Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 23 de abril de 2017

23 de marzo / 2017


‘La llegada de Lenin a Rusia’
Grigory Zinoviev


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De marcha con Chirbes…

“…y porque el miedo o el rencor y la venganza no deben nunca traspasar ciertos límites, porque, si los traspasan, degradan al hombre y lo convierten en un pelele…”

(Rafael Chirbes, “La larga marcha”)



Cuenta Rafael Chirbes de un tiempo lejanísimo, pongamos que nos referimos a la criminal posguerra española (“Decir España era llenarse la boca con un coágulo de sangre”), en el que todavía no se transpiraba sino que sencillamente se sudaba (así en la ficción censurada como en la realidad obligatoriamente ovacionada). Y no sólo lo hacían así los energúmenos que a cambio de una buena paguita daban patadas a un balón o las analfabetas folklóricas que con artificioso salero alzaban el brazo y ventilaban sobaco cara al sol… del aplique o la bombilla, y armadas de estrepitosas  castañuelas.

Se nos reseña que, por entonces, los engominados falangistas (tanto los ya acreditados asesinos profesionales como los todavía prometedores aficionados vocacionales), lucían muy requeteplanchados, azulados y adornados con pintorescas  medallas ganadas o compradas de tapadillo y lustrosos correajes cargados de abrillantados “jierros”, y de tal guisa  ataviados se pavoneaban día sí y día también por las calles, plazas y tabernas relatando ‘la caza del rojo’ que, en grupo, siempre en ventajista grupo, habían llevado a cabo, en medio de la más heroica impunidad, la noche anterior, e informaban a la acojonada concurrencia, con ese garbo y tronío que siempre ha caracterizado a los valientes, no sólo por la ‘estampa’, medio maricones del yugo y las flechitas, explayándose sobre pormenores tales como el número de piezas cobradas (y los favores sexuales caritativamente dispensados a esposas e hijas, luego rapadas,  de los bolcheviques) y lo remataban, fanfarroneando cierto que con púdica modestia, de los impactos de bala y manchas de sangre que habían agregado generosamente al ya muy desportillado paredón que, eso si que sí, cada santo domingo acudía a bendecir el obispo de guardia en persona o, si al venerable se le acumulaba el trabajo de santificar a tantos eméritos criminales, delegaba con evidente pesar en un propio, de pringosa sotana y acreditada calaña, fiel al  nacional-catolicismo.

Que la posguerra resultara para algunos tan penosamente larga, unos quince añitos más o menos, y cruel, “cuando no asesina muerde con dentelladas de fuego”, no se debió tanto, (según proclama aún hoy la predominante versión franquista y, más tarde en su solapado apoyo acudió la tibia variación   socialdemócrata), a la conocida afición de los sanguinarios fascistas a matar y robar (recordemos el “Muera la inteligencia” dirigido a un vencedor/vencido Unamuno, por aquel esperpento llamado Millán Astray) como a la necesidad de culminar, se ve que un millón de muertos había sido poca cosa, la “Santa Cruzada” contra  las hordas rojas que querían “hundir a España en un lodazal”.

Ante la risa siniestra de las hienas franquistas, los ‘vencidos’ que por azar no ocupaban ‘cristianamente’, como sí lo hacían otras decenas de miles, las fosas o las cunetas, sobrevivían literalmente hambrientos y escondidos o simplemente vueltos en silencio sobre sí mismos (no confundir con el silencio interesado de los que se pasaron al bando victorioso y  renegaron públicamente de su pasado, voluntario o accidentalmente republicano), “como cadáveres que seguían engendrando… (…) Helena con hache, por favor…” ¿Por la Santa Helena de Troya?.

A la fuerza se buscaban la vida, malvivían en las desoladas e inhóspitas  calles habitadas entonces por legiones de mendigos o palurdos despojados de todo y huidos del yermo y arruinado campo hacia la futurible promesa de una  ‘colocación’ en la gran ciudad; o sirleros o carteristas y estraperlistas de medio pelo, y en fin, reciclados buscavidas de todos los oficios y pelajes.

Por aquellos días tales calles, avenidas y plazas fueron católicamente bautizadas con nombres de valerosos asesinos que declararon la guerra a un Estado democráticamente constituido. Y hoy, casi ochenta años después, ahí siguen en su mayoría todos esos valientes para orgullo de sus agradecidos herederos.

Hundidos por su parte los vencidos (más algunos ilusos de la estirpe: ‘vencedores sí, pero de pacotilla’), en aquella ciénaga de miseria (“…no gana más que lo que se come a mediodía, trabaja por el pan, el tocino y el gazpacho.”) sin salida ni alternativa (“…un Madrid sin huertas, ni corrales, ni ríos trucheros”), ellos que ya casi ni sienten ni padecen… “…no tenían nada, salvo sus manos y su espalda, sus patas y su lomo…”, aunque sólo unos años antes (del glorioso golpe militar faccioso) alguno hubiera ejercido su oficio de cirujano en el Hospital Clínico…, vencidos, repito,  que “apuraban hasta las heces el cáliz amargo de todas las humillaciones y miserias”…

ELOTRO


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