no le sirve precisamente de alivio que todos los días desfilen por aquí imbéciles para traer y llevar las fétidas emanaciones de las cloacas democráticas. Es increíble la indiscreción a la que llega en esto cierta gente".

Hacía algunos meses -en marzo- habían tenido una niña, Francisca: el parto, aunque feliz, había postrado a su mujer unos días en cama, "más por preocupaciones burguesas que por causas físicas"; no había un centavo en toda la casa “y eso que, por lo visto, no hace uno más que explotar a los obreros y querer alzarse con la dictadura”, le escribía Marx a Engels con tono de amargura. Para él, encontraba refugio y consuelo inagotable en los trabajos científicos. Se pasaba los días, desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, en la biblioteca del British Museum. Refiriéndose a los devaneos de Kinkel y Willich, escribía:

"Esos simplones democráticos a quienes les viene la inspiración 'de lo alto’ no necesitan, naturalmente, imponerse semejantes esfuerzos. ¿Para qué van a torturarse, esos hombres afortunados, con el estudio de los materiales económicos e históricos? ¡Es todo tan sencillo!, como solía decirme aquel pobre diablo de Willich. ¡Sí, es todo muy sencillo! En sus cabezas vacías. Ellos, ellos sí que son sencillos”.


(…)