Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 17 de abril de 2017

17 de marzo / 2017

Simon de Beauvoir


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Marx, al que apodaron “el Moro” (‘mi pequeño jabalí’ lo llamaba su prometida y luego única esposa, Jenny) debido seguramente a su tez morena, ojos negros y pelo negrísimo y abundante también en sus mejillas, brazos, oídos y nariz, presentó su tesis “La diferencia entre la filosofía de Demócrito y la de Epicuro” en la Universidad de Jena. 
En 1841, a la edad de veinte y tres años, Karl Marx consiguió su título de doctor. Pero lo que quiero destacar, porque aquí me parece lo realmente importante, es que Marx fue durante toda su vida, un insaciable autodidacta. Prefirió siempre el estudio organizado a su exhaustiva y crítica manera; los libros, siempre muchos, que él consideraba necesario no sólo consultar sino resumir y anotar; y los debates, también las juergas y ‘perfomances’, con sus ‘pares mayores’ fueran alumnos o profesores, porque poco o nada aprendió en las reglamentarias clases, a las que por cierto terminó por no asistir. No le gustaba al joven Marx desperdiciar el tiempo y tampoco tenía vocación de coleccionista de títulos académicos. El caso es que no tardó mucho tiempo en ver cómo su flamante doctorado no conseguía ser siquiera condición suficiente, claro que adjunto a su ya inquietante e ‘indeseable’ persona, para que la reaccionaria institución universitaria prusiana le concediera un pequeño  hueco remunerado.



Yo, que nunca he pisado un aula universitaria, a pesar de haber tratado, con más o menos intensidad, a mucho ganado que sí lo ha hecho y por cierto con notable nota y abundante  cosecha de diplomas (incluso algún catedrático y algún rector en ejercicio), siempre he profesado, ‘a priori’, cierto respeto, claro que en la mayoría de las ocasiones acababa por resultar  absolutamente infundado, por lo que consideraba, de forma evidentemente acrítica ante el imponente decorado y la deslumbrante parafernalia del ‘establecimiento’, auténticos santuarios del saber.

Quizás por eso me hizo tanta gracia conocer que la famosa frase (según leo ahora en la red, matizada en su significado contextual, negando la mayor en propio interés, por algunos funcionarios de la institución que no dudan en denunciar a los citadores necios –a bote pronto recuerdo a Baroja- y en autoproclamarse listos, diplomados y deshacedores de entuertos potencialmente insurgentes), “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue pronunciada por un  rastrero capitoste universitario de Cervera, allá por el siglo XIX, para tranquilizar al puntual amo patrocinador, conocido entonces y después como ‘el rey Felón’, Fernando VII.

Por supuesto que la peripecia muy particular y el ejemplo de Marx en su concreto contexto histórico, véase que Hegel había sido años antes profesor en Berlín, no es más que uno entre muchos de los casos sobre los que, ‘luego’, aunque no demasiado tarde, he tenido noticia.

Por abundar en el asunto y sin ir más lejos acabo de escuchar al profesor Josep Fontana, en un fragmento de una conferencia, enumerar el contenido, digamos el temario, que compone la carrera de historia y que los alumnos deben cumplimentar, hablamos en la actualidad, en algunas de las más prestigiosas universidades británicas y, por consiguiente, del mundo. Subraya Fontana que, el alumno que supere con un simple aprobado ese a todas luces raquítico temario, podrá considerarse a sí mismo y ser considerado por la comunidad un licenciado  en Historia (con las salvedades de rigor conozco de primera mano idéntico caso, para nada singular, en ‘Historia del arte’ y en la UCM), a pesar de no ‘conocer’ más que cuatro (es sólo un decir no me vengan con pendejadas aritméticas), fragmentos salteados, aislados e inconexos de ciertos, y muy arteramente escogidos, acontecimientos o simples accidentes históricos convenientemente vaciados de su verdadero sentido y significado ‘real’. Y añade Fontana un dato interesante: ni Hobsbawm, probablemente el autor historiador más leído del siglo XX, ni ninguno de sus compañeros  ‘marxistas’ del grupo de Birminghan (Cristopher Hill, E.P. Thompson, Rodney Hilton…) fueron nunca admitidos como docentes en las grandes instituciones universitarias británicas.

Porque efectivamente de eso se trata, de bajar de las algodonosas nubes de la abstracción teórica y poner los pies en el suelo, enfangado o no. Es esa buena manera de descubrir que la tan cacareada ‘naturaleza humana’ no es otra cosa, digo en la realidad, que la concreta naturaleza social del hombre.



Resulta, al menos en mi caso, raro enterarse cómo el ya doctor Marx, allá por el año 1842 y a la fuerza desengañado de su probable futuro como brillante docente universitario, que -lo que es más paradójico aún-,  gracias al ejercicio del oficio periodístico ‘sobre el terreno’, se vio obligado, en sus propias palabras a: ‘hablar de lo que suele llamarse intereses materiales”. Chocó el brillante teórico con lo real. En concretó se trataba de un asunto a priori de escasa trascendencia: el robo de leña en bosques de propiedad privada. Pero resultó que el fino olfato del ‘pequeño jabalí’ lo empujó a escarbar, a escarbar y escarbar hasta que por fin salió a la luz esa otra realidad (de relaciones sociales, de producción y propiedad) que, a modo de iceberg socio-económico-jurídico-político, permanecía oculta -también para él-, y bien ocultada, a la potencialmente indiscreta vista de los estudiantes díscolos, los profesionales progresistas, los intelectuales críticos y, digámoslo así, la sociedad en su conjunto (salvo claro está los hábiles autores del camuflaje y los  directos implicados: beneficiados –terratenientes- o perjudicados –campesinos pobres-).

Por hoy, suficiente.

ELOTRO


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