Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 13 de abril de 2017

13 de marzo / 2017

Rosa Chacel
“Memorias de Leticia Valle”


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“Aquel pasaje, a la entrada de la calle del Obispo, se torcía en el medio para salir a la de la Sierpe, y en el ángulo que formaba había una rotonda con montera de cristales, que tenía cuatro estatuas representando las estaciones, y en medio una de Mercurio. ¡Qué luz caía sobre aquella pequeña plaza encerrada! A cualquier hora, en cualquier época del año, había allí una luz que le hacía a uno comprender. Yo, desde allí, comprendía, no sé por qué, la historia. La historia que no me gustaba estudiar en los libros desde allí me parecía algo divino. Dando vueltas entre aquellas estatuas, bajo aquella luz, yo pensaba según fuese el día. Cuando era en verano, poco antes de las doce, el sol era terrible, era irritante, trágico. Yo pensaba entonces en los gladiadores que morían en el circo de Roma. Veía sobre todo aquellos que caían al pisar la red, veía los cuerpos arrastrados por la arena, y también algo leído no sé dónde: dos que morían a un tiempo, atravesándose mutuamente con sus espadas. Bajo aquel sol, bajo aquella luz desgarradora, veía siempre aquella escena: dos hombres desnudos que se mataban uno a otro al mismo tiempo. Cuando era la hora de la siesta, pensaba en cosas de América, pensaba en colibríes, en hamacas. Veía a una mujer vestida de blanco, dormida a la sombra de un cañaveral, con una mariposa negra posada en medio del pecho. Si era por la mañana temprano, pensaba en Grecia, sobre todo cuando el pasaje estaba recién regado y quedaban pequeños charcos con una frescura que era como una música; entonces pensaba sobre todoen Narciso. Otras veces, cuando llovía, pensaba en el Rey de la Cerveza. No sé por qué le llamaba así, ni sé de dónde había sacado aquel personaje, pero me encantaba. Cuando la luz era gris y se oía el ruido de la lluvia en la montera de cristales, yo le veía sentado en un sillón de respaldo muy alto, con hojas de vid talladas en la madera. Estaba en una habitación inmensa con ventanas góticas, y en un rincón se veía un tonel precioso, con una panza tan perfecta que parecía vivo. ¡Pero él!… yo sabía cómo era en todos sus detalles. Iba vestido de terciopelo, no siempre del mismo color, pero siempre ribeteado de martas cibelinas. Sin eso no podía imaginarle. Bajaban las dos franjas de piel por sus hombros, y entre ellas se le veía el pecho maravillosamente sonrosado y anchísimo, con una camisa de encajes que le dejaban un escote cuadrado bajo la barba rubia. Entre los pelillos de su barba, su boca brillaba cuando se reía, y sobre todo cuando comía unos pescaditos fritos que cogía con las puntas de los dedos por la cabeza y la cola. En esta actitud es como más frecuentemente le imaginaba: sentado ante una gran mesa y comiendo uno de aquellos pescaditos. Los mordía en el lomo, iba quitándoles la carne con los dientes, y siempre yo veía el primer mordisco que era en el medio, como en la cintura del pez. Mientras lo comía, miraba al espacio con sus ojos azules que casi sonreían, no sé a quién, porque le veía siempre solo en aquella gran habitación. Otras veces estaba con las rodillas separadas y los pies juntos en un cojín, sentado junto al tonel, viendo caer de la espita un chorro dorado sobre un bock, y entornaba los ojos como un gato que se adormece. No sé si a todas estas cosas que yo imaginaba en el pasaje se les puede llamar la Historia. El caso es que yo sentía que allí aprendía mucho. Porque en todas partes tenía estos ensueños, pero fuera de allí eran muy diferentes. Unos eran los que me acompañaban en las visitas, otros en la cama antes de dormirme, otros en la iglesia…”

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Una de Juan José Saer sobre Onetti:

“(…) Estas novelas breves no se agotan, por cierto, en las primicias estructurales que ofrecen al lector. Un cuadro apasionado y viviente se despliega en ellas; la desgracia y la crueldad, la resignación y el fracaso, la rabia y la autodestrucción son sus temas predilectos, pero también el amor, la culpa, la nostalgia, y, sobre todo, la compasión. Un personaje, chapaleando en las aguas chirles y oscuras de la más lúcida vileza, se abandona sin embargo a un último estremecimiento de piedad no únicamente por los hombres sino también por las fuerzas sin nombre que rigen su destino: 
“Lástima por la existencia de los hombres, lástima por quien combina las cosas de esta manera torpe y absurda. Lástima por la gente que he tenido que engañar solo para seguir viviendo. Lástima (...) por todos los que no tienen de verdad el privilegio de elegir”. 

Como los de toda gran literatura, los personajes de Onetti tienen un rostro que tarde o temprano terminamos por reconocer: es el de cada uno de nosotros.”


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