Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 11 de abril de 2017

11 de marzo / 2017


Brecht, de cuerpo entero



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BERTOLT BRECHT, Historias del señor Keuner 

MEDIDAS CONTRA LA VIOLENCIA

Cuando
el señor Keuner, el Pensador, se pronunciaba contra la violencia en una sala, frente a mucha gente, advirtió que, de pronto, los asistentes empezaban a retroceder ante él y a marcharse. Volvió la mirada y vio a sus espaldas, de pie... a la violencia.
—¿Qué estabas diciendo? —le preguntó la violencia.
—Me pronunciaba en favor de la violencia —respondió el señor Keuner.
 Cuando el señor Keuner se hubo marchado, sus discípulos le preguntaron si no tenía agallas. El señor Keuner respondió:
 —No tengo agallas para que me las vapuleen. Precisamente yo debo vivir más tiempo que la violencia.
Y el señor Keuner relató la siguiente historia:
—A casa del señor Egge, el que había aprendido a decir no, llegó un día, en la época de la ilegalidad, un agente que le mostró un documento expedido en nombre de quienes dominaban la ciudad y en el cual se decía que toda vivienda en la que él pusiera el pie pasaría a pertenecerle; también le pertenecería cualquier comida que pidiera, y todo hombre que se cruzara en su camino debería asimismo servirle.
 »El agente se sentó en una silla, pidió comida, se lavó, se acostó y, con la cara vuelta hacia la pared, poco antes de dormirse preguntó:
 —¿Estás dispuesto a servirme?
 El señor Egge lo cubrió con una manta, ahuyentó las moscas, veló su sueño y, al igual que aquel día, lo siguió obedeciendo por espacio de siete años. No obstante, hiciera lo que hiciera por él, hubo una cosa de la que siempre se abstuvo: de decir ni siquiera una palabra. Transcurridos los siete años murió el agente, que había engordado de tanto comer, dormir y dar órdenes. El señor Egge lo envolvió entonces en la manta ya podrida, lo arrastró fuera de la casa, lavó el camastro, enjalbegó las paredes, lanzó un suspiro de alivio y respondió:
 —No.

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La pregunta sobre la existencia de Dios

Alguien le preguntó al señor Keuner si Dios existía. El señor Keuner le dijo: “Te aconsejo que primero reflexiones si la respuesta a esa pregunta afectaría a tu comportamiento. Si no lo hiciera, podemos olvidarnos de la pregunta. Si lo hiciera, puedo ayudarte como mínimo diciéndote que ya has decidido: tú necesitas un Dios”.

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El amor a la patria y el odio a las patrias

El señor Keuner no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
–En cualquier parte puedo vivir mal.
Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor Keuner se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre,
sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto que deseaba que un terremoto lo borrase de la superficie de la tierra.
“¿Por qué razón –se preguntó el señor Keuner– me convertí por un instante en un nacionalista?
Será porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la necedad, pues vuelve necios a quienes se cruzan con ella”.

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El elogio

Al enterarse de que sus antiguos pupilos le elogiaban, comentó el señor Keuner:
–Cuando los discípulos ya hace tiempo que olvidaron los errores de su maestro, éste aún los recuerda.

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