Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 19 de abril de 2017

19 de marzo / 2017




Por lo que se ve, a veces les conviene desligar la causa del efecto. Y en algunas ocasiones se puede comprobar que les basta con contraer una y/o dilatar la otra. Lo que no quita que, llegado el caso, si resulta imprescindible mutilar, amputen sin más miramientos. En ocasiones se les ha visto apoyarse y con sumo desparpajo en la teoría de la relatividad, y a partir de ahí  intervenir ‘simultáneamente’ en ambos sentidos terminológicos  y campos espacio-temporales. 
Siempre encuentran un clavo ardiendo (y si no lo fabrican) al que asirse cuando se trata de expresiones sin sentido, puramente verbales, no verificables.  Según convenga, promueven o impiden el uso lingüístico inexacto, defectuoso. Una prueba de que, en ciertas circunstancias, lo eficaz puede ser lo defectuoso. Paradojas semánticas. Es conveniente diferenciar entre el lenguaje ‘del que’ se habla y el lenguaje ‘en que’ se dice algo. No debemos olvidar que el lenguaje no es sólo el instrumento de la investigación filosófica, sino también su objeto.
Demasiados efectos, ‘no deseados’, son el resultado de un uso lingüístico inadmisible… desde el punto de vista del oprimido.

Una muestra: El efecto que se consigue tras simplificar un hecho histórico puede ser el de enturbiarlo, puede consistir tras esa ‘intervención’ en empujarlo o hacerlo caer ‘casualmente’ en el cieno de la metafísica. Nada como la inseguridad y la inexactitud del lenguaje para el (des)conocimiento humano.

Otra ‘turbia’ manera de enturbiar puede basarse en (por ‘ligar’ un ejemplo causal), derramar sobre y desde los ‘media’  un verdadero mar de tinta, imágenes y sonidos para, aparentemente, poder analizar correctamente el asunto en cuestión, y de esa manera hacer surgir una ingente cantidad de literatura (y sobre todo ruido) especializada que prácticamente no se pueda ya dominar.

¡Qué efectos, Dios mío, tiene la causalidad programada!

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Una de Gonzalo Torrente Ballester:

“El profesor Andrew había sido crítico literario, especializado en Shakespeare. Solía, sin embargo, rechazar semejante atribución. “Yo no soy especialista en Shakespeare, sino en un verso de Shakespeare, en uno solo, y con tan mala fortuna que se trata de un verso ambiguo, con dos interpretaciones posibles o contradictorias, tan racional y concluyente la una como la otra. De modo que no sé con cuál quedarme.”

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De Rosa Chacel en “Memorias de Leticia Valle”:

“…antes no había hecho más que enseñarme lo que yo ya sabía, en aquel momento se me hizo evidente. Todas sus explicaciones habían tomado siempre como base puntos centrales cuyo conocimiento poseía yo profundamente y él a aquello le añadía ramas por donde corría una sustancia que nunca era extraña para mí. De pronto cambió, aunque no de un modo ostensible. No me daba lugar a preguntarle por qué las cosas eran diferentes, pues, es más, si yo hubiera intentado demostrar que percibía la diferencia, no me habría sido posible señalar en qué consistía. El caso es que cuando todo parecía marchar por sus cauces habituales, con un inciso abordaba regiones desconocidas, sin prevenirme, como dando por sentado que aquellas regiones habían sido siempre dejadas al margen por condescendencia suya o más bien por certidumbre de que mis fuerzas eran escasas para penetrar su intrincamiento. Así, al abordarlas, lo hacía siempre con una frase neta, precisa y tan compleja que en un instante proyectaba delante de mí todas las perspectivas de mi ignorancia. La frase no era nunca una explicación ni tampoco una pregunta brusca, pues con esto hubiera descubierto su nueva táctica: era generalmente una alusión a cosas de las que se podía decir mucho y de las que no había ni por qué preguntar…”


ELOTRO



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