Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 12 de abril de 2017

12 de marzo / 2017




‘Tener que aprender unas cosas para comprender otras’, dice un personaje de Rosa Chacel en un libro (Memorias de Leticia Valle) que entusiasmó a Mario Levrero. Por ejemplo comprender qué lleva a los viejos a hacerse los sordos y no contestar cuando se les pregunta o se les llama. La sordera intermitente y selectiva no digo que sea patrimonio exclusivo de los viejos, pero si me parece que ellos son  los más diestros practicantes de, digamos, esa faceta de la incomunicación premeditada y deliberada.

¿Qué hay que aprender para comprender que la falta de respuesta es una respuesta y además inducida? Si se trata de una muestra de incomunicación intencionada, no replicar, no contestar, entre viejos sordos, es que no hay, aunque la haya, sordera que valga. Por ejemplo en un matrimonio, o pareja amancebada, de viejos, digamos compuesto por adultos hechos y derechos y deshechos de más de cuarenta años: o está todo dicho o todo por decir, pero en cualquier caso ya no interesa ni lo uno ni lo otro ni a uno ni a otro. La prueba es que la pregunta no recibe respuesta, cosa que en ningún caso sorprende a la pregunta ni mucho menos a la respuesta ausente. A cierta edad, la pregunta, y esto es algo que primero se aprende y luego, muchísimo más tarde, se comprende, lleva implícita, en la forma y el contenido, la reglamentaria  no respuesta. Se trata de la comunicación predominante para la incomunicación dominante. Y sí, ya sé que a veces ‘literalmente’ se contesta, pero tú ya me entiendes…

Supe de un viejo que cuando sonaba el teléfono cogía la garrota y salía disparado de la casa mientras le espetaba al impertinente aparato: tú chifla, chifla… Se ve que el buen hombre no tenía motivos, aunque la experiencia es sólo un grado de experiencia, para esperar nada bueno de aquella cosa que tan ruidosamente le reclamaba ‘una respuesta’… no digo que la relación entre un viejo y una vieja, oseasé, entre una cosa y otra cosa, sea necesariamente una relación cosificada. Al menos concedamos que no en todos los casos ni a todas horas. Dice un personaje del mago literario de la comunicación de la incomunicación Kjell Askildsen: “Permanecí unos instantes contemplando el bosque al otro lado de la valla, pero no había nada que ver”.

Dirás, y con razón, que para saber que no hay nada que ver primero hay que contemplar. Pero de eso se trata precisamente, de que las preguntas y las respuestas ya están muy miradas, muy contempladas, muy gastadas, y ya no pueden cumplir su auténtica  función, ya no provocan ni queman, ya no interpelan ni muerden, ya no estimulan, en definitiva, ya no comunican… ya sólo son cadáveres pavorosos que se suman a la hegemónica incomunicación.

El buzón está lleno de vacío. Ella se maquilla, sin que nadie le pida explicaciones, y lo hace en exclusiva para el espejo, que en silencio la escucha susurrar: ‘Tengo el aspecto de una rata solemne’. Él, por su parte, nunca vio llegado el día en que decidiera llegado el momento de hacer algo. Por qué no lié mis bártulos y partí a cualquier otro lugar, a alistarme a algo, se preguntó tarde, demasiado tarde. En cambio hiciste el tonto en el lugar que cualquier pez sabe que conviene evitar, se respondió tarde, demasiado tarde. Sin preguntas y sin respuestas supo, supieron todos los preguntones, que no tenía agallas. Comprenderán que hablar del tema, preguntas que reclaman respuestas, le perturbaba enormemente… por eso ella, ya emporcada hasta las cachas y a la que las no-respuestas que nada agregan ni sacan importaban un bledo, preguntaba insistentemente, y lo hacía  del mismo modo que una guadaña siega el trigo…
“…y no se oían más ruidos que el regular murmullo de la autovía”.


ELOTRO



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