Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 9 de abril de 2017

09 de marzo / 2017




Te entiendo, pero no te comprendo…

Hay textos que se entienden y otros que no se entienden. Hay escritores que escriben para que, en general, se entienda lo que escriben y otros que, al menos así parece en la práctica, que escriben para que no se les entienda nada.

Por supuesto que también hay que tener en cuenta que, con independencia de que un determinado autor en una obra concreta haya puesto toda su sapiencia y buena voluntad en  escribir de la manera que convencionalmente se tiene como la más legible, no conviene perder de vista la indiscutible existencia de ‘lectores’ ciertamente obtusos, asunto este que, razón mediante, no es responsabilidad que se les pueda atribuir al gremio de autores, al menos, y por no exculparlos íntegramente, no en su totalidad.

Recuerdo a un Chirbes atónito  comentado la existencia de novelas (por lo tanto de autores) que, en su humilde opinión de lector, necesitaban, o más bien pedían a gritos, el indispensable complemento de un manual de instrucciones para su ocasional y provechosa lectura comprensiva.

Me acuerdo también de Vázquez Montalbán, sarcástico él, glosando cierta obra, que en su momento me hizo pensar en el señorito de mierda Marías, en la que el personaje necesitaba de unas quince páginas para subir una escalera de quince peldaños y alguna inexplicable manchita de sangre en la alfombra que la cubría.

Desde luego que existen multitud de maneras de hacerse entender o por el contrario de encriptar y tirar la clave. Todo acto de comprensión, leo en Voloshinov, es una respuesta, traslada lo que, en su caso,  está siendo comprendido a un nuevo contexto desde el cual puede producir, de nuevo en su caso, una respuesta.

Contó en su día un conocido cagatintas franquista, que él practicaba como método de trabajo la costumbre de, tras escribir sus artículos y antes de enviarlos al periódico, dárselos a leer a la criada y, si ésta los entendía (hete aquí la respuesta), entonces procedía a… oscurecerlos.

Ilustrativa costumbre la del académico fascista, de cuyo nombre prefiero no acordarme, y de la que quizás podemos aquí extraer algunas, reiteradas,  enseñanzas. Un lector digamos básico o corriente no es, salvo escasísimos casos que aquí no vienen a cuento, un vocacional filólogo que se complace en descifrar enigmáticos textos o palabras extrañas o secretas. En cualquier caso, las citas anteriores no pretenden ni mucho menos agotar las múltiples variables que se dan o pueden darse en el ejercicio de  ‘comunicación’ entre escritor y lector. Y digo ‘comunicación’ porque no contemplo la posibilidad de un hecho social y  deliberado, digo sobre todo por la parte del emisor/transmisor, de absoluta incomunicación. Claro que en esos casos lo que me parece evidente  no es la existencia de una, voluntaria o involuntaria, intención efectiva de producir un determinado producto, mercancía, que resulte en la realidad práctica, en el contexto de las relaciones sociales y de producción, completamente incomprensible para el consumidor, o sea, que en la práctica haga imposible cualquier tipo de comunicación (consumo). Más bien me parece que se trata de productos (signos, textos, obras, imágenes…) elaborados pensando, según reglas del marketing, en unos rasgos concretos y unos específicos perfiles de ‘consumidores’, o sea, que simplemente se trata de una estrategia, determinada por un escogido circuito de producción, distribución y consumo, para provocar una exitosa comunicación selectiva (hete aquí la respuesta buscada y estimulada de adquisición y consumo).

Sospecho pues, que la mayoría de las suscriptoras del diario aquel donde hacía sus deposiciones periódicas el cagatintas falangista, no ejercían de criadas… al menos en corral ajeno.

ELOTRO



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